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domingo, 16 de febrero de 2014
Del amor y el enamoramiento
Hace tiempo escribí que nunca había estado enamorado.
Nunca sentí la necesidad de estar con alguien más allá de la mera atracción física, incluso llegué en mi época hetera a estar con chicas por mera necesidad y para no sentirme excluido socialmente. Han pasado los años y sigo sin tener muy claro cuando uno está enamorado.
Por supuesto que hay mucha literatura sobre el tema y la he leído con detenimiento, pero o ese sentimiento es esquivo a las plumas más preclaras o realmente yo nunca he experimentado esa conmoción.
La atracción física la tengo clara. Muchas veces miro a un chico y me detengo en sus ojos o su sonrisa fantaseando con tenerlo entre mis brazos. Mi cuerpo reacciona instintivamente e incluso el corazón se me ha acelerado en más de una vez, pero dicen que enamorarse es algo más, es sentir que te gustaría estar con esa persona a todas horas y compartir tu tiempo permanentemente. Casi como el amor. Casi.
Porque el amor afirman que es un paso más allá. Cuando te enamoras todo te parece maravilloso. Sus manías son graciosas, sus palabras están siempre justificadas y sus acciones pertinentes. Se es ciego a su imperfección y disculpamos lo inaceptable cegados por su presencia y nuestro afán de mantenerlo a nuestro lado. Pero cuando un día cae la venda de nuestros ojos y contemplamos como es realmente, nos encontramos en la disyuntiva de aceptarlo como es o alejarlo de nosotros asombrados de nuestra ceguera y complacencia. De ahí que del amor (o más bien enamoramiento) al odio no haya más que una fina línea delgada.
Pero si lo aceptamos tal como es, admitiendo que no es perfecto pero que a pesar de ello deseamos estar con él todo el tiempo que nos queda, entonces y sólo entonces, dicen que hay amor. O esa es la teoría.
Y digo teoría porque yo me siento al margen de todos esos sentimientos. Hace ya cuatro años que conozco a Tony y nuestra convivencia ha evolucionado tanto que hoy en día se podría decir que somos pareja. Hablamos todos los días, nos vemos tres o cuatro veces por semana, salimos de vacaciones juntos, y se queda en mi casa o yo en la suya muchos días. Conozco sus defectos y él los míos. Y los aceptamos. Lo que para todo el mundo es un claro noviazgo. ¿Es eso amor?
No lo tengo claro. Según los cánones clásicos no terminaría de ser amor porque yo necesito todavía mis días de independencia. Estar a todas horas con él me sobrepasa. Necesito mi soledad, mis rutinas de ermitaño, el sentirme dueño de mi propia vida y señor de mis caprichos. No sé si es porque ya he llegado tarde a estos sentimientos que debía haber aprendido a controlar de adolescente y que mi trayectoria obvió, o por lo que los psicólogos llaman "miedo al compromiso". Pero la realidad es que necesito esos días para mi. No termino de verme viviendo permanentemente con él, pasando todos los días juntos, pero sin embargo hay días que extraño su presencia.
Me siento como un péndulo indeciso, basculando entre su compañía y mi libertad. Noto como penetra mi burbuja y ocupa espacios que me ahogan, pero hay días conquistados para mi independencia que cuando los disfruto no me importaría pasar junto a él.
Es querer lo que no tengo y tener lo que no quiero.
¿Se puede llegar al amor sin haber pasado por el enamoramiento? ¿Puede haber sido la transición tan suave que haya pasado desapercibida para mis sentidos? ¿O acaso vivo en un estado diferente, tan extraño que es fruto de mi indecisión?
No lo sé.
Es todo muy confuso.
domingo, 25 de agosto de 2013
Orgullo 2013 (III): Alegato
A lo largo de estos años del blog he publicado fotos de las veces que he estado en el Orgullo Gay de Madrid. Y tanto en los comentarios como por correo me lo han recriminado siempre con estas preguntas: ¿Orgullo? ¿De que tenemos que estar orgullosos? ¿Acaso los heterosexuales se sienten orgullosos de serlo? Así que he decidido escribir este texto explicando mi posición y por que defiendo su existencia y necesidad.
Como bien saben los que han leído el blog desde el principio, llevo poco tiempo como gay, apenas cuatro años y medio recién cumplidos, el primero de los cuales lo viví inmerso en un mar de angustia intentando asumir esta verdad cual Saulo caído del caballo, así que mi visión es muy próxima en el tiempo, ya que en mi etapa hetera nunca le presté demasiada atención. No era para mi más que un titular en los periódicos de julio por el que pasaba la mirada indiferente.
Pero ya comienzo mi alegato:
1.- Mi primer orgullo fue el del 2009. Y lo comenté en esta entrada que escribí a los dos meses de empezar el blog. En el último párrafo escribí:
Dos semanas después estaba en Madrid en plena Gran Vía, frente al Hotel Tryp viendo pasar las carrozas del Orgullo junto a Roxana y bailando al ritmo de la música. Ese fue el primer día en que me sentí libre de mostrarme como gay. Y es una sensación fantástica.
Ver a tantos gays desfilando ese día me mostró que no era una "rara avis", que no estaba solo y que había muchos como yo. Y ese es uno de los objetivos del Orgullo, hacer sentir a los "nuevos gays" que no están fuera de la sociedad, sino que se puede vivir perfectamente siendo como son. Que son tan normales como los heteros. ¿Cuántos adolescentes habrán acudido a la marcha buscando fuerzas para enfrentarse a su situación? Porque no nos engañemos, a pesar de que en España el clima es favorable hacia los gays, sigue existiendo discriminación y rechazo en los institutos, y darles un punto a estos adolescentes en que el que apoyarse es un balón de oxígeno a su autoestima. Sólo por esto ya debería existir.
2.- Yo no tengo un cuerpo perfecto, ni abdominales marcados. No soy especialmente guapo ni disfruto de la belleza de la juventud. No me adorno con plumas ni salgo con tacones de plataforma. No bailo bien y canto peor. No tengo pluma ni hablo en femenino. No soy Drag Queen ni transexual. Simplemente soy un chico del montón, de los que hay miles por el mundo.
Entre algunos gays se suele acusar al desfile de que distorsiona la realidad de los homosexuales haciendo creer a los heteros que todos cumplimos esos estereotipos. Si cuestionamos a los que se disfrazan, van con tacones o muestran ese día toda su pluma ¿acaso no estamos haciendo lo mismo de lo que nos quejamos de los heteros? No seamos tan cainitas de discriminar a los que no son como nosotros por miedo a que nos etiqueten. No son "ellos" y "nosotros", somos todos. Y si queremos que nos traten con igualdad a los heteros empecemos por tratar con igualdad a los que son diferentes a nosotros. Al salir en público mostrando como son en realidad nos están enseñando el valor de atreverse a vivir cada uno como es. Aprendamos de ellos. Tienen el coraje que nos falta a nosotros.
3.- Muchos gays suele decir que no deberíamos sentirnos orgullosos de ser gays, que los heteros no lo están. Suelen decir "¿acaso ellos celebran el orgullo hetero? Esta es una falacia de manual. Como ellos no lo celebran yo tampoco puedo hacerlo. Como los blancos no se quejaban del apartheid, los negros tampoco podían quejarse. El sector mayoritario de una sociedad no necesita nunca reivindicar un derecho porque ya lo tienen implícito. Hace un siglo los hombres no reivindicaban el voto de las mujeres, fueron ellas las que tuvieron que luchar por lograrlo. Y muchas mujeres, al igual que muchos gays hoy en día sobre el orgullo, afirmaban que no era necesario. Gracias a que algunas de esas mujeres que lucharon por conseguirlo, todas pueden votar hoy. Que tu no lo consideres necesario no significa que otros si lo estimen imprescindible.
4.- Orgullo. Pocas palabras se discuten tanto como esta. El término "orgullo gay" viene de la traducción del inglés "gay pride". No sé en que momento se empezó a utilizar la palabra orgullo como traslación del inglés al español, pero ahora se encuentra totalmente asentada en el imaginario colectivo y asociada ineluctablemente a la celebración del desfile. Quizás la traducción más correcta habría sido "dignidad gay", pues el concepto de orgullo en español está asociado a un exceso de estimación hacia si mismo, a sentirse superior a los demás, pero en el original "pride" hace referencia a la dignidad, a la igualdad con los heteros, no a ser inferior ni superior a ellos. Seguir discutiendo hoy en día por el término escogido me recuerda a la fábula de Iriarte sobre si son galgos o son podencos.
5.- Visibilidad. Para una gran mayoría de españoles que viven en ciudades pequeñas o pueblos, el único contacto con la homosexualidad es a través de la televisión o el periódico cuando leen o ven imágenes del desfile. Por supuesto que existen gays donde viven, pero en sus comunidades pequeñas y cerradas todavía existen los prejuicios arraigados a través de generaciones de que la homosexualidad es pecado y debe ser despreciada y marginada. Ver a tantos gay (y heteros, no nos olvidemos de ellos) celebrando con normalidad ese día les hace plantearse poco a poco si sus convicciones estarán erradas. Esto no se consigue de una vez ni con un único desfile, pero la imagen de normalidad va calando en sus mentes lentamente.
6.- Reivindicación. Aunque la parte festiva sea la que domine en los medios de comunicación, no nos olvidemos de que hay una parte reivindicativa en el desfile. Lemas como "Jóvenes sin armario" o "Matrimonio igualitario" reclaman esa igualdad a la que todos tenemos derecho en una sociedad democrática. Puede que salgan poco comparado con el desfile, pero aparecen como titulares en las noticias y la gente puede enterarse de lo que es todavía necesario cambiar.
7.- Esperanza. Muchos gays afirman que no es necesario reivindicar el matrimonio igualitario, porque en España ya lo tenemos, pero es que no lo reivindicamos sólo para los que vivimos aquí, sino que es un altavoz para los que viven en países donde sus derechos no son respetados y la homosexualidad es perseguida. Somos la voz de la de los que no pueden hablar. Somos la esperanza de que lo que nosotros hemos conseguido algún día puedan también lograrlo ellos.
No nos miremos el ombligo siempre, salgamos de nuestro pequeño mundo y pensemos que lo que a nosotros a lo mejor ya no nos es necesario para otros es algo a lo que aferrarse.
8.- Defensa. Si los derechos están conseguidos ¿por qué seguir reinvindicándolos? Aquí en España el matrimonio homosexual hasta hace muy poco estaba recurrido ante el Tribunal Constitucional. Por suerte no hubo sentencia en contra, pero en California con la famosa proposición 8 si la hubo y en Rusia actualmente se han promulgado leyes contra los gays que antes no existían. Los derechos conseguidos hay que defenderlos continuamente porque si no puede llegar un momento en que sin darnos cuenta los perdamos. Los judíos alemanes se encontraron privados de sus derechos en los años 30 de la noche a la mañana. Tal vez penséis que eso hoy en día no podría ocurrir de nuevo, pero en Camboya por ejemplo, en los años 70 (yo tenía 10 años) la gente fue torturada y ejecutada simplemente por llevar gafas o saber leer. Y en los 90 en Ruanda se produjo un genocidio simplemente por la etnia a la que pertenecías. También ocurrió en la misma década en la "civilizada" Europa durante la guerra civil yugoslava. No creáis que esas cosas "hoy en día" ya no pueden ocurrir.
9.- Realidad. El tener los derechos reconocidos no significa que sean reales en la práctica. Preguntad a las mujeres si realmente piensan que se les trata igual que a los hombres. Preguntad a los negros de Estados Unidos si no existe discriminación racial allí. Tener un derecho no significa que sea real. Para eso hace falta que la sociedad lo interiorice de verdad y que la igualdad no se cuestione en ningún ámbito. Aquí en España puedes leer continuamente casos de homofobia en bares de los que nos invitan a salir, colegios en los que padres homosexuales ven rechazados a su hijo por su condición sexual, puestos de trabajo en los que el acoso es moneda corriente... No, los derechos están concedidos, pero no asentados. Para eso aún faltan muchos años y seguir defendiéndolos, y el Orgullo es un recordatorio anual de que aquí seguimos y que seguimos luchando.
10.- También suelen argumentar que el orgullo se ha convertido en una fiesta en lugar de ser una reivindicación. Cada revolución o demanda de derechos civiles (y la de los homosexuales lo es) es hija de su tiempo. Durante la época de la reivindicación de los derechos de los negros en Estados Unidos también se dieron hechos festivos. En la conocida "Marcha sobre Washington" en la que Martin Luther King hizo el famoso discurso de "Yo tengo un sueño" y que ahora se conmemora, hubo un concierto antes de los discursos. Allí tocaron Bob Dylan o Joan Baez por ejemplo. ¿Deslitigima eso la jornada? Yo creo que no, y sin embargo algunos líderes de la propia comunidad negra dijeron que, al igual que hoy en día con el Orgullo, que ese tipo de actos no servían para nada y banalizaban la petición. De hecho, el propio Malcom X la bautizo como "la farsa sobre Washington". Y sin embargo ese día ha pasado a la historia como uno de los mejores actos realizados en favor de los derechos civiles. También hubo patrocinadores que aportaron su dinero ese día y con el que consiguieron fletar los trenes y autobuses para que gente de todo el país pudieran acudir. Como véis no hay tantas diferencias. Simplemente han pasado 50 años y la publicidad hoy en día es ya omnipresente. Hasta para una función escolar o evento deportivo infantil hay patrocinadores.
En los 70 Andrew Lloyd Webber creó su musical "Jesucristo Superstar" en el que un Judas presentador de televisión mostraba a Jesucristo como una estrella del rock. La figura del Che Guevara, símbolo de la revolución comunista cubana, es hoy en día uno de los mayores exponentes del márquetin capitalista. En la televisión habéis podido ver anuncios con la figura de Ghandi, el Dalai Lama o Simon Bolivar. Podría poner cientos de ejemplos de como lo festivo sirve como nexo de unión para aglutinar voluntades en pos de un ideal, pero sólo pondré uno más para que veáis que que lo lúdico no está reñido con lo reivindicativo. En la lucha de liberación de la mujer las reuniones de "Tuppersex" fueron un éxito precisamente por lo distendido del momento. Esta reuniones consiguieron acercar a miles de mujeres a un movimiento al que por su educación no habrían apoyado motu propio. Lo festivo une.
Si habéis llegado hasta aquí y todavía creéis que el Orgullo no es necesario celebrarlo, me gustaría saber vuestras razones.
Tal vez me convenzáis a mi.
miércoles, 12 de junio de 2013
Promiscuidad
A finales de este mes de junio voy a tener que ir a Madrid por trabajo. Da la casualidad de que la siguiente semana se celebra el Orgullo Gay y ya pensaba ir con Tony a disfrutar de esos días de fiesta, así que me estoy planteando quedarme también el fin de semana intermedio y conocer un poco ese mítico barrio de Chueca en un fin de semana normal.
Como Tony no llegará hasta el siguiente martes, eso significa que estaré solo y con tiempo libre durante unos nueve días. Podré pasear sin rumbo, descubrir rincones de Madrid ocultos para mi, tal vez descalzarme al sol en un parque al atardecer, sentarme en una terraza con una cerveza a ver pasar la gente, disfrutar de la belleza y alegría de una juventud ajena a mis miradas. O que quizás no sea tan ajena...
Porque la idea de quedar con alguien que alegre mis días por allí también también ha pasado por mi cabeza. Y la siguiente pregunta es ¿con uno? ¿con dos? ¿con más? ¿con cuántos? Eso me ha llevado a meditar sobre la promiscuidad gay en general y sobre la mía en particular.
Cuando yo era joven no fui nada promiscuo. Eran los 80 y la moral católica imperante no fomentaba ese tipo de comportamiento. El sexo era para el matrimonio exclusivamente y las chicas se resistían a dar el paso para no ser tildadas de "fáciles". Sumado a mi natural timidez y mi aún no descubierta orientación sexual que me hizo creer que tenía falta de apetito carnal, pasé por esa etapa de mi vida sin pena ni gloria.
Ahora tengo 45 años, soy gay y he descubierto un mundo que hasta hace poco estaba vedado para mi. Pero es un mundo sorprendentemente lleno de posibilidades. Si quisiera podría tener un hombre en mi cama cada noche, pues recibo proposiciones a diario a través del móvil o de la web, pero lo que más me ha sorprendido ha sido que la mayoría de estas ofertas son directas y sin tapujos. Te envían un mensaje preguntando si quieres sexo, preguntando tus gustos en la cama, donde vives y que les envíes fotos para que evalúen si eres merecedor de su atención. Como en un mercado. Sin un "hola", sin conversación previa, sin importarles ni siquiera como te llamas. No es que me parezca mal, tienen las ideas claras y los objetivos definidos. Y se lanzan sobre ellos. Pero yo no soy así.
No busco el amor en un encuentro sexual, esos días pasaron ya para mi, pero sí me gusta que más allá del envoltorio carnal haya algo más que la idea de un polvo rápido. Me gusta disfrutar de una persona antes, durante y después del sexo. Sentirme a gusto más allá del mero acto lúbrico. Y eso me lleva a rechazar la mayoría de propuestas. ¿Me convierte eso en poco promiscuo? Eso es extraño, porque medido con los estándares de mi juventud ahora yo lo sería, pero con las pautas actuales es posible que no lo sea.
Otro factor que me viene a la cabeza al pensar sobre mi promiscuidad o no es la edad. Normalmente se asocia el exceso de testosterona y apetito sexual con la juventud, y si me comparo con un chaval de veinte años es probable que me consideren un monje, mientras que para la media de mi edad igual piensan que soy un afortunado por mi vida sexual. Muchas de las proposiciones que recibo son de gente que ha sobrepasado su cuarta década como yo, lo que me llevaría a pensar que esta franja de edad mantiene una vida sexual muy activa, pero el mero requerimiento no significa que lo consigan, y por supuesto no es una pregunta que les suelo hacer cuando conversamos. Y los jóvenes con los que suelo quedar no me sirven para calibrar mi situación.
Así que sigo con la duda, ¿soy o no soy promiscuo?
viernes, 10 de mayo de 2013
Una vida de cine
No recuerdo cuando fue la primera vez que fui al cine pero no debía levantar más de dos palmos del suelo.
En los 70 mi padre era pluriempleado en Barcelona y cuando los dos necesitaban ausentarse a la vez nos compraban entradas para las sesiones dobles del cine del barrio. Eran cines muy baratos, de reestreno y sesión continua y no importaba cuando entrases porque las emitían en un bucle que a mi se me hacía infinito. Mi asombro por las imágenes hacía que me diese igual no contemplar el comienzo pues sabía que lo iba a ver después. El orden no era importante, las imágenes sí. Así viví aventuras en el ártico viendo "Estación Polar Cebra" y quise ser Espartaco, antes de conocer a Kubrick, con "Espartaco y los 10 gladiadores".
Pasé todo el verano del 76 en una playa de Tarragona sin atreverme a pasar del banco de arena que separaba la orilla de las aguas profundas, asustado de lo que esa oscuridad ocultaba. Mis padres, sin ser conscientes del impacto que iba a tener en mi, me llevaron unos días antes a ver el primer gran éxito de un director novel, "Tiburón". Quiso la casualidad que estando allí capturaron un pequeño tiburón extraviado que se había introducido en el puerto. Fue suficiente para que mis terrores infantiles se desbocaran durante todo el verano.
Fue yendo al cine como me enteré con 11 años que al día siguiente no iba a ir al colegio con mis amigos sino que me habían inscrito en uno nuevo en el que no conocía a nadie. La segunda vez en dos años. Un impacto que se mitigó al acudir al último estreno de James Bond "Moonraker". ¿Cómo no olvidar lo que iba a ocurrir el día siguiente viendo a Roger Moore luchando en la Estación Espacial y lanzando al malvado Drax al vacío? Aún tengo pesadillas con el personaje de Tiburón. Otra vez tiburón.
Con 13 años recibí uno de los mejores regalos que he tenido en mi vida, un carné gratuito para acudir a la filmoteca de mi ciudad. Pasé los siguiente 5 años de mi vida acudiendo a ella seis veces por semana y viendo todo tipo de películas. Allí descubrí que existía un cine más allá de Hollywood y me quedé fascinado por los Dreyer, Truffaut, Rossellini, Lang, Griffith o Bergman. Aún recuerdo como si fuera ayer lo que me sentí identificado con el Antoine Doinel de "Los 400 golpes" o como mis nudillos se quedaron blancos de apretar la butaca impactado por el sufrir de Edmund en "Alemania año cero".
Pero junto a esos clásicos también descubrí una de mis pasiones, los musicales. Aproveché mi pase para ver tres veces "West Side Story" y bailé en mi habitación como un loco imitando las acrobáticas danzas de los "Jets" y los "Sharks", los tiburones. Estaba predestinado. Pero recuerdo que el personaje que más me impresionó no fueron los de María o Tony, sino el de Riff, el jefe de los Jets, interpretado por un rubito que me cautivó desde el primer momento, Russ Tamblyn. ¿Un aviso de mi subconsciente de mi verdadera sexualidad? Tenía 15 años y aún tardaría otros 25 en atreverme a soñar en voz alta con él.
Quince años tenía también cuando toda España estaba frente al televisor viendo a la selección española de futbol buscar los 11 goles frente a Malta que necesitaba para clasificarse para la Eurocopa del 84. Tras el primer tiempo el resultado era de 3-1 y ahora necesitaban 12. Algo imposible. En ese momento llamó mi hermana y me propuso ir al cine a ver "Hair", un musical hippie, antimilitarista e irreverente que para un chico de esa edad, acostumbrado a los sermones católicos supuso un fuerte impacto. Canciones como "Sodomy" o "I got life" golpearon mi mente, todavía infantil, y me enseñaron un mundo diferente. España ganó y se clasificó. Yo no lo vi, pero no me he arrepentido nunca de haber ido al cine ese día.
Desde entonces he sido un asiduo a las salas de cine, yendo todas las semanas a ver una película hasta convertirlo en parte de mi vida. He descubierto obras maravillosas y me he equivocado muy pocas veces. He pagado religiosamente las entradas que han ido subiendo mucho más que el coste de la vida pero que yo consideraba dinero bien invertido. He soportado la reducción del tamaño de las salas y la disminución de las pantalla hasta convertirse en un remedo de la experiencia de antaño. He visto como empezaban a vender patatas, nachos y bocadillos en los bares del cine hasta convertir la asistencia al cine en una sinfonía de sonidos insufrible. He visto desaparecer el personal de los cines poco a poco hasta haber sólo un par de personas atendiendo media docena de salas. Desincronizarse la imagen del sonido y no haber nadie para arreglarlo. Me he desesperado para encontrar algo interesante que ver en una cartelera dominada cada vez más por los clónicos estrenos de Hollywood para adolescentes. Me he peleado con otros espectadores a los que les suena el móvil y que se ponen a hablar impidiendo oír la película ante la indiferencia de los trabajadores de los cines. Niños corriendo por la sala en películas para adultos a las que nunca debían haber entrado. Entradas que cuestan más compradas por internet a pesar de ahorrarles personal.
Pero lo que ha colmado la gota de mi paciencia fue encontrarme unas salas donde habían prescindido de las taquillas para encargarle el trabajo al personal del bar. Sólo había tres personas delante mío, pero pidiendo palomitas, bebidas, nachos, chuches y todo tipo de extras que hicieron que cuando me tocó el turno a mi la película ya había empezado. Me fui a casa sin entrar teniendo la sensación de haber perdido toda la tarde.
Y esa ha sido la última vez que he ido al cine.
Los dueños de las salas se quejan de que cada vez va menos gente al cine y lo achacan a la piratería. No señores, no. No es la piratería. Han echado de las salas poco a poco a la gente que le gustaba el cine, convirtiendo su negocio en guarderías y restaurantes. Ustedes ya no se dedican al negocio del cine, sino a ser una mera sección del centro comercial de turno. Han perdido su razón de ser, el de proveer de un momento mágico que nos maravillara y nos sumergiese en una historia asombrosa que durante dos horas nos hiciese olvidar la realidad. El de soñar otros mundos, otros lugares, otras personas. El de sentir.
Yo seguiré viendo cine y pagando por él, por supuesto, pero no será en sus salas. Ahora lo veo en mi casa a través de plataformas de pago, empezando a la hora que a mi me conviene, sin soportar niños, ni móviles, ni colas. Los olores a comida serán los que yo elija cada noche y con una posibilidad de elección de película mucho más extensa de lo que ustedes me puedan ofrecer nunca. Y por la cuarta parte de lo que les pagaba.
El cine a muerto. Viva el cine.
sábado, 23 de marzo de 2013
Maldad
Hace unos días, a través de Grindr, recibí un mensaje de un chico desconocido que decía "pero mira que eres feo". No le hice ningún caso, lo leí y simplemente lo ignoré. Pero hoy lo he recordado y me he puesto a pensar que que puede llevar a una persona a escribir una cosa así. ¿Cuál es el objetivo de un mensaje de ese tipo? Y sólo se me ocurre uno, hacer daño.
¿Pero por qué un desconocido dedica su tiempo a intentar hacer daño a alguien que no conoce? Eso es algo que no me cabe en la cabeza. En estos momentos un mensaje así simplemente me provoca la risa, pero si me lo hubiera enviado hace unos pocos años, cuando me estaba descubriendo como gay y me encontraba inseguro y sin atreverme a dar el paso de quedar con nadie, sin saber ni siquiera si era gay y si llegaba tarde a este mundo ¿cómo me habría afectado? Pues creo que mucho.
Probablemente me habría encerrado en mi caparazón y alejado de cualquier forma de contacto, temeroso de un rechazo tan brutal. Y si a mi, entonces un hombre de cuarenta años y con un bagaje ya de la vida a mis espaldas le habría afectado tanto, ¿cómo se habría sentido un adolescente que empieza a dar sus primeros pasos fuera del cobijo familiar? Sería devastador.
En estos años he sufrido en primera persona varios sucesos similares. Hace un par de años otro chico me envió un mensaje metiéndose con el apodo que utilizaba en ese momento en una página de perfiles. Su primer mensaje fue un duro alegato afirmando de que no era digno de utilizar ese nombre y que era una vergüenza que lo usara. Recuerdo que me sentó mal y le rebatí los argumentos lo más educadamente que pude. Intercambiamos una docena de mensajes en los que, incapaz de defender su postura, cada vez incrementaba más su agresividad e insultos gratuitos, hasta que llegado un momento simplemente dejó de responder. Unas semanas después vi que había borrado su perfil.
También conté en una de las primeras entradas del blog la primera cita que tuve, o más bien la primera no cita, pues no se presentó. Todavía recuerdo el dolor de aquel día y lo mal que me sentí mientras regresaba a casa llorando bajo la lluvia. Si me hubiesen dado una paliza me habría dolido menos.
En estos tres casos ninguno de ellos llegó a mostrarse en ningún momento. No sé quienes son y puede que me los cruce de vez en cuando por el ambiente. ¿Lo recordarán o simplemente fue un divertimento de un día en el que se levantaron con ganas de dañar a alguien y que olvidaron inmediatamente? Así es como empiezan muchos casos de chicos que, incapaces de soportar la presión, acaban suicidándose. ¿Son conscientes de esto los que tienen este tipo de comportamiento? Prefiero creer que no, que su lucidez no alcanza más allá de la superficialidad de sus vidas y simplemente orbitan alrededor de su ego incapaces de la más mínima empatía. Porque creer lo contrario sería peor.
Sería simplemente maldad.
viernes, 20 de abril de 2012
Érase que se era...
... un potro que creció como un Bucéfalo asustado dándole la espalda a una sombra que le perseguía sin poder saber lo que era. Miraba por el rabillo del ojo y ahí estaba, unas veces más grande y otras casí diminuta pero siempre amenazante. Corrió y corrió hacia adelante huyendo de lo desconocido y cabrioleando cuando ésta le adelantaba casi siempre por sorpresa. Cambiaba de dirección dejándola atrás hasta que tarde o temprano lo alcanzaba de nuevo en una carrera que no parecía tener fin. Su caracter se volvió más y más asustadizo y empezó a rehuir la compañía de las yeguas que se le acercaban, pues al pararse y prestarles atención su sombra siempre se interponía entre ellos.
Un día, agotado, se tumbó y un joven, sin saber lo que hacía, posó sus manos sobre él consiguiendo inmovilizarle hasta que quedó, sin posibilidad de escape, frente a su eterno perseguidor. El miedo lo atenazó paralizándolo totalmente y sus relinchos inconexos al fin reconocieron en su perseguidor la parte de él mismo que nunca pudo ver. No volvió a ver a su Alejandro Magno de mirada triste, pero su recuerdo borroso lo acompañará para siempre.
Jugó en silencio con su sombra, sorprendido de que siempre hubiese estado ahí y recordó como en el pasado intentó ponerse frente a ella para que la reconociese aunque él siempre huía al menor atisbo de su presencia. La examinó, primero con miedo y luego desconcertado hasta que fue consciente de que era parte de sí. La miró desde todos los ángulos y durante meses la observaba sin atreverse a jugar con ella. Estaba ahí pero no era parte de él, sólo un reflejo oscuro que se negaba a marcharse.
Un día decidió enfrentarse a ella y salió a correr de espaldas al sol. Su sombra empezó a correr huyendo de él. Y cuanto más se afanaba más corría ella. Si se detenía, ella, burlona, lo hacía también incitándolo a seguir. Y poco a poco ese potro, que dejó atrás su juventud huyendo, se transmutó en un Peter Pan que la perseguía por todos los rincones para coserla a sus pies y volver al fin a un país de Nunca Jamás que no había conocido antes. Y mientras la perseguía, con cada salto que daba tras ella, notaba como las fuerzas perdidas brotaban de sus músculos agotados.
Han pasado casi tres años y medio desde que se enfrentó a su sombra y hoy cumplen dos desde que sus patas empezaron a garabatear temblorosas en este blog. Muchas cosas han cambiado, pero ese potro, ya maduro, sigue corriendo en pos de esa libertad que ya no ve tan lejana.
Esta entrada es para ti, que ahora lees esto y corres junto a mi en este galope embriagador.
Gracias.
De corazón.
viernes, 23 de diciembre de 2011
El amante de la belleza
Cuando tenía nueve años una nutrida representación de sacerdotes irrumpió por sorpresa en nuestra clase y nos conminaron a ponernos de pie en dobles filas delante de la pizarra. Buscaban chicos para el coro con buenas voces y mirada angelical. Nos indicaron una canción de misa que todos conocíamos y comenzamos a cantar. No pasaron ni dos estrofas cuando el más viejo de ellos me golpeó en la cabeza con una vara y, con voz impostada, me dijo: "calla y siéntate".
Fue la primera vez que fui consciente de que la música que yo escuchaba me era imposible de reproducir. No es cuestión de que no tuviera voz, sino de que desafinaba notoriamente. Con los años he observado con detenimiento mi voz y he probado a modularla con cuidado para intentar acercarme a las notas originales. Con nulo éxito. Tengo mejor oído musical que la media de la gente y soy capaz de distinguir notas que los no entrenados no pueden, pero sin embargo soy incapaz de no desafinar. Es algo superior a mi. Y bastante frustrante.
Recuerdo que con doce años, estando en clase de dibujo técnico, nos mandaron dibujar lo que quisiéramos. El formato y la técnica eran libres pero la temática la escogía el profesor. Y eligió una historia sobre un ataque mongol sobre la muralla china. Días después decidió mostrar el resultado de los dibujos a toda la clase. Escogía uno de los dibujos y lo mostraba en alto a todos. Había alguno bueno pero la mayoría eran bastante flojos y las risas se sucedían. Casi hacia el final el profesor, con poco sentido pedagógico y nula sensibilidad se dirigió a mi delante de todos y me dijo: "mucho te has reído de los otros dibujos, mirad todos lo que ha dibujado él", y mostró en alto mi dibujo. Era con diferencia el peor de todos ellos y las carcajadas aún resuenan en mis oídos. Pero no es eso lo que me dolió, sino que ese fue el mejor dibujo que he hecho nunca.
Me encanta la pintura. Puedo pasarme horas en los museos admirando las obras colgadas y apreciando la complejidad de la composición, el virtuosismo del dibujo o el detalle de una pincelada aparentemente sin importancia pero que resulta vital para apreciar, en constraste, otros elementos del cuadro. Me gusta la mayor parte de las épocas pictóricas, desde los frescos de la antigüedad hasta el abstracto más moderno, pero soy incapaz de dibujar mejor que un niño de cuatro años.
En clase de artes plásticas casi siempre los materiales que empleaba quedaban claramente desalineados, con pegotes de pegamento desbordado o con clavos torcidos que astillaban la madera que sujetaban. El acabado de mis obras era tan deficiente que cuanto más intentaba arreglarlo peor era el resultado. A pesar de ello conseguí superar la asignatura durante varios años sustituyendo mi torpeza por la originalidad de mis planteamientos. Donde mis compañeros hacían una casita de muñecas convencional de líneas rectas y puras, yo construía un ataúd con ángulos obtusos, bisagras y tapa basculante. Donde ellos hacían figuras geométricas con cartulina a base de plantillas preestablecidas, yo montaba trenes de vagones geométricos disformes enganchados con palillos. Eso me salvo de mi poca destreza manual.
Con catorce años intenté escribir el guión de un cómic. Tebeos los llamaban entonces. Tenía el argumento en la cabeza y veía claramente la composición de las viñetas en mi mente como si fuesen escenas de una película que acabase de terminar de ver. Dibujé con frenesí durante horas robándole sueño a la noche y cuando lo terminé contemplé emocionado mi obra. No cabía en mi de gozo. Lo empecé a leer y cuando llegué al final encendí una cerilla y le prendí fuego. Lo vi consumirse lentamente junto con mis esperanzas. No sólo el dibujo era malo, sino que el guión que tan claramente veía en mi cabeza se había convertido en un amasijo de escenas inconexas lleno de clichés. Hasta para un adolescente de esa edad era palmario el bodrio que había dibujado.
En la adolescencia tardía me dediqué a componer poesía. Escribía de dos tipos, para conquistar a las chicas con sonetos llenos de falsa pasión y acrósticos evidentes, y versos sueltos donde daba rienda suelta a una frustración que me perseguía y que sin embargo no era capaz de ubicar. Los primeros no eran más que divertimentos olvidables, y los segundos se perdieron muchas veces entre las lágrimas. Hasta que un día, ahogado de mi mismo, los tiré todos y no volví a escribir nada en 20 años. Hasta este blog.
He admirado la belleza de las artes en todas sus formas, pero los dioses han sido crueles con sus dones. Me han permitido apreciarla pero no crearla. Soy como Moisés llegando a la tierra prometida después de vagar cuarenta años por el desierto y que se encuentra con que su Dios sólo le permite contemplarla desde la distancia sin poder pisarla nunca. Soy Quasimodo descubriendo que Esmeralda no sólo está fuera de su alcance sino que cada acto que comete la encamina hacia la muerte. Soy Abelardo, castrado y alejado de Eloisa sin poder abrazarla nunca más. Soy Cyrano soñando con ser Christian. Tristán sin Isolda.
Dicen que los críticos no son más que artistas frustrados sin talento. Yo no soy crítico. Pero podría serlo.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Perfiles
Cuando entré en mi primera web de perfiles gay, aún no hace ni tres años, la sorpresa por descubrir un mundo nuevo me nubló el entendimiento y quedé fascinado por esa colección de rostros que me miraban burlones, como retratos de nobles que te precedieron en el linaje familiar y que contemplas intentando descifrar sus vidas a través de sus miradas.
Sólo miraba sus rostros, uno detrás de otro, intentando ver en sus rasgos algo que los delatara como homosexuales y, sobre todo, algo que los diferenciara de mi, un hombre asustado que aún no había aceptado la verdadera realidad de su sexualidad. Fueron cientos los que pasaron por mis ojos, de todas partes y de todas las edades, y yo los miraba entre aturdido y embelesado ante la cantidad de gente que se identificaba con toda naturalidad como homosexual.
Empecé a leer un poco lo que escribían, pequeñas historias, retazos de deseos, ansiedades y sueños, vidas en miniatura. Descubrí que muchos de ellos también tenían miedo como yo. Vivían deseando encontrar a alguien pero rezando para que no los reconociera nadie. Otros en cambio disfrutaban de un desparpajo envidiable y un sentido del humor delicioso que lograban que esbozase una pequeña sonrisa y relajase mi corazón encogido.
Con el tiempo me he ido acostumbrando a este tipo de páginas. Ahora en lugar de pasar fotos apresuradas buscando una belleza idealizada en mi subconsciente, leo lo que tienen que contar de si mismos, sus aficiones, sus lecturas, sus anhelos y también, ¿por qué no? sus morbos y fantasías sexuales.
Pero también me he encontrado con frases y textos despreciativos e hirientes. Leo perfiles de jóvenes de 18, 20 ó incluso 25 años que despachan sus descripciones con "awuelos y papis no molesten y quédense callados y en sus casas", "viejos de más de 30 fuera de mi vista" "si tienes más de 28 paso de ti y tus arrugas". ¿Tan difícil es indicar que tus preferencias abarcan un rango de edad y que no te apetece quedar con gente de edades superiores? ¿Hay que ser ofensivo y despectivo para demostrar que no tienes interés?
Me sorprende el desprecio que se esconde detrás de esas palabras. Precisamente en un colectivo maltratado y humillado durante tanto tiempo, encontrar ese tipo de frases por parte de sus miembros me parece un sinsentido y lo que es peor, un olvido de que si ellos ahora gozan de la libertad actual para mostrarse y ser aceptados en la sociedad, eso se debe a lo que lucharon y padecieron esos "papis y awuelos" que hoy con desdén menosprecian.
Otras frases recurrente que me suelo encontrar son del tipo "las plumas en el gallinero", "plumíferos no", "paso de plumas y aves varias", "si tienes pluma vuelve al corral" o "me gustan los hombres, no las gallinas". Podría seguir escribiendo ejemplos porque las variaciones de la frase son infinitas y el prejuicio que hay detrás me asombra, como si a mi si no me gustaran los altos los llamara "gigantes desproporcionados", a los bajitos "tachuelas con patas" o a los rubios "pelo oxigenado de cerebro derretido". La lista de insultos puede ser todo lo creativa que quieras y abarcar cualquier sector de la población, pero ¿qué gano mofándome del que la tiene? Yo no tengo "pluma" y no me atrae en un hombre, pero no me siento ni superior ni diferente por no tenerla. De hecho, alguna vez he pensado que si la hubiese tenido a lo mejor habría reconocido mi sexualidad mucho antes.
Un tercer grupo también abundante en estas páginas de perfiles son los que dan la callada por respuesta. Cuando alguien les escribe miran su perfil y si no les gusta simplemente le ignoran. Detrás de cada mensaje hay una ilusión y el esfuerzo de alguien que ha vencido su miedo al rechazo y ha volcado sus esperanzas en una foto. Dejarle esperando una respuesta que nunca llegará me parece de una crueldad innecesaria y gratuita. Un "muchas gracias por fijarte en mi y por tu interés, pero no lo comparto, espero que la siguiente vez tengas más suerte" decepcionará pero mantendrá incólumes las esperanzas de acertar en el futuro. No cuesta nada ser amable.
A pesar de todo ello sigo defendiendo este tipo de páginas. Gracias a ellas he conocido a algunas personas maravillosas como Tony, Flavio, Calvin, Jasper o Alejandro. Gracias a ellas vencí mi timidez y me permitió acercarme a gente en un momento en que estaba perdido y sin saber que hacer. Gracias a ellas encontré un punto de partida y algo a lo que aferrarme.
Puede que no sean perfectas y me encuentre muchos fracasos por el camino, pero como las cartas de navegación de Colón, a mi me dieron un rumbo hacia el que navegar con destino a un nuevo mundo.
lunes, 29 de agosto de 2011
Defecto de fábrica
A pesar de los miles de años que llevamos en el planeta y a que el ingeniero jefe de la Madre Naturaleza ha hecho cientos de pruebas recombinando nuestros genes en la búsqueda de la combinación perfecta, seguimos saliendo al mercado con un notable grado de imperfección.
Sólo tienes que sentarte un día en una plaza concurrida y dedicarte a observar con un poco de esmero a la inmensa variedad de personas que compiten por nuestra atención. Algunos tienen defectos físicos evidentes, mientras que otros los tienen más sutiles y escondidos, pero para un ojo entrenado saltan a la vista en seguida. Pero más allá de estas deficiencias visibles, las más interesantes son aquellas que no son obvias hasta que los individuos no interactúan con otros. Son las taras escondidas de un producto sin terminar. Son los defectos de fábrica.
Mi querido amigo bloguero Christian Ingebrethsen sabe que tengo más defectos de los que podría llegar a explicar en una vida, así que para que vaya empezando a desgranarlos poco a poco me ha encomendado seguir el meme que el asexual Z ha creado expresamente para que nos desnudemos virtualmente en un claro ejemplo de exhibicionismo moral. Las condiciones dicen que debemos exponer tres de nuestros defectos al escarnio público y confirmar o desmentir el defecto que nos atribuye nuestro elector.
Desde que leí el encargo hace ya más de una semana he pensado en qué escribir como primer defecto. Pero cuanto más lo pensaba más indeciso me encontraba. Escogía media docena de ellos pero luego no me decidía por ninguno y lo dejaba para el día siguiente. Lo volvía a pensar y cambiaba cualquiera, con lo que tenía que volver a reevaluarlos todos otra vez. Pero una vez más no terminaba de escogerlos y lo retrasaba de nuevo. Los seleccionados han cambiado según el día, pero la falta de decisión no, así que mi primer defecto es claro, soy un procrastinador. Cuando algo me da pereza lo dejo de un día para otro en la vana ilusión de que la necesidad de cumplir se disipe en el tiempo. Por supuesto no ocurre nunca, pero yo lo sigo haciendo. Una y otra vez.
Mi segunda elección es mi capacidad casi infinita de mantener una discusión por cualquier tema, por muy banal que sea el asunto. Me gusta razonar mi posición y puedo ser muy tozudo en la defensa de una argumentación que suelo apoyar con múltiples metáforas y símiles que a veces desconciertan a mis rivales por lo peregrino del discurso. He llegado a defender una cosa y luego a defender la contraria. Me divierte la discusión y disfruto con la refutación, pero a veces llego a exasperar a mis oponentes dialécticos que no entienden el porqué de una defensa tan apasionada. Y este defecto no tiene discusión. O sí.
Iba a pasar al final del encargo y casi me olvido de que tenía que incluir un tercer defecto para cumplir las condiciones del meme. Y eso se debe a que aunque soy capaz de recitar una extensa lista de emperadores romanos de memoria, soy incapaz de recordar que ropa me puse hace un par de días o donde dejé ese objeto que apoyé un momento mientras hacía otra cosa. Soy despistado. Mucho. Mi memoria es muy selectiva y tiende a olvidar rápidamente las obligaciones mundanas y a mantener incólumes recuerdos absurdos e innecesarios pero que sin embargo me apasionan.
Entre las condiciones del meme estaba confirmar o desmentir las palabras que Christian me dedicó: "Mi siguiente nominado es Parmenio, que una cosa es que haya descubierto que es gay a los 40 y otra que vaya por ahí desatado, que no está dejando títere con cabeza." Y debo confirmar con rubor que es cierto. Que llevo una temporada larga desatado y que me estoy comportando como un adolescente hormonado cumpliendo sus sueños húmedos. Pero ya me tocaba.
Y para terminar los tres agraciados con el placer de mostrarnos sus defectos son:
- Pancho del blog "Tigretón Tontón" que es capaz de pasar de la autofustigación depresiva a la alegría más contagiosa sin ninguna dificultad pero arrastrándonos a todos sus lectores con él.
- G-boy del blog "La vida en colores - Las crónicas de G-boy" a quien sus biógrafos del futuro podrán conocer sin ninguna dificultad lo que comió cada día de su vida y dispondrán del archivo fotográfico personal más extenso jamas documentado.
- Gary Rivera del blog "El alquimista" quien es capaz de afirmar que conoce mil formas de matar sin dejar rastro pero que luego se emociona escribiendo sobre cualquier miembro de su familia.
Que los defectos os acompañen.
domingo, 21 de agosto de 2011
Entre dos aguas
Los días se van acortando cada vez más y cuando miró lo que hice siento que el tiempo se me escapa entre los resquicios del alma. Bajo el sol de la playa los días han pasado mientras con los pies dibujaba círculos en una arena que se te pega a la piel y que es inutil intentar eliminar con las manos pero que desaparece sin dejar rastro bajo la espuma del mar.
Me fui de vacaciones con idea de descansar y huir de la rutina que me atenaza, pero me he encontrado con mi peor enemigo: el hastío de la vacuidad.
Si algo me ha sobrado durante estas vacaciones ha sido tiempo, sobre todo tiempo para pensar. Para pensar sobre mi. Para pensar sobre lo que soy. Para pensar sobre lo que fui. Para pensar lo que seré. Para pensar. Para pensar demasiado.
Pensar me hace daño porque me hace consciente. Me hace darme cuenta de que mi entorno me atrapa en una telaraña de obligaciones y deberes sin dejar resquicio a esa parte de mi mente que necesita escapar de si misma. Hay momentos que me gustaría dejar de pensar y vivir en la ignorancia feliz del necio. ¿Pero acaso no seré yo el bobo que se cree sabio y que en su cortedad no alcanza a comprender el privilegio del pensamiento? Ni contigo ni sin ti. Soy el perro del hortelano de mi propia esencia.
Mientras observaba a los niños jugar en la orilla ajenos al futuro, conversaba con sus padres sobre un presente intrascendente. Y cuando no podía soportarlo más, me zambullía y nadaba rompiendo las olas con los ojos intentando que el frescor del mar refrescara mis ideas. Y cuando agotados mis músculos pedían tregua, flotaba boca arriba ofreciéndome al sol. Sólo en esos momentos conseguía dejar mi mente en blanco y sentir los rayos acariciarme a través de mis párpados cerrados. El silencio me rodeaba y el rumor de mis pensamientos desaparecían en el sonido de una caracola gigante.
Pero cuando salía de nuevo de ese remedo de vientre materno, la cacofonía de la vida asaltaba mis sentidos abrumándome con su realidad y recordándome que me encuentro permanentemente entre dos aguas que tiran de mi, entre lo que fui y la añoranza de lo que pude ser.
lunes, 25 de abril de 2011
El valor de Alejandro
A principios de diciembre os hablé de Alejandro, de como entró en mi vida por sorpresa y de como su ingenuidad y buen corazón me tienen cautivado. Nunca sé cuando va a aparecer en mi casa, pero lo que no tengo que preguntarle jamás es lo que quiere. Siempre llega ávido de sexo y casi sin mediar palabra se abalanza sobre mi arrastrándome al dormitorio.
Alguna vez le he dicho que estoy cansado o que ha sido un día muy duro, que estoy agotado y que no tengo ni fuerzas para levantar una pluma. Él hace un mohín de desagrado y con unas caricias lujuriosas deja claro que no se va a ir sin su ración de sexo. Y aunque me resisto un poco, siempre acabo cediendo. Al fin y al cabo no me está pidiendo nada desagradable. Y yo no soy de piedra.
La otra noche sonó el timbre del portero automático y su voz retozona me anunció que venía con más ganas de lo habitual. Yo tenía planteada una velada tranquila disfrutando del primero de los partidos del Madrid y del Barcelona. Iba a empezar ya y tenía las patatas fritas preparadas y una cerveza en la mano. Suspiré por lo que se avecinaba pero le abrí.
Nada más cerrar la puerta y sin dejarme decir nada me besó con cariño. Con la familiaridad de lo habitual. Nos sentamos en el sofá y le dije que iba a ver el partido, que se pusiera cómodo. Me miró con extrañeza y bufó un "futbol" que me dejó claro lo que pensaba sobre el deporte rey.
Mientras yo intentaba seguir los primeros compases del partido Alejandro apoyó su cabeza en mi pecho y me empezó a acariciar con suavidad. Yo me sentí encantado. Un partido de máxima rivalidad, una buena cerveza y un chico guapo metiéndome mano. ¿Qué más podía pedir?
Entre jugada y jugada yo le besaba. Primero suavemente, con cariño, como a un niño, y luego más intensamente, con deleite. Mi mano acariciaba su pelo y notaba su piel caliente sobre mi. Me preguntó por mi relación con Tony y si nos iba bien. No se conocen entre ellos pero los dos saben de la existencia del otro. No me gusta engañar a la gente.
Me preguntó si eramos novios. Le dije que no, que lo nuestro no tenía muy claro lo que era pero que nunca habíamos hablado de formalizarlo en algo más serio. Hacemos cosas que haría cualquier pareja pero luego tenemos nuestras vidas independientes. Y Alejandro se lo tomó literalmente, como siempre suele hacer, y levantando su cabeza y mirándome a los ojos me dijo que a él sí que le gustaría que lo fuésemos.
Me giré hacia él sorprendido. El partido dejó de tener importancia y me quedé mirándole atónito. No me esperaba esa declaración. Está claro que le gusto y que se encuentra cómodo conmigo, pero siempre pensé que no había nada más allá del plano sexual y una sensación de sentirse bien tratado.
Me quedé callado unos segundos y le respondí que no podía ser porque yo no estaba todavía preparado para una relación. Y nada más decirlo me di cuenta de que era cierto. Me entró vértigo de sólo pensarlo. Soy todavía demasiado frágil mental y emocionalmente como para atreverme a dar el paso de una relación. Si todavía estoy aprendiendo a vivir aceptando que soy gay ¿cómo me voy a entregar a una relación que necesita una confianza plena? No puedo. No ahora.
Sé lo tomó con filosofía pero me dijo que le gustaría intentarlo, que desde el primer día que me conoció y paseamos junto al río sintió algo especial, y que aunque nunca me lo había dicho yo le gustaba. Mucho. Qué me lo pensase.
Alejandro me gusta. Me gusta su ingenuidad. Me gusta su sonrisa. Me gusta lo transparente que es. Me gusta como se ilusiona con una canción nueva. Me gusta su coquetería y sus gestos excesivos. Me gusta que a pesar de que ha tenido una vida dificil tiene unas ganas enormes de vivir. Me gusta su punto de chulería que él cree que es rebeldía y que yo sé que es inseguridad. Me gusta como entra en éxtasis cuando baila. Me gustan sus gustos sencillos que él cree sofisticados. Me gusta cuando me mira en la cama y le brillan los ojos. Me gusta. Me gusta.
Pero somos opuestos. No tenemos ni un gusto en común. No le gusta el teatro ni las comidas sofisticadas. No le gusta leer ni el deporte. No le gusta el arte ni los museos. No le gusta el cine sino va acompañado de palomitas. No le gusta viajar ni soñar con destinos exóticos. No podemos compartir nada más allá del sexo y de sentirnos cómodos juntos. Si fuésemos pareja no duraríamos ni un mes. O él se ahogaría en mi mundo o yo me asfixiaría en el suyo. No puede ser. Yo lo sé. Lo veo claro. Pero él no.
Lo abracé emocionado y el partido desapareció entre caricias y besos que nos llevaron al dormitorio, que por un día se convirtió en algo más que una cama. De fondo quedó el sonido del televisor con la algarabía de los aficionados que jaleaban cada uno de nuestros besos.
lunes, 14 de febrero de 2011
Ética y privacidad
La semana pasada publiqué una entrada dedicada a un chico que conocí en Saigon. Un anónimo comentarista me recriminó que encabezase el texto con una foto de él. Su inclusión no fue fruto del azar ni de la imprevisión del momento, sino de una decisión tomada tras mucho tiempo de reflexión.
Cuando regresé de Vietnam y Camboya pensé que quería contar su historia. Nuestra historia. Y lo primero que se me ocurrió es que me gustaría que lo vierais para que pudierais entender un poco más lo que viví. Y para eso debía publicar su foto.
Pero me entró la duda sobre si era éticamente correcto hacerlo o no. Elegí publicar la historia de Xiao porque no había demasiado problema, ya que sigo en contacto con él por messenger y se lo pude consultar, pero hay otras historias y otras personas de las que me gustaría hablaros y a las que no puedo preguntar. ¿Tengo derecho a hacerlo por ser parte de mi vida o debo respetar su privacidad y sin su permiso expreso no publicar su foto?
Durante dos meses he pensado sobre ello e incluso a alguno os lo he comentado por correo. Y mis pensamientos me han llevado por distintos razonamientos. Permitidme que os explique:
Lo primero en lo que pensé fue que si fuera una persona anónima a la que hubiese tomado una foto y utilizado para ilustrar el texto a nadie le importaría. De hecho la mayoría de mis textos están ilustrados así. Luego si no dijese que era él nadie debería quejarse, pues se trataría simplemente de un desconocido. Si observáis mi texto, en ningún momento hago referencia a que el chico de la foto es Xiao. Aunque lo es.
A continuación pensé en que si contase la historia de un conductor de Rickshaw y publicase su foto tampoco a nadie le parecería mal. Internet está llena de historias de gente que ha conocido gente. Y los primeros que lo hacen son los reporteros. ¿Acaso un periodista por tener un título tiene derecho a contar historias sobre personas y los demás no? Evidentemente no. Y conté la historia de Dien en el post "Saigon" ilustrándolo con su foto.
Luego el problema se podía circunscribir a que una parte de la historia tenía contenido sexual. No era mi intención escribir una entrada sobre un polvo, sino contar una historia sobre una persona con la que compartí catorce horas maravillosas en las que efectivamente había sexo, pero en las que también hubo risas, conversaciones, una cena divertida, bromas, un paseo al anochecer por la ciudad y sobre todo mucha, mucha complicidad. No sé si lo logré.
El sexo es tabú hoy en día y aunque la mayoría de la gente consume porno, les da pudor hablar de su propia sexualidad. Yo no soy quien para oponerme a los sentimientos de cada uno y menos para dar clases de moral, así que admito que hablar de ello o exponer públicamente la foto de un persona que haya tenido sexo conmigo sin su permiso puede violentar su privacidad.
Pensé entonces que los pocos lectores de este blog eran probablemente de habla española. Casi todas mis visitas provienen del continente americano y de España. Un porcentaje menor de Europa (supongo que de hispanohablantes afincados), y un surtido de visitas del resto del mundo que probablemente lleguen por error a través de las fotos. Luego si escribiese una entrada sobre un chico de Madrid, Buenos Aires, Lima o México DF, alguno de mis lectores podría conocerle o encontrarle y hacerle sentir incomodo.
¿Pero que ocurre si cuento la historia de un chico de Vietnam, Camboya, Kenia, Kazajistan o cualquier país de habla no hispana? La probabilidad de que alguno de mis lectores alguna vez se encuentren con este chico es remota, por no decir que fuera de los límites de la probabilidad.
¿Puedo entonces contar su historia? Mi conclusión es que sí, que el supuesto daño que le pueda hacer el contar "nuestra" historia aquí, incluso publicando su foto, es menor incluso que el daño que provocan los rumores que corren habitualmente entre los compañeros de trabajo.
Pero igual estoy equivocado. Eso os lo dejo decidir a vosotros.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Momentos
Llevo varios días pensando en escribir alguna entrada sobre mi viaje a Vietnam y Camboya, pero cuanto más pienso sobre ello menos encuentro la forma. Y la razón es que no ha sido un viaje de lugares sino un viaje a través de personas y sentimientos. No es que lo hubiese planeado así, sino que cada situación se ha dado con independencia de las otras pero a la vez están encadenadas.
Muchos no se podrían entender sin conocer primero otros que me habían ocurrido a veces sólo cinco minutos antes y que me habían afectado. Y no hablo de grandes cataclismos ni momentos espectaculares que supongan una ruptura en mis convicciones. Para nada. Hablo de esa sonrisa que una vendedora de cocos me dedicó un atardecer en Cat Ba, o de Chantou, el profesor de universidad con quien conversé durante horas en un autobús. Hablo de Duy y su moto al anochecer rodeando el lago Ho Tay de Ha Noi, o de Mr. Sai el conductor de tuk-tuk que estudiaba inglés cuando no tenía clientes. Son momentos inolvidables para mi y que me gustaría compartir aquí con vosotros. Pero no encuentro las palabras.
¿Cómo explicar la sensación de éxtasis que me producía el viento en la cara yendo en moto por Saigón cuando en realidad era el calor de miles de tubos de escape contaminando sin parar? ¿Cómo explicar la sensación de tomar un baño tradicional Dzao estando en cuclillas en una tina de agua caliente durante media hora? ¿Como explicar el silencio y el aislamiento que sentí al nadar en la bahía de Ha Long una distancia imposible? No puedo. No sé como. No tengo palabras.
Perdonadme si lo que leéis los próximos días es inconexo o insustancial, pero sed indulgentes porque para mi no lo es. Son recuerdos que me acompañan y que cuando cierro los ojos vuelvo a vivir. Y a sentir.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
Regresar
Regresar es volver a donde uno dejó parte de si. Regresar es sentir de nuevo lo ya vivido. Regresar es hablar con uno mismo para continuar lo interrumpido. Y hoy regreso a mi mismo.
Hace casi mes y medio me despedí con la promesa de volver. Y aunque no puedo vanagloriarme de haber satisfecho siempre mis promesas, ésta sentía que debía cumplirla. Y para ser honrado, no tanto por vosotros como por mi. Supongo que podría calificarse de egoismo y autosuficiencia, pero también de necesidad y carencia.
Han sido unas semanas de viajar y disfrutar de la compañía de mis amigos. Y aunque me siento un poco culpable de pensar así, no puedo evitar creer que cuando ellos se volvieron a España me sentí libre para volar y disfrutar de romper unas cadenas que me agarrotaban.
No se si es que soy un misántropo o simplemente un ingrato, pero han sido dos viajes en uno. Una primera mitad por el norte y centro de Vietnam con mis amigos y una segunda viajando yo solo por Camboya y el sur de Vietnam. Y he disfrutado más la segunda que la primera. Y no podría razonar el porqué, pero sentí una vaharada de libertad que me hizo sentir vivo cuando llegué a Saigón y caminé por sus calles mezclándome con sus olores.
Quizá es el caos de la ciudad el que se identifica con mi mente o son las sonrisas las que tranquilizan mi inquietud, pero sentarme en la calle a tomar un té con ellos mientras millones de motos se entremezclan delante mío formando un cuadro inestable que satura mis sentidos me producía una paz interior que dificilmente podré reproducir aquí.
Aún tengo que ordenar mis recuerdos y clasificar lo sentido, pero imagino que algunas de mis futuras entradas versarán sobre el viaje. Espero que no os aburráis con historias que probablemente no tienen excesivo significado para vosotros, pero que me gustaría compartir porque fueron importantes para mi.
Quiero también dar las gracias a todos los que escribisteis un comentario para despedirme en mi última entrada. La verdad es que me sorprendió tanta participación. Pero fue una sorpresa que me hizo viajar con una sonrisa y la confianza rebosante. Y a los que durante este tiempo me habéis escrito a mi correo, tened paciencia. Estoy intentando responder a todos.
Durante mi ausencia bastante gente se han incorporado a este blog por primera vez. Bienvenidos a todos. Espero que lo que os gustó de mi ausencia no os espante con mi presencia.
Dicen que las guerras terminarían si los muertos pudieran regresar. He estado en Vietnam y he regresado, pero he traído la guerra conmigo. Allí he dejado la paz.
Ahora la debo encontrar aquí.
lunes, 23 de agosto de 2010
Ósculos
Siempre que me voy de viaje, ya sea a remotos lugares al otro lado del mundo o cuando me escapo un fin de semana a un pueblecito cercano, intento leer para averiguar y conocer los usos y costumbres de mi destino. Algunas son sorprendentes y otras son ridículas para nuestra mentalidad, pero intento acatarlas. A pesar de ello es imposible descubrirlas todas y muchas veces transgredes las normas de urbanidad locales por ignorancia.
Cuando descubrí/admití que era gay me encontré viajando a un mundo totalmente desconocido para mi. Dediqué mi tiempo a leer muchas webs. Escudriñé hasta el último mensaje de los foros que estaban a mi alcance y leí y leí artículos aparentemente sesudos sobre la homosexualidad. Cada texto me descubría algo nuevo, pero pronto empecé a encontrar escritos contradictorios. Mi inestabilidad emocional aumentó exponencialmente con cada incogruencia porque no sabía a que atenerme.
Después empecé a meterme en páginas de perfiles y pronto los mensajes empezaron a aparecer. La mayor parte murieron sin conversación posterior, pero unos pocos dieron el salto al messenger. Fueron momentos de indecisión y dudas hasta que un día decidí quedar por primera vez con alguien cara a cara. Aquí empecé a descubrir que también existe un código de urbanidad que desconocía y que debía aprender. Porque los gays no se saludan como los heteros. No señor. Se saludan con dos besos.
Esto puede parecer una tontería para alguien que desde joven está acostumbrado a convivir con otros gays. Las conductas aprendidas desde joven se convierten en automáticas de adultos. Y a mi me enseñaron a saludar con dos besos a las mujeres y dando la mano a los hombres. Y puede sonar ridículo pero este doble código al saludar a los hombres dependiendo de su orientación sexual me causa confusión.
Me sale automáticamente alargar la mano cuando me presentan a un hombre. Y más de una vez me he fijado como la miraban con sorpresa y la estrechaban mientras esbozaban una sonrisa mal disimulada. Y otras simplemente provocaban la hilaridad general.
Me siento como un novato perdido al entrar por primera vez en una logia secreta en la que sus miembros se saludan mediante un antiguo y hermético código al que sólo se accede tras unos años de militancia.
¿Cómo lo hacéis vosotros? ¿Saludáis a todos los hombres con dos besos o alternáis las dos formas? ¿Acaso preguntáis a vuestro interlocutor si se acuesta con hombres?
jueves, 22 de julio de 2010
Tony
Tony dice que me conoció hace un año, antes del verano. Yo no lo recuerdo. Dice que me escribió un mensaje a mi perfil y que le respondí que me iba de vacaciones y que ya hablaríamos cuando volviese. La verdad es que no lo recuerdo.
En esa época yo me encontraba desconcertado, incapaz todavía de asumir todas las consecuencias de mi reciente aceptación como gay. Vivía en una dualidad mental que me mantenía en un carrusel entre la catatonia y el agobio. Quería conocer gente pero no me atrevía. Buscaba una palabra amiga y me pedían sexo. Necesitaba salir de mi y no me atrevía.
Fue a mediados de septiembre cuando me escribió de nuevo. Un mensaje corto. De saludo y reencuentro. Le respondí y empezamos a cruzarnos más mensajes. No se cuanto tiempo transcurrió hasta que quedamos por primera vez en persona. Tal vez un mes. Tal vez más.
Creo que fue a finales de octubre cuando un poco asustado me presenté en su casa. Vive en un pueblo cercano, a unos veinte minutos en coche de mi casa, y durante todo el recorrido mi cabeza no paraba de dar vueltas. No sabía que esperar porque yo mismo no sabía que quería. Era un paso al vacío sin saber si debajo había red para recogerme.
Había visto fotos suyas por supuesto, pero las fotos engañan. Mucha gente pone fotos fantásticas en sus perfiles pero que luego no se corresponden con la realidad. Las toman desde un buen ángulo y las terminan de arreglar con Photoshop. Así que si el gesto en las fotos no lo veo natural desconfío.
Tony me llamó la atención por su sonrisa. Y fue eso lo primero que vi cuando abrió la puerta. Se hizo a un lado y me invitó a pasar. Nos sentamos en el sofá y me ofreció algo de beber. Estuvimos charlando como media hora hasta que una caricia suya me rindió a él.
Han pasado nueve meses y prácticamente nos vemos todas las semanas. He tenido sexo con Tony más veces que con cualquiera de las novias que tuve. Con alguna duré más tiempo, pero no me hicieron disfrutar ni la cuarta parte que él.
Desde entonces hemos hablado mucho. Él me ha contado su vida y yo le he contado la mía. Hemos ido muchas veces al cine juntos y aunque casi siempre elijo la película yo nunca se queja. A pesar de que mis gustos cinematográficos son "alternativos".
Se podría decir que es el principio de un noviazgo. Pero no lo es.
Nuestra relación es extraña. Hay quién lo definiría como follamigos, pero creo que sería incorrecto, porque hay más parte de amigos que de sexo. Hemos alcanzado un nivel de complicidad muy alto y nos contamos casi todo, pero tenemos nuestras vidas independientes. Podemos quedar con otros chicos sin ningún reproche y luego cada uno se lo cuenta al otro (sin dar nombres, que no hacen falta) pero con la sencillez de la verdad. En realidad cuenta él más que yo, que suele tener mucho éxito.
Físicamente es lo opuesto a lo que sería mi chico ideal, pero sin embargo me ha cautivado. Y no se si es que siempre he sido así o con la edad voy cambiando, pero por muy guapo que sea un chico, si no es capaz de mantener una mínima conversación mi interés decae inmediatamente. Y Tony y yo hablamos a veces durante horas abrazados en la penumbra.
Hace poco mi mente, que nunca descansa, se preguntaba si me estaría enamorando de él. Nunca lo he estado y no puedo comparar, pero probablemente es lo más cerca que he estado de hacerlo. Pero creo que no, que no estoy enamorado.
Todo lo que tenemos de cercano lo tenemos de diferente. Tenemos la misma edad pero él es más tranquilo. A mi me gusta el deporte y a Tony no le va demasiado. Yo estoy descubriendo un mundo nuevo para mi y me encuentro con una ilusión y unas ganas desbordantes de salir los fines de semana y disfrutar la noche. Tony lleva ya 25 años haciéndolo. Yo soy un viajero impenitente y él es más casero y acomodado. Son demasiadas diferencias. No funcionaría.
Me preocupaba que él se enamorase de mi y yo no pudiese corresponderle. Se ha portado tan bien conmigo que no querría hacer nada que le doliese. Pero no puedo enamorarme si no lo siento.
Hace unos días me contó ilusionado que estaba perdidamente enamorado de un chico de otra ciudad. Llevan hablando unos meses y ya se habían visitado un par de veces. Me lo contaba con un brillo en los ojos y una sonrisa que le iluminaba la cara. Me alegré por él, aunque eso supusiese la posibilidad de dejar de vernos tan a menudo. Pero han discutido y la distancia ha hecho el resto.
Está triste aunque intenta no traslucirlo. Pero sus ojos no mienten. Yo le acaricio y al menos durante unos momentos se olvida y sonríe de nuevo. Con esa sonrisa. Con la que me cautivó.
martes, 1 de junio de 2010
Autoreflexión
Hace un par de días Thiago me hizo un comentario a uno de mis post. Concretamente al anterior sobre el Premio a la imperfección. Más que un comentario fue un brindis al sol, una propuesta lanzada al aire, una boutade... Thiago en estado puro.
Lo que escribió fue: "Todos somos conscientes de nuestras imperfecciones y tenemos la misma percepción de los defectos de los demás... Otra cosa son los blogs. ¿Alguien se atrevería a hacer autocrítica de su blog?"
Me dejó perplejo y comencé a responderle el comentario, pero la respuesta fue creciendo y surgían nuevas ideas en mi cabeza. Al final le dije que esperase un poco y le respondería más extensamente a través de un post. Y así ha surgido esta autoreflexión.
En principio, Thiago, no sabría responderte. Llevo por aquí poco más de un mes y bastante esfuerzo me cuesta escribir los post para decir lo que yo quiero como para pensar en criticarlos.
¿Se puede criticar uno a si mismo por lo que escribe o como lo escribe? No me pongo en la piel de otros, pues no conozco su motivación a la hora de escribir, pero en el mio fue una forma de expresar lo que sentía y pensaba ante la falta de una persona con quien compartir todo esto. Para mi es menos importante la forma o el medio que lo que quiero decir.
¿Puedo criticar entonces lo que escribo? Yo creo que no, que no estoy capacitado para ello porque no puedo cambiar lo que siento. Es como es y no lo puedo escoger. Alguna vez te he leído que a ti los post te salen sin mucho esfuerzo. A mi no. Tal como me autoacuse en el post anterior soy un perfeccionista. No tanto de la forma sino en cuanto al fondo. Le doy muchas vueltas a lo que escribo para que intente reflejar lo mejor posible lo que quiero decir. Y nunca estoy satisfecho. Le doy vueltas a las palabras. Retoco las frases. Cambio matices. Y poco a poco se acerca a la idea que bulle dentro de mi, pero nunca termino de acertar. Es un concepto muy platoniano de las ideas.
Podría criticar si era necesario que lo hiciese público. Si al fin y al cabo lo único que quería era expresarme, no necesitaba que la gente lo leyese. Eso es cierto. Pero no fue una decisión consciente. Realmente pensé que no pasaría nadie por aquí durante meses, y que cuando alguno llegase por aquí sería o por error, buscando otra cosa, o alguien en una situación similar a la mía. Y para cuando ocurriese eso mi aspiración era haber avanzado lo suficiente en mi vida para poder enfrentarme a ese momento con serenidad.
Está claro que una vez más pequé de ingenuo. Desconocía el mundo blogueril y como funciona. Antes de cumplir mi blog cinco días ya estabas aquí comentando. Y te siguieron otros.
Pero ahora, ya con conocimiento de causa, sí puedo saber si era necesario que lo hiciese público o al menos si lo haría ahora. Y mi respuesta es sí. Rotundamente si. Los comentarios que habéis dejado han cumplido la función de esa persona que no tengo para hablar. Habéis aportado algo a mi vida que no esperaba y que ha sobrepasado mis expectativas cuando abrí el blog. Y eso ha hecho que me esfuerce más a la hora de escribir. No es lo mismo escribir para uno mismo, que al fin y al cabo sabes lo que quieres decir, que escribir para que otros entiendan lo que piensas y lo que sientes.
Entonces, ¿puedo hacer autocrítica de mi blog como planteaba Thiago? Mi respuesta es que no. No soy capaz de hacerlo. La crítica recae en vosotros.
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