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miércoles, 8 de enero de 2014

Luna llena en Hanoi


El viaje terminaba donde lo empecé, en un Hanoi dormido de madrugada.

Pero algo había diferente. Mis amigos hacía ya mucho tiempo que se habían vuelto y tras mis experiencias en Saigón y Siemp Riep quería conocer a alguien de la ciudad con quien pasar esas últimas 72 horas que me quedaban. Y así conocí a Duy.

Había empezado a hablar ya con gente de Hanoi mientras estaba en Camboya porque si quería conocer a alguien, además de aprovechar para conocer la ciudad, no podía dedicar mi tiempo a estar conectado a internet. Y entre todos con los que hablé Duy me cautivó por sencillez y especialmente por su timidez. No sabía si pasaría algo entre nosotros pero me daba igual. Era a quien quería conocer.

Quedamos al anochecer de mi segunda noche junto al lago Hoan Kiem. El lugar es el caos perfecto. El tráfico es ruidoso y constante, los turistas recorren las calles apurando las últimas compras y cenando en las múltiples terrazas con vistas al templo del lago mientras las luces de las tiendas parpadean incesantemente reclamando nuestra atención. Pero no sólo hay turistas, muchos vietnamitas pasean al anochecer junto al lago y la sensación es de vida real y no sólo de postal turística.

Llegué con tiempo y me senté a observar todo el conjunto. El sonido, los olores y el bullicio me hipnotizaban. Cerré los ojos unos minutos para disfrutar de todo aquello y al abrirlos le vi delante, mirándome. Era más alto de lo que parecía en las fotos y más joven. Pero sobre todo más guapo. Me levante y le tendí la mano. Bajó su mirada tímidamente y me la estrechó. Empezamos a andar junto al lago y charlamos un poco. Temas banales al principio y preguntas curiosas después. Me dijo que le gustaban los occidentales pero que yo era el primero que conocía. Su inglés, dubitativo y con fuerte acento, nos obligaba a mirarnos a la cara para entendernos. Y eso me gustaba.

Le propuse cenar algo y me dijo que no por allí, que había otro Hanoi más allá de la zona turística y me señaló su motocicleta. Tras unos segundos acepté y me senté tras él en su vieja moto, con mis manos sobre sus hombros y los pies colgando. Pronto las luces de neón se apagaron y un Hanoi diferente se abrió a mis ojos.

Serpenteaba entre el tráfico con la maestría y naturalidad de la cotidaniedad. Hablábamos a gritos. Yo en su oído y él forzando la voz para que le oyese. Un coche se nos cruzó sin mirarnos y Duy lo esquivó sin inmutarse. Al llegar a un atasco y con un giro de muñeca imperceptible, empezó a circular por la acera entre los viandantes. Nadie pareció asombrarse.

Los baches casi hicieron que me cayese y me sujeté a sus caderas. Con delicadeza estiró mis brazos rodeando su cuerpo y quedamos abrazados. Mi cabeza junto a la suya. Nuestras mejillas juntas. Y el viento en la cara.

Rodeábamos un lago inmenso salpicado de pagodas y la luz de la luna llena iluminaba nuestro camino. El tráfico había cesado y el silencio nos acompañaba. Sólo nuestras risas ante nuestro esfuerzo por entendernos rompían la quietud del lugar. Pocas veces en mi vida me he sentido más sereno y relajado que en aquel momento.

Mis dedos se colaron entre los botones de su camisa y él se la desabrochó invitándome a seguir. Su piel era tersa y suave, lampiña y ligeramente oscura. Le acaricié todo el pecho con las yemas y noté como se pegaba más a mi, lo que provocó mi inmediata excitación. Al notarlo, pasó su mano derecha a su espalda, la deslizó entre nosotros y palpó sin recato. La mía descendió suavemente por su estómago hasta introducirse por dentro de su slip y le acaricié lentamente. Desabroché su pantalón y noté como su respiración se entrecortaba. Paró la moto en un recodo discreto junto lago y nos besamos al fin.

Estuvimos una hora tumbados en la hierba, medio desnudos bajo la luna llena que se reflejaba en el lago y las ráfagas de los coches que de tanto en tanto pasaban sobre nosotros sin vernos. Solamente la presencia de unos paseantes nos hizo retomar la moto y dirigirnos a mi hotel.

Me despedí de él de madrugada tras acompañarle un rato. Me resistía a dejarle pero con una sonrisa me dijo que tenía que trabajar. Le vi perderse entre la gente y me quedé un rato viendo por donde había desaparecido.

Fue el 22 de Noviembre de 2010. Y anoche volvimos a vernos.

lunes, 7 de febrero de 2011

Xiao Hung


Cuando me conecté de nuevo a internet nada más llegar al hotel y descubrí que tenía setenta mensajes en la bandeja de entrada me quedé desconcertado.

Yo sólo me había conectado para pasar el rato y en ningún momento se me había pasado por la cabeza la idea de quedar con nadie. Los fui leyendo uno a uno y mirando sus fotos. Había algunos muy guapos y otros muy divertidos, unos cuantos mensajes obscenos y hasta algún europeo que se había afincado en Saigón. No sabía que hacer.

Nunca había quedado con nadie de otro país. En realidad sólo una vez he quedado con alguien de fuera de mi ciudad, con Flavio, pero no había intencionalidad sexual en nuestro encuentro. Y ahora evidentemente si iba a existir.

Dudaba si dar el paso. Mi inglés es bastante malo y me sirve para sobrevivir pero no para largas conversaciones. Si quedaba con alguien ¿de qué iba a hablar? Y aunque estaba claro que la conversación no iba a ser lo más importante, tampoco quería que fuese una sesión de sexo de quince minutos seguida de una despedida lacónica.

Tenía también un poco de miedo. Me encontraba en un país extranjero, con normas y costumbres extrañas para mi y no sabía como comportarme. ¿Quedar en mi hotel quedando expuesto a ser localizado fácilmente o quedar en otro lugar e ir a su casa con el riesgo de quedar atrapado en un sitio extraño? ¿Debía llevar algo o se encargaría él de todo? Dudas y miedos.

Respiré profundamente y decidí que era una experiencia nueva que debía vivir. Un paso más en la normalización de mi vida. Una puerta nueva que debía cruzar para alejar mis fantasmas. Y me puse a responder a varios de ellos.

Escogí a media docena que se habían molestado en escribir algo más que un saludo o una proposición procaz y que por sus fotos me resultasen agradables a la vista. Una hora después me habían respondido dos de ellos. Sólo tenía dos días más en Saigón y además estaba haciendo turismo, así que les respondí que "a lo mejor" podíamos quedar al día siguiente a partir de las cinco de la tarde, dependiendo de cuando volviesé al hotel. Los dos me dijeron que perfecto, me dieron sus móviles y quedaron en que esperarían mi llamada.

El día siguiente transcurrió muy rápido y regresé al hotel para estar a las cinco en punto. Me conecté y ahí estaban los dos. Esperando. Tenía que decidirme y escogí a Hung.

Le mandé un mensaje y al final quedamos en mi habítación del hotel. Estaba prohibido recibir visitas en las habitaciones pero prefería esa opción a irme con un desconocido por ahí. Me dijo que estaba trabajando y que creía que tardaría una media hora. Recogí todo y tras ordenar un poco mis cosas entré a darme una ducha relajante. Y llamaron a la puerta. Salí de la ducha chorreando, me puse una toalla, abrí la puerta y ahí estaba él. No habían pasado ni quince minutos.

Vestía con el uniforme de trabajo de las empresas vietnamitas. Pantalones negros, camisa blanca y un portátil en su mano derecha. Me sonrió desde la puerta y le hice pasar. Me disculpé por recibirle así y con un gesto pícaro me dijo que le habían recibido de formas mucho peores. Dejó su portatil en una esquina y apoyado en el quicio de la puerta del baño me observó mientras yo me secaba. Me sentí como Mrs Robinson frente a un Dustin Hoffman oriental.

Vestido solamente con mi toalla me senté en la cama y se sentó a mi lado. Empezamos a hablar mientras nos recorríamos con la vista y pronto sus palabras me las susuraba al oido. Le desabroché la camisa y seguí con mis manos su torso delgado. Sus labios buscaron los míos y sus manos recorrieron mi cuerpo. Rodamos sobre la cama y perdí mi toalla en el fondo de sus ojos.

Entre susurros me preguntó si tenía preservativos y lubricante. Me acordé entonces cuando en mi casa pensé en cogerlo y lo deseché pensando que era un peso inutil. Me dijo que no me preocupara, que compraríamos de camino. Y tras unos besos más salimos a cenar.

Paseando por la calle me acarició la palma haciendo el gesto de darme la mano. Yo se la cogí y él, con un gesto de niño travieso, me la soltó y me dijo que estabamos en Saigón y no en España. Me llevó al restaurante Quan An Ngon, un lugar al que yo ya le tenía echado el ojo y que pensaba ir al día siguiente. Una gran fila de gente esperaba en la puerta para entrar, pero nos dirigimos directamente al portero de la entrada que se apartó a un lado y nos dejó pasar. Aún no sé si fue porque le conocían a él o porque yo era occidental, pero un camarero nos acompañó a una mesa en la terraza superior donde pedimos un Hot Pot de marisco exquisito. Fue una velada divertida en la que comentamos alternativamente los chicos que veíamos y que nos gustaban. El se volvía loco por los maduros caucásicos y yo por los jovenes vietnamitas. Tuve yo más suerte. Empezando por los camareros.

Cuando terminamos de cenar nos dirigimos a un centro comercial a comprar lubricante pero no encontramos. Fuimos a todas las tiendas que conocía pero no había en ninguna, y las farmacias estaban cerradas. Mientras regresábamos al hotel me dio la mano de nuevo y cuando se la cogí me la volvió a soltar divertido y riéndose de mi. Le gustaba jugar y provocarme. Y lo hacía bien.

Ya en el hotel encendió su portatil y se conectó a internet. Y sí, en Saigón existe una empresa de telelubricante. Tienen todo lo que puedas necesitar y te lo traen en menos de media hora. Eso es civilización. Por discreción quedó con el mensajero en una calle cercana y una vez cumplida su misión se presentó de nuevo en la habitación con una sonrisa juguetona y unos ojos irreverentes.

Disfrutamos de más de una hora de caricias y besos. De miradas y sonrisas cómplices. De masajes y sensaciones. Y por fin hicimos el amor lentamente hasta quedar extenuados. Le invité a quedarse a dormir y tras besarme nos fundimos en un abrazo perfecto.

Sobre las dos de la mañana me desperté para descubrir que sus manos me acariciaban mientras dormía. Le dejé hacer mientras mi cuerpo temblaba de placer. Nos besamos de nuevo suavemente y disfrutamos hasta caer dormidos.

El despertador nos sorprendió a las siete de la mañana todavía abrazados. Hung tenía que ir a trabajar en un par de horas y con su sonrisa traviesa me dijo que teníamos tiempo de hacer que no olvidásemos esa noche nunca. Rodé encima de él y le dije que esa noche nunca la olvidaría. Se rió y empezamos de nuevo.

Me despedí de él en mitad de la calle tras compartir un Pho en un bar en el que yo era el único occidental al que todos miraban. Me acarició la mano y se fue, vestido con su pantalón negro y su camisa blanca. Y su portatil.

lunes, 17 de enero de 2011

Saigón


Tras una semana bajo la lluvia en Hue y Hoi An me despedí de mis amigos. Ellos volaron hacia Ha Noi antes de regresar a España y yo me dirigí a Ciudad Ho Chi Minh, la antigua Saigón. Llegué a media tarde con la ilusión de salir a dar una vuelta pero la lluvia me estaba esperando allí también, una lluvia torrencial que anegaba las calles y que me quitó la idea de la cabeza.

Me quedé en mi habitación oyendo el golpeteo rítmico en la ventana y para matar el tiempo encendí mi netbook y me puse a navegar por la web sin rumbo fijo. Leí algunas noticias, ojeé algún blog y busqué información sobre Saigón. Ya aburrido se me ocurrió que alguna de las páginas de perfiles en las que estoy suscrito son internacionales y podría echarle un vistazo a los chicos vietnamitas. Al menos me entretendría un rato. Y disfrutaría, que los orientales me parecen muy guapos.

A la mañana siguiente el sol brillaba y salí a caminar. Me dirigí hacia el museo de la guerra, una de las visitas obligadas de Saigón. Después de una vida conociendo la guerra de Vietnam a través de los ojos norteamericanos sorprende verla a través de la mirada vietnamita. Es una guerra diferente en la que el ingenio se agudiza para hacer frente a la tecnología y en la que el sufrimiento se palpa en cada rostro. Miles de fotos muestran los resultados del agente naranja sobre la población y como todavía, hoy en día, nacen muchos niños con malformaciones debido a él. También se pueden ver fotos de los bombardeos indiscriminados con napalm sobre los poblados y de las matanzas de My Lai y My Khe entre otras. Las caras de campesinos torturados y mutilados te miran desde el dolor y la desesperanza. Es la otra cara de la moneda.

Nada más salir me encontré con Dien, un conductor de rickshaw que me acompañó un rato intentando que lo contratara durante todo el día. No lo hice porque prefería caminar, pero juntos nos reímos durante todo el camino mientras nos acercábamos al parque junto a la basílica de Notre-Dame. Su sonrisa ilustra esta entrada.

El parque estaba lleno de gente joven que se escondía del calor bajo la arboleda. Grupos de estudiantes charlaban animadamente y me miraban con curiosidad. No hay muchos occidentales que anden solos por los parques. Y menos haciendo fotos.

Rodeé la basílica hasta la puerta de la estación de trenes y allí me abordaron cuatro estudiantes que con cara muy seria y con un tono muy formal me preguntaron si podían hacerme unas preguntas para un trabajo escolar. A pesar de avisarles sobre mi pésimo inglés acepté. Todo excitados sacaron una cámara de vídeo y me grabaron durante la entrevista. Empezaron por preguntar de donde era, y al conocer mi nacionalidad española me preguntaron por las fiestas típicas de aquí. Una vez cumplidos los trámites preliminares entraron al trapo, y a bocajarro me interrogaron sobre mi opinión sobre el sexo prematrimonial. Solté una carcajada y sólo pude responder que me encantaba. El resto de preguntas versaron todas sobre pornografía y sexo, aunque les faltó preguntarme por la homosexualidad. Eso era demasiado para ellos. Respondí como pude a todas las preguntas y se despidieron con una gran reverencia. Espero que realmente fuera para un trabajo escolar y no sea ahora el vídeo de moda del youtube vietnamita.

El siguiente sitio a visitar era el antiguo Palacio Presidencial de Vietnam del Sur durante la guerra contra los Estados Unidos, pero como estaba cerrado por ser la hora de comer, paré una moto y fui a ver la Pagoda del Emperador de Jade, un templo de construcción china y tradición taoísta. Su atmósfera oscura y opresiva oculta cientos de esculturas de dioses y héroes con rostros grotescos y miradas saliéndose de las órbitas. El humo acre de las varillas de incienso impregna el lugar y se respira un ambiente cargado de religiosidad y meditación.

Con otra moto regresé al Palacio Presidencial. Su imagen clásica aparece en todas las películas sobre la época. Desde aquí el gobierno de Vietnam del Sur dirigió la guerra y la imagen de los tanques del Vietcong atravesando la verja de entrada y poniendo fin a la guerra dieron la vuelta al mundo. Ahora se le llama Palacio de la Reunificación y se conserva igual que estaba en aquel abril de 1975. De construcción funcional, sus salas de reuniones vacías y sus espacios diáfanos me dieron una sensación de falta de vida y frialdad absoluta. En la terraza un helicóptero norteamericano recordaba a los que despegaron desde aquí huyendo minutos antes de que  las tropas del Vietcong arribaran triunfantes.

Pero quizá lo más interesante del Palacio sea su parte subterránea. Un entramado de habitaciones dentro de un bunker repleto de salas asépticas y olores hospitalarios desde donde se controlaba la guerra. Los mapas de la época y los teléfonos aún se encuentran ahí junto a las enormes radios y los pasillos interminables. Casi puedes imaginar las reuniones de los últimos días y oír las botas militares resonando en las paredes.

Anochecía y paseando me dirigí a la zona más moderna de la ciudad, donde entre modernos hoteles y rascacielos pude admirar el edificio del Comité Popular y la Opera. Frente a este último docenas de geishas paseaban arriba y abajo por la avenida dando vueltas una y otra vez. Pensé que era un desfile de modelos pero no había ní música ni la gente se paraba a verlo. Me senté un rato a contemplarlas y de repente de una calle lateral salieron dos mochileros occidentales corriendo, seguidos por varias cámaras de televisión y una cohorte de guardaspaldas que mantenían a los curiosos a raya. Era un programa de televisión de los que hay que superar pruebas, y debían encontrar a una geisha en concreto entre las decenas que había para conseguir la pista que les permitiera avanzar. Cinco minutos después salieron de nuevo corriendo y las geishas empezaron a quitarse los disfraces.

Cené en un puesto callejero camino del hotel y pasee entre las improvisadas tiendas. Tras darme una ducha reparadora me conecté a Internet, contesté varios correos y como no tenía sueño entré en la página de perfiles del día anterior para matar el tiempo. Pero los ojos se me abrieron de par en par cuando descubrí que en la bandeja de entrada tenía más de setenta mensajes de chicos de Saigón queriendo quedar conmigo. Y algunos muy guapos.

























jueves, 23 de diciembre de 2010

Sapa


Después de todo el día viajando desde la isla de Cat Ba, llegué con mis amigos a la estación de tren de Ha Noi a media tarde. Teníamos billetes para el tren nocturno a Lao Cai, en el norte de Vietnam, un nudo de comunicaciones junto a la frontera china desde donde viajaríamos hasta Sapa, nuestro destino y punto de comienzo de nuestro trekking.

La estación de Ha Noi era un caos absoluto donde se entremezclaban los turistas despistados intentando averiguar desde que andén salía su tren con vietnamitas de todas las minorías regresando a sus casas. Por los rincones la gente se tumbaba en el suelo haciendo pequeñas parcelas de terreno conquistado a las cucarachas y compartiendo con una sonrisa sus escasos alimentos.

Tras varios despistes conseguimos localizar nuestro vagón. Como eramos cuatro habíamos reservado una cabina completa en la parte noble del tren, la que tenía aire acondicionado y que estaba repleta de turistas. No es cara para los estándares occidentales pero es prohibitiva para los sueldos vietnamitas. En la entrada una avispada revisora aprovechaba para vender cervezas a los deshidratados turistas.

Cenamos apretujados unos fideos que habíamos comprado de camino y nos acostamos en las duras literas intentando protegernos del descontrolado aire acondicionado. El cansancio del día y el vaivén del tren me arrullaron hasta caer en un sopor que se prolongó durante toda la noche con pequeños episodios de despertares intranquilos.

A las cinco de la mañana la ronca voz de la revisora nos despertó bruscamente diez minutos antes de llegar a nuestro destino. Con los ojos legañosos abandonamos el tren y salimos de la estación. Allí vi por primera vez a Quain, el que sería nuestro guía y amigo los próximos días. A pesar de la oscuridad que nos rodeaba su sonrisa parecía iluminar el aparcamiento de la estación.

Tras una hora y media en una furgoneta con más pasajeros que asientos, bajo una lluvia intensa y con un frío que se metía en los huesos, llegamos practicamente ateridos a un pequeño hostal donde nos ofrecieron una ducha de agua helada y unas toallas húmedas para que nos aseáramos un poco. Ya a punto de coger una pulmonía nos bajamos al comedor donde nos esperaba un Pho caliente junto a una crepitante chimenea.

Por fin la lluvia paró y salimos de trekking con Quain. Llamarlo trekking es un poco presuntuoso, porque con el frío las chicas pidieron algo suave y ligero, lo que lo convirtió en un simple paseo por los campos y pueblos de alrededor.

Quain tiene 24 años y una alegría en el cuerpo contagiosa. Caminaba con nosotros y se detenía junto a una flor a mirarla con deleite. Si nos encontrábamos una casa donde vendían algo, él era el primero en tocarlo todo, como un niño grande que disfrutaba por salir de excursión. Se probaba toda la ropa que veía. Intentaba hacer sonar todos los instrumentos. Si veía que mirábamos algo con cara de sorpresa, rápidamente nos contaba historias sobre sus costumbres y sus usos. Una vez paramos a tomarnos un té en un una especie de cantina local que tenía un mono atado en la entrada y su risa nos contagió a todos mientras jugaba con el mono y unos trozos de plátano.

Nos contó que era su último trabajo como guía. Su mujer vivía lejos de allí y él acompañaba a los grupos de turistas durante varios días y regresaba a casa cuando podía. Pero acababa de tener un hijo y ya no podía seguir con esa vida. Tenía que ser responsable y volver cada noche a casa como un buen marido. Su voz temblaba al decirlo y un deje de tristeza se traslucía en sus ojos. Se notaba que disfrutaba con su trabajo y pensar en meterse en una oficina le carcomía por dentro. Y cada paso que daba con nosotros lo disfrutaba como si fuese el último.

Vimos unos cuantos pueblos fuera de los caminos y le dijimos que queríamos acercarnos a alguno. Nos miró y con una sonrisa nos dijo que no eran para turistas porque el acceso era muy malo. Insistimos y rápidamente nos encontramos con el barro hasta las rodillas pero con nuestro orgullo intacto. El pueblo, todo de madera carecía de todos los servicios básicos pero disponía de uno que lo hacía especial: un grupo de niños que correteaba a nuestro alrededor, nos tiraban de la ropa, gritaban, se revolcaban por el barro, nos imitaban y se reían sin parar. Cuando nos alejamos los miré con envidia de su inocencia infantil.

Regresamos a Sapa y mis amigos se fueron de compras. Yo había visto carteles que anunciaban masajes y le pregunté a Quain por algún sitio bueno pero que no fuera sólo para occidentales. Me acompañó lejos de la zona turística y entramos en una antigua casa de baños tradicional de la etnia de los Dao Rojos, una de las minorías de la zona. Me acompañaron hasta una cabina con una cortina tras la cual dos barriles enormes me estaban esperando. Uno estaba lleno de agua caliente. Casi hirviendo. El otro estaba vacío y tenía una manguera conectada a un grifo por el que salía agua helada. Me desnudé y me introduje en el de agua caliente hasta adoptar una posición en cuclillas, tal como hacen los vietnamitas. Cerré los ojos y me dejé llevar por los vapores que emanaban.

Media hora después un chico me explicó por señas que saliese ya y pasase a darme el masaje. Me cambié de barril y el agua helada me sacó rápidamente de mi sopor. Con una toalla como única vestimenta y con mis ropas en la mano atravesé el salón de té bajo la atenta mirada de los parroquianos hasta alcanzar un tatami con un futón donde me tumbé boca abajo esperando al masajista. Cinco minutos después llegó una chica delgada y pequeña que me hizo colocarme boca arriba. Me desató la toalla y su boca se abrió con sorpresa mientras retrocedía asustada. La miré sorprendido y por gestos me indicó que me pusiese el calzoncillo.

Una vez resuelto el "pequeño problema técnico", inició el masaje a mis doloridos músculos. Se subió sobre mi y caminó por mi espalda. Retorció mis brazos y recorrió mis piernas pulsando con fuerza en cualquier sitio que me pudiese doler. Golpeó con saña todos mis músculos hasta conseguir dejarme a su merced. Y lo logró.

Salí de allí con paso vacilante notando el movimiento de todos mis músculos bajo la piel. El frío nocturno me hizo encaminarme hacia unas luces que se veían en la lejanía. Era un mercadillo bullicioso y repleto de pequeños puestos. Tras observarlos unos segundos me refugié bajo una tela que hacía las veces de carpa y pedí un té verde que sujeté entre mis manos heladas, cerré los ojos y me dejé llevar por la noche y sus sonidos envolventes.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Momentos


Llevo varios días pensando en escribir alguna entrada sobre mi viaje a Vietnam y Camboya, pero cuanto más pienso sobre ello menos encuentro la forma. Y la razón es que no ha sido un viaje de lugares sino un viaje a través de personas y sentimientos. No es que lo hubiese planeado así, sino que cada situación se ha dado con independencia de las otras pero a la vez están encadenadas.

Muchos no se podrían entender sin conocer primero otros que me habían ocurrido a veces sólo cinco minutos antes y que me habían afectado. Y no hablo de grandes cataclismos ni momentos espectaculares que supongan una ruptura en mis convicciones. Para nada. Hablo de esa sonrisa que una vendedora de cocos me dedicó un atardecer en Cat Ba, o de Chantou, el profesor de universidad con quien conversé durante horas en un autobús. Hablo de Duy y su moto al anochecer rodeando el lago Ho Tay de Ha Noi, o de Mr. Sai el conductor de tuk-tuk que estudiaba inglés cuando no tenía clientes. Son momentos inolvidables para mi y que me gustaría compartir aquí con vosotros. Pero no encuentro las palabras.

¿Cómo explicar la sensación de éxtasis que me producía el viento en la cara yendo en moto por Saigón cuando en realidad era el calor de miles de tubos de escape contaminando sin parar? ¿Cómo explicar la sensación de tomar un baño tradicional Dzao estando en cuclillas en una tina de agua caliente durante media hora? ¿Como explicar el silencio y el aislamiento que sentí al nadar en la bahía de Ha Long una distancia imposible? No puedo. No sé como. No tengo palabras.

Perdonadme si lo que leéis los próximos días es inconexo o insustancial, pero sed indulgentes porque para mi no lo es. Son recuerdos que me acompañan y que cuando cierro los ojos vuelvo a vivir. Y a sentir.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Regresar


Regresar es volver a donde uno dejó parte de si. Regresar es sentir de nuevo lo ya vivido. Regresar es hablar con uno mismo para continuar lo interrumpido. Y hoy regreso a mi mismo.

Hace casi mes y medio me despedí con la promesa de volver. Y aunque no puedo vanagloriarme de haber satisfecho siempre mis promesas, ésta sentía que debía cumplirla. Y para ser honrado, no tanto por vosotros como por mi. Supongo que podría calificarse de egoismo y autosuficiencia, pero también de necesidad y carencia.

Han sido unas semanas de viajar y disfrutar de la compañía de mis amigos. Y aunque me siento un poco culpable de pensar así, no puedo evitar creer que cuando ellos se volvieron a España me sentí libre para volar y disfrutar de romper unas cadenas que me agarrotaban.

No se si es que soy un misántropo o simplemente un ingrato, pero han sido dos viajes en uno. Una primera mitad por el norte y centro de Vietnam con mis amigos y una segunda viajando yo solo por Camboya y el sur de Vietnam. Y he disfrutado más la segunda que la primera. Y no podría razonar el porqué, pero sentí una vaharada de libertad que me hizo sentir vivo cuando llegué a Saigón y caminé por sus calles mezclándome con sus olores.

Quizá es el caos de la ciudad el que se identifica con mi mente o son las sonrisas las que tranquilizan mi inquietud, pero sentarme en la calle a tomar un té con ellos mientras millones de motos se entremezclan delante mío formando un cuadro inestable que satura mis sentidos me producía una paz interior que dificilmente podré reproducir aquí.

Aún tengo que ordenar mis recuerdos y clasificar lo sentido, pero imagino que algunas de mis futuras entradas versarán sobre el viaje. Espero que no os aburráis con historias que probablemente no tienen excesivo significado para vosotros, pero que me gustaría compartir porque fueron importantes para mi.

Quiero también dar las gracias a todos los que escribisteis un comentario para despedirme en mi última entrada. La verdad es que me sorprendió tanta participación. Pero fue una sorpresa que me hizo viajar con una sonrisa y la confianza rebosante. Y a los que durante este tiempo me habéis escrito a mi correo, tened paciencia. Estoy intentando responder a todos.

Durante mi ausencia bastante gente se han incorporado a este blog por primera vez. Bienvenidos a todos. Espero que lo que os gustó de mi ausencia no os espante con mi presencia.

Dicen que las guerras terminarían si los muertos pudieran regresar. He estado en Vietnam y he regresado, pero he traído la guerra conmigo. Allí he dejado la paz.

Ahora la debo encontrar aquí.