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sábado, 12 de junio de 2010

Amigos


 Hoy no se si debería escribir o si debería dejarlo para otro día. Hay momentos que poner por escrito lo que sientes es bueno para el alma, pero otras veces es mejor dejar reposar la conciencia y que la sensatez acabe por aplacar ese runrún que bulle en mi cabeza. Pero hoy no se si es mejor o no. La verdad es que no lo se.

Esta tarde he estado en la presentación de un libro. El autor es amigo mío y ha venido a mi ciudad a presentarlo. En realidad quien es mi amiga es su hermana Stella, pero a él lo conozco desde que era un niño y lo he visto crecer. Su hermana, que no vive aquí, también acudía a la presentación junto a su marido. La sala estaba medio llena, en parte por familiares, pero también he visto gente más joven y supongo que serían amigos suyos. Amigos.

Son amigos que han dejado lo que tuviesen que hacer por estar hoy allí acompañándole. Como he hecho yo también. Porque es mi amiga.

Y mientras presentaban el libro yo pensaba sobre ese hecho. Sobre la amistad. A Stella la conozco desde hace prácticamente 35 años. Eramos unos niños que jugabamos juntos y nos divertíamos con pasatiempos inocentes. Luego crecimos y nos escapamos juntos por primera vez a una discoteca con 13 años. Y juntos nos castigaron cuando se enteraron nuestros padres. Juntos disfrutamos de una adolescencia que nos sorprendía cada día. Y luego la vi casarse y tener hijos. Ha sido mi amiga muchos años aunque no vivíamos en la misma ciudad.

Sin embargo, de mis amigos del colegio y la universidad prácticamente no me queda ninguno. La crisis del 93 cogió a mi generación de lleno intentando incorporarse al mundo laboral. No había trabajo y uno tras otro dejaron la ciudad buscando fortuna en otros lugares. Yo fui afortunado y conseguí trabajo aquí. Alguno ha vuelto ahora, con más de 40 años y una vida detrás que me es ajena. Ya no somos amigos, sólo conocidos. La vida nos ha separado y ya no tenemos nada en común. Sólo los recuerdos.

Más tarde hice nuevos amigos. Con alguno incluso trabajé un tiempo. Pero a medida que la gente se casa y tiene hijos parece que su tiempo se diluye. Muchos casi no salen e intentar quedar todos juntos es una tarea imposible. Lo habitual es que yo, que estoy soltero, me adapto a sus horarios y un día quedamos a cenar. Pero casí siempre de forma aislada, o a lo sumo un par de parejas y yo. Más es muy raro. Y quedar todos juntos un imposible.

Tengo 42 años pero sigo con ganas de vivir. De hacer cosas. De salir un fin de semana a una casa rural y hacer senderismo. O de tumbarnos juntos en una pradera de hierba al sol y charlar hasta el anochecer. Sigo con ganas de ir a esquiar. De viajar. De hacer rafting. De saltar en paracaídas. O incluso... de salir a tomar unas copas el fin de semana. Pero mis amigos no. Dicen que tienen OBLIGACIONES. Así, con mayúsculas.

Tienen poco más de 40 años y prácticamente no salen de casa. No se si ellos son viejos prematuros o yo sigo siendo un adolescente que se niega a crecer.

Y de repente mi vida da un giro sorpresivo y me convierto en gay.

Y eso me llevaba a tener dos problemas en lugar de uno. Y decidí conjugarlos en uno solo. Durante los últimos meses he intentado conocer a gente nueva. Gays por supuesto. En principio para encontrar a personas con quienes compartir lo que me está pasando. Con quien poder hablar libremente de lo que siento. Con quienes salir a tomar algo y reirnos hasta el amanecer. En resumen, amigos. Y no lo he conseguido.

¿Acaso no existe la amistad dentro del mundo gay? ¿Todo el mundo ve a los demás como posibles rivales en un juego inmenso de seducción sexual? ¿O acaso soy yo el que no termino de encajar porque soy demasiado mayor para que me acepten en grupos ya formados?

Parece como si para quedar con alguien primero debes pagar el peaje del encuentro sexual. Necesitas tener sexo para que se dignen a hablar contigo. Y después de tenerlo son pocos los que les interesa conversar y menos tenerte como amigo.

No lo se. Pero es viernes por la noche y estoy escribiendo esto cuando lo que me apetecería es estar riendo en un bar. Y no es el primer viernes que ocurre.

domingo, 2 de mayo de 2010

Flavio


El otro día os hablé de Calvin, pero para entender el que pudiera quedar con él tengo que hablaros antes de Flavio.

Fue la segunda persona que me envió un mensaje cuando me di de alta por primera vez en una de estas páginas de perfiles. Fue un mensaje amigable y simpático. Yo entonces estaba más que asustado. Aterrorizado. Aún no tenía asumido que era gay. Era un mirar por el ojo de la cerradura a un mundo que no sabía como abordar. Por un lado no quería reconocer que pertenecía a él, y por otro no podía negar que necesitaba mirar.

En mi perfil no puse ni foto ni demasiados datos. Simplemente lo básico y un texto que decía que era nuevo en esto. Y Flavio me escribió. Sólo permitían un mensaje si no pagabas, así que nos pasamos al messenger. Yo nunca he sido demasiado de chatear. Me gusta más quedar y tomar algo. Tanto el teléfono como el ordenador me parece distante. Me gusta el cara a cara. Pero no iba a salir a un bar gay y ponerme a hablar con el primero que pasase. Así que me instalé el messenger y me armé de paciencia.

Nuestra primera conversación fue un poco surrealista. Él es estudiante universitario y estaba estudiando estadística. Empezamos hablando de integrales y derivadas. Y seguimos con medias y varianzas. Como quien habla del tiempo en el ascensor. Pero en friki. Poco a poco la conversación se recondujo hacia nuestras vidas. El tenía entonces 26 años (lo de los 26 años empieza a ser una constante en mi vida) y también era primerizo. No tenía experiencia ni había salido del armario, aunque ya hacía dos años que había asumido que era gay. Estuvimos hablando como unas cuatro horas y quedamos en hablar otro día.

El vive a unos 500 km míos así que no había posibilidad real de conocernos a corto plazo. Las conversaciones se repitieron a lo largo de los siguientes meses y cada vez hablábamos con más libertad. Empezamos a contarnos cosas que ninguno había contado y él me iba animando a seguir avanzando. Fue como ir a un psiquiatra a distancia. Estaba lo suficientemente lejos para que no me preocupara de encontrarmelo o de lo que le contase, y gracias a internet lo suficientemente cerca para charlar varios días por semana.

A lo largo de cuatro meses esta terapia conversacional me sirvió para empezar a dar nuevos pasos en mi nueva vida gay. Fue una etapa necesaria, y la posibilidad de hablar con alguien de lo que estaba pasando, aunque fuese con alguien que no conocía y a cientos de kilómetros, hizo que no me quedase agazapado dentro de mi concha.

El me ganó en salir del armario. Tuvo una salida precipitada con su familia por un amigo que le reconoció en un chat gay y que pensó que se lo iba a contar a sus padres. Yo le gané en quedar por primera vez con un hombre para tener sexo. El se ha hecho con un grupo de amigos gays y sale habitualmente por el ambiente de su ciudad. Y yo...yo tengo un blog.

Ha pasado más de un año desde que nos conocimos y nuestras vidas han cambiado mucho. Flavio tiene ahora pareja y ya no hablamos tan a menudo. Cada uno tiene su vida y ya no nos necesitamos tanto, pero probablemente yo no estaría ahora escribiendo este blog si no hubiese conocido a Flavio.