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domingo, 20 de junio de 2010
Mikonos
En el verano del año 2000, una vez comprobado que el fin del mundo no se había producido, y antes de que el euro entrase en nuestras vidas anunciando que los precios no iban a cambiar, decidí irme de vacaciones a Grecia.
Al contrario que los últimos viajes que había hecho y que según mi costumbre hacía solo, esta vez me llevé a un compañero de viaje. A Axel lo conocía desde hacía unos quince años. Tenemos aficiones comunes y de vez en cuando quedamos para tomar algo juntos. Pero nunca habíamos viajado los dos a ningún sitio y la convivencia era un incógnita. Y para comprobar si era posible lo hicimos a lo grande: nos fuimos cuatro semanas a Grecia.
El viaje estuvo salpicado de anécdotas que harían que este post diese dos vueltas a la blogosfera. Quizá algún día las cuente, pero ahora me quería centrar en el primero de los tres días que estuvimos en la isla de Mikonos.
Llegamos a la isla en avión procedentes de Santorini. Desde la ventanilla la vista del Mar Egeo salpicado de pequeñas islas brillando bajo sol es de una belleza deslumbrante. Con mi nariz pegada al cristal intentaba retener esa maravilla en mi memoria. Habíamos reservado una habitación por cuatro noches en un pequeño hotel, muy básico y barato pero muy bien situado en el centro de la ciudad. Y en el precio estaba incluido el que te viniesen a buscar al aeropuerto.
La ciudad de Mikonos es peatonal. Toda llena de casas blancas encaladas, puertas azules y pavimentos de piedra. La furgoneta nos dejo en las afueras y seguimos al conductor por un laberínto de calles entre un mar de gente que paseaba al atardecer. Dicen que Mikonos es la Ibiza del Egeo. No puedo comparar porque no he estado allí pero el ambiente era festivo y relajado en las calles.
Dejamos las maletas en el hotel y tras darnos una ducha decidimos salir a cenar. Bajamos a recepción a recoger nuestra documentación y el chico que estaba allí nos miro alternativamente y nos preguntó: ¿Sois gays? Aquello nos cogió por sorpresa y tras mirarnos los dos con cara de asombro dijimos al unísono que no. Creo que vió en nuestras caras tal desconcierto que se echó a reir a carcajada limpia y nos explico que solo lo preguntaba para indicarnos bares gays o heteros. Mientras nos explicaba un poco la ciudad le observé y me di cuenta de que él si lo era. Y todos lo que pasaron por recepción mientras estabamos allí lo eran también. Nos habíamos alojado en un hotel gay sin saberlo. Creo que es la primera vez en mi vida que hablé con un gay. Con 32 años.
Le pregunté si tenía un plano de la ciudad y me dijo que no, que no valían para nada. Me reí y no le hice caso. Cuando salí compré uno en la primera tienda que vi. Lo desplegué y después de localizar el sitio que queríamos ir empezamos a andar. Las calles eran practicamente iguales todas y llegamos a un cruce que nos despistó. Saqué mi flamante mapa y me intenté situar. Fue imposible. El mapa tenía el nombre de las calles... pero las calles no. Ahora entendí lo que quería decirme el chico del hotel.
Llegamos al restaurante que queríamos, con tan buena fortuna que en ese momento se levantaron un par de mesas y pudimos sentarnos. El local estaba abarrotado y las bandejas de pescado aromatizaban el local. Justo detras de nosotros había llegado una pareja de alemanes, cincuentones, que preguntaron a un camararo si iba a tardar en haber una mesa libre. El camarero echo un vistazo al local y les dijo que en un minuto se podrían sentar. Se pusieron a hablar mientras esperaban y el tiempo empezó a pasar. Esperaron cerca de veinte minutos antes de empezar a mostrar caras de molestia y tardaron otros diez en conseguir que el camarero les hiciese caso de nuevo. Le recriminaron que les había dicho que tardarían un minuto y ya llevaban esperando media hora. El camarero les sonrio y después de una carcajada les dijo que sí, que un minuto... pero que un minuto griego.
Esa primera noche la terminamos en unos bares de copas bailando hasta el amanecer y disfrutando de la brisa nocturna. Pocas veces en mi vida he estado tan relajado como aquél día. Y ahora recuerdo con cariño la cara que pusimos los dos cuando nos preguntaron si eramos gays. Yo ahora se que lo soy. Axel no lo se. Pero sigue soltero y nunca le he conocido ninguna novia.
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