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miércoles, 8 de enero de 2014

Luna llena en Hanoi


El viaje terminaba donde lo empecé, en un Hanoi dormido de madrugada.

Pero algo había diferente. Mis amigos hacía ya mucho tiempo que se habían vuelto y tras mis experiencias en Saigón y Siemp Riep quería conocer a alguien de la ciudad con quien pasar esas últimas 72 horas que me quedaban. Y así conocí a Duy.

Había empezado a hablar ya con gente de Hanoi mientras estaba en Camboya porque si quería conocer a alguien, además de aprovechar para conocer la ciudad, no podía dedicar mi tiempo a estar conectado a internet. Y entre todos con los que hablé Duy me cautivó por sencillez y especialmente por su timidez. No sabía si pasaría algo entre nosotros pero me daba igual. Era a quien quería conocer.

Quedamos al anochecer de mi segunda noche junto al lago Hoan Kiem. El lugar es el caos perfecto. El tráfico es ruidoso y constante, los turistas recorren las calles apurando las últimas compras y cenando en las múltiples terrazas con vistas al templo del lago mientras las luces de las tiendas parpadean incesantemente reclamando nuestra atención. Pero no sólo hay turistas, muchos vietnamitas pasean al anochecer junto al lago y la sensación es de vida real y no sólo de postal turística.

Llegué con tiempo y me senté a observar todo el conjunto. El sonido, los olores y el bullicio me hipnotizaban. Cerré los ojos unos minutos para disfrutar de todo aquello y al abrirlos le vi delante, mirándome. Era más alto de lo que parecía en las fotos y más joven. Pero sobre todo más guapo. Me levante y le tendí la mano. Bajó su mirada tímidamente y me la estrechó. Empezamos a andar junto al lago y charlamos un poco. Temas banales al principio y preguntas curiosas después. Me dijo que le gustaban los occidentales pero que yo era el primero que conocía. Su inglés, dubitativo y con fuerte acento, nos obligaba a mirarnos a la cara para entendernos. Y eso me gustaba.

Le propuse cenar algo y me dijo que no por allí, que había otro Hanoi más allá de la zona turística y me señaló su motocicleta. Tras unos segundos acepté y me senté tras él en su vieja moto, con mis manos sobre sus hombros y los pies colgando. Pronto las luces de neón se apagaron y un Hanoi diferente se abrió a mis ojos.

Serpenteaba entre el tráfico con la maestría y naturalidad de la cotidaniedad. Hablábamos a gritos. Yo en su oído y él forzando la voz para que le oyese. Un coche se nos cruzó sin mirarnos y Duy lo esquivó sin inmutarse. Al llegar a un atasco y con un giro de muñeca imperceptible, empezó a circular por la acera entre los viandantes. Nadie pareció asombrarse.

Los baches casi hicieron que me cayese y me sujeté a sus caderas. Con delicadeza estiró mis brazos rodeando su cuerpo y quedamos abrazados. Mi cabeza junto a la suya. Nuestras mejillas juntas. Y el viento en la cara.

Rodeábamos un lago inmenso salpicado de pagodas y la luz de la luna llena iluminaba nuestro camino. El tráfico había cesado y el silencio nos acompañaba. Sólo nuestras risas ante nuestro esfuerzo por entendernos rompían la quietud del lugar. Pocas veces en mi vida me he sentido más sereno y relajado que en aquel momento.

Mis dedos se colaron entre los botones de su camisa y él se la desabrochó invitándome a seguir. Su piel era tersa y suave, lampiña y ligeramente oscura. Le acaricié todo el pecho con las yemas y noté como se pegaba más a mi, lo que provocó mi inmediata excitación. Al notarlo, pasó su mano derecha a su espalda, la deslizó entre nosotros y palpó sin recato. La mía descendió suavemente por su estómago hasta introducirse por dentro de su slip y le acaricié lentamente. Desabroché su pantalón y noté como su respiración se entrecortaba. Paró la moto en un recodo discreto junto lago y nos besamos al fin.

Estuvimos una hora tumbados en la hierba, medio desnudos bajo la luna llena que se reflejaba en el lago y las ráfagas de los coches que de tanto en tanto pasaban sobre nosotros sin vernos. Solamente la presencia de unos paseantes nos hizo retomar la moto y dirigirnos a mi hotel.

Me despedí de él de madrugada tras acompañarle un rato. Me resistía a dejarle pero con una sonrisa me dijo que tenía que trabajar. Le vi perderse entre la gente y me quedé un rato viendo por donde había desaparecido.

Fue el 22 de Noviembre de 2010. Y anoche volvimos a vernos.

miércoles, 12 de junio de 2013

Promiscuidad


A finales de este mes de junio voy a tener que ir a Madrid por trabajo. Da la casualidad de que la siguiente semana se celebra el Orgullo Gay y ya pensaba ir con Tony a disfrutar de esos días de fiesta, así que me estoy planteando quedarme también el fin de semana intermedio y conocer un poco ese mítico barrio de Chueca en un fin de semana normal.

Como Tony no llegará hasta el siguiente martes, eso significa que estaré solo y con tiempo libre durante unos nueve días. Podré pasear sin rumbo, descubrir rincones de Madrid ocultos para mi, tal vez descalzarme al sol en un parque al atardecer, sentarme en una terraza con una cerveza a ver pasar la gente, disfrutar de la belleza y alegría de una juventud ajena a mis miradas. O que quizás no sea tan ajena...

Porque la idea de quedar con alguien que alegre mis días por allí también también ha pasado por mi cabeza. Y la siguiente pregunta es ¿con uno? ¿con dos? ¿con más? ¿con cuántos? Eso me ha llevado a meditar sobre la promiscuidad gay en general y sobre la mía en particular.

Cuando yo era joven no fui nada promiscuo. Eran los 80 y la moral católica imperante no fomentaba ese tipo de comportamiento. El sexo era para el matrimonio exclusivamente y las chicas se resistían a dar el paso para no ser tildadas de "fáciles". Sumado a mi natural timidez y mi aún no descubierta orientación sexual que me hizo creer que tenía falta de apetito carnal, pasé por esa etapa de mi vida sin pena ni gloria.

Ahora tengo 45 años, soy gay y he descubierto un mundo que hasta hace poco estaba vedado para mi. Pero es un mundo sorprendentemente lleno de posibilidades. Si quisiera podría tener un hombre en mi cama cada noche, pues recibo proposiciones a diario a través del móvil o de la web, pero lo que más me ha sorprendido ha sido que la mayoría de estas ofertas son directas y sin tapujos. Te envían un mensaje preguntando si quieres sexo, preguntando tus gustos en la cama, donde vives y que les envíes fotos para que evalúen si eres merecedor de su atención. Como en un mercado. Sin un "hola", sin conversación previa, sin importarles ni siquiera como te llamas. No es que me parezca mal, tienen las ideas claras y los objetivos definidos. Y se lanzan sobre ellos. Pero yo no soy así.

No busco el amor en un encuentro sexual, esos días pasaron ya para mi, pero sí me gusta que más allá del envoltorio carnal haya algo más que la idea de un polvo rápido. Me gusta disfrutar de una persona antes, durante y después del sexo. Sentirme a gusto más allá del mero acto lúbrico. Y eso me lleva a rechazar la mayoría de propuestas. ¿Me convierte eso en poco promiscuo? Eso es extraño, porque medido con los estándares de mi juventud ahora yo lo sería, pero con las pautas actuales es posible que no lo sea.

Otro factor que me viene a la cabeza al pensar sobre mi promiscuidad o no es la edad. Normalmente se asocia el exceso de testosterona y apetito sexual con la juventud, y si me comparo con un chaval de veinte años es probable que me consideren un monje, mientras que para la media de mi edad igual piensan que soy un afortunado por mi vida sexual. Muchas de las proposiciones que recibo son de gente que ha sobrepasado su cuarta década como yo, lo que me llevaría a pensar que esta franja de edad mantiene una vida sexual muy activa, pero el mero requerimiento no significa que lo consigan, y por supuesto no es una pregunta que les suelo hacer cuando conversamos. Y los jóvenes con los que suelo quedar no me sirven para calibrar mi situación.

Así que sigo con la duda, ¿soy o no soy promiscuo?


viernes, 7 de septiembre de 2012

Tórrido verano de Grindr y lujuria


Acabadas ya la primera mitad de mis vacaciones hace ya unos días y anclado de nuevo en mi rutina, paso mi tiempo ahora entre un calor sofocante, la lectura compulsiva de otros blogs, el trabajo atrasado y los sueños de espuma y olas.

Pero debo reconocer que lo he pasado bien con mis amigos por Salou. Descansar he descansado poco, que ser el único soltero entre un grupo de cuarentones con hijos ha hecho que fuese el único que me apuntase a todo lo que se organizaba. Cenas, playa, partidas de cartas, copas, buceo, barbacoas, lectura o paseos en bicicleta al amanecer a desayunar huevos fritos con butifarra.

Entre todos me han cuidado como si fuese ese hijo descarriado que vuelve por navidad. Me han invitado a comer a sus casas y me han llevado de paseo a Sitges. Y digo que me han llevado, porque estando de tertulia una noche se hablo de lo bonito que era y que todos habían estado alguna vez. Todos menos yo. El único gay entre ellos y no había estado en la segunda Meca española de la gaycidad. Me miraron con sorpresa y uno me dijo que me llevaba. Y eso, en una persona que se siente obligado a reafirmar su heterosexualidad ante cualquier broma que mínimamente cuestione su virilidad como macho alfa, es de un mérito extraordinario.

Porque mis amigos aún no se han acostumbrado a que sea gay. A veces se sienten cohibidos, sobre todo ellos, al hacer un comentario o al utilizar expresiones de uso común como "es una mariconada" o al comentar que de la belleza de los hombres no entienden. Muchas veces corrigen sus frases en el último momento, mirándome, cuando se dan cuenta de que me pueden ofender. No lo hacen con mala intención, pero no lo pueden evitar. Y noto que se sienten avergonzados de utilizarlas. Saben que soy gay pero no me identifican con el estereotipo que tienen forjado en su mente. Siguen pensando en mi como heterosexual. Es curioso, pero creo que si tuviera pluma se sentirían más cómodos.

Pero el tener niños hace que la mayoría se retiren a sus casas temprano y la mayoría de las noches a la una ya estén durmiendo. Y mi insomnio permanente me impedía irme a casa. Así que muchas noches he deambulado sólo por la playa sin más compañía que los paseantes tardíos que regresaban de cenar, las risas de los jóvenes de botellón y el sereno arrullo del mar. Y mi móvil.

 Porque aprovechaba para encender el móvil y conectarme al Grindr, que para el que no lo sepa es un programa para hablar y chatear con otros gays y "forjar" nuevas amistades. Eso dicho con toda la sutileza de la que soy capaz, claro. Porque otros lo definirían con palabras más explícitas. Y más directas.

Durante esos paseos nocturnos he chateado con mucha gente y muy variada. El primero de ellos un chico de 30 años que se encontraba a unos 100 kilómetros de donde yo estaba y con el que me estuve riendo durante un par de noches en una batalla de ingenio verbal. Nos intercambiamos teléfonos y continuamos por whatsapp durante el día. Pero cuando me propuso que recorriera esa distancia para "conocerle" y le dije que no podía porque estaba con amigos, me dijo claramente que entonces no le interesaba para nada. Directo y conciso. Se despidió con un "hasta nunca".

El segundo fue uno de 23 años, sin foto ni ningún texto o frase ocurrente en su perfil al que mentálmente identifiqué con el sobrenombre de Mr. monosílabos. Su conversación se redujo a un

- ola
- Hola
- qtl
- Bien, disfrutando de un paseo nocturno por la playa ¿y tu?
- sex?
- No, gracias

Unos días después, me volvió a escribir y la conversación fue similar. En profundidad y extensión. Aún lo intentó una tercera vez. Esta vez se había cambiado el nick pensando que no me daría cuenta, pero los chats anteriores se mantienen aunque te cambies el nombre. Tras mi tercera negativa y no entendiendo que me negara a los encantos de su juventud, añadió un "pq?" Se lo explique y dio la callada por respuesta. No volví a saber de él.

El tercero fue un chico que me escribió en catalán. Aunque no lo hablo lo entiendo bastante bien y la conversación se prolongó durante un par de horas. Él siempre hablando en catalán y yo siempre en castellano. Pero manejarme en un idioma que no hablo me resulta agotador y se lo hice notar, explicándole que aunque lo podía más o menos seguir, no era catalanoparlante. Me respondió que aunque él entendía el inglés no era angloparlante. En catalán, por supuesto. Ahí se acabó la conversación. Supongo que se acostó contento de su victoria moral frente a mi "agresión" españolista.

Un hombre de unos 55 años y con un ligero parecido a Paquirrín me escribió una noche, y tras unos preámbulos de buena educación me pidió quedar y pasar la noche juntos. No era mi tipo y se lo dije. Con mucha educación lo lamentó y se despidió deseándome unas buenas vacaciones. Tenía claro lo que quería y no quería perder el tiempo, pero en todo momento fue cortés y no se enfadó ni se despidió "a la francesa". Un caballero.

Un chico latino de 20 años, muy guapo y con una sonrisa preciosa me ofreció quedar en su casa al día siguiente tras una conversación muy divertida. La verdad es que me gustaba, y yo, que no soy de piedra, noté como mi lujuria crecía por momentos. La abstinencia obligada que llevaba me hizo aceptar rápidamente. Por fin, pensé con una sonrisa. Pero el chico trabajaba en hostelería con unos horarios maratonianos y el único momento en que podía quedar con él era renunciando a estar ese día con mis amigos. Son pocos días los que les veo y no quería perderme ni uno de ellos. Lo intentamos varias veces pero no coincidimos en ningún horario. Con todo mi pesar me quedé salivando. Como un perro de Pavlov. Pero sin premio.

El sexto fue un chico británico de 26 años. Muy simpático y hablador. De madre española y padre londinense, estaba de vacaciones unos pocos días en Salou. Charlamos varias noches de temas muy variados e interesantes. Era un gran conversador y muy inteligente, a la par que provocador y "travieso". Los dos queríamos quedar pero ni el disponía de sitio ni yo tampoco, que estaba pasando las vacaciones con mis padres. Me llegó a proponer ir a una playa del delta del Ebro, extensa, llena de dunas y muy solitaria, pero a casi dos horas de coche. Me pareció excesivo. Mi economía no me permite pagar un depósito de gasolina sólo por echar un polvo. Tampoco pagar una noche de hotel. Así que también quedó en nada. Pero las conversaciones siguieron. Daba gusto hablar con él y me lo pasé muy bien. Se despidió invitándome a visitarle a Londres si alguna vez iba por allí. Se comprometió a enseñarme el ambiente gay y a llevarme a un "sitio que me gustaría". Quien sabe si en un futuro...

Hubo muchos más durante esos días. A unos les escribí yo, como a un chico belga guapísimo que vivía cerca de mi y que nunca me respondió. Otros fueron ellos los que dieron el primer paso, pero ninguno me pareció interesante como para quedar. Así que mi castidad quedó intacta durante esos días. Salvo por Jorge...

Pero eso es otra historia.

martes, 12 de julio de 2011

Un hotel diferente


Después de darme una ducha que eliminara los efectos del aguacero bajé a la piscina del hotel, pues el cielo se había aclarado y las estrellas sobre el agua iluminada invitaban a relajarse. El agua estaba fresca y me sumergí dejándome llevar hasta el otro extremo donde emergí bajo una cascada de agua que enmarcó mi rostro. Dos chicos jóvenes jugaban en el agua con una pelota y yo, sin mis gafas, intentaba adivinar sus rostros. En la barra un chico japones charlaba con los camareros, y sentados en una mesa, una pareja de diferente edad conversaba animadamente. Cerré los ojos y escuché el sonido de la noche.

Ya más relajado empecé a investigar un poco las instalaciones del hotel. Era la primera vez que estaba en un hotel exclusivamente para clientes gay y no sabía que me iba a encontrar ni como comportarme. Un jacuzzi burbujeaba tentador y mis piernas cansadas reaccionaron al contacto del agua caliente con una sensación de bienestar general.

Un rato después me dirigí a la sauna. Allí me encontré a los dos jóvenes de la piscina hablando animadamente. Parecían alemanes y aunque me echaron una mirada, siguieron conversando ajenos a mi presencia. Duré diez minutos escasos bajo ese calor agobiante y salí para entrar en la sauna de vapor contigua. No había casi luz y tuve que ir tanteando las paredes para situarme. Buscaba un sitio donde sentarme, pero sin gafas y bajo esa luz mortecina no fui capaz de encontrar ninguno. De repente noté una mano en mi pecho y di un respingo sobresaltado. Creía que no había nadie dentro y la impresión me hizo recular contra la pared. Pero la mano me siguió y me acarició suavemente hasta llegar a mi cara. Unos labios la siguieron y mi respiración entrecortada tembló ante sus besos.

Noté su lengua en mi cuello y su mano recorrió todo mi pecho lentamente mientras descendía con un propósito claro. Y entonces le vi. Su marcados rasgos malayos y su cuerpo musculado denotaban muchas horas de gimnasio. Tenía unos treinta años y unos dientes blancos que bajo la escasa luz brillaban como estrellas. Deshizo con habilidad el nudo de mi bañador y su mano se perdió en mi entrepierna.

Le dejé hacer mientras me besaba y yo acaricié su pecho fornido sintiendo su respiración en mis dedos. Entonces me susurró al oído unas palabras que tardé unos segundos en identificar, pues en esos momentos mi capacidad de razonar en otro idioma se encontraba francamente disminuida. Quería saber si era activo o pasivo. Le respondí también entre susurros y me sonrió, me dio un beso y se alejó entre los vapores perdiéndose en la oscuridad.

Me anudé el bañador y salí de la sauna, sudoroso y con el corazón palpitando. Todavía un poco confuso salí por el extremo contrario y allí descubrí unos cuartos con colchonetas preparados para que los más fogosos se dirijan de la sauna a un sitio más íntimo si lo necesitan. Nunca he estado en un cuarto oscuro ni en una sauna gay, pero imagino que será algo parecido a ese lugar.

Subí a mi habitación y tomé otra vez una ducha fría que compensara la ebullición que sentía por dentro. Me senté en el ordenador y al igual que hice en Saigon, actualicé mi perfil indicando que estaba en Siem Reap.

Y disponible.

lunes, 16 de mayo de 2011

Circuncisión


Circuncisión es una palabra que no es demasiado agradable de oir cuando uno ya ha sobrepasado la adolescencia. Es como el acné, que lo asocias a un época de tu vida y que cuando alcanzas el cuarto de siglo piensas que es algo del pasado. Si no lo tuviste agradeces el haberte librado, y si tuviste que lidar día a día con él minusvalorando tu autoestima, dejarlo en el pasado es un alivio mental y social.

Con la circuncisión ocurre lo mismo. Por razones religiosas a muchos niños se les practica la circuncisión siendo recién nacidos. Es discutible que se haga a edades tan tempranas, ya que en la mayoría de las veces no es necesario por razones médicas y además el niño no puede opinar a pesar de ser una mutilación irreversible. Pero la religión es fe, no ciencia.

Entre los que no se les realiza esta circuncisión religiosa existe también un porcentaje que se lo realiza cuando empieza a tener relaciones sexuales. Suelen ser casos de fimosis en los que la abertura del prepucio es demasiado estrecha para liberar el glande. Suele detectarse entre los 13 y los 25 años, dependiendo de su precocidad sexual y es necesario para poder tener relaciones sexuales completas. Los niños, tras vencer su vergüenza a revelar el problema o tras descubrirlo una revisión rutinaria, no les queda más remedio que acatar la decisión de los padres y someterse a la operación.

A partir de ahí ya los chicos respiramos aliviados de habernos evitado pasar por ese mal trago. O al menos así lo creía yo. Hasta hace poco más de un año.

Ya he contado en alguna ocasión que tuve relaciones sexuales con mujeres durante una época de mi vida. Por una parte la fogosidad juvenil requería de un desahogo y por otra la presión social de verte con mujeres hacía que te lanzases a aventuras sexuales innecesarias. Con los años estas fueron disminuyendo en cuanto a su periodicidad hasta prácticamente cesar. Yo lo achaqué a una asexualidad o misoginia. Estaba confuso y han sido necesarios muchos años para que descubriese la verdadera razón. En cualquier caso no tuve nunca problemas para "cumplir" y el fantasma de la circuncisión desapareció de mi mente.

Hace dos años tuve de nuevo relaciones sexuales. Pero esta vez con hombres. Y pronto me di cuenta de que tenía algunas pequeñas molestias. Al principio pensé que eran debido a una falta de práctica o a que la forma de tener sexo con varones no es estrictamente igual. Creí que desaparecerían con el tiempo pues yo no tenía fimosis de ningún tipo. Pero las molestias continuaron.

No es que me impidan tener sexo, pero sí que sufro de pequeños dolores al empezar que desaparecen una vez iniciada la penetración. Pero el problema se manifiesta realmente en las horas posteriores. Noto mi pene irritado y excesivamente sensible. Es como si me hubiese masturbado con papel de lija.

El primer susto lo tuve hace año y medio. Un domingo me levanté y me encontré con el prepucio totalmente inflamado, produciendo una fimosis temporal. Rápidamente me fui a urgencias y tras esperar casi una hora una uróloga de guardia me recibió. Debía de estar en prácticas porque no sabía que hacer. Me dijo que si no se podía liberar el glande habría que circuncidar. Le respondí que era un problema puntual y no de fimosis permanente y que prefería otra alternativa. Me dieron unos antibióticos y la inflamación bajó hasta desaparecer.

Olvidé totalmente el tema durante unos meses hasta que el problema se produjo de nuevo. Otra vez el prepucio totalmente inflamado. Esta vez directamente me tomé el antibiótico y en unas horas desapareció la hinchazón. Pero a partir de este momento creo que empece inconscientemente a tener un poco de miedo. Cada vez que tenía relaciones sexuales empezaba con mucho cuidado temiendo producir una irritación que me lo inflamase de nuevo. Y las molestias persistían.

Creo que poco a poco ha ido influyendo en mis relaciones sexuales y que me impide concentrarme plenamente en disfrutar. Lo hablé con Tony hace ya unos meses y me recomendó circuncidarme si las molestias persistían. Pero yo me resistía a dar el paso.

En marzo pasado decidí visitar a un urólogo y tras examinarme me dijo que él no veía ningún problema. Que con el pene en reposo todo está bien y que no me iba a examinar con el pene erecto. Me chocó mucho esa frase y pensé que su actitud era la de un bombero que hace un plan de incendios pero que si hay llamas no quiere acercarse. Pero me dijo que a pesar de estar todo bien si tenía molestias al practicar sexo la única solución es la circuncisión. Y acepté.

Firmé los papeles porque me dijo que probablemente no sería antes de junio y pensé que tendría tiempo para arrepentirme si quería. Han pasado dos meses y la fecha se acerca. Aún no me han llamado, así que podría ser dentro de una semana o dentro de dos meses, pero la verdad es que estoy un poco asustado. He estado leyendo sobre la operación y el postoperatorio y casi mejor que no lo hubiese hecho. Si la operación va bien los puntos me duraran entre una y dos semanas antes de caerse solos y luego tendré que estar un mes sin ningún tipo de relacion sexual hasta que todo cicatrice. Si todo va bien claro, porque he leido historias que aterrorizarían al más templado.

Le tengo una pequeña aversión a las agujas y aunque a fuerza de voluntad las soporto no son plato de mi gusto. Y pensar que me van a poner una anestesia justo "ahí" me pone enfermo. Me pongo a sudar sólo de pensarlo. Sé que es una tontería y que miles de personas pasan por esta operación diariamente y que es poco más que rutinaria, pero no puedo evitarlo. Me angustia.

Pero lo que más me fastidia es que la decisión de operarme la he tomado yo y no el médico. Se ha lavado las manos y ha delegado la decisión en mi. Y me entran las dudas ¿Y si me estoy equivocando y no se solucionan mis problemas? Habré pasado por un calvario innecesario que además no tiene vuelta atrás.

Voy a seguir adelante porque creo que es lo mejor.

Pero dudo.

Y tengo miedo.

lunes, 25 de abril de 2011

El valor de Alejandro

 

A principios de diciembre os hablé de Alejandro, de como entró en mi vida por sorpresa y de como su ingenuidad y buen corazón me tienen cautivado. Nunca sé cuando va a aparecer en mi casa, pero lo que no tengo que preguntarle jamás es lo que quiere. Siempre llega ávido de sexo y casi sin mediar palabra se abalanza sobre mi arrastrándome al dormitorio.

Alguna vez le he dicho que estoy cansado o que ha sido un día muy duro, que estoy agotado y que no tengo ni fuerzas para levantar una pluma. Él hace un mohín de desagrado y con unas caricias lujuriosas deja claro que no se va a ir sin su ración de sexo. Y aunque me resisto un poco, siempre acabo cediendo. Al fin y al cabo no me está pidiendo nada desagradable. Y yo no soy de piedra.

La otra noche sonó el timbre del portero automático y su voz retozona me anunció que venía con más ganas de lo habitual. Yo tenía planteada una velada tranquila disfrutando del primero de los partidos del Madrid y del Barcelona. Iba a empezar ya y tenía las patatas fritas preparadas y una cerveza en la mano. Suspiré por lo que se avecinaba pero le abrí.

Nada más cerrar la puerta y sin dejarme decir nada me besó con cariño. Con la familiaridad de lo habitual. Nos sentamos en el sofá y le dije que iba a ver el partido, que se pusiera cómodo. Me miró con extrañeza y bufó un "futbol" que me dejó claro lo que pensaba sobre el deporte rey.

Mientras yo intentaba seguir los primeros compases del partido Alejandro apoyó su cabeza en mi pecho y me empezó a acariciar con suavidad. Yo me sentí encantado. Un partido de máxima rivalidad, una buena cerveza y un chico guapo metiéndome mano. ¿Qué más podía pedir?

Entre jugada y jugada yo le besaba. Primero suavemente, con cariño, como a un niño, y luego más intensamente, con deleite. Mi mano acariciaba su pelo y notaba su piel caliente sobre mi. Me preguntó por mi relación con Tony y si nos iba bien. No se conocen entre ellos pero los dos saben de la existencia del otro. No me gusta engañar a la gente.

Me preguntó si eramos novios. Le dije que no, que lo nuestro no tenía muy claro lo que era pero que nunca habíamos hablado de formalizarlo en algo más serio. Hacemos cosas que haría cualquier pareja pero luego tenemos nuestras vidas independientes. Y Alejandro se lo tomó literalmente, como siempre suele hacer, y levantando su cabeza y mirándome a los ojos me dijo que a él sí que le gustaría que lo fuésemos.

Me giré hacia él sorprendido. El partido dejó de tener importancia y me quedé mirándole atónito. No me esperaba esa declaración. Está claro que le gusto y que se encuentra cómodo conmigo, pero siempre pensé que no había nada más allá del plano sexual y una sensación de sentirse bien tratado.

Me quedé callado unos segundos y le respondí que no podía ser porque yo no estaba todavía preparado para una relación. Y nada más decirlo me di cuenta de que era cierto. Me entró vértigo de sólo pensarlo. Soy todavía demasiado frágil mental y emocionalmente como para atreverme a dar el paso de una relación. Si todavía estoy aprendiendo a vivir aceptando que soy gay ¿cómo me voy a entregar a una relación que necesita una confianza plena? No puedo. No ahora.

Sé lo tomó con filosofía pero me dijo que le gustaría intentarlo, que desde el primer día que me conoció y paseamos junto al río sintió algo especial, y que aunque nunca me lo había dicho yo le gustaba. Mucho. Qué me lo pensase.

Alejandro me gusta. Me gusta su ingenuidad. Me gusta su sonrisa. Me gusta lo transparente que es. Me gusta como se ilusiona con una canción nueva. Me gusta su coquetería y sus gestos excesivos. Me gusta que a pesar de que ha tenido una vida dificil tiene unas ganas enormes de vivir. Me gusta su punto de chulería que él cree que es rebeldía y que yo sé que es inseguridad. Me gusta como entra en éxtasis cuando baila. Me gustan sus gustos sencillos que él cree sofisticados. Me gusta cuando me mira en la cama y le brillan los ojos. Me gusta. Me gusta.

Pero somos opuestos. No tenemos ni un gusto en común. No le gusta el teatro ni las comidas sofisticadas. No le gusta leer ni el deporte. No le gusta el arte ni los museos. No le gusta el cine sino va acompañado de palomitas. No le gusta viajar ni soñar con destinos exóticos. No podemos compartir nada más allá del sexo y de sentirnos cómodos juntos. Si fuésemos pareja no duraríamos ni un mes. O él se ahogaría en mi mundo o yo me asfixiaría en el suyo. No puede ser. Yo lo sé. Lo veo claro. Pero él no.

Lo abracé emocionado y el partido desapareció entre caricias y besos que nos llevaron al dormitorio, que por un día se convirtió en algo más que una cama. De fondo quedó el sonido del televisor con la algarabía de los aficionados que jaleaban cada uno de nuestros besos.

lunes, 14 de febrero de 2011

Ética y privacidad


La semana pasada publiqué una entrada dedicada a un chico que conocí en Saigon. Un anónimo comentarista me recriminó que encabezase el texto con una foto de él. Su inclusión no fue fruto del azar ni de la imprevisión del momento, sino de una decisión tomada tras mucho tiempo de reflexión.

Cuando regresé de Vietnam y Camboya pensé que quería contar su historia. Nuestra historia. Y lo primero que se me ocurrió es que me gustaría que lo vierais para que pudierais entender un poco más lo que viví. Y para eso debía publicar su foto.

Pero me entró la duda sobre si era éticamente correcto hacerlo o no. Elegí publicar la historia de Xiao porque no había demasiado problema, ya que sigo en contacto con él por messenger y se lo pude consultar, pero hay otras historias y otras personas de las que me gustaría hablaros y a las que no puedo preguntar. ¿Tengo derecho a hacerlo por ser parte de mi vida o debo respetar su privacidad y sin su permiso expreso no publicar su foto?

Durante dos meses he pensado sobre ello e incluso a alguno os lo he comentado por correo. Y mis pensamientos me han llevado por distintos razonamientos. Permitidme que os explique:

Lo primero en lo que pensé fue que si fuera una persona anónima a la que hubiese tomado una foto y utilizado para ilustrar el texto a nadie le importaría. De hecho la mayoría de mis textos están ilustrados así. Luego si no dijese que era él nadie debería quejarse, pues se trataría simplemente de un desconocido. Si observáis mi texto, en ningún momento hago referencia a que el chico de la foto es Xiao. Aunque lo es.

A continuación pensé en que si contase la historia de un conductor de Rickshaw y publicase su foto tampoco a nadie le parecería mal. Internet está llena de historias de gente que ha conocido gente. Y los primeros que lo hacen son los reporteros. ¿Acaso un periodista por tener un título tiene derecho a contar historias sobre personas y los demás no? Evidentemente no. Y conté la historia de Dien en el post "Saigon" ilustrándolo con su foto.

Luego el problema se podía circunscribir a que una parte de la historia tenía contenido sexual. No era mi intención escribir una entrada sobre un polvo, sino contar una historia sobre una persona con la que compartí catorce horas maravillosas en las que efectivamente había sexo, pero en las que también hubo risas, conversaciones, una cena divertida, bromas, un paseo al anochecer por la ciudad y sobre todo mucha, mucha complicidad. No sé si lo logré.

El sexo es tabú hoy en día y aunque la mayoría de la gente consume porno, les da pudor hablar de su propia sexualidad. Yo no soy quien para oponerme a los sentimientos de cada uno y menos para dar clases de moral, así que admito que hablar de ello o exponer públicamente la foto de un persona que haya tenido sexo conmigo sin su permiso puede violentar su privacidad.

Pensé entonces que los pocos lectores de este blog eran probablemente de habla española. Casi todas mis visitas provienen del continente americano y de España. Un porcentaje menor de Europa (supongo que de hispanohablantes afincados), y un surtido de visitas del resto del mundo que probablemente lleguen por error a través de las fotos. Luego si escribiese una entrada sobre un chico de Madrid, Buenos Aires, Lima o México DF, alguno de mis lectores podría conocerle o encontrarle y hacerle sentir incomodo.

¿Pero que ocurre si cuento la historia de un chico de Vietnam, Camboya, Kenia, Kazajistan o cualquier país de habla no hispana? La probabilidad de que alguno de mis lectores alguna vez se encuentren con este chico es remota, por no decir que fuera de los límites de la probabilidad.

¿Puedo entonces contar su historia? Mi conclusión es que sí, que el supuesto daño que le pueda hacer el contar "nuestra" historia aquí, incluso publicando su foto, es menor incluso que el daño que provocan los rumores que corren habitualmente entre los compañeros de trabajo.

Pero igual estoy equivocado. Eso os lo dejo decidir a vosotros.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Confusión


Desde pequeño he observado con curiosidad los grandes romances de las películas. Empecé con un viejo televisor en blanco y negro de catorce pulgadas que miraba asombrado cuando era niño. La llegada del televisor en color y un tamaño mayor me permitió pasar muchas tardes en el sofá devorando amores imposibles que a pesar de los obstáculos salían triunfantes frente a las adversidades. El cine me atrapó pronto y sus imagenes de besos desde la oscuridad de la sala engatusaron mi imaginación adolescente.

Paralelamente leí los grandes clásicos de la literatura. Romeo y Julieta me enseñaron que el amor está por encima de lo que piense la familia. Calisto y Melibea que este es éfímero y que puede truncarse en cualquier momento por un infortunio. El Cyrano de Bergerac novelesco me sumió en la tristeza del que no puede alcanzar su amor por un físico no agraciado. Con Tristán e Isolda lloré por un amor imposible separado por no romper las normas. Y Abelardo y Eloísa me demostraron el daño que puede hacer el odio de un tercero.

Esa ambivalencia entre los amores triunfantes del cine y los imposibles de la literatura me sumieron en un mar de dudas que se reflejaron en una prevención al enamoramiento. Quizá en el fondo confiaba que ese amor llegaría, pero un pesimismo por falta de autoestima lo silenciaba arrinconándolo al fondo de mi mente.

Entonces no lo sabía, pero parte de mi apatía romántica se debió a que estaba enfocado al sexo equivocado.

Han pasado ya muchos años desde que descubrí que el amor provocaba efectos impredecibles en las personas, pero que a pesar de ello todos lo desean. Ahora tengo 42 años y sólo puedo decir que no he estado enamorado. Nunca.

A finales de Julio os hablé de Tony y después de meditarlo mucho llegué a la conclusión de que yo no estaba enamorado. Desde entonces he pensado mucho en ello. ¿Cómo se sabe que uno lo está? ¿Te levantas por la mañana y hay pajaritos cantando en tu ventana al estilo Disney? ¿Qué es lo que se siente?

¿Por qué os cuento esto? Porque Tony me pidió que el viernes lo pasara con él y me quedara a dormir en su casa. No me había quedado nunca. Ni él en mi casa. Y acepté.

Hacía casi una semana que no nos veíamos porque él había estado enfermo, pero habíamos hablado casi todos los días. Nuestro encuentro fue apasionado. Ardoroso. Frenético. Nos besamos como si nos reencontrásemos después de un largo viaje. Y seguimos besándonos y acariciándonos durante horas. La noche se nos echó encima y continuamos en su cama hasta que no quedó una sábana sobre ella. Al final nos dormimos, agotados y abrazados.

La luz del amanecer nos despertó y con mi cabeza en su pecho nos susurramos durante horas entre caricias y sensaciones. Mis ojos cerrados disfrutaban del momento deseando que no acabase nunca. Por primera vez en mi vida me he encontrado totalmente relajado en brazos de otra persona. Me abandoné a sus palabras y sentí una paz interior como no había sentido antes. Han sido casi veinticuatro horas de felicidad absoluta.

¿Es esto amor o sólo la necesidad de encontrar un rincón donde descansar una mente torturada? No lo sé. No puedo discernir. No puedo razonar. No puedo juzgar. Sólo sentir y dejarme mecer entre sus brazos.

Estoy confuso.

sábado, 26 de junio de 2010

10 líneas de sexo



Gary Rivera de el blog El Alquimista me ha mandado este meme para que me esfuerce un poco y escriba sobre sexo. Habría preferido practicarlo antes que hablar de él, pero a falta de pan buenas son tortas. Así que aquí os dejo mi pequeña contribución:

Te escribo este telegrama porque no me atrevo a decírtelo a la cara. STOP. Creo que ha llegado el momento de dejarlo. STOP. Los buenos momentos nos perseguirán pero ya han pasado. STOP. Todavía recuerdo cuando saliste del mar aquel día. STOP. El agua se deslizaba por tu pecho y tu pelo cobrizo goteaba sobre tus ojos. STOP. Era la primera vez que iba al camping nudista y tuve que darme la vuelta avergonzado. STOP. Me miraste y te reíste con esa risa contagiosa que me conquistó. STOP. Y descaradamente te acercaste a mi. STOP. El sol me deslumbraba la vista y tu te moviste para taparlo. STOP. Pusiste las manos en las caderas y el contraluz te hizo parecer un dios. STOP. Con un gesto imperceptible de tu cabeza me señalaste tu tienda. STOP. Me levanté con la toalla tapando discretamente mi emoción y entré en tu mansión de tela. STOP. No hablabas mi idioma pero no hizo falta. STOP. Sólo recuerdo que yo no paré de gritar. DON´T STOP. DON´T STOP. DON´T STOP. DON´T STOP. DON´T STOP.


Las condiciones del meme decían que debía escribir 10 líneas sobre sexo, ilustrarlo con una fotografía al final y pasarlo a tres personas. Las dos primeras condiciones ya las he cumplido y para la tercera escojo a Fernando , Davichini y Ut, el de las estrellas. Se que me sorprenderán.

sábado, 12 de junio de 2010

Amigos


 Hoy no se si debería escribir o si debería dejarlo para otro día. Hay momentos que poner por escrito lo que sientes es bueno para el alma, pero otras veces es mejor dejar reposar la conciencia y que la sensatez acabe por aplacar ese runrún que bulle en mi cabeza. Pero hoy no se si es mejor o no. La verdad es que no lo se.

Esta tarde he estado en la presentación de un libro. El autor es amigo mío y ha venido a mi ciudad a presentarlo. En realidad quien es mi amiga es su hermana Stella, pero a él lo conozco desde que era un niño y lo he visto crecer. Su hermana, que no vive aquí, también acudía a la presentación junto a su marido. La sala estaba medio llena, en parte por familiares, pero también he visto gente más joven y supongo que serían amigos suyos. Amigos.

Son amigos que han dejado lo que tuviesen que hacer por estar hoy allí acompañándole. Como he hecho yo también. Porque es mi amiga.

Y mientras presentaban el libro yo pensaba sobre ese hecho. Sobre la amistad. A Stella la conozco desde hace prácticamente 35 años. Eramos unos niños que jugabamos juntos y nos divertíamos con pasatiempos inocentes. Luego crecimos y nos escapamos juntos por primera vez a una discoteca con 13 años. Y juntos nos castigaron cuando se enteraron nuestros padres. Juntos disfrutamos de una adolescencia que nos sorprendía cada día. Y luego la vi casarse y tener hijos. Ha sido mi amiga muchos años aunque no vivíamos en la misma ciudad.

Sin embargo, de mis amigos del colegio y la universidad prácticamente no me queda ninguno. La crisis del 93 cogió a mi generación de lleno intentando incorporarse al mundo laboral. No había trabajo y uno tras otro dejaron la ciudad buscando fortuna en otros lugares. Yo fui afortunado y conseguí trabajo aquí. Alguno ha vuelto ahora, con más de 40 años y una vida detrás que me es ajena. Ya no somos amigos, sólo conocidos. La vida nos ha separado y ya no tenemos nada en común. Sólo los recuerdos.

Más tarde hice nuevos amigos. Con alguno incluso trabajé un tiempo. Pero a medida que la gente se casa y tiene hijos parece que su tiempo se diluye. Muchos casi no salen e intentar quedar todos juntos es una tarea imposible. Lo habitual es que yo, que estoy soltero, me adapto a sus horarios y un día quedamos a cenar. Pero casí siempre de forma aislada, o a lo sumo un par de parejas y yo. Más es muy raro. Y quedar todos juntos un imposible.

Tengo 42 años pero sigo con ganas de vivir. De hacer cosas. De salir un fin de semana a una casa rural y hacer senderismo. O de tumbarnos juntos en una pradera de hierba al sol y charlar hasta el anochecer. Sigo con ganas de ir a esquiar. De viajar. De hacer rafting. De saltar en paracaídas. O incluso... de salir a tomar unas copas el fin de semana. Pero mis amigos no. Dicen que tienen OBLIGACIONES. Así, con mayúsculas.

Tienen poco más de 40 años y prácticamente no salen de casa. No se si ellos son viejos prematuros o yo sigo siendo un adolescente que se niega a crecer.

Y de repente mi vida da un giro sorpresivo y me convierto en gay.

Y eso me llevaba a tener dos problemas en lugar de uno. Y decidí conjugarlos en uno solo. Durante los últimos meses he intentado conocer a gente nueva. Gays por supuesto. En principio para encontrar a personas con quienes compartir lo que me está pasando. Con quien poder hablar libremente de lo que siento. Con quienes salir a tomar algo y reirnos hasta el amanecer. En resumen, amigos. Y no lo he conseguido.

¿Acaso no existe la amistad dentro del mundo gay? ¿Todo el mundo ve a los demás como posibles rivales en un juego inmenso de seducción sexual? ¿O acaso soy yo el que no termino de encajar porque soy demasiado mayor para que me acepten en grupos ya formados?

Parece como si para quedar con alguien primero debes pagar el peaje del encuentro sexual. Necesitas tener sexo para que se dignen a hablar contigo. Y después de tenerlo son pocos los que les interesa conversar y menos tenerte como amigo.

No lo se. Pero es viernes por la noche y estoy escribiendo esto cuando lo que me apetecería es estar riendo en un bar. Y no es el primer viernes que ocurre.

jueves, 27 de mayo de 2010

Palabras, palabras, palabras...


Una de las consecuencias de haber estado "fuera del mercado" durante unos años es que se han acuñado expresiones nuevas o se han dado significados distintos a frases clásicas. Si a eso le sumamos un cambio de perspectiva respecto a mi "público objetivo" pues la verdad es que a veces me quedo un poco deshubicado.

Una de las palabras que más me ha chocado, sorprendido y a la vez agradado ha sido la de "follamigo". La palabra es descriptiva como ella sola. Es de las que se entienden a la primera. Luego cada uno le da matices, pero se pilla nada más oirla. ¿Cuanto tiempo hace que se usa? No tengo ni idea, pero más que la palabra en si, lo que más me ha sorprendido es el concepto. Amigos que quedan para disfrutar del sexo simplemente por el placer en si mismo, sin que implique nada afectivo posterior, ni obligaciones ni reproches. Y con la ventaja de seguir siendo amigos.

Está claro que la sociedad ha avanzado mucho estos años, porque cuando yo era joven era bastante dificil tener sexo... y tenerlo con amigos era imposible. Claro que era en un mundo heterosexual e igual en el homosexual ya existía y yo no lo sabía.  Ahora la duda que planteo es la siguiente: ¿realmente está tan extendido lo de tener follamigos o simplemente es algo que disfrutan unos pocos afortunados y para el resto es una quimera? y, en el caso de que lo hayáis probado o estéis disfrutando de ello, ¿es posible mantener esa amistad en sus límites o acaba en noviazgos o rupturas cuando uno quiere algo más y el otro no?

Un término que me llamó la atención fue el de "sexo vainilla". Un sexo suave, que se centra más en los besos y las caricias. Un sexo con ternura y cariño más que pasión y desenfreno. Vamos, el sexo tradicional de toda la vida en el que prima más el amor que el frenesí de la atracción sexual animal. Es un sexo agradable y que suele ser el primer contacto de los adolescentes con su sexualidad. Se suele asociar con "la primera vez" pero no únicamente con ella. Mucha gente prefiere mantener sus relaciones en ese nivel. Pero el nombre es ingenioso. Como variante del sexo vainilla existe el "petting" que no incluye penetración.

Otro concepto que me tiene un poco perplejo es el de "sexo cañero". ¿Qué quiere decir la gente cuando habla de "sexo cañero"? Al principio pensé que se referían a sesiones Sado-Maso (o BDSM) pero creo que no se refieren a eso, sino a algo que no termino de definir. ¿Es simplemente un sexo un poco más pasional que el sexo vainilla? ¿Y cuánto más pasional? ¿O implica incluir algún tipo de parafilia? La verdad es que cuando me lo dicen no se muy bien a que se refieren... y no se si responder que sí o que no.

No se si he quedado como un ingenuo al escribir este post. Pero prefiero ser tachado de ingenuo que no de mojigato. Así que a ver si ilumináis a este nuevo adolescente ávido de conocimiento y saber.

martes, 4 de mayo de 2010

Adolescencia madura


Una de las consecuencias directas de haber acepado mi sexualidad tan tarde es haberme perdido los placeres del sexo adolescente. En realidad sí que los disfrute, aunque en versión hetera. Pero no es lo mismo.

Primero porque la represión sexual en la época de mi estallido hormonal era notoria. El sexo era pecado. No es que nos lo tomasemos muy en serio, pero nuestros padres sí. Y acceder a un paquete de condones antes de cumplir la mayoría de edad no era tarea fácil. Además la gente se iniciaba mucho más tarde que ahora, y salvo que consiguieses formar una pareja más o menos estable, los contactos sexuales eran bastante esporádicos. Al menos entre la gente que yo conocía.

La segunda razón es que si bien el placer físico del sexo puede ser igual en el sexo hetero u homosexual, el placer psicológico no fue igual. Yo era gay, aunque entonces no lo supiese, y cuando tenía sexo no me encontraba totalmente a gusto. Estaba inmerso en un dilema mental entre las ganas de tener sexo a todas horas como es normal a esas edades y una sensación de incomodidad cuando lo tenía.

Eso desembocó en tener unas cuantas parejas sexuales, no demasiadas (no se si más o menos que los demás) y un desahogo privado cada vez más frecuente. Con el tiempo las parejas se fueron espaciando más en el tiempo. Cada vez era más patente mi incomodidad. Quizá eso debería haber llevado a planterme mi homosexualidad, pero no lo hice. Simplemente deje de frecuentar a las mujeres (sexualmente hablando) hasta cesar totalmente.

Ahora he admitido ya que soy gay. Y aunque para llegar hasta aquí he pasado por momentos rayando la depresión (y aún los paso), también es cierto que hay otros en que estoy eufórico y con unas ganas de vivir inmensas. Hay días que la energía me invade y me siento capaz de hacer cualquier cosa. Miro a la vida con ilusión y creo que cada momento es único y que no debo desperdiciarlo. En resumen, me siento como un adolescente. Y eso es lo que me preocupa.

¿Es normal que haga locuras como un chaval de 17 años o es sólo una fase por la que debo pasar antes de asentarme de nuevo?
 
No se si dejarme llevar y disfrutar esos momentos como si de verdad fuera un chaval, obviando mi edad real y disfrutando de esa adolescencia que no tuve. Eso tiene el riesgo de caer en el ridiculo. En convertirme en una parodia de mi mismo.

Pero por otro lado, me encuentro tan feliz a veces...

miércoles, 28 de abril de 2010

Dos meses y un adiós


Es sorprendente como una persona puede entrar y salir de tu vida en tan poco tiempo y sin embargo dejar huella. Calvin llegó a mi ciudad a mediados de enero. Quería alejarse un poco de su entorno. Salir de su rutina y demostrar que era capaz de ser independiente. No es que tuviese problemas donde vivía, sino que necesitaba un cambio de aires y probarse a si mismo. Vino con la intención de comerse el mundo y una moral inquebrantable.

Con poco dinero y mucha ilusión alquiló una habitación en un piso céntrico y se puso a buscar trabajo convencido de su capacidad. Pero se dio de bruces con la realidad. El mercado laboral no estaba para alegrías y el trabajo escaseaba. Pasaba las horas muertas conectado a Internet, visitando páginas de perfiles intentando hacer al menos amigos en la ciudad mientras llegaba el trabajo. Y así llegó hasta mi.

Un día, a principios de marzo, recibí un mensaje suyo. Un saludo y una pregunta. Le respondí y empezamos a intercambiar mensajes. De ahí pasamos rápidamente al messenger y unos días después quedamos para conocernos. Me dijo de quedar en mi casa y a mi me pareció bien. Eso me hizo pensar que le apetecía algo más que una charla y una cerveza... y la verdad es que a mi el plan me apetecía.  Es un chico joven, 26 años, guapo y con una mirada inquisitiva. Delgado y sugerente. Y él lo sabe y lo aprovecha.

Vino un viernes sobre las 9 de la noche y estuvimos charlando y tomando unas cervezas. Y pronto dejó claro que no era sexo lo que buscaba. No le creí. Pensé que simplemente le gustaba jugar con la tensión y hacer crecer el deseo. Pronto pasamos a alcoholes más fuertes y la velada se prolongó mientras charlábamos animadamente. Me contó parte de su vida y cómo había llegado hasta allí. Le gustaba adornar las historias con detalles que sin ser estrictamente falsos tampoco se ajustaban a la realidad. Era como un narrador que embellece la historia para cautivar a su público. Y la verdad es que lo hacía bien. El alcohol le soltó la lengua... pero nada más. Empecé a creer que de verdad no quería sexo. Al menos conmigo.

La velada se prolongó hasta las seis de la mañana. Después de bebernos varios whiskys y una botella de orujo a medias, Calvin, medio borracho, me dijo que se iba a casa. Le invité a quedarse y pasar la noche pero me dijo que no. Efectivamente no iba a haber sexo.

Quedamos varios días más y las conversaciones se hicieron cada vez más largas. Y la cantidad de alcohol que bebíamos mayor. La verdad es que me sentía a gusto con él, a pesar de lo diferentes que eramos. Incluso cambié mis planes algunas veces para poder quedar con él.

Un viernes me dijo que había quedado con un chico en un bar y me propuso que le acompañara. Yo sólo había salido por el ambiente una vez... y no fue como para recordarla. No es que me apeteciera demasiado pero hay que aprovechar las oportunidades y es mejor salir acompañado que solo. Y lo pasé bien. Charlamos, bailamos, reímos y nos emborrachamos. Le acompañé hasta su casa y me invitó a subir y conocerla. Y cuando ya me iba me preguntó si me quería quedar... pero sólo a dormir. Me quedé y compartí una cama individual con él. No hubo ningún tipo de sexo, sólo dos personas durmiendo. Pero me gustó.

Quince días después me dijo que se iba, que aquí no encontraba trabajo y que le había salido una oportunidad en otra ciudad. Y se iba ya. En menos de 15 días. Nos hemos visto un par de veces más y se ha ido a preparar su nuevo piso allí. Volverá dentro de unos días a recoger sus cosas y se mudará definitivamente. Es probable que no le vea más, o al menos en mucho tiempo. De él me sólo me quedará su messenger y un amigo en el Facebook.

Sólo nos hemos conocido mes y medio y sin embargo le echaré más de menos que a mucha gente que a estado en mi vida durante años. Echaré de menos sus historias. Sus risas. Su forma de bailar. Pero sobre todo echaré de menos a una persona que me escuchó.