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jueves, 15 de septiembre de 2011

Anonimato


Creo que alguna vez he comentado que soy una persona previsora que le gusta adelantarse a los problemas para así poder reaccionar de la mejor forma posible cuando el dilema se presenta. En realidad esta conducta lo que hace es ocultar mi miedo a no responder correctamente a una situación inesperada, a quedarme bloqueado, incapaz de tomar una decisión coherente que solvente el momento. Y uno de los temas que ronda mi cabeza últimamente es el tema del anonimato.

Cuando empecé a escribir este blog y Blogger me pidió una descripción escribí sin pensar:

Puedes llamarme Parmenio. Descubrí que era gay hace poco. A los 40 años. Vivo en España. El lugar concreto importa poco.

Ha pasado año y medio de ese momento y lo que escribí en aquel momento sigue siendo válido hoy. Es un nombre bonito pero no me llamo Parmenio. Nunca he dicho mi nombre auténtico en el blog ni he mencionado donde vivo, aunque quizá rastreando todo lo que he escrito durante este tiempo se pueda intuir. He procurado no nombrar sitios concretos ni lugares de mi vida cotidiana aunque todo lo demás que he escrito, salvo los nombres de las personas, es real. Cada situación que describo ha ocurrido siempre tal y como la cuento, y si las leyesen alguno de sus protagonistas las podrían reconocer en todos sus detalles. O quizás no, porque mucho de lo que relato está pasado por el tamiz de mis sentimientos y bajo el velo de mi mirada.

Es altamente improbable que ninguno de ellos alcance a leerlo, pues el número de personas que pasan por este blog diariamente, aunque para mi ego son una cantidad altísima, en realidad son muy pocas como para darse la casualidad de que uno de ellos encontrase el blog. ¿Entonces por qué oculto esta información? ¿qué pasaría si dijera donde vivo? Pues que los lectores de mi ciudad se fijarían más y las difusas referencias pasarían a ser obvias para los ojos interesados.

Yo no vivo en un Madrid o un Barcelona donde los millones de personas anonimizan automáticamente a cualquiera que no quiera ser reconocido. Aquí, una ciudad mucho más pequeña, el comportamiento se asemeja más al de un pueblo. Cuando salgo por los escasos bares de ambiente y me fijo en alguien, casi siempre alguno a mi alrededor lo conoce o conoce a quien lo conoce. Y con quien ha salido. Y con quien se ha acostado. Y la marca de champú que utiliza en la ducha.

Nunca me han interesado los cotilleos ni las historias de los demás que no me han contado directamente los interesados. Pero debo ser el único, pues si saludo en un bar a un chico, la pregunta que me hacen siempre es ¿te has acostado con él? Yo intento explicar que me gusta conocer gente y que no siempre me acuesto con todos los que conozco, que para mi muchas veces es suficiente una cerveza y una sonrisa. Pero no se lo creen.

Si algún día alguien de mi ciudad se acercase y me preguntase ¿eres Parmenio? no se que haría. Me gustaría poder decir ¡sí, claro! y comentar muchas cosas que cuento aquí. Sería una forma fabulosa de conocer gente y compartir esos momentos que tanto han significado para mi. Y ellos me contarían como ven desde fuera mis problemas. Sería una fabulosa forma de conocer gente.

Pero creo que no sería así.

Sólo serviría para que identificasen a todas las personas de las que he hablado durante este tiempo. Y probablemente les gastarían bromas crueles aprovechando lo que cuento de ellos. ¿Cómo podría entonces escribir mi realidad sabiendo que alguien podría sufrir por ello? A partir de ese momento mediría cada palabra que escribiese hasta despojar totalmente de sentido de descarga emocional su contenido, convirtiendose más en un sufrimiento que un desahogo.

Una vez más estoy en el armario.

En el armario bloguero.


viernes, 18 de junio de 2010

Debajo nuestro


 Hoy he llegado a casa cansado de trabajar. Ha sido una semana especialmente dura y lo único que me apetece es descansar un poco de la vorágine del trabajo. Ni siquiera sabía si iba a escribir una entrada hoy. Y como buen procrastinador que soy me he puesto a leer los blogs de gente que me interesa lo que tiene que decir.

Suelo mirar primero los titulares de las nuevas entradas de todos los blogs que sigo habitualmente, y luego entro a leerlos sin ningún orden en concreto. Unos antes y otros después. Cada día en una secuencia diferente. Escojo uno u otro en función de su actualidad o porque me parece curioso el título o simplemente porque ese día estoy más alegre o más triste.

Y me ha llamado la atención el de Davichini en su blog Historeando. Se llamaba "Así os veo yo (II)", y se trata de un premio que inició el otro día. Lo que hace Davichini es asociar su imagen mental de un bloguero a una canción. A una letra. A un sentimiento.

Y hoy me ha imaginado a mi.

Y para él soy como Alanis Morissette y su canción "Underneath".




Debo reconocer que no conocía la canción (y es que soy un inculto musical) y me ha gustado mucho. Pero sobre todo me ha gustado un par de líneas de la letra:

So why spend all our time undressing our bandages
When we've the ultimate key to the cause right here all underneath?

¿Así que por qué gastamos todo nuestro tiempo quitándonos nuestros vendajes cuando tenemos la clave principal a la causa justo aqui, debajo nuestro?

Y es que estas frases me definen perfectamente. He pasado gran parte de mi vida huyendo de mi mismo. Poniendo parches a mis sentimientos. Vistiendo con palabras mis carencias y enmascarando con mentiras mis miedos.

Me ha costado 40 años empezar a quitarme esos vendajes que me impedían ver mi propia vida. Cuarenta años justificando cada acción que hacía para evitar reconocer lo que latía debajo mío. Escondiendo bajo una miríada de objetos sin valor una verdad que me asustaba.

He desperdiciado parte de mi vida en un síndrome de Diógenes emocional. Tapando con sentimientos adulterados mis carencias afectivas reales. Pero como la Alanis del vídeo he empezado a ventilar mi vida. A recoger esas imágenes falsas que me cubren por completo y a dejar que el sol claree mi alma.

Y ahora es el espejo quien me sonríe.

lunes, 10 de mayo de 2010

Un dolor que corroe


Este sábado pasado salí a cenar con unos amigos. A Joel lo conocí hace ya 15 años cuando trabajábamos juntos en la misma empresa. Hicimos buenas migas. Quizá porque en una empresa con tanta gente joven nosotros eramos los mayores. Con 26 años. Yo pasaba por una mala época de mi vida y un nuevo amigo fue muy bien bienvenido.

Al principio fue simplemente quedar por la mañana para tomar café. Luego nos juntábamos para tomar algo a media mañana y cuando se hacían cenas de empresa solíamos sentarnos juntos. Poco a poco empezamos a quedar para irnos de copas el sábado por la noche. Junto con un par de amigos suyos que me presentó formamos un cuarteto temible. A uno lo separó la vida, pero Joel y Paul siguen por aquí.

Han sido 15 años de juergas nocturna e incluso de alguna escapada por ahí. Cuando Joel conoció una chica sudamericana por internet le acompañé hasta el país de ella para que se celebrara la boda allí. Incluso fui el padrino de boda. Ahora, felizmente casado, tiene un niño que le absorbe todo su tiempo. Ya casi no nos vemos, pero mantenemos la tradición de invitarnos a cenar cada cumpleaños. El sábado fue el cumpleaños de su mujer.

Salimos cinco a cenar. Joel, su mujer, Paul, el hermano de Joel y yo. La cena transcurrió normal, divertida y animada. Nos pusimos al día sobre nuestras vidas y bromeamos sobre el futuro. Luego nos fuimos de copas a algún garito que tuviese buena música. De camino pasamos cerca de la zona de ambiente. Y empezaron las bromas sobre los gays. Las típicas, para que repetirlas aquí. Pero algunas fueron especialmente crueles.

No saben que soy gay, claro, sino no lo harían. Serían educados y se callarían. Pero no lo saben. Y soltaron mil y una burradas. Cada una más grande que la otra. Y a mi se me iba cambiando la cara por momentos. Después de pedir las primeras copas tuve que irme al baño porque la rabía, la impotencia y sobre todo las lagrimas estaban a punto de hacerme estallar.

No se porque me afecta tanto, pero la realidad es que estas cosas me hunden por completo. He estado todo el domingo agobiado, deprimido y llorando. No puedo con ello. Me supera. Tengo ganas de no volverlos a ver, de contarselo, de gritar y sobre todo, sobre todo, de llorar. De llorar sin parar. Hasta en el trabajo se han dado de que me pasa algo. Y dentro de quince días es mi cumpleaños.