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domingo, 20 de febrero de 2011

El chico de la camiseta


Anoche salí con Jasper y sus amigos por tercera vez. Estuve dudando hasta el último minuto porque el tiempo no acompañaba, pero las ganas de salir se impusieron a mi pereza habitual.

Esta vez sólo fuimos cuatro los que acudimos al bar, pero fue suficiente para mantener una conversación animada que más tarde nos trasladó a otro pub donde la música me terminó de despertar totalmente. Cuando era joven nunca me gustó demasiado bailar. No sé si es que era timidez, vergüenza o falta de coordinación, pero la mayor parte de la veces no bailaba y buscaba cualquier excusa para dejar la pista y refugiarme en la seguridad de la barra. Ahora me pasa al revés. En cuanto noto los bajos vibrar dentro de mi, un hormigueo me recorre y tengo ganas de empezar a moverme. Sigo bailando igual de mal que cuando era joven, pero quizá ahora ya no tengo esa necesidad de huir de mi vergüenza y me dejo llevar. Dentro de unos límites, claro.

Mientras me movía al ritmo de la música miraba de reojo a un grupo de cinco chavales que a duras penas llegarían a la mayoría de edad y que se apretujaban contra mi sin ser conscientes de mi presencia. Con sus móviles de última generación se sacaban fotos una y otra vez, y su risa tras ver el resultado se sobreponía a la música. En la barra unos camareros sacados de un concurso de culturismo vendían sueños libidinosos en vasos largos. Me acerqué a pedir unas copas y me fijé en un chico de unos veinticinco años que se apartó un poco para que pudiera acceder a la barra. Era bastante guapo y se movía al ritmo de la música musitando las letras de las canciones. Me extrañó que estuviese solo pero pensé que su novio se habría ido al servicio y regresé junto a Jasper con las copas.

Estuve bailando y bebiendo mientras miraba a los chicos del local. Los chavalines junto a mi parecían ser una única persona. Se movían al unísono y se mantenían en contacto permanente, bailando abrazados como si tuvieran miedo de quedar aislados si en algún momento si se separaban un segundo. A ratos miraba de nuevo a la barra y el chico solitario seguía sin hablar con nadie. Me vino a la mente la imagen de mi mismo antes del verano pasado cuando salí solo y no conocía a nadie. Estaba justo en el mismo lugar en el que estuve yo.

Yo lo miraba sin que él se diera cuenta y pensaba si debía acercarme a decirle algo. Hace muchos años que no me acerco a un desconocido en un bar con intención de entablar conversación. Nunca he sido muy bueno en eso y generalmente prefería que se me acercaran a mi a dar yo el paso. Mientras lo pensaba apuró su cerveza de un trago y se dirigió a la salida. Lo seguí con la vista y pensé que una vez más mi indecisión me había hecho perder una oportunidad.

Media hora más tarde nos fuimos a otro pub donde poco a poco todo el mundo acaba yendo a bailar. Hacia las tres de la mañana Jasper y otro de sus amigos decidieron que era suficiente y se fueron a casa a dormir. Cinco minutos después, el último que quedaba me dijo que se iba a otro bar donde tenían un cuarto oscuro y me preguntó si quería ir. Le sonreí, le respondí que no y se fue. Nunca he estado en un cuarto oscuro. No me llama mucho la atención lo que he leído sobre ellos. Aunque quizá lo que realmente ocurre es que tenga un poco de miedo a la experiencia.

Seguí el ritmo de la música mientras observaba a los más jóvenes bailar como si les fuese la vida en ello, encaramados en los estrados y exhibiéndose ante una concurrencia cada vez más apretada. Viéndolos pensaba en como han cambiado aquellos castos bailes de mi juventud hasta estos movimientos sugerentes y eróticos. Sonreí y brindé al aire por permitirme disfrutarlos.

De repente entre la masa de gente divisé al chico de la barra del bar anterior. Parecía que seguía solo y seguía bailando mientras cantaba ensimismado en su propio mundo. Las canciones se sucedían y yo le seguía mirando esperando a ver si le veía hablar con alguien. Y empecé a pensar de nuevo en acercarme.

Como siempre, dudaba. Pero recordé lo que sentí cuando le vi irse del otro bar perdiendo mi oportunidad, apuré mi cerveza y me acerqué. Cuando llegué me daba la espalda y le puse la mano en el hombro. Se volvió y le dije que le había visto toda la noche solo y que si era la primera vez que iba por allí. Sonrió y me respondió que no, que había ido muchas veces, que tenía amigos y que no me preocupara.

No pude decirle más. Con una sonrisa de circunstancias y el corazón en un puño me retiré a mi rincón y me pedí otra cerveza. Ha sido mi primer acercamiento a un chico en un bar. Y fue un completo fracaso. Pero esta mañana pensando en ello creo que da igual que lo fuera o no. Lo verdaderamente importante es que por fin me he atrevido a hacerlo. Y que quizá en el futuro lo vuelva a hacer.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Ambiente (2ª parte)


Después de esa primera experiencia bañada en alcohol, pasaron casi un par de meses hasta mi siguiente visita a un bar de ambiente. Por entonces empecé a quedar con Calvin para pasar las noches del fin de semana charlando y bebiendo en mi casa. Una noche un amigo le llamó al móvil y le propuso quedar. El me miró interrogátivamente y le dije que fuera y se divirtiera. Al colgar me preguntó si quería acompañarle. Tras pensarlo sólo un segundo acepté.

Era otra forma de descubrirlo. Esta vez iba acompañado y conocería a algunos gays que quizá podrían llegar a ser amigos en un futuro. Me cambié de ropa y un Calvin crítico me preguntó suavemente si no tenía otra ropa. Me sentí como "pretty woman" y me puse mi ropa más moderna. Calvin se rió y con ironía me dijo que con esa ropa "parecía tres días más joven". Y salimos a quemar la noche.

En un bar nos esperaba su amigo acompañado de otro chico. Nos presentamos y noté como el amigo de Calvin me miraba raro. Curiosamente nos conocíamos de haber hablado por una página de perfiles. Hacía un par de meses le escribí y nos cruzamos unos mensajes, pero pronto tuve la sensación de que no le interesaba y que respondía por compromiso. Una de esas veces no respondió más. Hablamos un rato y me di cuenta de que a ese chico le gustaba Calvin y al verme aparecer con él me etiquetó como un rival. Inmediatamente me odió. Lo noté en su mirada.

Pasé el rato hablando con el "otro amigo" que era hetero y que les había acompañado como gay-friendly que era. Al cabo de un rato se fueron a dormir y yo me di cuenta de que no solo no había conseguido hacer nuevos amigos sino que ahora tenía un enemigo. Y sin hacer yo nada. Y es que a veces la vida es muy cruel.

Nos fuimos a otro bar a bailar y allí por fin disfruté de la noche. Bailo muy mal pero me sentí a gusto y relajado. A pesar de ello noté muchas miradas de extrañeza hacia los dos. Un chico joven y guapo bailando con uno de mediana edad que no destacaba ni por su elegancia, ni por su belleza, ni por su baile. Supongo que más de uno pensó que Calvin era un chapero o que estaba conmigo porque le pagaba las copas. Pero esa noche me dio igual.

Quince días después dos amigos de Calvin vinieron a visitarlo y tras pasar el día de visita turística salimos por el ambiente los cuatro. El mayor tenía pareja pero había venido a divertirse y disfrutar. El más joven, muy guapo y de modales delicados, me gustó de inmediato. Los otros dos hacían bromas para emparejarnos pues este chico acaba de romper con su novio y estaba un poco triste. El chico sonreía por compromiso y no decía nada. En un momento que fueron al baño, Calvin me preguntó que si me gustaba. Y yo mareé la perdiz y no le respondí nada claro. Era tan joven y tan guapo que no concebía que pudiese gustarle yo. Mi timidez y falta de confianza igual me hizo perder una gran oportunidad. Pero no pude dar el paso.

La noche se alargó hasta acabar en la única discoteca gay existente y que tenía poco público esa noche. Nos despedimos al amanecer sabiendo que no los volvería a ver. Yo le miré a los ojos para recordarle y él me miró a mi sonriéndome cansado. Tenía unos ojos preciosos.

Luego Calvin se fue a Madrid a vivir y yo me he quedado con el recuerdo de esas dos noches. En una me gané un enemigo que se ha quedado en mi ciudad. Y en la otra perdí la oportunidad con un chico que no volveré a ver.

Y es que la vida muchas veces se ríe de uno.

lunes, 11 de octubre de 2010

Ambiente (1ª parte)


Fui por primera vez a la zona de ambiente un sábado de febrero. No se que imaginaba que sería pero era un paso que me costaba mucho dar. Podían verme entrar en uno de ellos o incluso algo peor, encontrarme con alguien conocido. ¿Cómo explicarle entonces lo que hacía allí? Se que hay gente que siendo hetera se acerca de vez en cuando por esos bares, pero siempre acompañando a algún amigo que sí es gay. Pero yo no tenía con quién ir. Y lo retrasaba una y otra vez.

Ese sábado quedé con un grupo de amigos para irnos a cenar. El vino corrió a sus anchas y los brindis de chupitos se repetían entre risas cada vez más ebrias. Seguimos divirtiéndonos y tomando copas en un bar cercano y los alcoholes fuertes abarrotaron la mesa de vasos vacíos.

Sobre las dos de la mañana decidieron irse a dormir. El estar todos casados y la mayoría con hijos hizo que las noches de juerga loca se acabaran hace ya muchos años. Mientras andaba hacia mi casa, solo y pensativo, una idea loca me vino a la mente. ¿Y si me atrevía a ir a un bar de ambiente? Estaba muy cerca y me caía de camino. El alcohol me dio el valor que de normal me faltaba.

Entré en el primero que vi. En mi ciudad el número de bares de ambiente se puede contar con los dedos de una mano y aún sobra alguno. Y de este me había hablado un chico por messenger.

Entré un poco intimidado y examiné a la gente que había por si veía a alguien conocido. Me acodé en la barra intentando pasar desapercibido y me tomé una copa de bourbon. Estuve como una hora mirando a la gente con disimulo. No se por qué pero me imaginaba que sería un bar como los de los heteros pero con las parejas del mismo sexo. Pronto me di cuenta que el público era prácticamente masculino y casi no había chicas. Y eso me chocó bastante. Ahora sé que hay bares para gays y bares para lesbianas, pero entonces no lo sabía.

Me pedí otra copa y a pesar de que estaba un poco asustado y temeroso me gustó ver como se besaban muchas parejas. De chicos. Me hizo sentirme a gusto, aunque casi no levantaba la mirada de mi bebida. Al cabo de una hora me cambié de bar y me fui a otro que había oído que a esas horas estaba más animado. Y lo estaba. Abarrotado. Crucé entre el gentío y busqué de nuevo la salvación de la barra. Me pedí otra copa y observé a la gente bailar y reir, saltar y cantar, disfrutar y sentir.

La siguiente hora casi no la recuerdo. La cantidad de alcohol que llevaba ingerida desde la cena me nubló la vista, la memoria y el sentido. Pero recuerdo cuando encendieron las luces de la sala para cerrar y entre la bruma apareció Dave. Aún no os he hablado de él nunca, pero lo haré en el futuro.

Con cara de asombro se me acercó y me dijo que no se terminaba de creer que estuviese allí. Creo que le respondí algo, me pasó un brazo por el hombro y me sacó fuera. Pidió un taxi y me acompañó a casa. Eso es lo último de lo que puedo acordarme.

A la mañana siguiente me desperté en mi cama y entre los gemidos de una resaca de garrafón recordé a Dave en el taxí conmigo. Le mandé un mensaje y me llamó. Me dijo que me había llevado medio borracho a casa, que nos metimos en la cama los dos y que antes de que pasase nada me quedé dormido en sus brazos.

El se despertó antes porque tenía que trabajar y se había ido hacía ya un par de horas, pero entre las sábanas apareció parte de un piercing que le arranqué del pezón en el frenesí alcóholico. Lo miré y sonreí.

Y luego me tomé una aspirina antes de meterme en la cama de nuevo.

sábado, 7 de agosto de 2010

Resaca


Anoche salí a cenar con algunos de mis amigos a un pequeño pueblo de pescadores que ha crecido desmesuradamente y se está convirtiendo en una localidad más de turismo masificado costero. Una cena agradable, con risas, bromas, discusiones políticas, historias personales y sobre todo buen ambiente.

Después nos fuimos a tomar algo a una conocida localidad costera en la que la noche y la diversión atrae tanta gente como las mañanas de playa a otra generación. Yo por edad estoy entre los madrugadores que se acercan a la orilla y que al contacto con las olas frías dan un paso atras sorprendidos por la temperatura. Pero una pequeña parte de mi cabeza sigue amando las noches locas de mi adolescencia y disfruta del trajín incesante de bares y copas.

Pero anoche la mezcla de vino de rueda, orujo, cócteles de tequila y mango, mojitos y bourbon consiguió que mi falsa fachada de tranquilidad y alegría se derrumbara mostrándo mi verdadera faz de inseguridad y agobio.

Estuvimos hasta las cuatro de la mañana riendo y bailando de bar en bar disfrutando de una noche que nunca iba a acabar. Disfrutaba de cada segundo y mi vista se iba detrás de cada chico que sabía que nunca podría disfrutar. Pero era felíz. Y con cada sonrisa y con cada mirada yo bebía celebrando lo que creía que era un triunfo de mi voluntad. Qué equivocado estaba.

Todos se fueron a dormir menos Lance y yo. Los bares se sucedieron y las copas caían una tras otra, y hacia las seis el alcohol empezo a hacer mella en mi resistencia . Lance se quedo todavía con unos amigos suyos que nos encontramos y yo intenté buscar un taxi para regresar a dormir a mi apartamento. Pero no regresé en taxi. Lance vio un coche patrulla de la policia y como los conocía les pidió que me llevaran a casa. Fueron unos kilómetros de camino en los que iba como un detenido camino de la carcel. Pero de mi propia carcel.

Mientras regresabamos el alcohol estalló dentro de mi. Cuando me dejaron al lado de casa paseé hasta la playa y me senté con la luz del amanecer sobre el horizonte. Y lloré. Lloré por no haber tenido todavía el valor de hablar con Stella. Lloré por haber estado de copas y no haber sido yo mismo. Lloré por el dolor que siento dentro y que se encuentra aletargado bajo una pátina de autocontrol.

Hoy tengo resaca. Resaca de mi.

miércoles, 28 de abril de 2010

Dos meses y un adiós


Es sorprendente como una persona puede entrar y salir de tu vida en tan poco tiempo y sin embargo dejar huella. Calvin llegó a mi ciudad a mediados de enero. Quería alejarse un poco de su entorno. Salir de su rutina y demostrar que era capaz de ser independiente. No es que tuviese problemas donde vivía, sino que necesitaba un cambio de aires y probarse a si mismo. Vino con la intención de comerse el mundo y una moral inquebrantable.

Con poco dinero y mucha ilusión alquiló una habitación en un piso céntrico y se puso a buscar trabajo convencido de su capacidad. Pero se dio de bruces con la realidad. El mercado laboral no estaba para alegrías y el trabajo escaseaba. Pasaba las horas muertas conectado a Internet, visitando páginas de perfiles intentando hacer al menos amigos en la ciudad mientras llegaba el trabajo. Y así llegó hasta mi.

Un día, a principios de marzo, recibí un mensaje suyo. Un saludo y una pregunta. Le respondí y empezamos a intercambiar mensajes. De ahí pasamos rápidamente al messenger y unos días después quedamos para conocernos. Me dijo de quedar en mi casa y a mi me pareció bien. Eso me hizo pensar que le apetecía algo más que una charla y una cerveza... y la verdad es que a mi el plan me apetecía.  Es un chico joven, 26 años, guapo y con una mirada inquisitiva. Delgado y sugerente. Y él lo sabe y lo aprovecha.

Vino un viernes sobre las 9 de la noche y estuvimos charlando y tomando unas cervezas. Y pronto dejó claro que no era sexo lo que buscaba. No le creí. Pensé que simplemente le gustaba jugar con la tensión y hacer crecer el deseo. Pronto pasamos a alcoholes más fuertes y la velada se prolongó mientras charlábamos animadamente. Me contó parte de su vida y cómo había llegado hasta allí. Le gustaba adornar las historias con detalles que sin ser estrictamente falsos tampoco se ajustaban a la realidad. Era como un narrador que embellece la historia para cautivar a su público. Y la verdad es que lo hacía bien. El alcohol le soltó la lengua... pero nada más. Empecé a creer que de verdad no quería sexo. Al menos conmigo.

La velada se prolongó hasta las seis de la mañana. Después de bebernos varios whiskys y una botella de orujo a medias, Calvin, medio borracho, me dijo que se iba a casa. Le invité a quedarse y pasar la noche pero me dijo que no. Efectivamente no iba a haber sexo.

Quedamos varios días más y las conversaciones se hicieron cada vez más largas. Y la cantidad de alcohol que bebíamos mayor. La verdad es que me sentía a gusto con él, a pesar de lo diferentes que eramos. Incluso cambié mis planes algunas veces para poder quedar con él.

Un viernes me dijo que había quedado con un chico en un bar y me propuso que le acompañara. Yo sólo había salido por el ambiente una vez... y no fue como para recordarla. No es que me apeteciera demasiado pero hay que aprovechar las oportunidades y es mejor salir acompañado que solo. Y lo pasé bien. Charlamos, bailamos, reímos y nos emborrachamos. Le acompañé hasta su casa y me invitó a subir y conocerla. Y cuando ya me iba me preguntó si me quería quedar... pero sólo a dormir. Me quedé y compartí una cama individual con él. No hubo ningún tipo de sexo, sólo dos personas durmiendo. Pero me gustó.

Quince días después me dijo que se iba, que aquí no encontraba trabajo y que le había salido una oportunidad en otra ciudad. Y se iba ya. En menos de 15 días. Nos hemos visto un par de veces más y se ha ido a preparar su nuevo piso allí. Volverá dentro de unos días a recoger sus cosas y se mudará definitivamente. Es probable que no le vea más, o al menos en mucho tiempo. De él me sólo me quedará su messenger y un amigo en el Facebook.

Sólo nos hemos conocido mes y medio y sin embargo le echaré más de menos que a mucha gente que a estado en mi vida durante años. Echaré de menos sus historias. Sus risas. Su forma de bailar. Pero sobre todo echaré de menos a una persona que me escuchó.