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jueves, 7 de marzo de 2013
Seducción
Nunca he sido un gran seductor. Cuando era un adolescente hetero confundido por el poco interés que sentía por las mujeres, dejé sin desarrollar esa habilidad social que tantos éxitos reportaba a mis amigos. Los observaba con la curiosidad que puede sentir un naturalista ante el cortejo de apareamiento de dos cuerpos que retozaban entre la vorágine de luces de las discotecas. Pero no era para mi.
Mis conquistas, empujado por la presión social más que por el deseo, se debían más a hacer reir a las chicas que a una verdadera intención de atraerlas hacia mi. Era un efecto sobrevenido y en muchos casos no deseado. Así que cuando descubrí mi homosexualidad, pasados los cuarenta, me di cuenta de que no sabía que hacer para atraer a un chico.
En el otoño del 2010 me encontraba en Camboya visitando los templos de Angkor en Siem Riep, en un hotel para gays. Regresé sobre media tarde y, tras relajarme un rato en la piscina, subí a mi habitación con muchas horas libres por delante. Me conecté a internet y entré a una página de contactos que tan buenos resultados me había dado en Saigón. No tardé en tener bastantes ofertas para quedar y escogí una de ellas. Un chico menudo y sonriente que me propuso quedar a tomar una copa en el bar de un hotel bastante conocido de la localidad. Y acepté.
Tras preguntar donde estaba el FCC Hotel, y entre las risas cómplices del personal del hotel que intuían el porqué de mi pregunta, acudí hasta allí paseando. Una gran terraza junto al río y una música suave me recibieron. Y sentado en un gran sillón me esperaba mi cita, bajo las estrellas y con un gran fular al cuello, ajeno al calor sofocante de la noche.
Me dijo que se llamaba Steve, aunque sus rasgos delicados, entre filipinos e indios, denotaban un origen cláramente asiático. Pedimos unos zumos deliciosos y charlamos durante una hora antes de que me propusiese que siguiésemos la conversación paseando junto río. La luz de la luna nos acompañaba y algunas parejas, todas heterosexuales, se sentaban acarameladas en las riberas. Le pregunté si solían ir por allí también las parejas gays y lo negó con la cabeza mirándome con sorpresa.
Parecíamos dos adolescentes inexpertos a los que la timidez impedía dar un paso más. Rocé nuestras manos y acompasó su paso para no separarlas, pero evitando que se la cogiese. A ratos se separaba un poco cuando nos cruzábamos con alguien, pero daba de nuevo un paso discreto hacia mi cuando se perdían a nuestra espalda. Recorrimos toda la ribera hasta llegar a la zona de bares y cruzamos el río para regresar por la otra orilla hasta el punto de partida. Le miré, preguntándole con los ojos y me dijo que nos fuésemos a sentar en los jardines reales, cosa que le agradecí, pues mis pies doloridos de todo el día saltando entre las piedras de los templos me pedían una tregua.
Nos sentamos en la hierba fresca y charlamos un rato más. Me contó que no era camboyano, que había llegado a Siem Reap buscando trabajo, pero que su sueño era venir a Europa. No sabía dónde. Le daba igual, pero a Europa. Me habló de otros chicos e insistió mucho en que él no era un "moneyboy", un chapero a la caza de turistas, a pesar de que se lo habían ofrecido muchas veces. Me habló de su vida, de que había estado en Nepal y muchos otros lugares. Yo le conté cosas de España y de su Europa soñada, haciéndole ver que tampoco era el paraíso ni El Dorado, pero me dijo que le daba igual, que su futuro estaba allí.
Hablamos durante media hora más y pensé que no pasaríamos de ese punto, de una agradable charla. No me importaba, lo estaba pasando bien, pero el chico me gustaba.
De repente una idea me cruzó por la cabeza, y me tumbé en la hierba justo delante de él mirando las estrellas. Puse mis manos detrás de la cabeza haciendo subir mi camiseta levemente y dejando, descuidadamente, sobresalir el calzoncillo de mi pantalón. Noté como dudaba durante un par de minutos pero poco a poco dejo resbalar su mano sobre mi ombligo, jugando a su alrededor, primero con un dedo, luego con toda la mano. Subió por mi pecho y bajó hasta juguetear con la goma de mi calzoncillo, sin atreverse a pasar de ahí. Le miré con una sonrisa, animándole, y la deslizó suavemente por debajo. Un minuto después estábamos besándonos.
A unos treinta metros, cuatro polícias nos daban la espalda charlando animadamente ajenos a lo que ocurría detrás de ellos y la sensación de lo prohibido hizó más excitante el momento. Rodamos por la hierba hasta quedar medio cubiertos por un pequeño montículo y el ruido de nuestros cuerpos sobre la hierba hizo que uno de ellos mirara en nuestra dirección. Nos quedamos inmóviles y abrazados mientras su mirada recorría el parque buscando en la oscuridad. La luz de una linterna pasó rozándonos sin descubrirnos y el policía regresó a su charla.
Le besé de nuevo suavemente y me propuso ir a su casa. Nos deslizamos en la oscuridad hasta cerca del río y allí paró a un chico con una motocicleta con quien negoció que nos llevara. Nos montamos los tres y se dirigió hacia las afueras recorriendo callejones oscuros, atravesando patios y despertando a todos los perros del vecindario que ladraban a nuestro paso.
Acostumbrado a los diminutos estándares de los pisos europeos me sorprendí de que su casa era enorme, con un jardín inmenso. Encendió una luz y tras mirarme la apagó de nuevo arrojándose a mis labios. En la oscuridad nos besamos durante un buen rato mientras nos quitábamos la ropa. Desnudos, bajo las estrellas, acabamos besándonos bajo el agua de una ducha mientras la luna arrancaba reflejos de nuestros cuerpos.
Hoy Steve vive en Bélgica y sigo en contacto con él.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Descubriendo Angkor (3ª parte)
Aunque quería haberme levantado temprano y acudido a ver el amanecer en las ruinas, el esfuerzo del día anterior, la tormenta y el descenso de la montaña en la oscuridad hicieron que dejara escoger a la naturaleza la hora de despertarme.
Un sol tímido se metió en mi cama y jugueteando con mi cara adormilada desperezó mis maltrechos músculos que sólo reaccionaron bajo la cálida agua de la ducha. Un desayuno junto a la piscina y el frescor matutino en ese pequeño oasis verde terminaron de hacer el resto. En la puerta Mr. Sai me esperaba de nuevo con la sonrisa y el tuk-tuk preparado para partir, hoy ya sin guía y dispuesto a disfrutar por mi mismo de cientos de rincones por descubrir.
El día anterior había realizado lo que llaman el circuito pequeño, que engloba los dos templos más importantes (Angkor Wat y el Bayon) y unos cuantos templos cercanos a ellos. Para este día decidí realizar el gran circuito, que abarcaba algunos de los templos más alejados y algo menos masificados.
Empezamos por el Prasat Kravan, un templo aislado en un paraje verde junto a un pequeño lago que después de los enormes complejos del día anterior parecía la versión minimalista del arte jemer. Solo cinco torres alineadas que ocultaban en su interior unas espectaculares tallas de ladrillo representando a Visnú.
Nos dirigimos después al Banteay Kdei, un antiguo monasterio budista formado por paredes concéntricas y patios semiderruidos con columnas labradas que me recordaron vagamente a los templos egipcios. Los árboles circundantes dejaban en sombras la mayoría de los claustros creando una atmósfera mágica y silenciosa sólo rota por el inoportuno aparecer de algún turista por una puerta abovedada. Por las esquinas multitud de tallas de apsaras de delicado trabajo contemplaban mi paseo, mudas ante mi fascinación. En el exterior me encontré una inmensa piscina de abluciones reservada para el rey y sus esposas, precedida de un montón de puestos de recuerdos para turistas, y que me permitió compartir una divertida conversación con una vendedora de libros ocurrente e ingeniosa con la que acabé tomándome un refresco y riendo sin parar.
El Pre Rup fue la tercera parada del día. De tres niveles de altura y coronado por cinco torres con forma de loto es un claro exponente de los templos-montaña a los que se asciende por enormes escalinatas hasta la plataforma superior. Mientras subía, embobado por su tamaño, me cruce con Carmen y María, las granadinas que el día anterior compartieron puesta de sol y tormenta conmigo en el Phnom Bakheng. Me contaron como habían llegado empapadas a su hotel, pues ellas había ido a las ruinas en bicicleta. Hoy llevaban tuk-tuk.
El Mebon Oriental, una versión reducida del Pre Rup y que en tiempos estuvo en el centro de una piscina hoy seca, mereció una corta visita en la que admirar las estatuas de elefantes que flanqueaban las esquinas de las plataformas. De allí me dirigí hacia el Ta Som, un pequeño templo budista con preciosas puertas y patios tomados al asalto por la jungla y con una atmósfera íntima que me encantó. Una de las puertas estaba totalmente fagocitada por un inmenso árbol cuyas raíces han penetrado la piedra hasta no saberse quien sostiene a quien.
Para acceder al Preah Neak Pean, mis siguiente parada, una pasarela de madera cruza un espectacular paisaje en el que los árboles brotan de las aguas que lo circundan. Las lluvias del día anterior habían removido el lodo arcilloso del fondo dando una tonalidad ocre al agua y que contrastaba con el verdor de los árboles que surgían de la zona inundada. La luz que se abría a duras penas camino entre las ramas y que se reflejaba en las aguas anaranjadas creaban un paisaje feérico y misterioso en el que pude percibir nítidamente el sonido de una libélula que a modo de reina de las hadas me llevó hacia el interior del templo.
En realidad el Preah Neak Pean no es un templo sino una gran piscina cuadrada rodeada de otras cuatro formando una cruz y conectadas entre si por surtidores con formas de animales. En el centro una isleta central redonda formada por las colas entrelazadas de dos serpientes soportan el pequeño templo que da nombre al conjunto. Nada más entrar un chico joven de unos quince años se me acercó para venderme marionetas mientras su hermano pequeño me tiraba de la manga para que le enseñara las fotos. Arrodillado a su altura para que viese la pantalla le mostré algunas de las fotos que había tomado ese día y su risa cristalina brotaba sin parar cada vez que reconocía un lugar señalándole a su hermano las fotos y diciendo en voz alta el nombre de los templos.
Me despedí de ellos y empecé a rodear las piscinas cuando de repente y sin previo aviso el cielo pareció desplomarse sobre nuestras cabezas. Una lluvia torrencial empezó a anegar todo y sin tener ningún sitio donde guarecerme sólo pude sacar mi pequeño paraguas de viaje e intentar soportar estoicamente el diluvio que amenazaba con ser eterno. Vi pasar entonces por delante mio a los dos chicos que con risas y las marionetas en la mano subieron por una brecha en la ladera de arcilla y se perdieron entre la espesura. Mi paraguas, escaso de tela y válido sólo para una lluvia suave empezó a calar pronto y pensé que si aquello no escampaba rápido tendría que salir de allí nadando. En ese momento oí la voz del chico de las marionetas que desde lo alto me llamaba y con gestos me animaba a subir hacia los árboles.
Escalé como pude la ladera arcillosa y lo seguí entre la espesura hasta un pequeño refugio que bajo unos plásticos tenían preparado. Toda la familia se encontraba allí guarecida del temporal y me hicieron un hueco para que me protegiera. El niño pequeño, señalando mi cámara le dijo algo a su madre que no entendí pero que pude imaginar pues su excitación era palpable. Su madre, con la cara medio desfigurada por quemaduras que le paralizaban el lado izquierdo me sonrió pero no dijo nada. A mi lado el abuelo, absorto en la contemplación de un libro, desgranaba como una salmodia la lectura de un texto probablemente religioso mientras el padre, con los ojos cerrados asentía cada versículo. Mientras esperábamos a que la lluvia parase saqué unos caramelos de regaliz extrafuertes que suelo llevar para despejar la garganta y se los ofrecí intentando explicarles por gestos lo que iban a notar. Al poco de chuparlos todos empezaron a advertir sus efectos y lo comentaban asombrados entre risas y gestos con la mano como si les quemara la garganta, pues no estaban acostumbrados al frescor que producen este tipo de caramelos.
Por fin cesó la lluvia y con una sonrisa y un gesto de agradecimiento me despedí de ellos para dirigirme hacia mi última parada, el templo de Preah Khan. Es uno de los más grandes de todo el complejo de Angkor, con un edificio principal de casi un kilómetro de largo y que se encuentra salpicado de estrechas galerías y múltiples patios semiderruidos donde descubrir mil y un rincones espectaculares. Fuentes, bibliotecas, apsaras, garudas y todo tipo de tallas hacen de este templo una visita fascinante en la que invertí más de dos horas dejando al preocupado Mr. Sai pensando que me había perdido. Creo que examiné casi cada rincón del templo saliéndome de la vía principal que siguen todos los turistas y saltando por encima de las piedras para acceder a ignotos patios no accesible de otra forma.
En una de estas escaladas por entre los escombros y estando casi al final del templo, resbalé en una piedra húmeda y una de mis chanclas, que había soportado todo un viaje de penurias y el "robo" en el Palacio Real de Phnom Penh, se rompió dejándome descalzo en lo alto de un montón de piedras y casi a dos kilómetros de mi tuk-tuk. Intenté arreglarla pero fue imposible y emprendí el regreso con la chancla rota. Pronto me di cuenta de que no podría andar esa distancia con el calzado en ese estado y opté por descalzarme del todo. Caminé entre las ruinas descalzo mientras los demás turistas con los que me cruzaba me miraban como si estuviera loco, pero por un rato yo me sentí tan salvaje como Mowgli en el templo de los monos sin memoria.
martes, 12 de julio de 2011
Un hotel diferente
Después de darme una ducha que eliminara los efectos del aguacero bajé a la piscina del hotel, pues el cielo se había aclarado y las estrellas sobre el agua iluminada invitaban a relajarse. El agua estaba fresca y me sumergí dejándome llevar hasta el otro extremo donde emergí bajo una cascada de agua que enmarcó mi rostro. Dos chicos jóvenes jugaban en el agua con una pelota y yo, sin mis gafas, intentaba adivinar sus rostros. En la barra un chico japones charlaba con los camareros, y sentados en una mesa, una pareja de diferente edad conversaba animadamente. Cerré los ojos y escuché el sonido de la noche.
Ya más relajado empecé a investigar un poco las instalaciones del hotel. Era la primera vez que estaba en un hotel exclusivamente para clientes gay y no sabía que me iba a encontrar ni como comportarme. Un jacuzzi burbujeaba tentador y mis piernas cansadas reaccionaron al contacto del agua caliente con una sensación de bienestar general.
Un rato después me dirigí a la sauna. Allí me encontré a los dos jóvenes de la piscina hablando animadamente. Parecían alemanes y aunque me echaron una mirada, siguieron conversando ajenos a mi presencia. Duré diez minutos escasos bajo ese calor agobiante y salí para entrar en la sauna de vapor contigua. No había casi luz y tuve que ir tanteando las paredes para situarme. Buscaba un sitio donde sentarme, pero sin gafas y bajo esa luz mortecina no fui capaz de encontrar ninguno. De repente noté una mano en mi pecho y di un respingo sobresaltado. Creía que no había nadie dentro y la impresión me hizo recular contra la pared. Pero la mano me siguió y me acarició suavemente hasta llegar a mi cara. Unos labios la siguieron y mi respiración entrecortada tembló ante sus besos.
Noté su lengua en mi cuello y su mano recorrió todo mi pecho lentamente mientras descendía con un propósito claro. Y entonces le vi. Su marcados rasgos malayos y su cuerpo musculado denotaban muchas horas de gimnasio. Tenía unos treinta años y unos dientes blancos que bajo la escasa luz brillaban como estrellas. Deshizo con habilidad el nudo de mi bañador y su mano se perdió en mi entrepierna.
Le dejé hacer mientras me besaba y yo acaricié su pecho fornido sintiendo su respiración en mis dedos. Entonces me susurró al oído unas palabras que tardé unos segundos en identificar, pues en esos momentos mi capacidad de razonar en otro idioma se encontraba francamente disminuida. Quería saber si era activo o pasivo. Le respondí también entre susurros y me sonrió, me dio un beso y se alejó entre los vapores perdiéndose en la oscuridad.
Me anudé el bañador y salí de la sauna, sudoroso y con el corazón palpitando. Todavía un poco confuso salí por el extremo contrario y allí descubrí unos cuartos con colchonetas preparados para que los más fogosos se dirijan de la sauna a un sitio más íntimo si lo necesitan. Nunca he estado en un cuarto oscuro ni en una sauna gay, pero imagino que será algo parecido a ese lugar.
Subí a mi habitación y tomé otra vez una ducha fría que compensara la ebullición que sentía por dentro. Me senté en el ordenador y al igual que hice en Saigon, actualicé mi perfil indicando que estaba en Siem Reap.
Y disponible.
domingo, 26 de junio de 2011
Descubriendo Angkor (2ª parte)
Abandoné el Bayon a través de una pradera verde y amarilla y crucé la Terrazas de los Elefantes, la inmensa explanada donde se realizaban los grandes desfiles y las ceremonias públicas. Ya no existen los pabellones de madera que la flanqueaban y sólo algunos edificios en piedra han sobrevivido al tiempo, pero no pude dejar de imaginar a los ejércitos desfilando bajo la atenta mirada del rey y los mandarines, protegiéndose del sol bajo sombrillas de oro y viendo pasar a los carros de combate y los elefantes en una alarde de pompa y boato que mostrase al mundo el poderío del imperio jemer.
Y llegué al templo de Ta Prohm. Este templo es singular porque se ha dejado como muestra de como encontraron el complejo los franceses cuando llegaron a Angkor. No ha sido restaurado y la jungla tomó al asaltó sus torres y muros convirtiéndolo en una mezcla de perfecta simbiosis entre la vegetación y la piedra. Sus pasillos estrechos están llenos de recovecos angostos y pasajes bloqueados por derrumbes de hace siglos. Y la sombra de los árboles le confiere una frescura casi única entre los templos quemados por el sol. Mi guía una vez más se quedó fuera esperándome, pero ahora casi se lo agradecí, pues me permitió disfrutar del silencio de las ruinas a mi antojo.
Eran las dos de la tarde y mi "supuesto" guía decidió que ya era hora de volvernos al hotel. Yo le dije que no, que iba a estar hasta el anochecer visitando los templos y que quería ver el atardecer sobre la jungla. Me dijo que eso lo podía hacer otro día y que éste lo mejor que podíamos hacer era volvernos al hotel. Y ahí estallé. Le dije que no pensaba irme y que era una vergüenza la visita que me había hecho. Qué había aprendido más escuchando a otros guías que pasaban por allí que lo que él me había contado y que de ninguna forma me iba a volver cuando él quisiese, que se fuera si quería pero que yo me quedaba. Me respondió que no tenía forma de volver y que le llevase al hotel y luego volviese. Su cinismo me exasperó. Le di dos opciones, o esperar a que volviese yo o buscarse la vida con otro conductor para volverse. Ni intentó hablar con nadie. Se sentó en el Tuk-Tuk y permaneció en silencio bajo la atenta mirada de mi conductor que nos observaba con los ojos atónitos y que no había entendido nada de nuestra discusión pues había sido en español.
Dediqué la tarde a visitar otros templos menores pero cercanos y que tenían su encanto, como el Ta keo con sus terrazas, sus enormes escalinatas y sus torres coronándolo, o el Ta Nei, invadido por la jungla como el Ta Prohm pero a pequeña escala. Visité también los gemelos Chau Say Tevoda y Thommanon, muy sencillos pero interesantes y que les hacía merecedores de que se les hiciera una breve visita.
En el Ta Keo me encontré con Carlos, un canario que como yo, viajaba sólo y que sufría de vértigo. Cada vez que veía un templo con sus empinadas escalinatas se ponía enfermo y sudaba más aún si cabe. A pesar de ello consiguió subir hasta la última terraza y disfrutar del paisaje. Estuve un rato hablando con él y me recomendó subir la colina del templo Phnom Bakheng para admirar la puesta de sol desde lo alto. Y hacía allí me encaminé.
El calor concentrado de todo el día y una humedad altísima hizo que la ascensión a la cima de la colina, a pesar de ser un camino sin ninguna dificultad se convirtiese en una tortura térmica. Cuando al fin llegué arriba, descubrí que el templo en si no merecía mucho la pena la visita. Estaba bastante en ruinas y no tenía demasiado encanto, pero a pesar de ello trepé por sus escaleras, particularmente empinadas y me encontré en una gran plataforma con unas pocas torres supervivientes al paso del tiempo. La jungla se extendía todo alrededor hasta el horizonte y de ella brotaban los templos surgiendo entre sus copas como oasis de civilización.
Había ya bastante gente que había ido con tiempo para coger un buen sitio para ver el ocaso. Paseé por la plataforma haciendo tiempo a que atardeciera y poco a poco la plataforma se fue llenando de gente atraída por el reclamo de las vistas. Me senté en los restos de una columna y mientras preparaba la cámara conocí a Carmen y María, dos granadinas viajeras y alegres con las que conversé hasta que el sol empezó a declinar. Un sol rojo y potente que iluminó todo de una luz anaranjada y que al contraste con el verde de la jungla hizo exclamar expresiones de admiración repetidas. A lo lejos Angkor Wat enrojeció y se fundió poco a poco en sombras.
Una lluvia fina empezó a caer cuando el sol aún no se había puesto y la gente entre risas por la sorpresa empezó a sacar paraguas y chubasqueros mientras intentaban proteger los cientos de cámaras de fotos que sin parar fotografiaban el ocaso. Un arco iris apareció entonces en el cielo. Un arco iris precioso que hizo que la atención de la gente se desviase un momento del sol para admirarlo. Era como si el cielo celebrase el orgullo gay conmigo en ese recóndito lugar del mundo. Y me sentí feliz.
Y entonces estalló la tormenta.
Un aguacero de proporciones bíblicas descargó con todas su fuerza sobre la montaña y todo el mundo se lanzó sobre las escalinatas para intentar salir de allí. Las empinadas escaleras, ya complicadas de subir cuando estaban secas se convirtieron en un embudo con la gente intentando bajarlas a toda prisa. Muchas personas mayores que habían subido la colina en elefante tenían verdaderos problemas para descender por los resbaladizos escalones y pensé que si la gente seguía empujando podría haber una avalancha que hiciese caer al vacío a decenas de personas. Intenté bajar lo más rápido que pude para evitar esa trampa mortal y empecé a descender la montaña.
Tras ocultarse el sol el camino se encontraba en una oscuridad casi completa. La rapidez con la que desapareció la luz me cogió por sorpresa y empecé a descender a ciegas. Me guiaba por los sonidos de la gente que me precedía y por las luces de los flashes de las cámaras que la gente disparaba intentando obtener algo de luz. La lluvia seguía cayendo y el camino se había convertido en un barrizal impracticable. Mis pies chapoteaban a oscuras entre el barro y las piedras intentando no perder el equilibrio mientras a mi espalda oí como una mujer tropezaba y caía rodando al suelo gritando con sorpresa. La cacofonía de sonidos en la oscuridad me hizo pensar en lo desvalidos que somos los humanos cuando la naturaleza se desata.
Al fin llegué al pie la colina y busqué entre la luz mortecina que aún quedaba a mi conductor. Pero allí había cientos de tuk-tuks esperando a los que descendían. No veía las caras de los conductores a más de un metro y empecé a buscar al mío. La única forma de encontrarlo era rodear los vehículos por detrás y buscar el anuncio del hotel que portaba. La lluvia seguía cayendo y mis gafas chorreaban sobre mi cara. Miré cientos de anuncios y ninguno era el mío. El barro ya me llegaba a los tobillos y tenía las zapatillas empapadas. Y mi tuk-tuk seguía sin aparecer.
Recorrí arriba y abajo la carretera buscándolo. Estaban aparcados a los dos lados de la carretera sin ningún tipo de orden y la confusión era total. Tras veinte minutos empecé a pensar que tendría que esperar a que la mayoría se fuese para poder localizar el mío. Y de repente al otro lado de la carretera vi a alguien que agitaba los brazos y gritaba mi nombre. Era Mr. Sai, mi conductor. No sé como pudo verme en la oscuridad y menos reconocerme, pues a esa distancia yo sólo veía sombras. Crucé hasta él y con una sonrisa me ofreció un botellín de agua helada que nunca me ha sabido mejor.
Regresamos al hotel y por el camino me informó que mientras yo estuve arriba había llevado al guía de regreso a la ciudad y había vuelto a por mi. Entré en el hotel empapado, chorreando agua de mi pelo lacio, con las zapatillas y los calcetines embarrados y la camiseta sudada y pegada al cuerpo. Parecía salido de una película postapocalíptica, pero tuve la sensación de volver a estar de nuevo en casa.
Dejé las zapatillas en el balcón de la habitación y me despojé de esa segunda piel en que se había convertido mi ropa. Esa tarde me di una de las mejores duchas de agua caliente de mi vida.
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