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miércoles, 30 de marzo de 2016
Cumpleaños sin ti
Hoy veo tu rostro en todas partes. Como todos los días. En mi café cuando desayuno, en esa canción que ponen en la radio mientras conduzco, en esa persona que me sonríe sin conocerme, en ese anuncio del viaje a Berlín que tanto deseabas conocer y que estaba planeando en secreto.
Son ya varios meses desde que te fuiste pero sigo echándote de menos cada minuto. No estás pero sigo pensando para dos. No estás pero me acompañas. No estás pero te siento. No estás...
Fueron seis años desde que te conocí y no me arrepiento de ningún momento que pasamos juntos. Si acaso de los que no pudimos compartir y de no haberte encontrado antes. Y a pesar de no tenerte ahora a mi lado y sufrir tu ausencia, no cambiaría ni un minuto de estos años. Lo que me diste no te lo podría compensar en toda una vida.
Hoy es tu cumpleaños y como todos los años esperaba sorprenderte de nuevo. Esta vez no podrá ser porque ahora vives dentro de mi y lo sabes todo antes incluso que yo. Ya sabes cual iba a ser tu regalo.
Hoy te echo de menos. Exáctamente igual que ayer.
Y mañana cuando me levante te volveré a ver en mi café...
Te quiero.
miércoles, 25 de noviembre de 2015
Casi tres meses
Hace casi tres meses que no estás conmigo y te extraño hasta la agonia.
Tres meses de ocuparme de tu entierro y de tu familia. Tres meses de encargarme de tus cosas, de la amarga burocracia interminable y tu recuerdo imborrable. Tres meses en los que te preparé un homenaje al que acudieron más de setenta amigos tuyos y de atender a otros tantos de cuatro continentes que me escribieron lamentando su distancia. Tres meses en los que algunos amigos tuyos músicos cerraron su concierto con tu recuerdo, tu imagen y una maravillosa interpretación de violín y piano coreada por cientos de personas. Tres meses sin ti.
Es ahora, cuando todo casi ha acabado, que siento más que nunca tu ausencia. No he podido volver a preparar ese sushi que tanto te encantaba. Cuando me siento a comer veo tu sonrisa frente a mi, como siempre hacías. Si me distraigo con una película pienso si te habría gustado y me pierdo en los recuerdos. Al leer un artículo interesante me sorprendo guardándolo para que lo leas cuando vengas...
Pero no vas a venir. Y cada vez que me doy cuenta una punzada de dolor me recorre todo el cuerpo y la respiración se me entrecorta. He perdido peso y aunque intento alimentarme mi cuerpo se resiste. Comía por ti. Respiraba por ti. Dormía por ti.
Han sido casi tres meses de ocuparme de todo y noto que estoy exhausto. Soy incapaz de concentrar mi atención y todo lo que no anoto se me olvida tres segundos después de pensarlo. Duermo lo justo para no derrumbarme pero noto como las fuerzas se me escapan por momentos. Nada me interesa, nada me ilusiona. Vivo con el piloto automático puesto y las rutinas se repiten día tras día. Sólo mis conversaciones con mi amigo Lázaro me expulsan de mi apatía durante unas horas. El pobre se ha echado sobre sus hombros la ardua labor de escucharme. Con él hablo hasta la madrugada de todo lo que siento. No le escondo nada. Es mi psique la que habla y yo mismo me sorprendo a veces escuchando de mis labios secretos que nunca antes había contado. Nos conocemos sólo hace tres años y es el más joven de mis amigos, 25 años, y sin embargo me siento cómodo desnudando mi alma ante él. No me juzga. Sólo escucha, asiente, y me abraza cuando me echo a llorar.
Después de estos meses ocupándome de todo y de todos necesito algo de tiempo para mi. Salir de mi ciudad y escapar de lugares comunes y recuerdos conjuntos. Aprovecharé el puente de la Constitución para hacer nueve días de fiesta y evadirme de mi mismo. No sé todavía donde ir, si al sur buscando temperaturas suaves donde pasear, a esos Pirineos que tanto te gustaban para que la nieve congele mis pensamientos, a las lejanas islas Canarias a tumbarme en una playa y mirar el horizonte durante horas o vagaré por el norte de España recorriendo pueblos y ciudades sin rumbo fijo. También he pensado en acercarme a Madrid y coger un vuelo al primer destino que aparezca y que me puedan permitir mis escasos fondos. No sé que hacer ni que es mejor. No soy capaz de ilusionarme con ningún lugar ni ningún plan pero sí sé que tengo que salir de esta espiral depresiva que me está minando poco a poco.
Fueron tantos planes los que teníamos...
martes, 6 de octubre de 2015
Nicotina en la boca
Hoy sólo tengo nicotina en la boca y las gafas salpicadas de sal.
Creo oir susurros en mi alma y tu risa en mis oídos, pero me vuelvo y no estás.
Te veo en los resquicios y te persigo en mis recuerdos.
Esa caricia suave que siento, el reclinar reposado de tu cabeza sobre mi hombro.
Cierro los ojos y siento tu respiración junto a mi almohada.
Mi corazón vibra turbado al son de mi memoria mientras intento, por un momento, negar que ya no estás junto a mi.
Como el esclavo aterrado que no se atreve a dudar. Sin moverme, creyéndo que aún estás ahí.
Hace un mes ya que te fuiste y mis renglones están torcidos para siempre.
Hoy sólo tengo nicotina en la boca y las gafas salpicadas de sal.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Mi esposo
Hoy hace una semana.
Es el tiempo que he necesitado para que mis manos dejen de temblar y no resbalen entre las lágrimas del teclado.
Te conocí hace 6 años por esta mismas fechas y la primera vez que quedamos en tu casa me sonreíste desde la puerta. Esa sonrisa. Yo no lo sabía en ese momento, pero todo el mundo se deshacía cuando sonreías. Contagiosa, calmante, acogedora, narcótica... preciosa.
No hacía ni tres meses que me había atrevido a admitir que podía ser gay y mi experiencia era casi nula. Te dio igual. Sonreías. Y lo hiciste fácil.
Quedamos más veces. Al principio esporádicamente, después regularmente. Años más tarde me explicaste que cada vez intentabas sorprenderme, mantener mi interés, guiándome, como a un niño al que descubrir el mundo le embelesa y que aunque no lo comprende no puede dejar de sentirse fascinado.
Me fuiste robando mi tiempo, sutilmente, sin que yo me diera cuenta. Tu ya lo sabías, yo necesité eones para darme cuenta. Las citas en tu casa se convirtieron en salidas al cine. Más tarde en vacaciones juntos y en vernos varios días por semana. Mis fines de semana se convirtieron en tuyos y las horas de conversación al teléfono en adictivos dulces. Hasta que por fin fui totalmente tuyo.
Hoy hace una semana que tu corazón dejó de respirar.
Han sido dos meses, desde que el 7 de julio una parálisis repentina te llevó al hospital. No sabían que tenías y tardaron quince días en acertar con el diagnóstico: un linfoma agresivo. Dos meses de acompañarte en esa habitación de aislamiento donde la quimioterapia te debilitaba poco a poco. Pero seguías luchando a pesar del dolor, de las llagas, de los pinchazos y de la impotencia de no poder moverte. La parálisis fue despiadada y te impedía sonreír, pero yo seguía viendo esa sonrisa que me miraba desde tus ojos.
Cuando dos días antes el médico nos dijo que habías derrotado al linfoma y que ya no había células cancerígenas en tu cuerpo lloré de alegría. Pero la vida siempre es cruel y se guarda una última carta para jugar. Tus defensas estaban bajas y un pequeño virus se te llevó en menos de un día.
Fuiste consciente de todo hasta el final. Cuando el último día te subieron a cuidados intensivos ya lo intuías. Con tu única mano disponible acercaste mi boca a tus labios y me besaste a través de la mascarilla. No sabía que sería la última vez. Pero tu sí. Lo sabías. Como siempre.
Durante estos años, medio en broma, me hablabas de de cuando nos casásemos, pero ante mi miedo siempre sonreías y esperabas. Sabías que llegaría. Ahora era yo el que le daba vueltas a la idea de casarnos y fantaseaba con ello. Pero nunca llegué a pedírtelo. No dio tiempo.
Eso no lo sabías.
Te debo todo lo que soy como gay. Fuiste paciente hasta que me atreví a darte la mano por la calle, a que te diera el primer beso en público, a que te presentara a mis amigos heteros a los que sedujiste en cuestión de minutos como un hechicero jugando con su varita, a que te presentara a mis hermanos... siempre paciente, pero siempre sabiendo que ese momento llegaría.
Ahora estoy vacío. Me robaste el corazón, la respiración y la vida. Todo lo que hacía lo decidía pensando en ti. Y ahora te has ido y me encuentro perdido. Sólo lloro.
Me quedan los recuerdos de 6 maravillosos años y miles de fotografías que nos tomamos juntos; la evocación de cientos de planes que hicimos y que quedaron pendientes; el cariño de todos los que te conocieron y que no podrán olvidarte; de tu familia, que ahora es la mía. Y tu sonrisa.
Gracias por todo Tony.
Mi esposo.
jueves, 5 de enero de 2012
Cuando los ángeles tienen sexo
Se apareció ante mi como hacen todos los ángeles, en silencio, emergiendo de la nada y sin que los oigas venir. Pero los ángeles ahora llegan por internet y utilizan messenger.
Creo que los ángeles tienen predisposición por las navidades, pues hay precedentes documentados desde hace dos mil años. O quizás trabajan por incentivos y tienen una cuota de sonrisas que obtener antes de cerrar el año. Y conmigo obtuvo superavit.
Estuvimos hablando el primer día un par de horas. Un suspiro nada más. Un batir de alas. Y me fui a la cama feliz. Hace un año. Hace nada.
Rafael, me dijo. Me llamo Rafael. Veintiún años. Y dos milenios de sonrisas a su espalda.
Hablamos todas las navidades. Cada tarde. Sólo un rato, pero que yo esperaba frente al monitor media hora antes con la ilusión infantil de repetir una y otra vez ese momento. Un día nos conectamos con la cámara y pude ver su risa contagiosa. No paraba de reir y yo sólo pensaba en contarle cosas que le hicieran reir infinitamente. Me hacía sentir bien y no podía dejar de sonreir al verle tan feliz.
Y un día a finales de enero desapareció.
Pasaron varios meses sin saber nada de él. Lo echaba de menos pero no había forma de localizarlo. Y las llamadas al cielo eran sólo para suscriptores. Pero un día de mayo bajó a la tierra de nuevo y me contó que se había ido a vivir a otra ciudad pero que había vuelto porque las cosas le habían ido mal. Ahora volvía a vivir con sus padres. No le pregunté más.
Nos empezamos a ver regularmente y descubrí que los ángeles tienen sexo. Y que además saben disfrutarlo sin prisa, con toda la tranquilidad que el cielo eterno les ha enseñado. Con él descubrí el paraíso. La perfección del sexo pausado y prolongado. Las caricias incontables y los besos infinitos. Y a pesar de las sesiones maratonianas, cuando se iba por la puerta dedicándome una última sonrisa, sólo pensaba en cuando iba a volver.
Con él fue el primero con el que me atreví de nuevo a tener sexo después de la operación. Y con él me ha sorprendido muchas noches, abrazados en la cama, la luz anaranjada de las farolas nocturnas que se filtra por la ventana.
Hasta el domingo pasado.
El lunes su padre miró su portatil y ha descubierto que es gay. Le ha gritado, le ha insultado y le ha humillado hasta conseguir borrar la alegría de su cara. Y le ha dicho que se vaya de casa.
Lleva tres días llorando, con la voz tomada y la desesperación en su cara. Por más que miro en el fondo de sus ojos e intento consolarle, no queda nada de ese chico que siempre reía sin parar. Su padre ha destruído sistemáticamente su confianza y es incapaz de darse cuenta de que no tiene un hijo, sino un ángel.
Y que hasta los ángeles tienen sexo.
lunes, 3 de enero de 2011
Sus Graciosas Majestades
Mis primeros recuerdos sobre los Reyes Magos se remontan a mis cinco años. Entonces todo ilusionado les pedí un enorme garaje de tres plantas y multitud de rampas por los que deslizar los dos coches que incluían. El día seis de enero acudí raudo al árbol con el nerviosismo de la edad y cuando abrí el paquete sólo había un coche, pero ni rastro del edificio soñado. Era el año 73 y la crisis del petróleo empezaba.
Un año después empecé a ir al colegio. Primero de primaria , o Educación General Básica que lo llamaban entonces. En aquellos años vivía en Barcelona y para ir a clase tenía que madrugar y coger un autobús que tardaba una hora en hacer el recorrido. Yo era el primero en subir por la mañana y el último en bajar por la tarde. Dos horas diarias de autobús para un niño de 6 años.
Era como mi pequeño feudo y allí conocía a todo el mundo. Un día, cuando llevaba dos meses escasos de aventura escolar, un niño mayor que yo se me acercó y sin darme tiempo ni a saludarle me espetó: "Los Reyes Magos son los padres". Lo negué con la cabeza y él lo repitió con una mueca triunfal. Llegué a casa y muy fríamente se lo pregunté a mi madre. Y no pudo o no supo negarlo.
Tuve que convivir con el secreto de mi desilusión infantil hasta la pubertad, viendo como mi hermano pequeño soñaba mientras escribía la carta a los Reyes Magos y yo tenía que hacer la mía junto a él. Me tocó sentarme en las rodillas de muchos Reyes falsos a los que miraba a los ojos con dureza buscando a la persona bajo las barbas mientras disimulaba ante mi hermano. Más de uno se sintió nervioso al ver como le miraba y me traspasaba a otro Rey como si le quemase.
Rara vez tuve los regalos que pedía, pues la publicidad nos deslumbraba con juguetes demasiado caros para la economía familiar. Aprendí a no esperar con ilusión los regalos y a conformarme con lo que me tocaba. Mis amigos solían fantasear con los miles de regalos que iban a recibir y yo callaba.
Hace dos años por estas fechas yo acaba de dar el primer paso en mi aceptación como gay, tal como conté aquí. Estaba confuso y sólo pensaba en que se no se me notase. Ese año no pensé en regalos ni en propósitos y lo único que le pedí a los Reyes Magos era paz mental. Poder descansar de la vorágine que me desestabilizaba. Una vez más no cumplieron con su parte y en mi aprendizaje de esta nueva vida casi me puse enfermo irreversiblemente.
Han sido dos años brutales para mi estabilidad mental. Mi rendimiento en el trabajo ha caído en picado porque no puedo concentrarme. Mi jefe no me ha dicho nada pero veo que cosas que antes hacía yo ahora se lo encargan a otros. Y lo entiendo. Estoy siempre dándole vueltas a mi situación intentando encontrar una salida. Y cruzo puertas y puertas pero siempre hay más.
Empecé estas navidades con un deseo solamente para pedir a los Reyes Magos, que fuesen unos días tranquilos en los que poder descansar un poco de mi. Cenar en familia, reír todos, disfrutar de los regalos de mis sobrinas, salir con los amigos por la noche, incluso ir de nuevo al ambiente algún día. Pero me he encontrado que mis amigos (heteros todos) se "han hecho muy mayores para esas cosas" y se quedan en casa con sus hijos pequeños y ya no salen ningún día. Tony se ha ido a visitar a su familia y no volverá hasta después de Reyes. Y mi padre, en su línea habitual, montó un número de gritos y desplantes que culminó en la Nochevieja hasta hacer el ambiente familiar irrespirable.
Después de las uvas me fui de casa de mis padres. No podía estar más tiempo ahí, entre reproches y gritos. Tampoco tenía amigos para salir. Ni heteros ni gays. Nadie. Me senté en un parque a mitad de camino y observé a un grupo de jóvenes que acudían a hacer botellón. Iban felices, ajenos a mi presencia. Se felicitaban y se daban besos. Y yo, con las manos en los bolsillos, noté como se me anegaban los ojos.
Permanecí una media hora en el banco, casi a oscuras, hasta que el frío hizo que se me congelasen las lágrimas. Y me fui a mi casa.
Feliz año nuevo.
Me ha costado 42 años entender porque a los Reyes Magos les llaman Su Graciosas Majestades, y es que sus "gracias" me han acompañado toda mi vida. Cada vez les he pedido menos y cada vez me han negado más. Ahora prácticamente no tengo amigos y mis padres no se hablan. Ya casi no me atrevo a pedir.
Sólo os pediré una cosa más en mi vida.
Por favor, dejadme en paz.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Promesas
Me prometí que sonreiría toda la noche y que no desviaría la mirada. Me prometí sabores largos y respiraciones profundas. Me prometí juegos de palabras y puzzles de ojeadas. Me prometí no más ventanas frías en mi frente ni pestañas escarchadas. Pero hubo lunas en mi copa y reflejos de risas. Hubo silencios en mis dedos y piernas cruzadas. Hubo ampollas en el paladar y lazadas en el alma.
Me prometí que no creería en dolores y desertaría de pesares. Me prometí horadar la coraza y revestirla de ternura. Me prometí ríos de sorpresas y dedos sin pasado. Me prometí murmullos de albada y luces de neón. Pero hubo riadas de ayeres y pulmones sin alcohol. Hubo conversaciones concertadas y tonos extraviados. Hubo desamparo en la ducha y gritos en la almohada
Me prometí no escribir esto.
Pero sólo hay juramentos quebrantados.
viernes, 10 de septiembre de 2010
El alegre depresivo
Este fin de semana lo pasaré en un pueblecito de los Pirineos. El mismo pueblo donde hace un año, destrozado e incapaz de controlarme, estallé en lágrimas ante Nathan. El mismo pueblo donde le confesé el secreto que hasta ese momento guardaba celosamente en mi mente y que me carcomía por dentro. El mismo pueblo. El mismo lugar. Pero algo ha cambiado.
Este año todos mis amigos lo saben. Uno a uno les he ido contando la verdad. Empecé por Nathan y he terminado con Stella no hace ni un mes. Aún no se como me comportaré. Aún no sé como se comportarán ellos. Es la primera vez que todos los que están lo saben y son conscientes de que los demás lo saben también. Incluso se lo han dicho al primo de Stella. Les di permiso para que se lo contaran.
Pero hay algo más. Desde hace hace unos días mi ánimo es bastante sombrío. Me encuentro sin ganas de hacer nada y el llanto casi aflora por menudencias. Estoy agotado mentalmente y hacer cualquier cosa me supone un esfuerzo inmenso. Y pensar en pasar el fin de semana con mis amigos me produce una gran zozobra.
Igual estoy equivocado y a lo mejor es lo que me hace falta, salir un poco de aquí y relajarme entre amigos, dar paseos por la montaña, deleitarme con comidas pantagruélicas, disfrutar de las fiestas y empaparme en alcohol. Pero lo que me pide el cuerpo es meterme en la cama todo el fin de semana e impregnar la almohada de lágrimas.
Me he resistido a ir. Busqué una excusa y les dije que mi situación económica no me permitía grandes gastos, pero me han dicho que este año será todo más barato y gastaremos menos. Y luego me han inundado a correos y llamadas para "obligarme" a ir. Y lo han conseguido. He dicho que sí.
Nunca me ha gustado demostrar mis sentimientos en público. Y menos cuando son negativos. Cuando estoy deprimido y sin ganas de hacer nada me recluyo y lo paso a solas. Pero muchas veces no he podido ocultarme de los que me rodean. Es entonces cuando finjo una alegría que no tengo. Soy divertido, encantador, organizo las escapadas, me encargo de que todo salga bien, cuento chistes, anécdotas y un sinfín de habilidades sociales que he aprendido con el tiempo. Si diesen un premio a la mejor interpretación seguro que lo ganaría. De calle.
Soy la persona deprimida que más sonríe en este mundo.
sábado, 7 de agosto de 2010
Resaca
Anoche salí a cenar con algunos de mis amigos a un pequeño pueblo de pescadores que ha crecido desmesuradamente y se está convirtiendo en una localidad más de turismo masificado costero. Una cena agradable, con risas, bromas, discusiones políticas, historias personales y sobre todo buen ambiente.
Después nos fuimos a tomar algo a una conocida localidad costera en la que la noche y la diversión atrae tanta gente como las mañanas de playa a otra generación. Yo por edad estoy entre los madrugadores que se acercan a la orilla y que al contacto con las olas frías dan un paso atras sorprendidos por la temperatura. Pero una pequeña parte de mi cabeza sigue amando las noches locas de mi adolescencia y disfruta del trajín incesante de bares y copas.
Pero anoche la mezcla de vino de rueda, orujo, cócteles de tequila y mango, mojitos y bourbon consiguió que mi falsa fachada de tranquilidad y alegría se derrumbara mostrándo mi verdadera faz de inseguridad y agobio.
Estuvimos hasta las cuatro de la mañana riendo y bailando de bar en bar disfrutando de una noche que nunca iba a acabar. Disfrutaba de cada segundo y mi vista se iba detrás de cada chico que sabía que nunca podría disfrutar. Pero era felíz. Y con cada sonrisa y con cada mirada yo bebía celebrando lo que creía que era un triunfo de mi voluntad. Qué equivocado estaba.
Todos se fueron a dormir menos Lance y yo. Los bares se sucedieron y las copas caían una tras otra, y hacia las seis el alcohol empezo a hacer mella en mi resistencia . Lance se quedo todavía con unos amigos suyos que nos encontramos y yo intenté buscar un taxi para regresar a dormir a mi apartamento. Pero no regresé en taxi. Lance vio un coche patrulla de la policia y como los conocía les pidió que me llevaran a casa. Fueron unos kilómetros de camino en los que iba como un detenido camino de la carcel. Pero de mi propia carcel.
Mientras regresabamos el alcohol estalló dentro de mi. Cuando me dejaron al lado de casa paseé hasta la playa y me senté con la luz del amanecer sobre el horizonte. Y lloré. Lloré por no haber tenido todavía el valor de hablar con Stella. Lloré por haber estado de copas y no haber sido yo mismo. Lloré por el dolor que siento dentro y que se encuentra aletargado bajo una pátina de autocontrol.
Hoy tengo resaca. Resaca de mi.
viernes, 21 de mayo de 2010
El día después
Me desperté por la mañana con un poco de resaca. No recordaba como había llegado hasta la habitación y parte de lo ocurrido por la noche era bastante brumoso. Nathan seguía dormido en su cama y empecé a recordar mi conversación con él. O más bien lo que recordaba era como me eché a llorar y que ya no pude parar.
Supongo que me trajo como pudo hasta la habitación. Como somos los dos solteros, desde hace años compartimos habitación siempre que organizamos algo. Puede que sea una tontería, pero el detalle de que no le importara pasar la noche en una cama contigua a la mía me produjo una pequeña alegría.
Me levanté y salí al balcón para descubrir una fresca y espléndida mañana. Me senté en una silla al sol y esperé a que Nathan se despertase. Sentía una mezcla entre vergüenza por no haberme podido controlar por la noche y alivio por haberselo dicho. También tenía un poco de miedo. Miedo a enfrentarme, ahora ya sereno, a la situación.
Media hora después Nathan abrió los ojos. Yo permanecí en silencio mirándole. No sabía como empezar. Nathan, muy cauto, me preguntó si me acordaba de algo. Le dije que sí. Al menos de que le confésé que era gay, pero que luego del resto de la noche tenía recuerdos a retazos.
Le pregunté si había hecho alguna cosa que no recordara. Si se lo había dicho a alguien más... Me dijo que no. Que me había sentado en una silla y que el alcohol hizo el resto. Quizá él no lo vio, pero yo me acordaba de haber intentado decírselo a Stella. La llevé al mismo sitio con que había hablado con Nathan pero empecé a darle vueltas sin atreverme a decírselo. Y creo que lo interpretó erroneamente. Creo que creyó que quería algo con ella, porque me dijo que era una mujer casada. Inmediatamente regresamos a la plaza sin que me atreviera a abrir la boca y sin sacarla del error.
Era bastante temprano y el resto estaba durmiendo. Así que llamamos a Stella, que tenía que madrugar por sus hijos y nos fuimos a desayunar con ella. Como sobraba tiempo, nos llevó a pasear por la zona nueva del pueblo. Nos enseñó lo que estaban construyendo por allí y donde construirían su futura casa. Yo asentía a todo sin decir nada. Stella es probablemente la mejor amiga que he tenido nunca y sentía unas ganas enormes de decírselo, pero no encontraba el momento ni las fuerzas para hacerlo. Paseamos una hora y decidimos irnos a tomar un aperitivo. Ese era el momento que yo esperaba.
Regresamos léntamente al pueblo camino de una terraza y cuando ya nos ibamos a sentar sonó el teléfono. Eran el resto de mis amigos que ya se habían levantado y venían a buscarnos. Salimos a su encuentro y el momento tan lárgamente anhelado se frustró.
El resto del fin de semana no hubo ninguna oportunidad de hablar con ella a solas y yo no me encontraba con fuerzas para afrontarlos a todos de golpe. Así que me dejé llevar e intenté que no se me notase demasiado la tristeza interior. Puedo disimular muy bien. Lo he hecho mucho tiempo.
El domingo por la tarde Nathan y yo nos volvimos para casa. Es el único del grupo que vive en mi misma ciudad, pero curiosidades de la vida, cada uno llevamos nuestra vida particular y no nos vemos casi nunca. Pero solemos compartir el coche y la habitación cuando viajamos. Y durante el viaje de vuelta, le dije que si quería preguntarme algo le respondería. Y empezamos a hablar.
Él se encontraba un poco perdido con el tema. Al igual que yo, su conocimento del mundo homosexual era nulo. No conocía a nadie gay ni había nunca tenido relación con ninguno. Y me empezó a preguntar cosas básicas. Me preguntó si yo iba a bares gays. Le dije que no, que todavía no había ido a ninguno. Pero esbocé una media sonrisa cuando le dije que él vivía justo en el centro de todos los bares gays (el Chueca de nuestra ciudad) y puso una cara de asombro porque nunca se había dado cuenta.
Su siguiente pregunta fue que como había pensado yo que se lo iba a tomar él. Le dije que no lo sabía. Qué siempre habíamos sido amigos pero que conocía sus ideas religiosas y políticas y que después de haber estado durante meses leyendo las experiencias de otras personas (buenas y malas) te entran dudas sobré lo que ocurrirá cuando lo cuentas. Dudas y miedo. El asintió y me dijo que nosotros a pesar de nuestras diferencias en política, religión y otros temas, eramos amigos porque nos unía el 95 % de las cosas, y que ese 5 %, que ahora incluía las preferencias sexuales, no nos iba a separar.
Yo iba conduciendo, pero si hubiese tenido limpiaparabrisas en los ojos los habría encendido porque se me nublaron de lágrimas.
martes, 18 de mayo de 2010
Desgarrando el alma
Mi segundo intento de salir del armario se produjo en agosto. Vista mi incapacidad para hablar con mis hermanos decidí intentarlo por otro lado. Todos los años solemos coincidir un grupo de amigos en la playa durante la primera quincena de agosto. Los conozco desde hace más de 30 años y aunque cada uno vive en una ciudad diferente solemos mantener el contacto y reunirnos dos o tres veces cada año. La principal de ellas en verano. Son mis amigos más antiguos y los mejores que tengo.
El día elegido era una noche que salimos a cenar todos, lo que es bastante dificil porque ya tienen hijos la mayoría y es dificil coincidir. Después de cenar fuimos a un bar en la playa con un estilo chillout a tomar unos mojitos. Ese debía ser el momento apropiado. Y mientras tomaba mi primera copa haciendo acopio de fuerzas y valor surgió el tema de la homosexualidad. No se quien lo sacó ni como fue, pero antes de cinco minutos los chistes surgieron y a partir de ahí el nivel de los comentarios fue subiendo por momentos. Yo me quedé bloqueado escuchando, y como el día con mis hermanos me fui hundiendo cada vez más en un proceso autodestructivo. No abrí la boca en el resto de la noche.
A la mañana siguiente, uno de mis amigos, Nathan, me preguntó si me había enfadado por algo. El no había notado nada la noche anterior, pero mi amiga Stella si se fijó. No me dijo nada pero se lo comentó a Nathan. Le respondí que no, que eran cosas mías y que no me había enfadado con nadie. Y lo dejamos correr. Y los días del verano pasaron y no lo volví a intentar.
Un mes más tarde, en septiembre, nos volvimos a reunir todos un fin de semana. En este caso en la montaña. Es una costumbre que hemos instaurado desde hace unos 6 años más o menos. Son las fiestas del pueblo donde vive Stella con su marido, y subimos a comer bien, a disfrutar de las fiestas, a hacer alguna excursión y a respirar un poco de aire puro. Y decidí volver a intentarlo.
La primera noche fuimos a cenar a un buen restaurante de la zona. Un menú degustación con platos de autor, al estilo de El Bulli. Los platos iban saliendo y los comentarios a cada uno se sucedían. Unas veces con admiración, otras con sorpresa y otros con indiferencia. La conversación estaba muy animada aunque yo no participaba demasiado. Estaba en tensión, buscando el momento adecuado para sacar el tema. Pero los platos se sucedían y yo no me lanzaba.
Poco a poco me di cuenta de que una vez más la situación me superaba y que no tendría el valor de decir nada. Una vez más. Estaba hundido y desgarrado por dentro. Casi no podía ni comer y la cabeza me daba vueltas. En mi vida había sufrido un momento de dolor como ese. Y lo que me dolía era el alma.
Terminamos de cenar y fuimos a la plaza del pueblo donde las fiestas estaban en su apogeo. La gente bailaba y reía con la música y yo casí no me podía tener en pie. Dejé a mis amigos en una barra pidiendo unas copas y me fui a una calle lateral a intentar tranquilizarme. Casi no podía respirar. Me senté en un mirador y dejé que el aire frío de la montaña me diera en la cara. Y entonces llegó Nathan.
Ni me di cuenta de que venía detrás mío. Más adelante me contó que estaba totalmente pálido y con la cara desencajada y que se asustó y me siguió. Me preguntó si me pasaba algo. Y le respondí que no. No se lo creyó. Volvió a preguntar y me dijo que si era por una chica. Le contesté que no era por una chica. Y fue entonces cuando hizo la pregunta. ¿Es por un chico?... Y en ese momento me derrumbé totalmente. Me eché a llorar y le dijé que sí. Que era gay. Y que estaba roto por dentro.
Se quedó en silencio y me dejó llorar y sacar todo lo que tenía dentro de mí. El dolor, la rabia, la frustración, la soledad. Pasaron unos minutos en que estuve llorando incontroladamente y cuando conseguí controlarme estuvimos hablando un rato. No recuerdo mucho de esa conversación. El dolor que sentía mezclado con el alcohol han convertido en brumosa esa parte. Pero si recuerdo que le pedí que no dijera nada a los demás, que guardara el secreto porque estaba totalmente vacío por dentro. Prometió guardar el secreto y regresamos a la fiesta. Aunque yo no pude disfrutarla.
Tan grande fue el dolor y la catarsis de esa noche, que aún ahora, mientras escribo, las lágrimas mojan mis mejillas.
lunes, 10 de mayo de 2010
Un dolor que corroe
Este sábado pasado salí a cenar con unos amigos. A Joel lo conocí hace ya 15 años cuando trabajábamos juntos en la misma empresa. Hicimos buenas migas. Quizá porque en una empresa con tanta gente joven nosotros eramos los mayores. Con 26 años. Yo pasaba por una mala época de mi vida y un nuevo amigo fue muy bien bienvenido.
Al principio fue simplemente quedar por la mañana para tomar café. Luego nos juntábamos para tomar algo a media mañana y cuando se hacían cenas de empresa solíamos sentarnos juntos. Poco a poco empezamos a quedar para irnos de copas el sábado por la noche. Junto con un par de amigos suyos que me presentó formamos un cuarteto temible. A uno lo separó la vida, pero Joel y Paul siguen por aquí.
Han sido 15 años de juergas nocturna e incluso de alguna escapada por ahí. Cuando Joel conoció una chica sudamericana por internet le acompañé hasta el país de ella para que se celebrara la boda allí. Incluso fui el padrino de boda. Ahora, felizmente casado, tiene un niño que le absorbe todo su tiempo. Ya casi no nos vemos, pero mantenemos la tradición de invitarnos a cenar cada cumpleaños. El sábado fue el cumpleaños de su mujer.
Salimos cinco a cenar. Joel, su mujer, Paul, el hermano de Joel y yo. La cena transcurrió normal, divertida y animada. Nos pusimos al día sobre nuestras vidas y bromeamos sobre el futuro. Luego nos fuimos de copas a algún garito que tuviese buena música. De camino pasamos cerca de la zona de ambiente. Y empezaron las bromas sobre los gays. Las típicas, para que repetirlas aquí. Pero algunas fueron especialmente crueles.
No saben que soy gay, claro, sino no lo harían. Serían educados y se callarían. Pero no lo saben. Y soltaron mil y una burradas. Cada una más grande que la otra. Y a mi se me iba cambiando la cara por momentos. Después de pedir las primeras copas tuve que irme al baño porque la rabía, la impotencia y sobre todo las lagrimas estaban a punto de hacerme estallar.
No se porque me afecta tanto, pero la realidad es que estas cosas me hunden por completo. He estado todo el domingo agobiado, deprimido y llorando. No puedo con ello. Me supera. Tengo ganas de no volverlos a ver, de contarselo, de gritar y sobre todo, sobre todo, de llorar. De llorar sin parar. Hasta en el trabajo se han dado de que me pasa algo. Y dentro de quince días es mi cumpleaños.
viernes, 23 de abril de 2010
Puedo escribir los versos más tristes esta noche
Estoy triste. Las lágrimas afloran a mis ojos y a duras penas las contengo. Pero no hay una razón concreta para ello. O las hay todas. Es algo que estoy notando desde hace unos meses. Mi fortaleza se resquebraja a veces. He pasado años endureciéndome. Convenciéndome de que me bastaba a mi mismo para todo en esta vida. De que era autosuficiente. Era un tipo duro. Con una mirada cínica y una sonrisa sarcástica.
Mientras escribo esto estoy escuchando "Defying gravity" de Wicked y necesito hiperventilar para impedir que el llanto se me apodere. Y no es porque la canción me emocione. Que si lo hace. Es algo más. Es una sensación extraña en mi. Es tristeza. Es soledad. Es una tensión contenida, unas ganas de gritarle al mundo como soy.
Nunca he llorado con una película ni me he emocionado. Y ahora a veces noto como un temblor incontrolable y mis ojos se humedecen al ver cualquier escena creada con mil y un trucos de manual barato para conmover. No soy yo. O sí. Ya no lo se. Pero cada vez tengo más ganas de llorar. No se si voy a llorar lo que no he llorado estos años. Una especie de compensación tardía. Lo que si se es que en estos momentos echo de menos alguien a quien abrazarme. Y llorar. Llorar mucho.
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