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domingo, 12 de junio de 2011

Tiempos difíciles


Miro por la ventana y veo el cielo nublado. El paraguas en mi mano baila inquieto ante la duda. Se ven rayos de sol asomando entre las nubes pero están lejos, muy lejos. Bajo mi ventana un ciclista ha resbalado con la bicicleta y se apoya embarrado y dolorido en una valla. El resto de la gente le mira con curiosidad pero no aminoran el paso. Creo que cogeré el paraguas.

Hay días que uno tiene dudas sobre como prepararse para lo que avecina. La lluvia nos moja a todos, aunque algunos van en limusina y brindan con champán. Yo me conformo con una cerveza. Y con no resbalar. Son tiempos difíciles.

Hace un año yo escribía sobre los amigos, sobre la falta de amigos. Estaba empezando a salir del armario con alguno de ellos y me encontraba en una situación anímica en que me encontraba superado por mi falta de fuerza moral. Fue un invierno muy duro que resistí gracias a pequeños caprichos materiales como un libro o una escapada de fin de semana. Mis sueños incumplidos se veían mitigados por un consumismo enmascarador. Hoy la situación es la inversa.

Sigo sin tener buenos amigos dentro del mundo gay. Son simples conocidos, pero que al menos cumplen la función de distraerme un poco y hacerme creer que hago progresos. Salgo los fines de semana y durante unos momentos me siento de nuevo un adolescente ilusionado con comerse el mundo. Me siento con ganas y con fuerzas de afrontarlo. Pero, paradojas del destino, mi situación económica ha cambiado totalmente. Mis ingresos cayeron sensiblemente y sin previo aviso nada más empezar el verano, justo cuando había iniciado unas reformas en mi casa para las que solicité unos créditos. Y el accidente del coche en agosto me dio la puntilla. Desde entonces me encuentro en una situación anómala. Mis ingresos no cubren los gastos de cada més y a duras penas puedo cubrir todos los pagos que tengo que realizar. En realidad no puedo. Estoy sobreviviendo a base de dilatar pagos que no puedo afrontar mediante la generación de nuevos intereses. Es un sistema perverso pero inevitable. Tanto mi padre como mi hermano me han prestado dinero para aguantar, pero tampoco les va muy bien a ellos y se lo voy a devolver este mes. No es cuestión de arrastrar a toda la familia.

He reducido mis gastos al mínimo. Las copas de fin de semana se han convertido en cervezas y las salidas a cenar prácticamente han desaparecido. No compro libros y agradezco infinítamente la existencia de la biblioteca pública. La ropa nueva se queda en las tiendas esperando a que entre, pero ni miro los escaparates. No es que me falte para comer pero la deuda sigue aumentando. Mes a mes. Mi padre me dice que no debía haberme ido a Vietnam, pero el avión ya estaba pagado, su precio suponía casi el 75% del viaje y no me devolvían el dinero. No tenía sentido no ir. Al revés, mis gastos allí eran casi más baratos que en España pues yendo de mochilero se gasta poco. Y desde que volví de Vietnam en noviembre mi único capricho ha sido una escapada de fin de semana a Madrid con Tony.

Tony lo está pasando aún peor que yo. La empresa en la que trabaja estuvo a punto de quebrar durante el verano y consiguió aguantar a base de ser intervenida judicialmente. Hay meses que no le pagan pero él sigue teniendo que pagar sus facturas. Ahora le deben cuatro meses de salario y vive gracias a la ayuda de su familia porque ya ha consumido prácticamente sus ahorros.  Es curioso, pero si estuviese en el paro no tendría tantos problemas, pues al menos le pagarían el desempleo. Ahora trabaja y no cobra. Y no puede irse porque perdería su indemnización. Kafkiano.

El ambiente en su empresa, por lo que me cuenta, está enrarecido totalmente, con discusiones diarias y enfados permanentes. Y todo esto le está afectando a su salud y lleva prácticamente desde abril con problemas alimenticios. Casi no puede comer de nada porque su cuerpo lo rechaza. Está perdiendo peso y su cara habitualmente alegre está ahora demacrada y triste. Yo procuro quedar al menos un par de veces todas las semanas para pasar algún rato con él y sacarle de su rutina, y aunque me lo agradece, noto como va perdiendo fuerzas poco a poco. Lo único que puedo hacer es abrazarle durante horas.

El otro día le propuse ir a Madrid al Orgullo Gay para ver si le rescataba de su tristeza. Fui con él el año pasado y nunca le he visto tan feliz. Su cara resplandecía y su risa aún resuena en mis oídos. Aquel día, con unos ojos brillantes, me dijo que éste año volveríamos de nuevo. Qué no se lo perdería por nada del mundo y que esta vez se llevaría su cámara de fotos para disfrutarlo aún más. Pero al proponérselo el otro día me dijo con voz triste que no podía permitírselo, que me fuera yo si quisiera. Su voz apagada casi me hizo saltar las lágrimas y le abracé fuerte.

Hay que aguantar. Como sea. Los rayos de sol se ven en la lejanía y en algun momento dejará de llover y sentiremos su calor sobre nuestra piel de nuevo. Y ese día veré de nuevo la sonrisa de Tony. Su preciosa sonrisa.

Son tiempos difíciles.