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lunes, 28 de mayo de 2012
La soledad del miedo
Nadie se siente tan solo como cuando tiene miedo.
Y no me refiero al miedo incontrolado, ni al miedo cerval ante lo desconocido, sino a esos pequeños miedos que crecen poco a poco devorándonos hasta anular nuestro juicio y ocupar nuestra mente. El peor miedo es cuando no nos atrevemos a hablar con los demás de lo que sentimos. Se alimenta de nuestra indecisión y nuestras dudas, royendo y royendo incansable nuestra autoestima y determinación. Cada intento fallido es un bocado cruel que nos hace replegar sobre nosotros mismos hasta llegar a un punto de no retorno. A ese punto que no creímos nunca poder llegar.
Son esos miedos los que empujan a muchos adolescentes a pensar que su situación no tiene remedio. A bajar la cabeza derrotados y cerrar los ojos huyendo hacia lo que creen su única salida. La nada. El silencio. El olvido.
El descanso al fin.
Unas veces lo llaman acoso y otras es simplemente un desprecio gregario y continuado hacia cualquier cosa que intentemos. Pero hay uno que no nace de los demás sino de nosotros mismos: el miedo "al que dirán", al que pensarán, a que ocurrirá si hablo. Y ese miedo no es patrimonio exclusivo de los más jóvenes sino que enraiza en nuestras mentes en sutiles detalles y alcanza a todas las edades.
Yo conozco ese miedo.
Cada uno lo llama de forma diferente. Puede ser al aspecto físico, a la falta de habilidades sociales, a una mirada distinta o simplemente a gustos "diferentes". Da igual cual sea la causa, pues el nombre siempre es el mismo: miedo al rechazo.
En mi caso es "salir del armario", pero hace unas semanas me encontré con un miedo en el que no había pensado demasiado. Y lo encontré en el fondo de los ojos de un chico de 24 años.
Lo conocí hace unos cuantos meses, quizás un año, no estoy seguro. Se llama Rubén y su cuerpo delgado y esculpido arranca pasiones a su alrededor. Es muy guapo y lo sabe. Se aprovecha de ello y simplemente con una mirada de soslayo suele conseguir lo que quiere. ¿Por qué se fijó en mi? No lo sé. Cuando estamos a solas y se lo pregunto, sonríe pícaramente manteniendo la mirada y me besa suavemente obligándome a olvidar la pregunta.
Es muy inteligente pero excesivamente superficial. Disfruta de su hedonismo cada momento que puede, pero a veces le sorprendo mirando al vacío, perdido en sus pensamientos. Si nos encontramos en el ambiente me sonríe pero no se acerca y sin embargo en mi casa es cariñoso, atento y mimoso. Son dos personas, dos Rubenes.
A veces aparece por mi casa sin avisar, simplemente para cenar y charlar, y es en esos momentos cuando lo veo más vulnerable. Solemos recostarnos en el sofá y se apretuja junto a mi agarrándome con sus brazos y recostándose sobre mi hombro. Por debajo de su flequillo imposible le veo cerrar los ojos y acompañar la respiración de mi pecho con su mano.
Nunca hemos quedado fuera de mi casa y por eso me sorprendió tanto que me citase en un bar. A tomar algo me dijo. Lo encontré nervioso. Me sonreía pero me rehuía la mirada. Charlamos de temas intrascendentes mientras apurábamos unas cervezas hasta que le pregunté que qué le pasaba. Se calló unos segundos, apoyó las manos en la mesa y tras tomar aire lo soltó: le han diagnosticado VIH.
Me miró a los ojos y nunca he visto tanto miedo en una persona. Estaba aterrado. Perdido. Era un animal herido incapaz de moverse y anhelante de consuelo. Puse mis manos sobre las suyas y le dije que eso no cambiaba nada, que para mi él seguía siendo el mismo Rubén. Noté como contenía sus lágrimas con un trago de cerveza y tras un rato de charla al fin se relajó. No sé lo he contado a nadie, me dijo, tengo miedo a que nadie quiera acercarse a mi.
Han pasado unas semanas y sigue sin contárselo a nadie. Ninguno de sus amigos ni sus padres lo sabe todavía. No tiene valor para decírselo. Tiene miedo. Mucho miedo.
Le he acompañado al hospital un par de veces y ahora está más tranquilo. Le han citado para que un psicólogo hablé con él dentro de unos días. Yo bromeo acerca de sus conquistas y por unos momentos es capaz de olvidarse y sonreir como antaño.
Pero en sus ojos veo el miedo. Y ese desasosiego lo veo reflejado en los mios propios. El miedo a hablar, el miedo a ser diferente, el miedo a compartir. Da igual cual sea la causa, porque todos son sólo uno, el miedo al rechazo. Y al peor de todos:
La soledad del miedo.
lunes, 16 de mayo de 2011
Circuncisión
Circuncisión es una palabra que no es demasiado agradable de oir cuando uno ya ha sobrepasado la adolescencia. Es como el acné, que lo asocias a un época de tu vida y que cuando alcanzas el cuarto de siglo piensas que es algo del pasado. Si no lo tuviste agradeces el haberte librado, y si tuviste que lidar día a día con él minusvalorando tu autoestima, dejarlo en el pasado es un alivio mental y social.
Con la circuncisión ocurre lo mismo. Por razones religiosas a muchos niños se les practica la circuncisión siendo recién nacidos. Es discutible que se haga a edades tan tempranas, ya que en la mayoría de las veces no es necesario por razones médicas y además el niño no puede opinar a pesar de ser una mutilación irreversible. Pero la religión es fe, no ciencia.
Entre los que no se les realiza esta circuncisión religiosa existe también un porcentaje que se lo realiza cuando empieza a tener relaciones sexuales. Suelen ser casos de fimosis en los que la abertura del prepucio es demasiado estrecha para liberar el glande. Suele detectarse entre los 13 y los 25 años, dependiendo de su precocidad sexual y es necesario para poder tener relaciones sexuales completas. Los niños, tras vencer su vergüenza a revelar el problema o tras descubrirlo una revisión rutinaria, no les queda más remedio que acatar la decisión de los padres y someterse a la operación.
A partir de ahí ya los chicos respiramos aliviados de habernos evitado pasar por ese mal trago. O al menos así lo creía yo. Hasta hace poco más de un año.
Ya he contado en alguna ocasión que tuve relaciones sexuales con mujeres durante una época de mi vida. Por una parte la fogosidad juvenil requería de un desahogo y por otra la presión social de verte con mujeres hacía que te lanzases a aventuras sexuales innecesarias. Con los años estas fueron disminuyendo en cuanto a su periodicidad hasta prácticamente cesar. Yo lo achaqué a una asexualidad o misoginia. Estaba confuso y han sido necesarios muchos años para que descubriese la verdadera razón. En cualquier caso no tuve nunca problemas para "cumplir" y el fantasma de la circuncisión desapareció de mi mente.
Hace dos años tuve de nuevo relaciones sexuales. Pero esta vez con hombres. Y pronto me di cuenta de que tenía algunas pequeñas molestias. Al principio pensé que eran debido a una falta de práctica o a que la forma de tener sexo con varones no es estrictamente igual. Creí que desaparecerían con el tiempo pues yo no tenía fimosis de ningún tipo. Pero las molestias continuaron.
No es que me impidan tener sexo, pero sí que sufro de pequeños dolores al empezar que desaparecen una vez iniciada la penetración. Pero el problema se manifiesta realmente en las horas posteriores. Noto mi pene irritado y excesivamente sensible. Es como si me hubiese masturbado con papel de lija.
El primer susto lo tuve hace año y medio. Un domingo me levanté y me encontré con el prepucio totalmente inflamado, produciendo una fimosis temporal. Rápidamente me fui a urgencias y tras esperar casi una hora una uróloga de guardia me recibió. Debía de estar en prácticas porque no sabía que hacer. Me dijo que si no se podía liberar el glande habría que circuncidar. Le respondí que era un problema puntual y no de fimosis permanente y que prefería otra alternativa. Me dieron unos antibióticos y la inflamación bajó hasta desaparecer.
Olvidé totalmente el tema durante unos meses hasta que el problema se produjo de nuevo. Otra vez el prepucio totalmente inflamado. Esta vez directamente me tomé el antibiótico y en unas horas desapareció la hinchazón. Pero a partir de este momento creo que empece inconscientemente a tener un poco de miedo. Cada vez que tenía relaciones sexuales empezaba con mucho cuidado temiendo producir una irritación que me lo inflamase de nuevo. Y las molestias persistían.
Creo que poco a poco ha ido influyendo en mis relaciones sexuales y que me impide concentrarme plenamente en disfrutar. Lo hablé con Tony hace ya unos meses y me recomendó circuncidarme si las molestias persistían. Pero yo me resistía a dar el paso.
En marzo pasado decidí visitar a un urólogo y tras examinarme me dijo que él no veía ningún problema. Que con el pene en reposo todo está bien y que no me iba a examinar con el pene erecto. Me chocó mucho esa frase y pensé que su actitud era la de un bombero que hace un plan de incendios pero que si hay llamas no quiere acercarse. Pero me dijo que a pesar de estar todo bien si tenía molestias al practicar sexo la única solución es la circuncisión. Y acepté.
Firmé los papeles porque me dijo que probablemente no sería antes de junio y pensé que tendría tiempo para arrepentirme si quería. Han pasado dos meses y la fecha se acerca. Aún no me han llamado, así que podría ser dentro de una semana o dentro de dos meses, pero la verdad es que estoy un poco asustado. He estado leyendo sobre la operación y el postoperatorio y casi mejor que no lo hubiese hecho. Si la operación va bien los puntos me duraran entre una y dos semanas antes de caerse solos y luego tendré que estar un mes sin ningún tipo de relacion sexual hasta que todo cicatrice. Si todo va bien claro, porque he leido historias que aterrorizarían al más templado.
Le tengo una pequeña aversión a las agujas y aunque a fuerza de voluntad las soporto no son plato de mi gusto. Y pensar que me van a poner una anestesia justo "ahí" me pone enfermo. Me pongo a sudar sólo de pensarlo. Sé que es una tontería y que miles de personas pasan por esta operación diariamente y que es poco más que rutinaria, pero no puedo evitarlo. Me angustia.
Pero lo que más me fastidia es que la decisión de operarme la he tomado yo y no el médico. Se ha lavado las manos y ha delegado la decisión en mi. Y me entran las dudas ¿Y si me estoy equivocando y no se solucionan mis problemas? Habré pasado por un calvario innecesario que además no tiene vuelta atrás.
Voy a seguir adelante porque creo que es lo mejor.
Pero dudo.
Y tengo miedo.
lunes, 25 de abril de 2011
El valor de Alejandro
A principios de diciembre os hablé de Alejandro, de como entró en mi vida por sorpresa y de como su ingenuidad y buen corazón me tienen cautivado. Nunca sé cuando va a aparecer en mi casa, pero lo que no tengo que preguntarle jamás es lo que quiere. Siempre llega ávido de sexo y casi sin mediar palabra se abalanza sobre mi arrastrándome al dormitorio.
Alguna vez le he dicho que estoy cansado o que ha sido un día muy duro, que estoy agotado y que no tengo ni fuerzas para levantar una pluma. Él hace un mohín de desagrado y con unas caricias lujuriosas deja claro que no se va a ir sin su ración de sexo. Y aunque me resisto un poco, siempre acabo cediendo. Al fin y al cabo no me está pidiendo nada desagradable. Y yo no soy de piedra.
La otra noche sonó el timbre del portero automático y su voz retozona me anunció que venía con más ganas de lo habitual. Yo tenía planteada una velada tranquila disfrutando del primero de los partidos del Madrid y del Barcelona. Iba a empezar ya y tenía las patatas fritas preparadas y una cerveza en la mano. Suspiré por lo que se avecinaba pero le abrí.
Nada más cerrar la puerta y sin dejarme decir nada me besó con cariño. Con la familiaridad de lo habitual. Nos sentamos en el sofá y le dije que iba a ver el partido, que se pusiera cómodo. Me miró con extrañeza y bufó un "futbol" que me dejó claro lo que pensaba sobre el deporte rey.
Mientras yo intentaba seguir los primeros compases del partido Alejandro apoyó su cabeza en mi pecho y me empezó a acariciar con suavidad. Yo me sentí encantado. Un partido de máxima rivalidad, una buena cerveza y un chico guapo metiéndome mano. ¿Qué más podía pedir?
Entre jugada y jugada yo le besaba. Primero suavemente, con cariño, como a un niño, y luego más intensamente, con deleite. Mi mano acariciaba su pelo y notaba su piel caliente sobre mi. Me preguntó por mi relación con Tony y si nos iba bien. No se conocen entre ellos pero los dos saben de la existencia del otro. No me gusta engañar a la gente.
Me preguntó si eramos novios. Le dije que no, que lo nuestro no tenía muy claro lo que era pero que nunca habíamos hablado de formalizarlo en algo más serio. Hacemos cosas que haría cualquier pareja pero luego tenemos nuestras vidas independientes. Y Alejandro se lo tomó literalmente, como siempre suele hacer, y levantando su cabeza y mirándome a los ojos me dijo que a él sí que le gustaría que lo fuésemos.
Me giré hacia él sorprendido. El partido dejó de tener importancia y me quedé mirándole atónito. No me esperaba esa declaración. Está claro que le gusto y que se encuentra cómodo conmigo, pero siempre pensé que no había nada más allá del plano sexual y una sensación de sentirse bien tratado.
Me quedé callado unos segundos y le respondí que no podía ser porque yo no estaba todavía preparado para una relación. Y nada más decirlo me di cuenta de que era cierto. Me entró vértigo de sólo pensarlo. Soy todavía demasiado frágil mental y emocionalmente como para atreverme a dar el paso de una relación. Si todavía estoy aprendiendo a vivir aceptando que soy gay ¿cómo me voy a entregar a una relación que necesita una confianza plena? No puedo. No ahora.
Sé lo tomó con filosofía pero me dijo que le gustaría intentarlo, que desde el primer día que me conoció y paseamos junto al río sintió algo especial, y que aunque nunca me lo había dicho yo le gustaba. Mucho. Qué me lo pensase.
Alejandro me gusta. Me gusta su ingenuidad. Me gusta su sonrisa. Me gusta lo transparente que es. Me gusta como se ilusiona con una canción nueva. Me gusta su coquetería y sus gestos excesivos. Me gusta que a pesar de que ha tenido una vida dificil tiene unas ganas enormes de vivir. Me gusta su punto de chulería que él cree que es rebeldía y que yo sé que es inseguridad. Me gusta como entra en éxtasis cuando baila. Me gustan sus gustos sencillos que él cree sofisticados. Me gusta cuando me mira en la cama y le brillan los ojos. Me gusta. Me gusta.
Pero somos opuestos. No tenemos ni un gusto en común. No le gusta el teatro ni las comidas sofisticadas. No le gusta leer ni el deporte. No le gusta el arte ni los museos. No le gusta el cine sino va acompañado de palomitas. No le gusta viajar ni soñar con destinos exóticos. No podemos compartir nada más allá del sexo y de sentirnos cómodos juntos. Si fuésemos pareja no duraríamos ni un mes. O él se ahogaría en mi mundo o yo me asfixiaría en el suyo. No puede ser. Yo lo sé. Lo veo claro. Pero él no.
Lo abracé emocionado y el partido desapareció entre caricias y besos que nos llevaron al dormitorio, que por un día se convirtió en algo más que una cama. De fondo quedó el sonido del televisor con la algarabía de los aficionados que jaleaban cada uno de nuestros besos.
domingo, 3 de abril de 2011
Oscuridad
Sigo saliendo los sábados por la noche con Jasper y sus amigos. Son todos muy buena gente y estoy encantado de haberlos conocido, pero tienen unos cuantos años más que yo y una larga trayectoria disfrutando del ambiente. Yo en cambio soy un recién llegado que me maravillo con facilidad ante cualquier novedad en la que ellos han dejado de fijarse hace ya bastantes años.
Solemos quedar a tomar algo en un bar tranquilo en el que la media de edad supera ampliamente los cuarenta. Allí casi siempre soy el más joven, salvo por alguna excepción puntual que entra de vez en cuando y sobre la cual mis ojos se posan irremediablemente. Ayer mismo un chico guapísimo se acodó en la barra a mi espalda, muy cerca de mi. Tuve que maniobrar sutilmente para poder colocarme de forma que podía admirar su cara. Él no me vio, pero su novio creo que sí, pues la mirada fija que me dirigió no invitaba precisamente a entablar contacto.
Cuando salimos de ese bar una parte del grupo se suele ir a dormir y el resto a veces se viene a tomar algo entrando en algún bar en el que la juventud predomina. Pero no se sienten cómodos allí y tras un breve tiempo suelen abandonar el local rápidamente. Unas veces se van a casa y otras salen a respirar fuera o fumar un cigarrillo dejándome solo dentro. Allí suelo observar la cantidad de chicos que se agitan bajo la música. Unos con una copa en la mano, otros bailando en lo alto de los estrados mientras sus compañeros les miran entre admirados y envidiosos. Los más charlando simplemente pero estallando en risas de cuando en cuando. Un brazo sobre el hombro, una confidencia en el oído, una caricia mal disimulada, un abrazo, un beso cariñoso. Un beso.
Yo lo observo todo y miro a mi alrededor sintiéndome solo. De vez en cuando un chico me sonríe al pasar a mi lado, pero sólo para que me aparte y le deje pasar junto a sus amigos. Suelo oir sus risas francas a mi espalda y me gustaría sumarme a ellas, pero no tengo la habilidad de presentarme sin conocer a nadie. Sigo bailando, esperando que alguien me diga algo y poder empezar una conversación. Pero todos pasan de largo. Como mi vida.
Mis amigos me dicen que esos bares no son para ellos y que les agobian. Que no se puede hablar y que hay mucho "niñato". Y muchos días se van de allí a otro bar que tiene cuarto oscuro. Yo no he ido nunca con ellos. No me llama nada en principio ese tipo de lugares. Sexo clandestino al azar y alivio rápido. Me dicen que esos "niños" que tan altivamente te miran en los bares luego acuden allí desesperados por un desahogo una vez que sus amigos emparejados ya se han ido. No sé. Igual soy demasiado mojigato y me estoy perdiendo algo. ¿Cómo puedo saber si me gusta si no me atrevo a probarlo? Pero ni siquiera sé como funciona, si tiene reglas, si hay conductas prohibidas o si hay códigos de miradas. ¿Cómo sabes lo que quieren los demás o cómo decir a alguien que no te interesa? ¿Se habla allí o los gestos y miradas son lo único admitido? ¿Es todo público o hay rincones apartados? Ni siquiera sé si se paga por entrar en estos sitios.
Soy una vez más ese niño que despierta a un mundo que no conoce y que le da miedo. Soy ese niño que observa sin entender. Soy ese niño que vive entre la curiosidad de lo desconocido y el temor al ridículo del comportamiento inadecuado. Soy ese niño que aún no ha crecido para saber lo que quiere, pero que es demasiado mayor para seguir siendo ignorante.
Soy un niño de 42 años.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Ambiente (2ª parte)
Después de esa primera experiencia bañada en alcohol, pasaron casi un par de meses hasta mi siguiente visita a un bar de ambiente. Por entonces empecé a quedar con Calvin para pasar las noches del fin de semana charlando y bebiendo en mi casa. Una noche un amigo le llamó al móvil y le propuso quedar. El me miró interrogátivamente y le dije que fuera y se divirtiera. Al colgar me preguntó si quería acompañarle. Tras pensarlo sólo un segundo acepté.
Era otra forma de descubrirlo. Esta vez iba acompañado y conocería a algunos gays que quizá podrían llegar a ser amigos en un futuro. Me cambié de ropa y un Calvin crítico me preguntó suavemente si no tenía otra ropa. Me sentí como "pretty woman" y me puse mi ropa más moderna. Calvin se rió y con ironía me dijo que con esa ropa "parecía tres días más joven". Y salimos a quemar la noche.
En un bar nos esperaba su amigo acompañado de otro chico. Nos presentamos y noté como el amigo de Calvin me miraba raro. Curiosamente nos conocíamos de haber hablado por una página de perfiles. Hacía un par de meses le escribí y nos cruzamos unos mensajes, pero pronto tuve la sensación de que no le interesaba y que respondía por compromiso. Una de esas veces no respondió más. Hablamos un rato y me di cuenta de que a ese chico le gustaba Calvin y al verme aparecer con él me etiquetó como un rival. Inmediatamente me odió. Lo noté en su mirada.
Pasé el rato hablando con el "otro amigo" que era hetero y que les había acompañado como gay-friendly que era. Al cabo de un rato se fueron a dormir y yo me di cuenta de que no solo no había conseguido hacer nuevos amigos sino que ahora tenía un enemigo. Y sin hacer yo nada. Y es que a veces la vida es muy cruel.
Nos fuimos a otro bar a bailar y allí por fin disfruté de la noche. Bailo muy mal pero me sentí a gusto y relajado. A pesar de ello noté muchas miradas de extrañeza hacia los dos. Un chico joven y guapo bailando con uno de mediana edad que no destacaba ni por su elegancia, ni por su belleza, ni por su baile. Supongo que más de uno pensó que Calvin era un chapero o que estaba conmigo porque le pagaba las copas. Pero esa noche me dio igual.
Quince días después dos amigos de Calvin vinieron a visitarlo y tras pasar el día de visita turística salimos por el ambiente los cuatro. El mayor tenía pareja pero había venido a divertirse y disfrutar. El más joven, muy guapo y de modales delicados, me gustó de inmediato. Los otros dos hacían bromas para emparejarnos pues este chico acaba de romper con su novio y estaba un poco triste. El chico sonreía por compromiso y no decía nada. En un momento que fueron al baño, Calvin me preguntó que si me gustaba. Y yo mareé la perdiz y no le respondí nada claro. Era tan joven y tan guapo que no concebía que pudiese gustarle yo. Mi timidez y falta de confianza igual me hizo perder una gran oportunidad. Pero no pude dar el paso.
La noche se alargó hasta acabar en la única discoteca gay existente y que tenía poco público esa noche. Nos despedimos al amanecer sabiendo que no los volvería a ver. Yo le miré a los ojos para recordarle y él me miró a mi sonriéndome cansado. Tenía unos ojos preciosos.
Luego Calvin se fue a Madrid a vivir y yo me he quedado con el recuerdo de esas dos noches. En una me gané un enemigo que se ha quedado en mi ciudad. Y en la otra perdí la oportunidad con un chico que no volveré a ver.
Y es que la vida muchas veces se ríe de uno.
lunes, 11 de octubre de 2010
Ambiente (1ª parte)
Fui por primera vez a la zona de ambiente un sábado de febrero. No se que imaginaba que sería pero era un paso que me costaba mucho dar. Podían verme entrar en uno de ellos o incluso algo peor, encontrarme con alguien conocido. ¿Cómo explicarle entonces lo que hacía allí? Se que hay gente que siendo hetera se acerca de vez en cuando por esos bares, pero siempre acompañando a algún amigo que sí es gay. Pero yo no tenía con quién ir. Y lo retrasaba una y otra vez.
Ese sábado quedé con un grupo de amigos para irnos a cenar. El vino corrió a sus anchas y los brindis de chupitos se repetían entre risas cada vez más ebrias. Seguimos divirtiéndonos y tomando copas en un bar cercano y los alcoholes fuertes abarrotaron la mesa de vasos vacíos.
Sobre las dos de la mañana decidieron irse a dormir. El estar todos casados y la mayoría con hijos hizo que las noches de juerga loca se acabaran hace ya muchos años. Mientras andaba hacia mi casa, solo y pensativo, una idea loca me vino a la mente. ¿Y si me atrevía a ir a un bar de ambiente? Estaba muy cerca y me caía de camino. El alcohol me dio el valor que de normal me faltaba.
Entré en el primero que vi. En mi ciudad el número de bares de ambiente se puede contar con los dedos de una mano y aún sobra alguno. Y de este me había hablado un chico por messenger.
Entré un poco intimidado y examiné a la gente que había por si veía a alguien conocido. Me acodé en la barra intentando pasar desapercibido y me tomé una copa de bourbon. Estuve como una hora mirando a la gente con disimulo. No se por qué pero me imaginaba que sería un bar como los de los heteros pero con las parejas del mismo sexo. Pronto me di cuenta que el público era prácticamente masculino y casi no había chicas. Y eso me chocó bastante. Ahora sé que hay bares para gays y bares para lesbianas, pero entonces no lo sabía.
Me pedí otra copa y a pesar de que estaba un poco asustado y temeroso me gustó ver como se besaban muchas parejas. De chicos. Me hizo sentirme a gusto, aunque casi no levantaba la mirada de mi bebida. Al cabo de una hora me cambié de bar y me fui a otro que había oído que a esas horas estaba más animado. Y lo estaba. Abarrotado. Crucé entre el gentío y busqué de nuevo la salvación de la barra. Me pedí otra copa y observé a la gente bailar y reir, saltar y cantar, disfrutar y sentir.
La siguiente hora casi no la recuerdo. La cantidad de alcohol que llevaba ingerida desde la cena me nubló la vista, la memoria y el sentido. Pero recuerdo cuando encendieron las luces de la sala para cerrar y entre la bruma apareció Dave. Aún no os he hablado de él nunca, pero lo haré en el futuro.
Con cara de asombro se me acercó y me dijo que no se terminaba de creer que estuviese allí. Creo que le respondí algo, me pasó un brazo por el hombro y me sacó fuera. Pidió un taxi y me acompañó a casa. Eso es lo último de lo que puedo acordarme.
A la mañana siguiente me desperté en mi cama y entre los gemidos de una resaca de garrafón recordé a Dave en el taxí conmigo. Le mandé un mensaje y me llamó. Me dijo que me había llevado medio borracho a casa, que nos metimos en la cama los dos y que antes de que pasase nada me quedé dormido en sus brazos.
El se despertó antes porque tenía que trabajar y se había ido hacía ya un par de horas, pero entre las sábanas apareció parte de un piercing que le arranqué del pezón en el frenesí alcóholico. Lo miré y sonreí.
Y luego me tomé una aspirina antes de meterme en la cama de nuevo.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
Contracorriente
Ir al cine es una experiencia que me fascina.
Me encanta llegar temprano y sentarme en las filas traseras para observar a la gente sentarse. Según el tipo de película me hago apuestas a mi mismo sobre el tipo de personas que acuden a la sala. He llegado a ser un maestro en esto. Incluso podría hacerlo al revés. Si me enseñasen una sala con los espectadores ya sentados podría deducir el tipo de película que iban a proyectar. Incluso podría detectar quien es el despistado que ha entrado a ver la película sin saber de que iba.
Ayer fui al cine y en mi sala entraron menos de diez personas. Había una pareja muy acaramelada que se sentaron en una esquina y que juntaron sus cabezas en comunicación telepática. Otros cuatro eran dos parejas de veinteañeros muy alternativas cargados de apuntes y folletos y que en voz baja discutían vehementemente sobre algo que no pude entender pero que parecía muy importante a juzgar por sus gestos. El resto espectadores solitarios. Singles que les llaman ahora. Y yo.
La película que escogí es una producción peruana de un director novel, Javier Fuentes-León. A pesar de su bajo presupuesto y limitadas localizaciones la historia funciona bastante bien. Miguel, un pescador a punto de tener a su primer hijo vive una historia de amor en secreto con Santiago, un joven pintor venido de la capital y al que todo el pueblo de pescadores rehuye por vivir su homosexualidad públicamente.
Aunque a priori podría tener puntos de conexión con Brokeback Mountain, aquí la historia de amor es relegada a un segundo plano para hacer una crítica social sobre la homofobia en las comunidades rurales del Perú. Es una historia de sentimientos y prejuicios. De miradas y silencios. Pero sobre todo de miedos.
Miguel se debate entre sus obligaciones para con su esposa y su futuro hijo, y su relación con Santiago. Vemos las miradas furtivas, el deseo, la felicidad contenida, pero también su miedo a que les vean juntos, a que sus amigos le marquen como "maricón". Porque Miguel no se reconoce a si mismo como homosexual e intenta vivir ignorando una parte que le es consustancial. Hasta que Santiago desaparece un día...
Destacaría la interpretación de la peruana Tatiana Astengo como Mariela, la mujer de Miguel. Aunque está en segundo plano nos acongoja el corazón con su presencia. El boliviano Cristian Mercado cumple en su papel de Miguel y su mirada a ratos triste y a ratos asustada es suficiente mientras nos enamora con una preciosa sonrisa. No puedo decir lo mismo del colombiano Manolo Cardona, cuya interpretación es justita y que sabe a poco. Un reparto internacional acompañado de una musica evocadora que realza la luminosidad de los escenarios. Y el mar. Porque la película huele a salitre y viento. A fuerza y libertad.
Mi opinión crítica probablemente se ve mediatizada porque me veo reflejado en Miguel. En su cobardía para aceptarse y en su ignorar las partes de la historia que no le interesan para autojustificarse. A Miguel le gustaría fijar la realidad en un momento congelado para poder disfrutar de su mujer y su hijo, de sus amigos y de Santiago. Pero esos momentos son fugaces y tienden a huir. Me veo en esos miedos en su mirada, siempre preocupado por el que dirán. En esas caricias tan necesarias y que hacen tanto bien. No soy Miguel. Pero podría haberlo sido.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Unos versos olvidados
Cuantas cosas yo daría
por vivir con ilusión
de cada semana un día
un día de diversión.
Un día de libertad
cual deriva de navío,
un día de soledad,
uno sólo, pero mío
Hoy han venido a mi cabeza estos versos. Hace casi 25 años que los había olvidado y hoy han aparecido de nuevo como un fogonazo en mi mente mientras trabajaba. Los escribí cuando tenía 18 años, otro día que también estaba triste, sentado en un coche, de noche, mirando a la luna. Solo.
Recuerdo que estaba frente a la facultad y todos los demás estudiantes ya se habían ido. Yo me quedé allí pensando, recostado en el asiento. Estaba triste y no sabía el porqué. Notaba un gran vacío en mi vida y no entendía la razón. Tenía buenos amigos, no había problemas con mis padres (más allá de los habituales de un adolescente), tenía un dinero para mis gastos y mis estudios iban viento en popa. Incluso tenía novia. Pero estaba triste.
No lo entendía ni encontraba la razón para esa tristeza, pero recuerdo que lloré y me sentí estúpido por llorar sin ninguna causa. Cogí mi carpeta con los apuntes y en un folio en blanco escribí estos versos que salieron de lo más hondo de mi. Sé que son malos, fruto de la mente de un adolescente asustado. Pero eso ahora no importa, porque no los escribí como poeta sino como dolor. Nunca se los enseñé a nadie y la única copia la destruí un día que mis lágrimas emborronaron la tinta. Pero los conservé en mi memoria. Ocultos.
Hoy los pongo aquí porque ahora empiezo a entender porque ese adolescente confuso lloraba. No puedo consolarlo ya, pero sí puedo acompañarlo.
domingo, 5 de septiembre de 2010
La cometa
Desde hace unos días siento algo extraño dentro de mi. Fue una mañana, sin previo aviso, cuando al abrir los ojos noté que algo había cambiado. Todo a mi alrededor era más grande y me costaba acostumbrarme a su tamaño.
Tardé tiempo en darme cuenta que volvía a ser un niño. No se como había ocurrido pero volvía a estar en los setenta de nuevo. Lo sentía dentro de mi. Pero nada era como lo recordaba. Todo lo que veía me parecía diferente, pero sin embargo me resultaba conocido. Me asomé a la ventana y contemplé las montañas. No me extrañó que desde mi casa nunca se hubiesen visto las montañas. Era lo natural.
El día era fresco y el viento soplaba moderadamente. Era un buen día para volar la cometa. Los demás niños se asomaban a las ventanas y también miraban el cielo. Algunos ya estaban en las terrazas de adobe preparando sus carretes. Miré las estrechas calles debajo de mi y no me sorprendí de estar en Kabul.
Subí a la terraza y desplegué mi cometa. Después de tanto tiempo sin volarla ver el cielo de la ciudad surcado por cientos de cometas era glorioso. Pero mi manejo era torpe, errático. Intentaba elevarla y ascendía caprichosamente, dando bandazos y casí sin control. Observé a los otros niños y algunos, incluso más jóvenes que yo, manejaban con soltura su cometa y sus risas las traía el viento.
El baile de cometas comenzó y una miríada de colores trazaban caprichosas coreografías en el cielo. Intenté controlarla y hacerla ascender. Pero tenía miedo de perderla si subía muy alto. La mantuve más baja que las demás y me dediqué a observar. Allá una pareja las hacía bailar una alrededor de la otra prácticamente sin esfuerzo. Otros dos, jugando entre ellos, enredaron sus hilos sin poder evitarlo y en una espiral incontrolada cayeron al suelo.
Me fijé en dos niños que reían mientras sus cometas se complementaban entre las nubes y se mecían al viento sin importarles que este cambiase, pero otro niño colocó su cometa entre las otras y por un momento dejó a una de ellas sin aire y cayó lejos de allí.
Algunos eran verdaderos profesionales y jugaban con las cometas de los demás. Las incitaban a subir y subir y cuando estaban con el carrete al límite con un movimiento brusco cortaban su hilo y las dejaban caer desmadejadas. Luego acudían a por otra.
Mi cometa se movía entre las suaves brisas de baja cota. Miraba a los demás con envidia pero no me atrevía a subir tan alto a jugar con ellos. Me había costado mucho construir esa cometa y me daba miedo estropearla. Y como todos los días la guardé. Una vez más.
jueves, 29 de julio de 2010
Brisas del mar
Tres semanas después del fin de semana en la montaña me encaminé a la playa. A pesar de la alegría por la conversación con Mitch, en realidad mi plan había fracasado. De todo el grupo sólo había conseguido hablar con uno. Seguía teniendo el mismo miedo y la misma necesidad de contárselo, y la Semana Santa fue mi siguiente objetivo.
Todos los veranos nos reunimos unos días en una localidad costera mediterránea. Lance vive allí todo el año y el resto acudimos cada uno de nuestra ciudad. Y cuando podemos también nos reunimos en Semana Santa. Empecé a indagar quien iba a ir y Stella, una vez más, no podía acudir. Mitch tampoco, que se subía a la montaña. Pero a él ya se lo había dicho . Nathan y Chase sí que iban a acudir. No estaba mal. Dos de tres. No estaba mal. Y decidí ir.
Llegué allí el viernes al mediodía y hablé con Lance y Nathan, que ya había llegado. Chase llegaría el sábado. Estuvimos los tres en casa de Nathan toda la tarde jugando a las cartas con su hermano y su cuñado, riendo y pasando una tarde relajada. Nathan se quedó a cenar con su familia y nos quedamos Lance y yo solos. Está divorciado y le tocaba tener a su hijo esos días, así que lo recogimos de casa de sus abuelos y nos fuimos a su piso a tomar unas copas.
Mientras el niño se entretenía jugando a la Wii nosotros nos salimos a la terraza. Tiene unas vistas espectaculares sobre la bahía y mientras anochecía se iba viendo como las luces se encendían léntamente y sus reflejos sobre el mar enmarcaban las estrellas. El sonido del agua al romper contra los acantilados me relajó un poco y la brisa marina humedeció mis labios resecos. Hacía fresco pero yo no lo notaba. Estaba temblando y no era de frío.
Casí no le di ni oportunidad de sentarse tras servir unas copas cuando después de un largo trago de whisky le espeté repentinamente "Tengo que hablar contigo. Tengo que contarte una cosa". Me miró sorprendido y con un gesto me animó a continuar. Cinco minutos, dos whiskys y unas lágrimas contenidas después se lo dije. Y lo miré expectante.
Me preguntó muchas cosas. Hablamos de cómo había llegado a darme cuenta. De cuándo. De quién lo sabía. De mi vida. La conversación continuó en un restaurante cercano y se prolongó durante más de tres horas. Mi tensión se diluyó y hablé con él de muchas cosas de mi vida que no he contado a nadie.
Ya de madrugada, antes de irme me sonrió y me comentó que cuando le dije que quería decirle algo y vio que no hacía más que darle vueltas a las palabras penso en plan de broma y como algo imposible que igual le iba a decir que era gay. Nos reimos a carcajadas y nos abrazamos.
Fue mi viernes de pasión.
El sábado transcurrió entre la playa, una siesta reparadora, tomar una cervezas en el bar y descansar. Quedamos todos para salir a tomar una copa por la noche y Nathan y Lance se fueron con sus familias. Quedamos Chase y yo, que nos fuimos a cenar algo por ahí. Mientras íbamos a buscar un sitio donde tomar algo le dije que íbamos a dar un paseo por la playa para poder hablar de un tema importante para mi. Empezamos a pasear bajo las estrellas y no se si mi cuerpo ya no soportaba más tensión después de la confesión de día anterior pero esta vez no le di tantas vueltas y se lo dije bastante rápido. Chase tiene una personalidad muy curiosa. Se podría decir que es despreocupado y tranquilo. Cuando por fin se lo dije solamente me dijo "Ah... muy bien" y siguió hablando como si le hubiese dicho que me iba a cambiar de coche o comprar un móvil nuevo. El sorprendido fui yo, pero me encantó la normalidad con la que se lo tomó.
Nos reunimos los cuatro a media noche en casa de Lance a tomar una copa antes de salir por ahí. No llegamos a hacerlo. Por primera vez en mi vida todos lo sabían a mi alrededor y yo me sentía tranquilo. Fue una sensación nueva para mi y me encontraba relajado y animado. La conversación giró en torno a ello al principio y en un momento dado Lance dijo "Ya que Parmenio se ha sincerado con nosotros yo lo voy a hacer también". Y nos empezó a contar aspectos de su vida que no conocíamos. Poco a poco los demás se fueron animando y hablaron de ellos. Fue una noche de confidencias. Fue una noche mágica.
Ya era domingo. Mi domingo de resurrección.
Esta entrada y la anterior las he escrito ahora porque el sábado los volveré a ver todos. Me voy de vacaciones a la playa dos semanas y serán las primeras vacaciones de mi vida que pasare siendo abiertamente gay. Aún me queda pasar el mal rato de hablar con Stella. Y es posible que algún otro se entere también.
No se como serán estas vacaciones. No se si lo pasaré bien o mal. Si sufriré, disfrutaré o las dos cosas. Pero sí sé que por fin en mucho tiempo voy a ser yo mismo.
martes, 27 de julio de 2010
Aires de montaña
Hace ya más de dos meses que en "Desgarrando el alma" y "El día después" os hablé de mis amigos veraniegos. No tuve el valor de sincerarme con ellos el verano pasado y tuvo que ser en septiembre, cuando lo intenté por segunda vez y fracasé, estallando en un mar de lágrimas ante Nathan.
Pasaron casi seis meses en que mi mente torturada no dejó de pensar en lo ocurrido. Rememoraba una y otra vez esas noches aciagas y me prometía a mi mismo que se lo contaría la siguiente vez. Pero sólo el imaginarme el momento me provocaba unas nauseas tan fuertes que me impedían comer y encharcaban mis ojos.
A finales de febrero Mitch me escribió un correo y me propuso que quedásemos todos un fin de semana para esquiar. Mitch tiene un apartamento en una estación de esquí y sube todos los fines de semana con su mujer y sus hijos. Automáticamente mi idea recurrente regresó. Nos volveríamos a juntar todos y fuese como fuese tenía que decírselo.
Me hice cargo de la organización inmediatamente para que la idea no cayera en saco roto y me puse a enviar correos a todos. Propuse el fin de semana del 12-14 de marzo y Nathan rápidamente me confirmó su asistencia. Es soltero como yo y de decisiones rápidas. Stella tenía dudas sobre si podría asistir debido a los niños y como Troy, su marido, no podía venir al final dijo que no. Chase se apuntó sin dudarlo y acudiría con su mujer y su hija, mientras que Lance y Ayrton declinaron asistir porque ellos no esquiaban.
Quedábamos pues dos matrimonios y dos solteros. A pesar de que la mitad del grupo no podía acudir decidí seguir adelante con mi plan y decírselo a los asistentes
Me encargué de las reservas del hotel para todos, y Nathan y yo fuimos en mi coche juntos. Llegamos bastante temprano, dejamos las cosas en la habitación del hotel y acudimos a casa de Mitch y Allison. Al cabo de un par de horas llegaron Chase y Molly con su hija y nos juntamos todos para cenar en su casa. A pesar de mi impaciencia y nerviosismo no hubo oportunidad de hablar. Demasiados niños a nuestro alrededor jugando y saltando que impedían cualquier conversación fluída y aún menos una noche de confidencias. Nos acostamos pronto porque había que madrugar para esquiar al día siguiente.
Se había perdido la primera oportunidad.
Amaneció un día espléndido y después de un desayuno copioso a base de huevos, beicon y tortilla subimos a las pistas. Toda mi rabia y tensión la descargué en bajadas vertiginosas como hacía años que no hacía. Creo que Nathan se sorprendió de mi ímpetu pero no dijo nada. El viento en mi cara y la montaña huyendo a mi espalda me calmaron al cabo de un par de horas. Me paré en lo alto de un arrastre y respiré un aire que a menudo me faltaba.
Agotados y exhaustos regresamos al hotel a media tarde. Tras darnos una ducha reparadora quedamos en el bar del hotel para tomar unas cervezas. Nathan se quedó en la habitación durmiendo tras haberme seguido sin una queja en todos mis locos descensos del día.
Chase bajó al bar media hora y una cerveza más tarde que yo. El local estaba desierto y pensé en hablar con él pero decidí esperar a Mitch. No tenía fuerzas para pasar el mal trago dos veces en un par de horas. Ni fuerzas, ni estomago. Los nervios me empezaban a atenazar.
Estuvimos hablando y bebiendo mientras el bar se iba llenando poco a poco hasta que que no quedó ni una mesa libre. Cuando por fin aparecieron Mitch y Allison aquello parecía una convención de familias del Opus. No me pareció el momento ni el lugar para hablar. Y esperé a la cena.
Cenamos en el hotel, los seis adultos y los cuatro niños. O mejor dicho, dos adultos cenaron mientras los otros cuatro intentaban contener a los niños. En vista del poco éxito, nada más terminar Allison y Molly se retiraron a dormir y nos quedamos los cuatro amigos en el bar tomando una copa. Ese era el momento que estaba esperando.
No era cuestión de soltarlo como una bomba y decidí que la conversación avanzase un poco antes de llevarla a mi terreno, pero el cansancio hizo mella en mis amigos, y Nathan y Chase se durmieron en los cómodos sillones mientras Mitch y yo hablábamos de miles de cosas. Al cabo de una hora los dos se despertaron y se subieron a la habitación. A Nathan ya se lo había dicho y no me importaba pero con Chase era otra oportunidad que se escapaba. Quedamos Mitch y yo. Y decidí lanzarme.
Como siempre empecé dando rodeos. Es superior a mi. El miedo me acongoja y me es imposible mirarles a los ojos y decírselo. Él escuchaba en silencio porque veía que lo que le iba a decir era importante, pero no sabía el qué. Y al fin pronuncié las palabras.
Esperé su reacción. Mitch es muy religioso. Mucho. Es un católico tradicionalista. Practicante. Y no sabía como aceptaría mi confesión. Se quedó callado unos segundos y medio aturdido dijo.... "Ah, bien". Y comenzamos a hablar. Me preguntó y respondí. Hable y escuchó. Sonrió y respiré.
Dos whiskys después nos fuimos a dormir.
Yo agotado. Él sonriente.
jueves, 8 de julio de 2010
Una extraña fijación
Empecé a fijarme en él cuando era pequeño. Me gustaba mucho y pasaba las horas mirándolo. Siempre estaba ahí y cuando pasaba lo ojeaba de reojo. Me daba vergüenza acercarme y siempre lo atisbaba desde lejos.
Cuando hablaba con los amigos notaba que la gente lo consideraba algo extraño. Se reían de los que les gustaba. Y las bromas eran frecuentes. Yo también me reía y hacía chistes porque no quería parecer diferente. No quería que se metieran conmigo ni que que fuese el blanco de todas las bromas. El instinto de supervivencia en esas edades se impone al coraje de reconocer lo que nos gusta.
En la adolescencia fue a peor. Era algo que no se podía contar sino querías quedar fuera de la vida social. A los que se dedicaban a "esas cosas" los marginaban y nadie les dirigía la palabra. Era el ostracismo total. Y eso con suerte, porque podían meterse contigo siempre que quisieran. Y no había nadie para defenderte. Porque todo el mundo lo consideraba "extraño".
Si te atrevías a confesárselo a un adulto te decían que lo mejor era dejarlo. Que eso no llevaba a ninguna parte. Que mejor que fuese como los demás chicos y saliese por ahí los sábados a conquistar chicas. Y claro, yo les hice caso. Salía por ahí y me reía con los demás. Pero a veces me escapaba para poder quedar los domingos temprano y estar toda la mañana.
Me encantaba. Disfrutábamos los dos y cuando terminábamos, ya agotados, solíamos beber algo y volvíamos a recordar cada momento.
Cada vez me gustaba más y quería estar más tiempo practicándolo. Me llegó a obsesionar y cuando se lo contaba al sacerdote que era mi tutor en el colegio se escandalizaba y me decía que canalizase mi fogosidad en los estudios y no en "eso".
Con veinte años la vida me enseñó que si quería triunfar era mejor apartarse de esas prácticas. Y lo dejé. Me dedique a conseguir lo que se esperaba de mi en la vida mientras lo arrinconaba en mi corazón. A veces pensaba en él y añoraba los buenos tiempos que pasé. Las risas, el llanto, la alegría y la frustración. Lo echaba de menos pero no me atrevía.
Pasaron muchos años antes de que me diese cuenta de que me había equivocado. Y con cuarenta años volví a él. A disfrutar de su tacto. A madrugar con ilusión para dedicarle unas cuantas horas.
Ahora ya no me escondo. Si alguien me pregunta lo digo sin rubor. Ya no lo oculto y no me importa lo que piensen los demás. Soy como soy, me enorgullezco de lo que me gusta y lo proclamo cuando hace falta:
Sí, me gusta jugar al ajedrez.
domingo, 27 de junio de 2010
Mi hermana
Hablar con mi hermano fue una eclosión de tensión contenida. Fue como notar la explosión de un volcan nadando en la lava y luego subir y subir por los aires hecho pedazos. Luego, al terminar, todo se va enfriando y en las mejillas quedan las coladas de lágrimas congeladas.
Acudí al trabajo al día siguiente con los ojos enrojecidos por una noche agarrado a la almohada. Mis compañeros al verme rieron y bromearon sobre porqué estaba en ese estado. Yo no tenía fuerzas para hablar y sólo sonreí. Una sonrisa de compromiso, triste y deslucida. Y eso les confirmó aún más sus suposiciones y las bromas continuaron durante toda la mañana.
Mientras intentaba concentrarme al menos un poco en lo que hacía, me llegó un mensaje de mi hermana. Ella es mayor que yo. Me saca cinco años y mucho caracter. Y me preguntaba sobre que quería hablar con ella. Le respondí que de nada importante y ella me pidió que le adelantase algo para ir ganando tiempo.
La conozco y se que nunca hace preguntas casuales. Algo sospechaba. Probablemente no sabía el qué, pero había deducido que si la citaba no era para enseñarle las máscaras venecianas que había comprado. Y me empezó a presionar. Me dijo que igual no podía ir en bastante tiempo para ver si yo aflojaba y le daba alguna pista. Le dije que daba igual, que no había prisa. Después utilizó la vena irónica riéndose de mi secretismo. Y yo le seguí la broma hablando de teorías conspiranóicas y que no podía poner nada por escrito.
Era una batalla dialéctica en la que los dos, con mensajes distendidos, sabíamos que hablabamos de algo diferente a lo que escribíamos. Y jugó la baza de mi sobrina. Me dijo que no tenía con quien dejarla y que se vendría con ella. Total, es mi ahijada y así la veía. Esto era un órdago con todas las de la ley. Ella sabía que si el tema era importante mi sobrina no nos dejaría hablar. Tiene nueve años y no para quieta. Era una prueba para comprobar el nivel de trascendencia de lo que quería decirle. Y lo jugó muy bien. Tuve que decirle que no la trajera con una excusa muy poco creible. Ella había ganado y los dos lo sabíamos. Mi mensaje de cita intrascendente había alcanzado el nivel de declaración inaplazable. Vendría el viernes.
Pasé la semana en un estado de ansiedad incontrolable. Daba igual que ya hubiese hablado con mi hermano y todo hubiese ido bien. Era empezar de nuevo y mi corazón latía a mil cada vez que pensaba en ello. Me sumergí en el trabajo para distraer mi mente y pasé las horas en el gimnasio quemando adrenalina. Y llegó el viernes.
Se presentó a la hora, sin mi sobrina y con una sonrisa. Y me dijo que le enseñase las novedades de mi casa. Sabía que yo necesitaría tiempo para decir lo que fuese que tenía que contarle y me lo dio con la excusa de la visita turística.
Al cabo de media hora nos sentamos en los sofás en la misma posición que lo hicimos mi hermano y yo cuatro días antes. Y me preguntó sin ambages y con un toque de humor por ese tema tan "secreto". Yo empecé a dar los mismos rodeos que la otra vez. Alargué las frases y amagué el tema sin atreverme a decir las palabras fatídicas. Ella sonreía y esperaba paciéntemente. Y al fin lo solté: Soy gay.
Sonrió y me dijo que no pasaba nada, que le parecia perfecto. Que no me preocupase. Me dijo que con tanto secretismo había pensado que estaba enfermo o que tenía algún problema de drogas o que había dejado embarazada a una chica. Pero que fuese gay le parecía fantástico.
Estuvimos hablando casi dos horas. Hablamos de mi y de como lo había pasado. De si se lo había contado a alguien. De que era tonto por habérmelo callado tanto tiempo y de que tenía que haber hablado con alguien y no sufrirlo en silencio.
Me contó que ella tenía amigos gays y que más de una vez había ido a bares de ambiente con ellos. Eso me hizo gracia. Yo aún no me atrevía a ir, no había pisado ninguno y ella había estado en todos. Hizo la charla muy distendida y por fin pude soltar la tensión acumulada.
Ya era de noche cuando se fue, diciéndome con una sonrisa irónica que "lo gay está de moda y ahora puedo presumir de hermano gay".
Cerré la puerta, me recosté en ella y sonreí.
domingo, 30 de mayo de 2010
Camino de imperfección
Premio a la imperfección. Pocos premios en la vida pueden ser tan acertados en describirme como este. Lo que lo convierte en una paradoja, pues si yo soy imperfecto el premio debería también serlo. Pero esto es comprensible... perfectamente.
Davichini ha visto más alla de mi imperfección y me ha otorgado este premio para que disfrute de un día perfecto. O acaso lo que quería decirme es que lo que escribo es tan imperfecto que su contenido es incomprensible.
En cualquier caso como bloguero respetuoso e imperfecto que soy voy a hacer gala de mi imperfección y voy a copiar las reglas tal cual, para no equivocarme:
1.- Los premiados deberán citar cinco razones por las que se consideran imperfectos (se excluyen las físicas).
2.- Deberán citar también cinco razones por las que considerarían imperfectos a otros
3.- Deberán otorgar el premio a otros cinco imperfectos.
4.- Ultima norma y fundamental. No olvidar que como somos imperfectos, las normas se pueden transgredir.
Y mis cinco razones por las que me considero imperfecto son:
1.- Por haber sido tan cobarde en aceptar lo que era durante cuarenta años. Señales ha habido pero yo no las quería ver. Y ocultar las cosas en el fondo de tu mente para no verlas es comportarse como un niño pequeño cuando se pone las manos delante de su cara y cree que porque él no te ve, tu tampoco lo haces.
2.- Por darle demasiadas vueltas a las cosas. Pienso todo cien mil veces. Miro todo desde todos los ángulos posibles... y lo vuelvo a mirar de nuevo. No es un problema de indecisión, que las decisiones las tomo sin problemas. Es un problema de perfección. Intento siempre escoger la mejor opción. Y el afán de perfección es una imperfección en si misma.
3.- Por agobiarme demasiado con un tema que debería importarme sólo a mi. Este es actualmente mi mayor muestra de imperfección. A pesar de ser consciente de que debería ser algo que fluyese naturalmente y saliese a la luz cuando el momento lo pidiese no puedo dejar de darle vueltas y agobiarme una y otra vez.
4.- Soy imperfecto porque a veces me entrego demasiado y a pesar de las veces que luego los demás no han respondido sigo haciéndolo sin aprender nada. Soy un organizador nato. El que se encarga de organizar a los amigos, de que se hagan cosas, de ir a comprar para las fiestas, de adelantar el dinero cuando hace falta. Y muchas veces me han dejado colgado. He perdido dinero y he tenido muchos cabreos y discusiones. Pero sigo haciéndolo.
5.- Y sobre todo soy imperfecto porque a mi edad sigo siendo un idealista, un utópico, un ingenuo, un iluso, un crédulo, un inocente, un infeliz, un optimista y un soñador. Y quiero seguir siéndolo. Summa imperfectionis.
La segunda parte de este premio me pide que diga porque pienso que otros son imperfectos.
1.- Porque hay gente que se cree con el derecho a juzgar y decidir lo que es moral o no. Porque creen que están en posesión de la verdad absoluta y el resto del mundo deben cambiar para adecuarse a ellos.
2.- Porque algunos viven de sus miserias y pequeños rencores. Luchando por un palmo más de tierra sin darse cuenta que desperdician su vida en rencillas y disputas.
3.- Porque hay quien mira por encima del hombro a un recien llegado, ya sea por razones económicas, raciales, históricas, de edad, preferencias o simplemente porque acaba de llegar.
4.- Porque hay quienes intentan vivir la vida de los demás entrometiéndose sin parar y contando a los demás todas las intimidades que encuentran de los que les rodean sin preocuparles si les dañan o no. Porque algunos han hecho del cotilleo una forma de vida parásita.
5.- Porque la gente tiene miedo a salir de si mismos y ver que hay un mundo más allá de su pequeña comunidad. Que hay gente muy interesante que conocer, de lugares que visitar, de libros que leer. Porque en su mundo tan pequeño los ojos se enturbian y la mente se ocluye.
Y por último para terminar este post tan imperfecto concedo este premio a Luckitas, a Flecha Azul, a Alnadí, a Christian Ingebrethsen, y Theodore. Por haber sido tan imperfectos como para perder el tiempo escribiendo en mi blog.
"La perfección se logra al fin, no cuando no hay nada que agregar, sino cuando ya no hay nada que obtener"
Antoine de Saint-Exupery
domingo, 23 de mayo de 2010
¿Cumpleaños feliz?
Hoy es mi cumpleaños y cumplo 42 años. Nací en mayo del 68, una fecha que mucha gente recuerda por lo que supuso de cambio en la mentalidad europea. Una fecha en la que los jóvenes salieron a la calle en París reivindicando un mundo nuevo al ritmo de esloganes como "prohibido prohibir" e "imaginación al poder". Hoy poco queda de aquello. Esa ilusión desbordante se ha ido diluyendo y prácticamente ha desaparecido.
Y es que hay cosas que son muy dificiles de cambiar.
Ayer salí con un grupo de amigos a cenar. Celebrábamos mi cumpleaños y llevo toda la semana pensando en ese momento. Pero no porque sea muy previsor o porque me guste cuidar los detalles, sino porque desde que escribí hace quince días un post sobre otra cena con ellos llevo dándole vueltas a que debo controlar mis miedos y ser yo mismo. Y quería aprovechar el momento para hablar con ellos y contarles que soy gay.
La cena estuvo bien. Una conversación animada y divertida. Saltábamos de un tema a otro tema sin discontinuidad aparente y nos reímos durante toda la noche. Tenía pensado hablar con ellos en los postres. Era el mejor momento. Todavía estás sentado a la mesa y puedes hablar con todos a la vez y si va bien se puede alargar la sobremesa con copas para poder seguir hablando y respondiendo a sus preguntas. Y si va mal y se produce un momento tenso se puede romper levantándose y yéndose.
Pero a pesar de llevarlo todo pensado y planeado, cuando llegó el momento me entró de nuevo la ansiedad y el agobio. No encontré ni el momento ni la forma de introducir el tema. Las palabras no me salieron. Me intenté tranquilizar a mi mismo diciendo que la noche era larga y que habría otros momentos. Quizá con más alcohol en el cuerpo me deshinibiría más y me lanzaría a la piscina. Pero no fue así. Fuimos de bar en bar. De copa en copa. Pero yo no pude soltarlo. ¿Por qué me cuesta tanto decirlo? No lo se. La verdad es que no lo se. Pero una vez más fue una oportunidad perdida.
Y es que hay cosas que son muy difíciles de cambiar.
Eran casi las cinco de la mañana cuando regresaba a casa. Me había despedido ya de mis amigos e iba solo por la calle pensando que una vez más lo había hecho. A pesar del alcohol (o quizás debido a él) iba cabizbajo y triste. Las calles estaban vacías y yo andaba lentamente, como no queriendo llegar a casa y constatar mi fracaso. Y surgiendo de una bocacalle salieron dos chicos que iban andando por la acera contraria a mi pero siguiendo mi camino. Eran veinteañeros y supuse que regresaban a casa después una noche de juerga. Pero entonces me di cuenta de que iban agarrados de la mano. Los fui siguiendo con la vista mientras andaban paralelos a mi y de repente se pararon y se dieron un beso. Un beso apasionado y deshinibido. Me emocioné de verlos en mitad de la calle besándose sin el miedo al que dirán. Y una vez más se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero esta vez de orgullo.
Y es que, gracias a dios, hay cosas que SÍ que cambian.
sábado, 8 de mayo de 2010
¿Una oportunidad perdida?
En el verano de 2001 era yo un jovenzano de 33 años en la flor de la vida. Decidí ese verano coger mi coche e irme a recorrer Hungría. Solo. Como acostumbro a hacer cuando viajo. Para viajar no necesito a nadie, me entretengo yo mismo. Me encanta el arte y me encanta ver pasar a la gente. Disfruto tanto visitando una catedral, como paseando por un bosque o un lago.
El único momento que no me gusta de viajar solo son los ratos de las comidas. Es aburrido estar sentado a una mesa esperando a que te sirvan sin tener nada que hacer. Lo que hago en esos momentos es observar a mi alrededor. Me fijo en ese señor que intenta que no se le vuele el períodico, en los niños corriendo, en lo que comen en las mesas de al lado o en los edificios que me rodean. A veces hasta les hago fotos.
Pues a finales de Julio llegué a Budapest. Me alojé en el Hotel Gellert, un hotel de lujo fuera de mi alcance económico, pero con unas habitaciones individuales, antiguas e interiores a un precio asequible. Son unas habitaciones como las de una pensión pero con derecho gratuito a todos los servicios del hotel. Entre ellos el mítico spa. ¿Alguno recuerda un anuncio de Danone de hace muchos años en el que se veía a un chica tirarse a una piscina con columnas? Estaba rodado en el spa del Hotel Gellert. Y yo disfruté de ese sitio durante diez días. Cada día hacia mis excursiones por los alrededores de Budapest y regresaba sobre las seis de la tarde para relajarme en las piscinas del hotel. Después volvia a salir a cenar y disfrutar del Budapest nocturno.
Uno de esos días paseando por Vaci Utca entré en el restaurante Fatal. Es un sitio muy conocido y que está en todas la guías turísticas. No soy muy amigo de estos sitios, pero todo el mundo hablaba bien de él y me acerque a conocerlo. Como iba sólo me sentaron en una mesa corrida en la que había unas quince personas comiendo. Aburrido, mientras esperaba la comida, me dedique a observar al resto de los comensales de mi mesa. Casi todos eran parejas de alemanes y británicos rondando la cincuentena. Pero en la cabecera opuesta a mí había sentado un chaval un poco más joven que yo. Parecía que estaba solo y tambien miraba al resto de la mesa. Estaba tomando ya el postre y en un determinado momento nuestras miradas se cruzaron. Y me sonrió. Termino de comer y se fue. Recuerdo que le seguí con la mirada mientras se iba.
La cena estuvo muy bien. Un gulash exquisito y picante y un plato de carne y pasta fantástico. Con unas raciones gigantescas. Y barato, que para mi maltrecha economía fue un bálsamo. Tanto me gustó que el día siguiente regrese de nuevo a cenar. Esta vez me sentaron en una mesa para cuatro personas pero vacía. Pedí la cena y me senté a esperar. Nada más servirme el primer plato y con el restaurante casi lleno al fin sentaron a alguien a mi mesa. Levanté la vista y reconocí al chico del día anterior. Casualidades de la vida.
Comimos en silencio los dos durante un buen rato y cuando me sirvieron el postre me habló. Me preguntó, en inglés, que si era italiano o español. Con cara de sorpresa le respondí que español y le pregunté que cómo lo había adivinado. Con una sonrisa me dijo que yo había pedido para comer un primero, un segundo y un postre, que comía con vino y terminaba con café. Y que en Europa solo sabíamos comer así de bien los italianos y los españoles. Me eché a reir y nos pusimos a charlar.
El era italiano, de Milán, y se llamaba Alessandro. Tenía unos 26 años. Estudiante de filología hispánica y nadador en sus ratos libres. Nos hicimos amigos y nos fuimos a unas terrazas junto al Danubio a tomar unas cervezas. Estuvimos como unas tres horas hablando en una mezcla entre italiano, inglés y español. Hablamos de literatura, de viajes, de religión, de política, de nosotros y de la vida. Y bebimos sin parar cerveza tras cerveza hasta que cerraron todos los bares. Y entonces me dijo que si le acompañaba al hotel. A pesar de la cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo una alarma saltó en mi cabeza. ¿Me está invitando a seguir bebiendo en su hotel o es gay y me está echando los tejos? No lo tenía claro y a pesar de la duda decidí acompañarle y ver que pasaba. Fuimos paseando y charlando durante unos veinte minutos hasta llegar a su hotel, una especie de Albergue o similar. No estoy seguro. Y en ese momento, frente a la puerta, me entró el pánico. Sin darle tiempo a decir nada me despedí de él, di media vuelta y me alejé de allí sin mirar hacia atras.
Cuantas veces he pensado en esa noche. En la cara que se le debió quedar y que no vi. En lo que debió pensar. Y sobre todo he pensado si simplemente me invitaba a seguir tomando cervezas... o a algo más. ¿Y si hubiese aceptado y hubiese sido gay.... le habría dejado? ¿Cúanto habría cambiado mi vida de haber tomado otra decisión esa noche? Son demasiadas preguntas sin respuesta.
Han pasado casi nueve años y muchas veces pienso en él... y ahora más. Recuerdo su nombre perfectamente, Alessandro Pezzone. Ahora tendrá unos 35 años más o menos. Y todavía guardo la dirección de correo electrónico que me dio...
lunes, 26 de abril de 2010
Miedos
Una de las cosas que más eché de menos en esos primeros momentos era tener un referente. Alguien a quien poder dirigirme y decirle "soy como tu y ahora ¿que hago?". Puede parecer increible, pero a mis 40 años aún no había conocido nunca a nadie homosexual. Al menos que yo supiera claro. Ningún compañero de colegio. Ningún amigo (ni amigos de mis amigos). Ni siquiera compañeros de trabajo en las distintas empresas en la que he estado. Nadie. Nunca.
Quizá esa es la causa de mi aceptación tan tardía. Si hubiese conocido a alguno probablemente me habría hecho pensar y razonar. No se si me habría atrevido a preguntarle o no, pero al menos habría visto que no era tan terrible y me habría llevado a plantearme y cuestionarme mi sexualidad
Por supuesto no es esa la única causa. Fui educado en colegios religiosos y aunque ya desde los 12 años fui consciente de que la religión no era para mi, la ética y la insistente y sesgada educación siempre hacen mella. Te educan en unos valores éticos que absorbes como una esponja a esas edades, y te crean unos prejuicios impuestos que puedes tardar años en eliminar. Eso si lo consigues. Y la homosexualidad era uno.
Otra causa probable es la sociedad que te rodea. Yo viví mi adolescencia en los 80. Y en esa época todavía pervivía el desprecio al maricón. Y no sólo desprecio. Podía ser incluso peligroso. Había agresiones y la gente miraba hacia otro lado. Hay que tener en cuenta que la Ley de Vagos y Maleantes (y su sucesora la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social) estuvo en vigor hasta el año 79. Y aunque derogada formalmente, el ostracismo seguía vigente. Definirte como homosexual era tu muerte social.
¿Me exculpa esto y justifica mi aceptación tan tardía? Yo creo que no. Los prejuicios estaban implantados y la sociedad no permitia otra cosa que el pensamiento único, pero siempre fui una persona que razoné y me pregunté acerca de todo lo que me rodeaba. ¿Por qué entonces no cuestioné este prejuicio? Creo que sólo hay una respuesta. Miedo. Miedo a no ser como los demás. Miedo a quedar apartado. Miedo a ser rechazado. Y sobre todo miedo a vulnerar una moral equivocada pero que entonces admitía sin reservas.
He vivido con miedo durante muchos años y ahora que soy consciente empiezo a luchar contra él. Uno no se escapa de sus propios miedos simplemente ignorándolos, pero es un buen principio reconocerlos y saber que que hay que luchar contra ellos. Y yo estoy luchando.
domingo, 25 de abril de 2010
Mi primera web
Fue en las navidades de 2008 cuando accedí por primera vez a una página de perfiles gay. Creo recordar que fue el 29 de diciembre. No hace ni año y medio de eso.
Fueron unas navidades deprimentes para mi. Estaba nervioso, confundido. Y encima tenía que poner buena cara y fingir que no pasaba nada. Hice una gran interpretación esos días. Que gran paradoja. Una interpretación de Oscar y precisamente por eso nadie se enteró. Fui simpático, ocurrente y solícito. Parecía el más feliz de todos. Incluso me lo comentaron. Que qué bien me iba. Que se me veía radiante. Que como me envidiaban lo bien que estaba... Y estaba destrozado.
No se como llegué hasta allí. Si fue un anuncio que vi, una busqueda consciente o el azar, pero recuerdo que me planté delante de la página y pensé en echarle un vistazo. Algo así como "no pasa nada por mirar" y "serán sólo un par de minutos". Hacía un par de meses que había admitido por primera vez que era homosexual, pero aún así tuvo que pasar ese tiempo para asimilar lo que significaba. Y me faltaban todavía unos cuantos pasos para reconocerme como gay.
Pero para entrar hacia falta registrarse y crearse un perfil. Dudé. Dudé un buen rato delante del formulario vacío. Y decidí "que como sólo quería mirar" no hacía falta poner datos ciertos más alla de lo estrictamente necesario. Rellené lo básico y rescaté una vieja direccion de correo que no utilizaba hacía mucho para poder recibir el enlace que activaría mi cuenta. No quería utilizar nada que pudiera identificarme. Vívía entre la vergüenza, el miedo, el reconocimiento y la curiosidad.
Una vez dentro empecé a curiosear. Primero al azar. Leía perfiles de todas partes y miraba las fotos. Cuando alguno me llamaba la atención me fijaba de donde era. Y todos eran de sitios lejanos. Filtré entonces los datos y me centré en los alrededores del lugar donde vivo. Aparecieron bastantes perfiles. Los dos minutos que iba a estar se conviertieron en un par de horas. Miraba un perfil detrás de otro. Yo no había puesto foto ni nada que me identificase, pero miraba los perfiles con la secreta ilusión de encontrar a alguien a quien conociese. No hubo suerte, pero descubrí que había más gente de la que yo pensaba. Y que algunos estaban tan asustados como yo. Y fue entonces cuando recibí el primer mensaje.
El sonido de la recepción del mensaje me sobresaltó. No sabía si había hecho algo incorrecto, si había sobrepasado algún límite o intentado entrar en algún sitio no permitido. Lo último que esperaba en ese momento era que un desconocido me escribiese. Ni se me había pasado por la cabeza. Cuando por fin identifiqué lo que era miré el mensaje con incredulidad. Lo abrí con sorpresa y vi un lacónico "Hola". No sabía que hacer. Mire su perfil y no lo conocía de nada. Ni siquiera era de mi ciudad. ¿Por qué me saludaba entonces? Tenía 40 años pero mi comportamiento rayaba la ingenuidad total. Asombrado le respondí con otro mensaje. Hola. Nada más. No sabía que ponerle ni que decir. Pasé casi 20 minutos esperando una respuesta. Y esta no llegó.
Cerré la web con una sensación de desaliento y abatimiento. Me dije a mi mismo que ese tipo de web no era para mi. Que yo no iba a poner datos de verdad como había visto hacer a otros. Alguno ponía su nombre e incluso fotos. Para mi era inconcebible. Y además no iba a volver a entrar en ella. Porque yo no era gay.
Por supuesto entré de nuevo al día siguiente.
martes, 20 de abril de 2010
Estrenando un mundo
Tengo más de 40 años y este es mi primer blog. Y no es la primera cosa nueva que hago en la vida después de esa edad. Porque descubrí que era gay con 40 años.
Sí, suena extraño. Lo se. Uno no se levanta un día y decide ser gay. Y tampoco es que lo llevara en secreto y viviera una doble vida. Es (o fue) un problema de aceptación, de reconocerme a mi mismo lo que desde hace años sospechaba y que no quería admitir.
Hace ahora poco más de año y medio que acepté que era gay y desde entonces me han pasado muchas cosas. Algunas buenas y otras no tanto. No es fácil poner patas arriba toda tu vida. Empezar a desmontar la coraza que te has ido creando a lo largo de los años. Descubrir que la confortable seguridad que te rodea en realidad es una capa más fina de lo que habías imaginado.
¿Por qué me pongo a escribir esto ahora? Pues realmente no lo se. He estado leyendo varios blogs de gente que cuenta su vida, sus experiencias. Que vuelca en ellos sus deseos y frustraciones. Y sus ilusiones. Sobre todo sus ilusiones.
Pero casi todos son adolescentes. Chavales entre 15 y 20 años despertando a la vida y descubriendo con ese apetito insaciable de la edad el mundo que les aguarda. Yo soy ahora como ellos. También tengo las mismas dudas. Los mismos anhelos. Las mismas esperenzas. Y las mismas frustraciones. Pero no tengo 18 años. Tengo 40. Y eso no lo puedo cambiar.
¿Qué voy a escribir aquí? Pues tampoco lo se. Quizá lo que me ocurra cada día en esta aventura nueva que es mi vida. O a lo mejor cuento como ha sido este año y medio que he vivido hasta llegar a ahora. O todo mezclado. O quizás nada y esta entradilla se convierta en un fugaz reflejo de lo que pasa por mi mente.
No se si alguien llegará algún día a leer esto o simplemente quedará aquí como un método particular para descargar la vorágine en que se ha convertido mi cabeza en estos meses. Pero en cualquier caso quiero dar las gracias a eGeo por ser quien, con la lectura de su blog, ha inspirado esta locura.
Sí, suena extraño. Lo se. Uno no se levanta un día y decide ser gay. Y tampoco es que lo llevara en secreto y viviera una doble vida. Es (o fue) un problema de aceptación, de reconocerme a mi mismo lo que desde hace años sospechaba y que no quería admitir.
Hace ahora poco más de año y medio que acepté que era gay y desde entonces me han pasado muchas cosas. Algunas buenas y otras no tanto. No es fácil poner patas arriba toda tu vida. Empezar a desmontar la coraza que te has ido creando a lo largo de los años. Descubrir que la confortable seguridad que te rodea en realidad es una capa más fina de lo que habías imaginado.
¿Por qué me pongo a escribir esto ahora? Pues realmente no lo se. He estado leyendo varios blogs de gente que cuenta su vida, sus experiencias. Que vuelca en ellos sus deseos y frustraciones. Y sus ilusiones. Sobre todo sus ilusiones.
Pero casi todos son adolescentes. Chavales entre 15 y 20 años despertando a la vida y descubriendo con ese apetito insaciable de la edad el mundo que les aguarda. Yo soy ahora como ellos. También tengo las mismas dudas. Los mismos anhelos. Las mismas esperenzas. Y las mismas frustraciones. Pero no tengo 18 años. Tengo 40. Y eso no lo puedo cambiar.
¿Qué voy a escribir aquí? Pues tampoco lo se. Quizá lo que me ocurra cada día en esta aventura nueva que es mi vida. O a lo mejor cuento como ha sido este año y medio que he vivido hasta llegar a ahora. O todo mezclado. O quizás nada y esta entradilla se convierta en un fugaz reflejo de lo que pasa por mi mente.
No se si alguien llegará algún día a leer esto o simplemente quedará aquí como un método particular para descargar la vorágine en que se ha convertido mi cabeza en estos meses. Pero en cualquier caso quiero dar las gracias a eGeo por ser quien, con la lectura de su blog, ha inspirado esta locura.
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