Creo que alguna vez he comentado que soy una persona previsora que le gusta adelantarse a los problemas para así poder reaccionar de la mejor forma posible cuando el dilema se presenta. En realidad esta conducta lo que hace es ocultar mi miedo a no responder correctamente a una situación inesperada, a quedarme bloqueado, incapaz de tomar una decisión coherente que solvente el momento. Y uno de los temas que ronda mi cabeza últimamente es el tema del anonimato.
Cuando empecé a escribir este blog y Blogger me pidió una descripción escribí sin pensar:
Puedes llamarme Parmenio. Descubrí que era gay hace poco. A los 40 años. Vivo en España. El lugar concreto importa poco.
Ha pasado año y medio de ese momento y lo que escribí en aquel momento sigue siendo válido hoy. Es un nombre bonito pero no me llamo Parmenio. Nunca he dicho mi nombre auténtico en el blog ni he mencionado donde vivo, aunque quizá rastreando todo lo que he escrito durante este tiempo se pueda intuir. He procurado no nombrar sitios concretos ni lugares de mi vida cotidiana aunque todo lo demás que he escrito, salvo los nombres de las personas, es real. Cada situación que describo ha ocurrido siempre tal y como la cuento, y si las leyesen alguno de sus protagonistas las podrían reconocer en todos sus detalles. O quizás no, porque mucho de lo que relato está pasado por el tamiz de mis sentimientos y bajo el velo de mi mirada.
Es altamente improbable que ninguno de ellos alcance a leerlo, pues el número de personas que pasan por este blog diariamente, aunque para mi ego son una cantidad altísima, en realidad son muy pocas como para darse la casualidad de que uno de ellos encontrase el blog. ¿Entonces por qué oculto esta información? ¿qué pasaría si dijera donde vivo? Pues que los lectores de mi ciudad se fijarían más y las difusas referencias pasarían a ser obvias para los ojos interesados.
Yo no vivo en un Madrid o un Barcelona donde los millones de personas anonimizan automáticamente a cualquiera que no quiera ser reconocido. Aquí, una ciudad mucho más pequeña, el comportamiento se asemeja más al de un pueblo. Cuando salgo por los escasos bares de ambiente y me fijo en alguien, casi siempre alguno a mi alrededor lo conoce o conoce a quien lo conoce. Y con quien ha salido. Y con quien se ha acostado. Y la marca de champú que utiliza en la ducha.
Nunca me han interesado los cotilleos ni las historias de los demás que no me han contado directamente los interesados. Pero debo ser el único, pues si saludo en un bar a un chico, la pregunta que me hacen siempre es ¿te has acostado con él? Yo intento explicar que me gusta conocer gente y que no siempre me acuesto con todos los que conozco, que para mi muchas veces es suficiente una cerveza y una sonrisa. Pero no se lo creen.
Si algún día alguien de mi ciudad se acercase y me preguntase ¿eres Parmenio? no se que haría. Me gustaría poder decir ¡sí, claro! y comentar muchas cosas que cuento aquí. Sería una forma fabulosa de conocer gente y compartir esos momentos que tanto han significado para mi. Y ellos me contarían como ven desde fuera mis problemas. Sería una fabulosa forma de conocer gente.
Pero creo que no sería así.
Sólo serviría para que identificasen a todas las personas de las que he hablado durante este tiempo. Y probablemente les gastarían bromas crueles aprovechando lo que cuento de ellos. ¿Cómo podría entonces escribir mi realidad sabiendo que alguien podría sufrir por ello? A partir de ese momento mediría cada palabra que escribiese hasta despojar totalmente de sentido de descarga emocional su contenido, convirtiendose más en un sufrimiento que un desahogo.
Una vez más estoy en el armario.
En el armario bloguero.
