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domingo, 17 de julio de 2016

Orgullo triste


Mañana hará un mes de la muerte de mi padre y casi diez y medio de la de Tony. Casi todo este tiempo lo he pasado ocupándome de su familia, sobre todo de su madre y sus hermanas. La burocracia y los múltiples asuntos de los que ocuparse te impiden descansar e intentar olvidar aunque sea por un momento.

Y ahora con mi padre todo empieza de nuevo. Papeleos, tanatorio, incineración, burocracia, registro civil, notarios, bancos... y mi madre.

Te persiguen, te acosan y no terminas nunca. Nada más morir mi padre me tuve que sentar a hacer la última declaración de la renta de Tony, pues Hacienda somos todos. Incluso los muertos.

Y este jueves, cerca de la medianoche, viendo las noticias, de repente saltó la noticia del atentado de Niza. No sabían nada, todo era confuso y sólo decían que había habido muchos muertos. Y mi corazón empezó a palpitar incontroladamente. Mi sobrina estaba en Niza esa noche porque iba a ver el concierto de Rihanna al día siguiente. La intenté localizar y tarde casi una hora en lograr hablar con ella. No habían llegado a Niza. Se les había hecho tarde y habían parado en Nimes a pasar la noche. Llamadas a mi madre y mi hermana para tranquilizarlas. Ya no pude dormir esa noche.

De los dos últimos años he pasado dentro de un hospital casi diez meses. Los intentos que he tenido de vacaciones, una semana en Gran Canaria en diciembre y la escapada a Madrid al Orgullo hace un par de semanas han sido más contraprudecentes que relajantes. Ya no sé viajar solo.

Hubo una época en que cruzaba medio mundo con mi mochila y mi cámara de fotos para disfrutar de paisajes y lugares extraordinarios. No necesitaba a nadie. El mundo me maravillaba lo suficiente como para manterme abstraído. Ahora todo lo veo con los ojos de Tony. En cada sitio, en cada lugar sólo pienso si le gustaría, si lo pasaría bien allí. Ya no disfruto de nada. Sólo tengo su recuerdo, que me embarga y añoro.

Por primera vez no lo pasé bien el día del Orgullo.

Me volvía continuamente para decirle a Tony: "Mira allí".

Pero no estaba.

Se me hizo eterna la tarde y mi energía fue desfalleciendo hasta que las tinieblas nocturnas se confundieron con mi estado de ánimo. Paseé siguiendo el desfile y ver por el camino la felicidad de las parejas abrazadas, disfrutando, como yo antes lo hacía, me ensombreció más el alma. Me veía en ellos, en lo que tuve y que probablemente no volveré a tener.

Un bloguero amigo con el que había quedado para tomar algo luego me llamó para salir un rato y disfrutar de la fiesta. No pude. Me encaminé hacia el hotel y sólo pude meterme en la cama. Y abrazarme a la almohada.

Hice fotos ese día, pero yo mismo me daba cuenta de que no tenía ojo para buscar donde enfocar. Miro pero no veo. Todo gira a mi alrededor pero me es ajeno. Sé que tengo que superarar todo esto pero la verdad es que se me hace duro.

Pero lo intento. Todos los días.







 




miércoles, 30 de marzo de 2016

Cumpleaños sin ti


Hoy veo tu rostro en todas partes. Como todos los días. En mi café cuando desayuno, en esa canción que ponen en la radio mientras conduzco, en esa persona que me sonríe sin conocerme, en ese anuncio del viaje a Berlín que tanto deseabas conocer y que estaba planeando en secreto.

Son ya varios meses desde que te fuiste pero sigo echándote de menos cada minuto. No estás pero sigo pensando para dos. No estás pero me acompañas. No estás pero te siento. No estás...

Fueron seis años desde que te conocí y no me arrepiento de ningún momento que pasamos juntos. Si acaso de los que no pudimos compartir y de no haberte encontrado antes. Y a pesar de no tenerte ahora a mi lado y sufrir tu ausencia, no cambiaría ni un minuto de estos años. Lo que me diste no te lo podría compensar en toda una vida.

Hoy es tu cumpleaños y como todos los años esperaba sorprenderte de nuevo. Esta vez no podrá ser porque ahora vives dentro de mi y lo sabes todo antes incluso que yo. Ya sabes cual iba a ser tu regalo.

Hoy te echo de menos. Exáctamente igual que ayer.

Y mañana cuando me levante te volveré a ver en mi café...

Te quiero.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Casi tres meses


Hace casi tres meses que no estás conmigo y te extraño hasta la agonia.

Tres meses de ocuparme de tu entierro y de tu familia. Tres meses de encargarme de tus cosas, de la amarga burocracia interminable y tu recuerdo imborrable. Tres meses en los que te preparé un homenaje al que acudieron más de setenta amigos tuyos y de atender a otros tantos de cuatro continentes que me escribieron lamentando su distancia. Tres meses en los que algunos amigos tuyos músicos cerraron su concierto con tu recuerdo, tu imagen y una maravillosa interpretación de violín y piano coreada por cientos de personas. Tres meses sin ti.

Es ahora, cuando todo casi ha acabado, que siento más que nunca tu ausencia. No he podido volver a preparar ese sushi que tanto te encantaba. Cuando me siento a comer veo tu sonrisa frente a mi, como siempre hacías. Si me distraigo con una película pienso si te habría gustado y me pierdo en los recuerdos. Al leer un artículo interesante me sorprendo guardándolo para que lo leas cuando vengas...

Pero no vas a venir. Y cada vez que me doy cuenta una punzada de dolor me recorre todo el cuerpo y la respiración se me entrecorta. He perdido peso y aunque intento alimentarme mi cuerpo se resiste. Comía por ti. Respiraba por ti. Dormía por ti.

Han sido casi tres meses de ocuparme de todo y noto que estoy exhausto. Soy incapaz de concentrar mi atención y todo lo que no anoto se me olvida tres segundos después de pensarlo. Duermo lo justo para no derrumbarme pero noto como las fuerzas se me escapan por momentos. Nada me interesa, nada me ilusiona. Vivo con el piloto automático puesto y las rutinas se repiten día tras día. Sólo mis conversaciones con mi amigo Lázaro me expulsan de mi apatía durante unas horas. El pobre se ha echado sobre sus hombros la ardua labor de escucharme. Con él hablo hasta la madrugada de todo lo que siento. No le escondo nada. Es mi psique la que habla y yo mismo me sorprendo a veces escuchando de mis labios secretos que nunca antes había contado. Nos conocemos sólo hace tres años y es el más joven de mis amigos, 25 años, y sin embargo me siento cómodo desnudando mi alma ante él. No me juzga. Sólo escucha, asiente, y me abraza cuando me echo a llorar.

Después de estos meses ocupándome de todo y de todos necesito algo de tiempo para mi. Salir de mi ciudad y escapar de lugares comunes y recuerdos conjuntos. Aprovecharé el puente de la Constitución para hacer nueve días de fiesta y evadirme de mi mismo. No sé todavía donde ir, si al sur buscando temperaturas suaves donde pasear, a esos Pirineos que tanto te gustaban para que la nieve congele mis pensamientos, a las lejanas islas Canarias a tumbarme en una playa y mirar el horizonte durante horas o vagaré por el norte de España recorriendo pueblos y ciudades sin rumbo fijo. También he pensado en acercarme a Madrid y coger un vuelo al primer destino que aparezca y que me puedan permitir mis escasos fondos. No sé que hacer ni que es mejor. No soy capaz de ilusionarme con ningún lugar ni ningún plan pero sí sé que tengo que salir de esta espiral depresiva que me está minando poco a poco.

Fueron tantos planes los que teníamos...



martes, 6 de octubre de 2015

Nicotina en la boca


Hoy sólo tengo nicotina en la boca y las gafas salpicadas de sal.

Creo oir susurros en mi alma y tu risa en mis oídos, pero me vuelvo y no estás.

Te veo en los resquicios y te persigo en mis recuerdos.

Esa caricia suave que siento, el reclinar reposado de tu cabeza sobre mi hombro.

Cierro los ojos y siento tu respiración junto a mi almohada.

Mi corazón vibra turbado al son de mi memoria mientras intento, por un momento, negar que ya no estás junto a mi.

Como el esclavo aterrado que no se atreve a dudar. Sin moverme, creyéndo que aún estás ahí.

Hace un mes ya que te fuiste y mis renglones están torcidos para siempre.

Hoy sólo tengo nicotina en la boca y las gafas salpicadas de sal.


domingo, 13 de septiembre de 2015

Mi esposo


Hoy hace una semana.

Es el tiempo que he necesitado para que mis manos dejen de temblar y no resbalen entre las lágrimas del teclado.

Te conocí hace 6 años por esta mismas fechas y la primera vez que quedamos en tu casa me sonreíste desde la puerta. Esa sonrisa. Yo no lo sabía en ese momento, pero todo el mundo se deshacía cuando sonreías. Contagiosa, calmante, acogedora, narcótica... preciosa.

No hacía ni tres meses que me había atrevido a admitir que podía ser gay y mi experiencia era casi nula. Te dio igual. Sonreías. Y lo hiciste fácil.

Quedamos más veces. Al principio esporádicamente, después regularmente. Años más tarde me explicaste que cada vez intentabas sorprenderme, mantener mi interés, guiándome, como a un niño al que descubrir el mundo le embelesa y que aunque no lo comprende no puede dejar de sentirse fascinado.

Me fuiste robando mi tiempo, sutilmente, sin que yo me diera cuenta. Tu ya lo sabías, yo necesité eones para darme cuenta. Las citas en tu casa se convirtieron en salidas al cine. Más tarde en vacaciones juntos y en vernos varios días por semana. Mis fines de semana se convirtieron en tuyos y las horas de conversación al teléfono en adictivos dulces. Hasta que por fin fui totalmente tuyo.

Hoy hace una semana que tu corazón dejó de respirar.

Han sido dos meses, desde que el 7 de julio una parálisis repentina te llevó al hospital. No sabían que tenías y tardaron quince días en acertar con el diagnóstico: un linfoma agresivo. Dos meses de acompañarte en esa habitación de aislamiento donde la quimioterapia te debilitaba poco a poco. Pero seguías luchando a pesar del dolor, de las llagas, de los pinchazos y de la impotencia de no poder moverte. La parálisis fue despiadada y te impedía sonreír, pero yo seguía viendo esa sonrisa que me miraba desde tus ojos.

Cuando dos días antes el médico nos dijo que habías derrotado al linfoma y que ya no había células cancerígenas en tu cuerpo lloré de alegría. Pero la vida siempre es cruel y se guarda una última carta para jugar. Tus defensas estaban bajas y un pequeño virus se te llevó en menos de un día.

Fuiste consciente de todo hasta el final. Cuando el último día te subieron a cuidados intensivos ya lo intuías. Con tu única mano disponible acercaste mi boca a tus labios y me besaste a través de la mascarilla. No sabía que sería la última vez. Pero tu sí. Lo sabías. Como siempre.

Durante estos años, medio en broma, me hablabas de de cuando nos casásemos, pero ante mi miedo siempre sonreías y esperabas. Sabías que llegaría. Ahora era yo el que le daba vueltas a la idea de casarnos y fantaseaba con ello. Pero nunca llegué a pedírtelo. No dio tiempo.

Eso no lo sabías.

Te debo todo lo que soy como gay. Fuiste paciente hasta que me atreví a darte la mano por la calle, a que te diera el primer beso en público, a que te presentara a mis amigos heteros a los que sedujiste en cuestión de minutos como un hechicero jugando con su varita, a que te presentara a mis hermanos... siempre paciente, pero siempre sabiendo que ese momento llegaría.

Ahora estoy vacío. Me robaste el corazón, la respiración y la vida. Todo lo que hacía lo decidía pensando en ti. Y ahora te has ido y me encuentro perdido. Sólo lloro.

Me quedan los recuerdos de 6 maravillosos años y miles de fotografías que nos tomamos juntos; la evocación de cientos de planes que hicimos y que quedaron pendientes; el cariño de todos los que te conocieron y que no podrán olvidarte; de tu familia, que ahora es la mía. Y tu sonrisa.

Gracias por todo Tony.

Mi esposo.



miércoles, 7 de enero de 2015

Vidas paralelas


 Jorge y yo nos conocimos con 11 años tras una curiosa carambola del destino. Un antiguo compañero de primaria suyo se mudó a Barcelona, recaló en mi clase y se convirtió en uno de mis mejores amigos. Un año después era yo el que abandonaba la ciudad condal y me presentaba ante sus antiguos condiscípulos.

Era el alumno más brillante de la clase. No sacar un diez en todas las asignaturas era un fracaso para él. Yo en cambio era más bien un pícaro con buenas notas que se contentaba con aprobar todo, holgadamente, pero sin esforzarme demasiado. Él era el comprometido y yo el hedonista. Pronto nos hicimos amigos.

Compartimos nuestro amor a la montaña y infinidad de noches en tienda de campaña. Recuerdo nuestras conversaciones eternas sobre religión, política, deporte, literatura y mil temas más bajo las estrellas. Él era idealista y yo pragmático. Él religioso y yo ateo. Pero nunca nos enfadamos. Conversábamos. Debatíamos. Compartíamos.

Cuando me apunté al equipo de atletismo Jorge se apuntó conmigo. Los dos éramos velocistas y empezamos a entrenar juntos. Los 100 metros lisos no eran más que otra extensión de nuestras charlas. Competíamos hasta la extenuación y es probablemente la única disciplina en la que recuerdo que fuese mejor que él. Cuando di el salto a los 110 metros vallas él heredó mi puesto en el equipo como velocista. Cuando fiché por un equipo profesional Jorge consiguió que lo ficharan conmigo.

Iniciamos la universidad juntos y compartimos apuntes, noches de insomnio y madrugadas de estudio. Como siempre él sacaba excelentes notas y yo las justas para seguir estudiando. Madrugábamos para poder conseguir un buen sitio en clase y debatíamos en los pasillos junto a la máquina del café sobre lo humano y lo divino.

Al terminar de estudiar la vida nos separó. Jorge encontró trabajo en México DF y no volvimos a vernos hasta diez años después, una noche de juerga loca en un bar bajo una densa humareda. No había cambiado. Su eterna sonrisa y su cara pecosa seguía siendo reconocible. Hacía una década que no nos veíamos pero conversamos como si el ayer no fuera distante.

En el 2006 viajé yo a México DF y sin saberlo estuve a dos manzanas de su oficina. Puede que hasta nos cruzásemos por la calle. Puede que hasta estuviese en el mismo bar donde solía tomarse una Negra Modelo por las tardes. Puede.

Hace poco más de un mes me localizó por Facebook y cruzamos unos mensajes. Había vuelto a España hacía menos de un año y ahora vivía en Madrid. Quedamos en vernos la próxima vez que yo fuera por allí o cuando él viniese a mi ciudad por navidades. Lo que fuese antes.

El día 8 de diciembre murió.

Una leucemia se lo llevó una semana después de que se la diagnosticaran. No tuvo tiempo. Ni de hablar conmigo.

Por unos conocidos comunes supe hace un par de años que era gay. Lo asumió cuando ya nos habíamos separado y nunca pudimos hablar sobre ello. Jorge no sabía que yo también lo era. No se lo dije. Esperaba nuestro reencuentro estas navidades con ilusión para decírselo y compartirlo como lo compartíamos todo cuando éramos adolescentes ingenuos.

Ya nunca lo podré hacer. Con él ha muerto una pequeña parte de esa ingenuidad que compartimos.

Te echaré de menos Jorge.



sábado, 23 de marzo de 2013

Maldad


Hace unos días, a través de Grindr, recibí un mensaje de un chico desconocido que decía "pero mira que eres feo". No le hice ningún caso, lo leí y simplemente lo ignoré. Pero hoy lo he recordado y me he puesto a pensar que que puede llevar a una persona a escribir una cosa así. ¿Cuál es el objetivo de un mensaje de ese tipo? Y sólo se me ocurre uno, hacer daño.

¿Pero por qué un desconocido dedica su tiempo a intentar hacer daño a alguien que no conoce? Eso es algo que no me cabe en la cabeza. En estos momentos un mensaje así simplemente me provoca la risa, pero si me lo hubiera enviado hace unos pocos años, cuando me estaba descubriendo como gay y me encontraba inseguro y sin atreverme a dar el paso de quedar con nadie, sin saber ni siquiera si era gay y si llegaba tarde a este mundo ¿cómo me habría afectado? Pues creo que mucho.

Probablemente me habría encerrado en mi caparazón y alejado de cualquier forma de contacto, temeroso de un rechazo tan brutal. Y si a mi, entonces un hombre de cuarenta años y con un bagaje ya de la vida a mis espaldas le habría afectado tanto, ¿cómo se habría sentido un adolescente que empieza a dar sus primeros pasos fuera del cobijo familiar? Sería devastador.

En estos años he sufrido en primera persona varios sucesos similares. Hace un par de años otro chico me envió un mensaje metiéndose con el apodo que utilizaba en ese momento en una página de perfiles. Su primer mensaje fue un duro alegato afirmando de que no era digno de utilizar ese nombre y que era una vergüenza que lo usara. Recuerdo que me sentó mal y le rebatí los argumentos lo más educadamente que pude. Intercambiamos una docena de mensajes en los que, incapaz de defender su postura, cada vez incrementaba más su agresividad e insultos gratuitos, hasta que llegado un momento simplemente dejó de responder. Unas semanas después vi que había borrado su perfil.

También conté en una de las primeras entradas del blog la primera cita que tuve, o más bien la primera no cita, pues no se presentó. Todavía recuerdo el dolor de aquel día y lo mal que me sentí mientras regresaba a casa llorando bajo la lluvia. Si me hubiesen dado una paliza me habría dolido menos.

En estos tres casos ninguno de ellos llegó a mostrarse en ningún momento. No sé quienes son y puede que me los cruce de vez en cuando por el ambiente. ¿Lo recordarán o simplemente fue un divertimento de un día en el que se levantaron con ganas de dañar a alguien y que olvidaron inmediatamente? Así es como empiezan muchos casos de chicos que, incapaces de soportar la presión, acaban suicidándose. ¿Son conscientes de esto los que tienen este tipo de comportamiento? Prefiero creer que no, que su lucidez no alcanza más allá de la superficialidad de sus vidas y simplemente orbitan alrededor de su ego incapaces de la más mínima empatía. Porque creer lo contrario sería peor.

Sería simplemente maldad.


jueves, 5 de enero de 2012

Cuando los ángeles tienen sexo


Se apareció ante mi como hacen todos los ángeles, en silencio, emergiendo de la nada y sin que los oigas venir. Pero los ángeles ahora llegan por internet y utilizan messenger.

Creo que los ángeles tienen predisposición por las navidades, pues hay precedentes documentados desde hace dos mil años. O quizás trabajan por incentivos y tienen una cuota de sonrisas que obtener antes de cerrar el año. Y conmigo obtuvo superavit.

Estuvimos hablando el primer día un par de horas. Un suspiro nada más. Un batir de alas. Y me fui a la cama feliz. Hace un año. Hace nada.

Rafael, me dijo. Me llamo Rafael. Veintiún años. Y dos milenios de sonrisas a su espalda.

Hablamos todas las navidades. Cada tarde. Sólo un rato, pero que yo esperaba frente al monitor media hora antes con la ilusión infantil de repetir una y otra vez ese momento. Un día nos conectamos con la cámara y pude ver su risa contagiosa. No paraba de reir y yo sólo pensaba en contarle cosas que le hicieran reir infinitamente. Me hacía sentir bien y no podía dejar de sonreir al verle tan feliz.

Y un día a finales de enero desapareció.

Pasaron varios meses sin saber nada de él. Lo echaba de menos pero no había forma de localizarlo. Y las llamadas al cielo eran sólo para suscriptores. Pero un día de mayo bajó a la tierra de nuevo y me contó que se había ido a vivir a otra ciudad pero que había vuelto porque las cosas le habían ido mal. Ahora volvía a vivir con sus padres. No le pregunté más.

Nos empezamos a ver regularmente y descubrí que los ángeles tienen sexo. Y que además saben disfrutarlo sin prisa, con toda la tranquilidad que el cielo eterno les ha enseñado. Con él descubrí el paraíso. La perfección del sexo pausado y prolongado. Las caricias incontables y los besos infinitos. Y a pesar de las sesiones maratonianas, cuando se iba por la puerta dedicándome una última sonrisa, sólo pensaba en cuando iba a volver.

Con él fue el primero con el que me atreví de nuevo a tener sexo después de la operación. Y con él me ha sorprendido muchas noches, abrazados en la cama, la luz anaranjada de las farolas nocturnas que se filtra por la ventana.

Hasta el domingo pasado.

El lunes su padre miró su portatil y ha descubierto que es gay. Le ha gritado, le ha insultado y le ha humillado hasta conseguir borrar la alegría de su cara. Y le ha dicho que se vaya de casa.

Lleva tres días llorando, con la voz tomada y la desesperación en su cara. Por más que miro en el fondo de sus ojos e intento consolarle, no queda nada de ese chico que siempre reía sin parar. Su padre ha destruído sistemáticamente su confianza y es incapaz de darse cuenta de que no tiene un hijo, sino un ángel.

Y que hasta los ángeles tienen sexo.

viernes, 23 de diciembre de 2011

El amante de la belleza


Cuando tenía nueve años una nutrida representación de sacerdotes irrumpió por sorpresa en nuestra clase y nos conminaron a ponernos de pie en dobles filas delante de la pizarra. Buscaban chicos para el coro con buenas voces y mirada angelical. Nos indicaron una canción de misa que todos conocíamos y comenzamos a cantar. No pasaron ni dos estrofas cuando el más viejo de ellos me golpeó en la cabeza con una vara y, con voz impostada, me dijo: "calla y siéntate".

Fue la primera vez que fui consciente de que la música que yo escuchaba me era imposible de reproducir. No es cuestión de que no tuviera voz, sino de que desafinaba notoriamente. Con los años he observado con detenimiento mi voz y he probado a modularla con cuidado para intentar acercarme a las notas originales. Con nulo éxito. Tengo mejor oído musical que la media de la gente y soy capaz de distinguir notas que los no entrenados no pueden, pero sin embargo soy incapaz de no desafinar. Es algo superior a mi. Y bastante frustrante.

Recuerdo que con doce años, estando en clase de dibujo técnico, nos mandaron dibujar lo que quisiéramos. El formato y la técnica eran libres pero la temática la escogía el profesor. Y eligió una historia sobre un ataque mongol sobre la muralla china. Días después decidió mostrar el resultado de los dibujos a toda la clase. Escogía uno de los dibujos y lo mostraba en alto a todos. Había alguno bueno pero la mayoría eran bastante flojos y las risas se sucedían. Casi hacia el final el profesor, con poco sentido pedagógico y nula sensibilidad se dirigió a mi delante de todos y me dijo: "mucho te has reído de los otros dibujos, mirad todos lo que ha dibujado él", y mostró en alto mi dibujo. Era con diferencia el peor de todos ellos y las carcajadas aún resuenan en mis oídos. Pero no es eso lo que me dolió, sino que ese fue el mejor dibujo que he hecho nunca.

Me encanta la pintura. Puedo pasarme horas en los museos admirando las obras colgadas y apreciando la complejidad de la composición, el virtuosismo del dibujo o el detalle de una pincelada aparentemente sin importancia pero que resulta vital para apreciar, en constraste, otros elementos del cuadro. Me gusta la mayor parte de las épocas pictóricas, desde los frescos de la antigüedad hasta el abstracto más moderno, pero soy incapaz de dibujar mejor que un niño de cuatro años.

En clase de artes plásticas casi siempre los materiales que empleaba quedaban claramente desalineados, con pegotes de pegamento desbordado o con clavos torcidos que astillaban la madera que sujetaban. El acabado de mis obras era tan deficiente que cuanto más intentaba arreglarlo peor era el resultado. A pesar de ello conseguí superar la asignatura durante varios años sustituyendo mi torpeza por la originalidad de mis planteamientos. Donde mis compañeros hacían una casita de muñecas convencional de líneas rectas y puras, yo construía un ataúd con ángulos obtusos, bisagras y tapa basculante. Donde ellos hacían figuras geométricas con cartulina a base de plantillas preestablecidas, yo montaba trenes de vagones geométricos disformes enganchados con palillos. Eso me salvo de mi poca destreza manual.

Con catorce años intenté escribir el guión de un cómic. Tebeos los llamaban entonces. Tenía el argumento en la cabeza y veía claramente la composición de las viñetas en mi mente como si fuesen escenas de una película que acabase de terminar de ver. Dibujé con frenesí durante horas robándole sueño a la noche y cuando lo terminé contemplé emocionado mi obra. No cabía en mi de gozo. Lo empecé a leer y cuando llegué al final encendí una cerilla y le prendí fuego. Lo vi consumirse lentamente junto con mis esperanzas. No sólo el dibujo era malo, sino que el guión que tan claramente veía en mi cabeza se había convertido en un amasijo de escenas inconexas lleno de clichés. Hasta para un adolescente de esa edad era palmario el bodrio que había dibujado.

En la adolescencia tardía me dediqué a componer poesía. Escribía de dos tipos, para conquistar a las chicas con sonetos llenos de falsa pasión y acrósticos evidentes, y versos sueltos donde daba rienda suelta a una frustración que me perseguía y que sin embargo no era capaz de ubicar. Los primeros no eran más que divertimentos olvidables, y los segundos se perdieron muchas veces entre las lágrimas. Hasta que un día, ahogado de mi mismo, los tiré todos y no volví a escribir nada en 20 años. Hasta este blog.

He admirado la belleza de las artes en todas sus formas, pero los dioses han sido crueles con sus dones. Me han permitido apreciarla pero no crearla. Soy como Moisés llegando a la tierra prometida después de vagar cuarenta años por el desierto y que se encuentra con que su Dios sólo le permite contemplarla desde la distancia sin poder pisarla nunca. Soy Quasimodo descubriendo que Esmeralda no sólo está fuera de su alcance sino que cada acto que comete la encamina hacia la muerte. Soy Abelardo, castrado y alejado de Eloisa sin poder abrazarla nunca más. Soy Cyrano soñando con ser Christian. Tristán sin Isolda.

Dicen que los críticos no son más que artistas frustrados sin talento. Yo no soy crítico. Pero podría serlo.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Desconcierto


Últimamente no sé que me pasa. Tengo ganas de darle puñetazos a la luna pero tiemblo acurrucado en el sofá. No sé lo que quiero. No entiendo mi mente. Soy un extraño que habita en mi.

La rabia me domina, me corroe. Tengo que contenerme en el trabajo para no abrir la espita de mi enfado. Cada frase que pronuncio es un ejercicio de mesura para no dañar a los que nada tienen que ver con mi estado. Pero cada vez que me trago una palabra siento que algo cruje dentro de mi y el andamiaje de mi cordura chirría cediendo un poco más.

Tengo ganas de correr. De gritar desaforadamente. Necesito sacar de mi una energía dañina que amenaza con implosionar. Pero no sé como lograrlo. No sé.
 
He pasado diez días con Tony en un apartamento junto a la playa y me sentía cómodo conviviendo con él. Es extraño. Me despertaba y acercaba mi cuerpo hasta sentir el calor del suyo. Como un niño que busca a su su madre. Y si estaba despierto me rodeaba con su brazos. Sentía su respiración en mi espalda y mi corazón se acompasaba bajo sus caricias.

Creo que Alejandro acertó con su diagnóstico cuando me dijo que estaba falto de cariño. Necesito perderme en una mano que me envuelva. Cerrar los ojos y sentir que ese momento será eterno y que como olas del mar las caricias volverán una y otra vez a acunar mi piel. No quiero sexo, no lo necesito. Sólo una mano amiga.

En los breves momentos en que la lucidez aflora me pregunto si me estoy enamorando o es que simplemente imploro el cariño que la vida me ha negado tantos años. ¿Cómo saber cuando es amor y cuando carencia? El amor me fue esquivo y la madurez del cuerpo quizá no ha ido acompañada de la madurez sentimental.

Mi primer beso adolescente fue algo frío. Algo buscado. Como un trofeo necesario. Pero más allá de la consecución no provocó ni un solo sentimiento. ¿Estoy acaso sintiendo ahora lo que mi cuerpo púber anheló tanto tiempo y acabó creyendo que no existía?

Tony me busca y quiere estar junto a mi. ¿Pero está enamorado o es sólo mi mente la que juega conmigo tergiversando la realidad para hacerme sentir como un macho alfa triunfante? Son pequeños detalles. Una llamada, un cambio de planes, un mirada fugaz. Hoy, como de pasada, me ha dicho que ha empezado a ver series subtituladas. Puede parecer un detalle sin importancia, pero yo sé que lo odia. No soporta los subtítulos. Pero sabe que a mi me encanta ver las películas en versión original y que es algo que nunca hacemos juntos. Le he respondido con una broma pero se me ha hecho un nudo en el estómago.

Tengo nublado el juicio y soy incapaz de discernir. No sé lo que quiero ni soy capaz de entender lo que me pasa. Sólo sé que necesito extirpar la rabia y golpear algo hasta la extenuación antes de dañar a alguien.

Y la luna me mira burlona.

lunes, 16 de mayo de 2011

Circuncisión


Circuncisión es una palabra que no es demasiado agradable de oir cuando uno ya ha sobrepasado la adolescencia. Es como el acné, que lo asocias a un época de tu vida y que cuando alcanzas el cuarto de siglo piensas que es algo del pasado. Si no lo tuviste agradeces el haberte librado, y si tuviste que lidar día a día con él minusvalorando tu autoestima, dejarlo en el pasado es un alivio mental y social.

Con la circuncisión ocurre lo mismo. Por razones religiosas a muchos niños se les practica la circuncisión siendo recién nacidos. Es discutible que se haga a edades tan tempranas, ya que en la mayoría de las veces no es necesario por razones médicas y además el niño no puede opinar a pesar de ser una mutilación irreversible. Pero la religión es fe, no ciencia.

Entre los que no se les realiza esta circuncisión religiosa existe también un porcentaje que se lo realiza cuando empieza a tener relaciones sexuales. Suelen ser casos de fimosis en los que la abertura del prepucio es demasiado estrecha para liberar el glande. Suele detectarse entre los 13 y los 25 años, dependiendo de su precocidad sexual y es necesario para poder tener relaciones sexuales completas. Los niños, tras vencer su vergüenza a revelar el problema o tras descubrirlo una revisión rutinaria, no les queda más remedio que acatar la decisión de los padres y someterse a la operación.

A partir de ahí ya los chicos respiramos aliviados de habernos evitado pasar por ese mal trago. O al menos así lo creía yo. Hasta hace poco más de un año.

Ya he contado en alguna ocasión que tuve relaciones sexuales con mujeres durante una época de mi vida. Por una parte la fogosidad juvenil requería de un desahogo y por otra la presión social de verte con mujeres hacía que te lanzases a aventuras sexuales innecesarias. Con los años estas fueron disminuyendo en cuanto a su periodicidad hasta prácticamente cesar. Yo lo achaqué a una asexualidad o misoginia. Estaba confuso y han sido necesarios muchos años para que descubriese la verdadera razón. En cualquier caso no tuve nunca problemas para "cumplir" y el fantasma de la circuncisión desapareció de mi mente.

Hace dos años tuve de nuevo relaciones sexuales. Pero esta vez con hombres. Y pronto me di cuenta de que tenía algunas pequeñas molestias. Al principio pensé que eran debido a una falta de práctica o a que la forma de tener sexo con varones no es estrictamente igual. Creí que desaparecerían con el tiempo pues yo no tenía fimosis de ningún tipo. Pero las molestias continuaron.

No es que me impidan tener sexo, pero sí que sufro de pequeños dolores al empezar que desaparecen una vez iniciada la penetración. Pero el problema se manifiesta realmente en las horas posteriores. Noto mi pene irritado y excesivamente sensible. Es como si me hubiese masturbado con papel de lija.

El primer susto lo tuve hace año y medio. Un domingo me levanté y me encontré con el prepucio totalmente inflamado, produciendo una fimosis temporal. Rápidamente me fui a urgencias y tras esperar casi una hora una uróloga de guardia me recibió. Debía de estar en prácticas porque no sabía que hacer. Me dijo que si no se podía liberar el glande habría que circuncidar. Le respondí que era un problema puntual y no de fimosis permanente y que prefería otra alternativa. Me dieron unos antibióticos y la inflamación bajó hasta desaparecer.

Olvidé totalmente el tema durante unos meses hasta que el problema se produjo de nuevo. Otra vez el prepucio totalmente inflamado. Esta vez directamente me tomé el antibiótico y en unas horas desapareció la hinchazón. Pero a partir de este momento creo que empece inconscientemente a tener un poco de miedo. Cada vez que tenía relaciones sexuales empezaba con mucho cuidado temiendo producir una irritación que me lo inflamase de nuevo. Y las molestias persistían.

Creo que poco a poco ha ido influyendo en mis relaciones sexuales y que me impide concentrarme plenamente en disfrutar. Lo hablé con Tony hace ya unos meses y me recomendó circuncidarme si las molestias persistían. Pero yo me resistía a dar el paso.

En marzo pasado decidí visitar a un urólogo y tras examinarme me dijo que él no veía ningún problema. Que con el pene en reposo todo está bien y que no me iba a examinar con el pene erecto. Me chocó mucho esa frase y pensé que su actitud era la de un bombero que hace un plan de incendios pero que si hay llamas no quiere acercarse. Pero me dijo que a pesar de estar todo bien si tenía molestias al practicar sexo la única solución es la circuncisión. Y acepté.

Firmé los papeles porque me dijo que probablemente no sería antes de junio y pensé que tendría tiempo para arrepentirme si quería. Han pasado dos meses y la fecha se acerca. Aún no me han llamado, así que podría ser dentro de una semana o dentro de dos meses, pero la verdad es que estoy un poco asustado. He estado leyendo sobre la operación y el postoperatorio y casi mejor que no lo hubiese hecho. Si la operación va bien los puntos me duraran entre una y dos semanas antes de caerse solos y luego tendré que estar un mes sin ningún tipo de relacion sexual hasta que todo cicatrice. Si todo va bien claro, porque he leido historias que aterrorizarían al más templado.

Le tengo una pequeña aversión a las agujas y aunque a fuerza de voluntad las soporto no son plato de mi gusto. Y pensar que me van a poner una anestesia justo "ahí" me pone enfermo. Me pongo a sudar sólo de pensarlo. Sé que es una tontería y que miles de personas pasan por esta operación diariamente y que es poco más que rutinaria, pero no puedo evitarlo. Me angustia.

Pero lo que más me fastidia es que la decisión de operarme la he tomado yo y no el médico. Se ha lavado las manos y ha delegado la decisión en mi. Y me entran las dudas ¿Y si me estoy equivocando y no se solucionan mis problemas? Habré pasado por un calvario innecesario que además no tiene vuelta atrás.

Voy a seguir adelante porque creo que es lo mejor.

Pero dudo.

Y tengo miedo.

jueves, 5 de mayo de 2011

Hoy te escribo a ti


Hoy te escribo a ti que me enviaste un mensaje el sábado porque querías conocerme. Hoy te escribo a ti que me dijiste que acababas de llegar a mi ciudad, que no conocías a nadie y que buscabas amigos. Hoy te escribo a ti, que me enviaste una foto para que supiera como eres porque no tienes ninguna puesta en tu perfil. Y yo te hice caso.

Hablamos, mensaje a mensaje, y me contaste que venías a trabajar durante un mes y querías conocer gente para no pasarlo solo. Dudé, porque tu foto no me dijo mucho, pero pensé que si yo fuese a una ciudad desconocida me gustaría que alguien quedara a tomar un café conmigo, que me echaran una mano, que me recibieran con los brazos abiertos. Te ofrecí vernos pero tu preferiste quedar otro día. El martes. Al atardecer. Al salir del trabajo.

Yo tenía cosas que hacer esa tarde pero pense que podría cambiarlas. Hay que hacer pequeños esfuerzos. Quedamos en la puerta de ese centro comercial que está tan lejos, en la otra punta de la ciudad. Pero tu vivias enfrente y te iba a ser más fácil quedar allí. Así no te perderías. Te di mi movil por si pasaba algo, para que pudiésemos hablar. Tu no lo hiciste.

Y el martes he estado yo allí, a las siete y media, como hablamos. En la puerta del centro comercial. La gente entraba y salía y yo miraba cada cara intentando reconocerte entre el gentío. No estaba seguro de reconocerte porque tu foto estaba tomada en un ángulo extraño, desde arriba, y eres más alto que yo. Nunca te iba a ver desde esa posición. Pero aún así miraba los rostros. Buscándote.

Un chico con la camiseta verde estaba esperando a alguien y yo miraba cada gesto de sus ojos e intentaba ver en su faz al chico de la foto. Pero a los cinco minutos se fue y yo me quedé dudando si eras tu. Igual no me habías reconocido. Pero tenías mi movil. No tenía porqué preocuparme. No debías ser tu.

La gente pasaba junto a mi lado sin cesar, uno tras otro. Y junto a ellos pasaba también el tiempo, los minutos, uno tras otro. Y tu no aparecías. Yo miraba la hora en el móvil pero esperando realmente ver una llamada para decirme que te retrasabas. Pero no lo hiciste.

Te esperé tres cuartos de hora. Cuarenta y cinco minutos viendo pasar caras sonrientes. Oyendo risas y conversaciones. Cada vez más cansado. Cada vez más defraudado. Cada vez más triste.

No sé si en algún momento tuviste intención de ir o sólo te has echado unas risas a mi costa pensando en la cara que se me quedaría al ver que no aparecías. No sé si estabás ahí escondido viendo cuanto aguantaba esperándote. No sé si has llegado a ir o no. O sí al verme no te apeteció conocerme y te diste media vuelta. No sé. Y no lo sé porque no me has dicho nada. Ni un mensaje, ni una llamada.

Hoy te escribo a ti que crees que puedes jugar con la gente. Hoy te escribo a ti que te has sentido un poco como los dioses jugando desde el Olimpo. Hoy te escribo a ti que probablemente estés todavía riéndote de mi. O peor, que una vez cumplido tu propósito ya ni te acuerdes de quien soy. Hoy te escribo a ti para decirte que ojala no te lo hagan nunca. Porque duele.

Mucho.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Promesas


Me prometí que sonreiría toda la noche y que no desviaría la mirada. Me prometí sabores largos y respiraciones profundas. Me prometí juegos de palabras y puzzles de ojeadas. Me prometí no más ventanas frías en mi frente ni pestañas escarchadas. Pero hubo lunas en mi copa y reflejos de risas. Hubo silencios en mis dedos y piernas cruzadas. Hubo ampollas en el paladar y lazadas en el alma.

Me prometí que no creería en dolores y desertaría de pesares. Me prometí horadar la coraza y revestirla de ternura. Me prometí ríos de sorpresas y dedos sin pasado. Me prometí murmullos de albada y luces de neón. Pero hubo riadas de ayeres y pulmones sin alcohol. Hubo conversaciones concertadas y tonos extraviados. Hubo desamparo en la ducha y gritos en la almohada

Me prometí no escribir esto.

Pero sólo hay juramentos quebrantados.

viernes, 15 de octubre de 2010

Ambiente (3ª parte)


Ha pasado mucho tiempo desde que fui por última vez al ambiente. Entonces este blog todavía no existía y Calvin estaba planeando irse a Madrid. Más de seis meses. Casi una vida.

Muchos sábados que estaba solo en casa y sin amigos con quien salir me preguntaba por qué no iba de nuevo. Mi intención durante estos meses era conocer gente a través de las páginas de perfiles que fuesen algo más que un polvo de una noche. Gente con la que conectar y hablar de muchas cosas como hacía con Calvin. Gente con la que salir a tomar unas cervezas, a contarnos como nos iba la vida, a reirnos juntos haciendo el payaso, gente a la que abrazarme cuando fuese necesario. Gente que quisiese mi compañía más allá de la cama. Amigos.

Pero fracasé.

Ya escribí hace tiempo una entrada sobre los amigos. Durante este tiempo sólo he encontrado a Tony. Él cubre mi necesidad de abrazos y besos. Me escucha y consuela, pero no sale de copas nocturnas. Y lo entiendo. Él supo que era gay desde muy joven y disfrutó de la noche durante mucho tiempo. Ahora ya no le apetece tanto salir, y sumado a que vive en un pueblo a varios kilómetros y necesita venir con coche hace que prefiera otro tipo de diversiones. Pero yo sí lo necesito. Necesito salir y sacar toda la rabia que hay en mi. Necesito olvidarme un poco de la vida y descargar mi mente de mi mismo. Necesito demostrarme que puedo ser gay en público. Y los bares de ambiente son una tabla de salvación a mi maltrecha autoestima.

Lo que me retraé de ir solo a esos sitios es mi timidez a la hora de abordar gente que no conozco. No soy capaz de acercarme a alguien y presentarme: "Hola, soy Parmenio, ¿cómo te llamas?" Es algo que excede mis capacidades sociales. Tampoco soy hábil en el lenguaje de la miradas. Nunca sé si alguien está interesado en mi o simplemente me mira porque en ese momento he pasado ante él. Tampoco puedo destacar por belleza, capacidad de baile ni juventud. Tampoco. Esa es la palabra que me describe.

Muchos fines de semana tomo la decisión de ir pero mi ánimo enflaquece a medida que las horas pasan mientras espero a la una de la mañana, la hora en la que la gente empieza a salir. Siempre encuentro una excusa para echarme atras y quedarme en casa prometiéndome que el próximo fin de semana sí ire. Pero el siguiente tampoco. Tampoco. Tampoco...

El sabado pasado tome la decisión de ir. Una vez más. Pero la lluvía que caía fue enfriando mi resolución poco a poco. Miraba por la ventana y mi ánimo se tornaba cada vez más sombrio. Me senté derrotado, con la mirada perdida y fui consciente de que muchos andamios en mi interior temblaban por mi cobardía. Notaba crecer la impotencia dentro de mi. Y el dolor.

Y me dije que esa noche saldría aunque no me apeteciese porque estaba a punto de entrar en una espiral de autocompasión especialmente dañina.

Bajo una ducha de agua caliente respiré para intentar serenarme y mezclé las lágrimas con el chorro que recorría mi cuerpo. Léntamente me vestí y salí a la calle para sentir el aire en la cara. Era una noche fría pero mi alma estaba más helada.

Caminé media hora hasta la zona de ambiente y entré en el primer bar que encontré. Aún era temprano y no había demasiada gente. Me pedí una cerveza y mientras disimulaba moviéndome un poco al son de la música observé a la gente como, reunidos en grupos, se reían y bromeaban entre ellos con sonrisas que envidiaba. Aguanté quince minutos eternos, apuré la cerveza hasta atragantarme y salí a la calle.

Lo volví a intentar en otro bar. Esta vez estaba lleno de gente hasta la bandera. Me abrí paso como pude hasta la barra y pedí otra cerveza. Y observé. Un grupo junto a mi empezó a divertirse a mi costa. Supongo que verme solo y cariacontecido en la barra les debió parecer divertido y jugaron un poco conmigo hasta que se cansaron.

Enfrente mío una pareja de 18 años muy acaramelados se decían cosas al oido. Un grupo de treintañeros ruidosos se reían por encima del estruendo de la música y mirase donde mirase la gente estaba disfrutando. A pesar de no estar con el ánimo apropiado pensé que el ambiente del local me gustaba y que si hubiese estado con amigos esa noche me lo habría pasado bien.

El tercer bar al que fui es el que más me gusta. Las pocas veces que he ido al ambiente acabo siempre en él. La música es muy buena y hasta me entran ganas de bailar. El grupo que se estuvo metiendo conmigo en el bar anterior se puso cerca de mi pero yo me alejé un poco. Un chico me miró varias veces pero yo no supe que hacer. Me bloqueé. Igual debía haberle dicho una frase ingeniosa o algo gracioso. Tal vez presentarme. Pero no hice nada. Y él tampoco.

Estuve un par de horas allí y no hablé con nadie. No se puede decir que fuese un éxito de noche, pero rompí con mi bloqueo a ir solo. Lo que no sé es cuantas veces lo podré hacer antes de que me diga a mi mismo que no merece la pena pasar varias horas triste y solo mientras veo divertirse a los demás. Necesito amigos. O los consigo por internet o rompo con mi timidez y me arriesgo al ridículo, pero los necesito antes de que abandone. Y no puedo abandonar.

Ahora no.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Unos versos olvidados


Cuantas cosas yo daría
por vivir con ilusión
de cada semana un día
un día de diversión.
Un día de libertad
cual deriva de navío,
un día de soledad,
uno sólo, pero mío

Hoy han venido a mi cabeza estos versos. Hace casi 25 años que los había olvidado y hoy han aparecido de nuevo como un fogonazo en mi mente mientras trabajaba. Los escribí cuando tenía 18 años, otro día que también estaba triste, sentado en un coche, de noche, mirando a la luna. Solo.

Recuerdo que estaba frente a la facultad y todos los demás estudiantes ya se habían ido. Yo me quedé allí pensando, recostado en el asiento. Estaba triste y no sabía el porqué. Notaba un gran vacío en mi vida y no entendía la razón. Tenía buenos amigos, no había problemas con mis padres (más allá de los habituales de un adolescente), tenía un dinero para mis gastos y mis estudios iban viento en popa. Incluso tenía novia. Pero estaba triste.

No lo entendía ni encontraba la razón para esa tristeza, pero recuerdo que lloré y me sentí estúpido por llorar sin ninguna causa. Cogí mi carpeta con los apuntes y en un folio en blanco escribí estos versos que salieron de lo más hondo de mi. Sé que son malos, fruto de la mente de un adolescente asustado. Pero eso ahora no importa, porque no los escribí como poeta sino como dolor. Nunca se los enseñé a nadie y la única copia la destruí un día que mis lágrimas emborronaron la tinta. Pero los conservé en mi memoria. Ocultos.

Hoy los pongo aquí porque ahora empiezo a entender porque ese adolescente confuso lloraba. No puedo consolarlo ya, pero sí puedo acompañarlo.

viernes, 10 de septiembre de 2010

El alegre depresivo


Este fin de semana lo pasaré en un pueblecito de los Pirineos. El mismo pueblo donde hace un año, destrozado e incapaz de controlarme, estallé en lágrimas ante Nathan. El mismo pueblo donde le confesé el secreto que hasta ese momento guardaba celosamente en mi mente y que me carcomía por dentro. El mismo pueblo. El mismo lugar. Pero algo ha cambiado.

Este año todos mis amigos lo saben. Uno a uno les he ido contando la verdad. Empecé por Nathan y he terminado con Stella no hace ni un mes. Aún no se como me comportaré. Aún no sé como se comportarán ellos. Es la primera vez que todos los que están lo saben y son conscientes de que los demás lo saben también. Incluso se lo han dicho al primo de Stella. Les di permiso para que se lo contaran.

Pero hay algo más. Desde hace hace unos días mi ánimo es bastante sombrío. Me encuentro sin ganas de hacer nada y el llanto casi aflora por menudencias. Estoy agotado mentalmente y hacer cualquier cosa me supone un esfuerzo inmenso. Y pensar en pasar el fin de semana con mis amigos me produce una gran zozobra.

Igual estoy equivocado y a lo mejor es lo que me hace falta, salir un poco de aquí y relajarme entre amigos, dar paseos por la montaña, deleitarme con comidas pantagruélicas, disfrutar de las fiestas y empaparme en alcohol. Pero lo que me pide el cuerpo es meterme en la cama todo el fin de semana e impregnar la almohada de lágrimas.

Me he resistido a ir. Busqué una excusa y les dije que mi situación económica no me permitía grandes gastos, pero me han dicho que este año será todo más barato y gastaremos menos. Y luego me han inundado a correos y llamadas para "obligarme" a ir. Y lo han conseguido. He dicho que sí.

Nunca me ha gustado demostrar mis sentimientos en público. Y menos cuando son negativos. Cuando estoy deprimido y sin ganas de hacer nada me recluyo y lo paso a solas. Pero muchas veces no he podido ocultarme de los que me rodean. Es entonces cuando finjo una alegría que no tengo. Soy divertido, encantador, organizo las escapadas, me encargo de que todo salga bien, cuento chistes, anécdotas y un sinfín de habilidades sociales que he aprendido con el tiempo. Si diesen un premio a la mejor interpretación seguro que lo ganaría. De calle.

Soy la persona deprimida que más sonríe en este mundo.