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miércoles, 30 de marzo de 2016
Cumpleaños sin ti
Hoy veo tu rostro en todas partes. Como todos los días. En mi café cuando desayuno, en esa canción que ponen en la radio mientras conduzco, en esa persona que me sonríe sin conocerme, en ese anuncio del viaje a Berlín que tanto deseabas conocer y que estaba planeando en secreto.
Son ya varios meses desde que te fuiste pero sigo echándote de menos cada minuto. No estás pero sigo pensando para dos. No estás pero me acompañas. No estás pero te siento. No estás...
Fueron seis años desde que te conocí y no me arrepiento de ningún momento que pasamos juntos. Si acaso de los que no pudimos compartir y de no haberte encontrado antes. Y a pesar de no tenerte ahora a mi lado y sufrir tu ausencia, no cambiaría ni un minuto de estos años. Lo que me diste no te lo podría compensar en toda una vida.
Hoy es tu cumpleaños y como todos los años esperaba sorprenderte de nuevo. Esta vez no podrá ser porque ahora vives dentro de mi y lo sabes todo antes incluso que yo. Ya sabes cual iba a ser tu regalo.
Hoy te echo de menos. Exáctamente igual que ayer.
Y mañana cuando me levante te volveré a ver en mi café...
Te quiero.
miércoles, 25 de noviembre de 2015
Casi tres meses
Hace casi tres meses que no estás conmigo y te extraño hasta la agonia.
Tres meses de ocuparme de tu entierro y de tu familia. Tres meses de encargarme de tus cosas, de la amarga burocracia interminable y tu recuerdo imborrable. Tres meses en los que te preparé un homenaje al que acudieron más de setenta amigos tuyos y de atender a otros tantos de cuatro continentes que me escribieron lamentando su distancia. Tres meses en los que algunos amigos tuyos músicos cerraron su concierto con tu recuerdo, tu imagen y una maravillosa interpretación de violín y piano coreada por cientos de personas. Tres meses sin ti.
Es ahora, cuando todo casi ha acabado, que siento más que nunca tu ausencia. No he podido volver a preparar ese sushi que tanto te encantaba. Cuando me siento a comer veo tu sonrisa frente a mi, como siempre hacías. Si me distraigo con una película pienso si te habría gustado y me pierdo en los recuerdos. Al leer un artículo interesante me sorprendo guardándolo para que lo leas cuando vengas...
Pero no vas a venir. Y cada vez que me doy cuenta una punzada de dolor me recorre todo el cuerpo y la respiración se me entrecorta. He perdido peso y aunque intento alimentarme mi cuerpo se resiste. Comía por ti. Respiraba por ti. Dormía por ti.
Han sido casi tres meses de ocuparme de todo y noto que estoy exhausto. Soy incapaz de concentrar mi atención y todo lo que no anoto se me olvida tres segundos después de pensarlo. Duermo lo justo para no derrumbarme pero noto como las fuerzas se me escapan por momentos. Nada me interesa, nada me ilusiona. Vivo con el piloto automático puesto y las rutinas se repiten día tras día. Sólo mis conversaciones con mi amigo Lázaro me expulsan de mi apatía durante unas horas. El pobre se ha echado sobre sus hombros la ardua labor de escucharme. Con él hablo hasta la madrugada de todo lo que siento. No le escondo nada. Es mi psique la que habla y yo mismo me sorprendo a veces escuchando de mis labios secretos que nunca antes había contado. Nos conocemos sólo hace tres años y es el más joven de mis amigos, 25 años, y sin embargo me siento cómodo desnudando mi alma ante él. No me juzga. Sólo escucha, asiente, y me abraza cuando me echo a llorar.
Después de estos meses ocupándome de todo y de todos necesito algo de tiempo para mi. Salir de mi ciudad y escapar de lugares comunes y recuerdos conjuntos. Aprovecharé el puente de la Constitución para hacer nueve días de fiesta y evadirme de mi mismo. No sé todavía donde ir, si al sur buscando temperaturas suaves donde pasear, a esos Pirineos que tanto te gustaban para que la nieve congele mis pensamientos, a las lejanas islas Canarias a tumbarme en una playa y mirar el horizonte durante horas o vagaré por el norte de España recorriendo pueblos y ciudades sin rumbo fijo. También he pensado en acercarme a Madrid y coger un vuelo al primer destino que aparezca y que me puedan permitir mis escasos fondos. No sé que hacer ni que es mejor. No soy capaz de ilusionarme con ningún lugar ni ningún plan pero sí sé que tengo que salir de esta espiral depresiva que me está minando poco a poco.
Fueron tantos planes los que teníamos...
martes, 6 de octubre de 2015
Nicotina en la boca
Hoy sólo tengo nicotina en la boca y las gafas salpicadas de sal.
Creo oir susurros en mi alma y tu risa en mis oídos, pero me vuelvo y no estás.
Te veo en los resquicios y te persigo en mis recuerdos.
Esa caricia suave que siento, el reclinar reposado de tu cabeza sobre mi hombro.
Cierro los ojos y siento tu respiración junto a mi almohada.
Mi corazón vibra turbado al son de mi memoria mientras intento, por un momento, negar que ya no estás junto a mi.
Como el esclavo aterrado que no se atreve a dudar. Sin moverme, creyéndo que aún estás ahí.
Hace un mes ya que te fuiste y mis renglones están torcidos para siempre.
Hoy sólo tengo nicotina en la boca y las gafas salpicadas de sal.
domingo, 16 de febrero de 2014
Del amor y el enamoramiento
Hace tiempo escribí que nunca había estado enamorado.
Nunca sentí la necesidad de estar con alguien más allá de la mera atracción física, incluso llegué en mi época hetera a estar con chicas por mera necesidad y para no sentirme excluido socialmente. Han pasado los años y sigo sin tener muy claro cuando uno está enamorado.
Por supuesto que hay mucha literatura sobre el tema y la he leído con detenimiento, pero o ese sentimiento es esquivo a las plumas más preclaras o realmente yo nunca he experimentado esa conmoción.
La atracción física la tengo clara. Muchas veces miro a un chico y me detengo en sus ojos o su sonrisa fantaseando con tenerlo entre mis brazos. Mi cuerpo reacciona instintivamente e incluso el corazón se me ha acelerado en más de una vez, pero dicen que enamorarse es algo más, es sentir que te gustaría estar con esa persona a todas horas y compartir tu tiempo permanentemente. Casi como el amor. Casi.
Porque el amor afirman que es un paso más allá. Cuando te enamoras todo te parece maravilloso. Sus manías son graciosas, sus palabras están siempre justificadas y sus acciones pertinentes. Se es ciego a su imperfección y disculpamos lo inaceptable cegados por su presencia y nuestro afán de mantenerlo a nuestro lado. Pero cuando un día cae la venda de nuestros ojos y contemplamos como es realmente, nos encontramos en la disyuntiva de aceptarlo como es o alejarlo de nosotros asombrados de nuestra ceguera y complacencia. De ahí que del amor (o más bien enamoramiento) al odio no haya más que una fina línea delgada.
Pero si lo aceptamos tal como es, admitiendo que no es perfecto pero que a pesar de ello deseamos estar con él todo el tiempo que nos queda, entonces y sólo entonces, dicen que hay amor. O esa es la teoría.
Y digo teoría porque yo me siento al margen de todos esos sentimientos. Hace ya cuatro años que conozco a Tony y nuestra convivencia ha evolucionado tanto que hoy en día se podría decir que somos pareja. Hablamos todos los días, nos vemos tres o cuatro veces por semana, salimos de vacaciones juntos, y se queda en mi casa o yo en la suya muchos días. Conozco sus defectos y él los míos. Y los aceptamos. Lo que para todo el mundo es un claro noviazgo. ¿Es eso amor?
No lo tengo claro. Según los cánones clásicos no terminaría de ser amor porque yo necesito todavía mis días de independencia. Estar a todas horas con él me sobrepasa. Necesito mi soledad, mis rutinas de ermitaño, el sentirme dueño de mi propia vida y señor de mis caprichos. No sé si es porque ya he llegado tarde a estos sentimientos que debía haber aprendido a controlar de adolescente y que mi trayectoria obvió, o por lo que los psicólogos llaman "miedo al compromiso". Pero la realidad es que necesito esos días para mi. No termino de verme viviendo permanentemente con él, pasando todos los días juntos, pero sin embargo hay días que extraño su presencia.
Me siento como un péndulo indeciso, basculando entre su compañía y mi libertad. Noto como penetra mi burbuja y ocupa espacios que me ahogan, pero hay días conquistados para mi independencia que cuando los disfruto no me importaría pasar junto a él.
Es querer lo que no tengo y tener lo que no quiero.
¿Se puede llegar al amor sin haber pasado por el enamoramiento? ¿Puede haber sido la transición tan suave que haya pasado desapercibida para mis sentidos? ¿O acaso vivo en un estado diferente, tan extraño que es fruto de mi indecisión?
No lo sé.
Es todo muy confuso.
viernes, 11 de noviembre de 2011
Desconcierto
Últimamente no sé que me pasa. Tengo ganas de darle puñetazos a la luna pero tiemblo acurrucado en el sofá. No sé lo que quiero. No entiendo mi mente. Soy un extraño que habita en mi.
La rabia me domina, me corroe. Tengo que contenerme en el trabajo para no abrir la espita de mi enfado. Cada frase que pronuncio es un ejercicio de mesura para no dañar a los que nada tienen que ver con mi estado. Pero cada vez que me trago una palabra siento que algo cruje dentro de mi y el andamiaje de mi cordura chirría cediendo un poco más.
Tengo ganas de correr. De gritar desaforadamente. Necesito sacar de mi una energía dañina que amenaza con implosionar. Pero no sé como lograrlo. No sé.
He pasado diez días con Tony en un apartamento junto a la playa y me sentía cómodo conviviendo con él. Es extraño. Me despertaba y acercaba mi cuerpo hasta sentir el calor del suyo. Como un niño que busca a su su madre. Y si estaba despierto me rodeaba con su brazos. Sentía su respiración en mi espalda y mi corazón se acompasaba bajo sus caricias.
Creo que Alejandro acertó con su diagnóstico cuando me dijo que estaba falto de cariño. Necesito perderme en una mano que me envuelva. Cerrar los ojos y sentir que ese momento será eterno y que como olas del mar las caricias volverán una y otra vez a acunar mi piel. No quiero sexo, no lo necesito. Sólo una mano amiga.
En los breves momentos en que la lucidez aflora me pregunto si me estoy enamorando o es que simplemente imploro el cariño que la vida me ha negado tantos años. ¿Cómo saber cuando es amor y cuando carencia? El amor me fue esquivo y la madurez del cuerpo quizá no ha ido acompañada de la madurez sentimental.
Mi primer beso adolescente fue algo frío. Algo buscado. Como un trofeo necesario. Pero más allá de la consecución no provocó ni un solo sentimiento. ¿Estoy acaso sintiendo ahora lo que mi cuerpo púber anheló tanto tiempo y acabó creyendo que no existía?
Tony me busca y quiere estar junto a mi. ¿Pero está enamorado o es sólo mi mente la que juega conmigo tergiversando la realidad para hacerme sentir como un macho alfa triunfante? Son pequeños detalles. Una llamada, un cambio de planes, un mirada fugaz. Hoy, como de pasada, me ha dicho que ha empezado a ver series subtituladas. Puede parecer un detalle sin importancia, pero yo sé que lo odia. No soporta los subtítulos. Pero sabe que a mi me encanta ver las películas en versión original y que es algo que nunca hacemos juntos. Le he respondido con una broma pero se me ha hecho un nudo en el estómago.
Tengo nublado el juicio y soy incapaz de discernir. No sé lo que quiero ni soy capaz de entender lo que me pasa. Sólo sé que necesito extirpar la rabia y golpear algo hasta la extenuación antes de dañar a alguien.
Y la luna me mira burlona.
lunes, 25 de abril de 2011
El valor de Alejandro
A principios de diciembre os hablé de Alejandro, de como entró en mi vida por sorpresa y de como su ingenuidad y buen corazón me tienen cautivado. Nunca sé cuando va a aparecer en mi casa, pero lo que no tengo que preguntarle jamás es lo que quiere. Siempre llega ávido de sexo y casi sin mediar palabra se abalanza sobre mi arrastrándome al dormitorio.
Alguna vez le he dicho que estoy cansado o que ha sido un día muy duro, que estoy agotado y que no tengo ni fuerzas para levantar una pluma. Él hace un mohín de desagrado y con unas caricias lujuriosas deja claro que no se va a ir sin su ración de sexo. Y aunque me resisto un poco, siempre acabo cediendo. Al fin y al cabo no me está pidiendo nada desagradable. Y yo no soy de piedra.
La otra noche sonó el timbre del portero automático y su voz retozona me anunció que venía con más ganas de lo habitual. Yo tenía planteada una velada tranquila disfrutando del primero de los partidos del Madrid y del Barcelona. Iba a empezar ya y tenía las patatas fritas preparadas y una cerveza en la mano. Suspiré por lo que se avecinaba pero le abrí.
Nada más cerrar la puerta y sin dejarme decir nada me besó con cariño. Con la familiaridad de lo habitual. Nos sentamos en el sofá y le dije que iba a ver el partido, que se pusiera cómodo. Me miró con extrañeza y bufó un "futbol" que me dejó claro lo que pensaba sobre el deporte rey.
Mientras yo intentaba seguir los primeros compases del partido Alejandro apoyó su cabeza en mi pecho y me empezó a acariciar con suavidad. Yo me sentí encantado. Un partido de máxima rivalidad, una buena cerveza y un chico guapo metiéndome mano. ¿Qué más podía pedir?
Entre jugada y jugada yo le besaba. Primero suavemente, con cariño, como a un niño, y luego más intensamente, con deleite. Mi mano acariciaba su pelo y notaba su piel caliente sobre mi. Me preguntó por mi relación con Tony y si nos iba bien. No se conocen entre ellos pero los dos saben de la existencia del otro. No me gusta engañar a la gente.
Me preguntó si eramos novios. Le dije que no, que lo nuestro no tenía muy claro lo que era pero que nunca habíamos hablado de formalizarlo en algo más serio. Hacemos cosas que haría cualquier pareja pero luego tenemos nuestras vidas independientes. Y Alejandro se lo tomó literalmente, como siempre suele hacer, y levantando su cabeza y mirándome a los ojos me dijo que a él sí que le gustaría que lo fuésemos.
Me giré hacia él sorprendido. El partido dejó de tener importancia y me quedé mirándole atónito. No me esperaba esa declaración. Está claro que le gusto y que se encuentra cómodo conmigo, pero siempre pensé que no había nada más allá del plano sexual y una sensación de sentirse bien tratado.
Me quedé callado unos segundos y le respondí que no podía ser porque yo no estaba todavía preparado para una relación. Y nada más decirlo me di cuenta de que era cierto. Me entró vértigo de sólo pensarlo. Soy todavía demasiado frágil mental y emocionalmente como para atreverme a dar el paso de una relación. Si todavía estoy aprendiendo a vivir aceptando que soy gay ¿cómo me voy a entregar a una relación que necesita una confianza plena? No puedo. No ahora.
Sé lo tomó con filosofía pero me dijo que le gustaría intentarlo, que desde el primer día que me conoció y paseamos junto al río sintió algo especial, y que aunque nunca me lo había dicho yo le gustaba. Mucho. Qué me lo pensase.
Alejandro me gusta. Me gusta su ingenuidad. Me gusta su sonrisa. Me gusta lo transparente que es. Me gusta como se ilusiona con una canción nueva. Me gusta su coquetería y sus gestos excesivos. Me gusta que a pesar de que ha tenido una vida dificil tiene unas ganas enormes de vivir. Me gusta su punto de chulería que él cree que es rebeldía y que yo sé que es inseguridad. Me gusta como entra en éxtasis cuando baila. Me gustan sus gustos sencillos que él cree sofisticados. Me gusta cuando me mira en la cama y le brillan los ojos. Me gusta. Me gusta.
Pero somos opuestos. No tenemos ni un gusto en común. No le gusta el teatro ni las comidas sofisticadas. No le gusta leer ni el deporte. No le gusta el arte ni los museos. No le gusta el cine sino va acompañado de palomitas. No le gusta viajar ni soñar con destinos exóticos. No podemos compartir nada más allá del sexo y de sentirnos cómodos juntos. Si fuésemos pareja no duraríamos ni un mes. O él se ahogaría en mi mundo o yo me asfixiaría en el suyo. No puede ser. Yo lo sé. Lo veo claro. Pero él no.
Lo abracé emocionado y el partido desapareció entre caricias y besos que nos llevaron al dormitorio, que por un día se convirtió en algo más que una cama. De fondo quedó el sonido del televisor con la algarabía de los aficionados que jaleaban cada uno de nuestros besos.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Confusión
Desde pequeño he observado con curiosidad los grandes romances de las películas. Empecé con un viejo televisor en blanco y negro de catorce pulgadas que miraba asombrado cuando era niño. La llegada del televisor en color y un tamaño mayor me permitió pasar muchas tardes en el sofá devorando amores imposibles que a pesar de los obstáculos salían triunfantes frente a las adversidades. El cine me atrapó pronto y sus imagenes de besos desde la oscuridad de la sala engatusaron mi imaginación adolescente.
Paralelamente leí los grandes clásicos de la literatura. Romeo y Julieta me enseñaron que el amor está por encima de lo que piense la familia. Calisto y Melibea que este es éfímero y que puede truncarse en cualquier momento por un infortunio. El Cyrano de Bergerac novelesco me sumió en la tristeza del que no puede alcanzar su amor por un físico no agraciado. Con Tristán e Isolda lloré por un amor imposible separado por no romper las normas. Y Abelardo y Eloísa me demostraron el daño que puede hacer el odio de un tercero.
Esa ambivalencia entre los amores triunfantes del cine y los imposibles de la literatura me sumieron en un mar de dudas que se reflejaron en una prevención al enamoramiento. Quizá en el fondo confiaba que ese amor llegaría, pero un pesimismo por falta de autoestima lo silenciaba arrinconándolo al fondo de mi mente.
Entonces no lo sabía, pero parte de mi apatía romántica se debió a que estaba enfocado al sexo equivocado.
Han pasado ya muchos años desde que descubrí que el amor provocaba efectos impredecibles en las personas, pero que a pesar de ello todos lo desean. Ahora tengo 42 años y sólo puedo decir que no he estado enamorado. Nunca.
A finales de Julio os hablé de Tony y después de meditarlo mucho llegué a la conclusión de que yo no estaba enamorado. Desde entonces he pensado mucho en ello. ¿Cómo se sabe que uno lo está? ¿Te levantas por la mañana y hay pajaritos cantando en tu ventana al estilo Disney? ¿Qué es lo que se siente?
¿Por qué os cuento esto? Porque Tony me pidió que el viernes lo pasara con él y me quedara a dormir en su casa. No me había quedado nunca. Ni él en mi casa. Y acepté.
Hacía casi una semana que no nos veíamos porque él había estado enfermo, pero habíamos hablado casi todos los días. Nuestro encuentro fue apasionado. Ardoroso. Frenético. Nos besamos como si nos reencontrásemos después de un largo viaje. Y seguimos besándonos y acariciándonos durante horas. La noche se nos echó encima y continuamos en su cama hasta que no quedó una sábana sobre ella. Al final nos dormimos, agotados y abrazados.
La luz del amanecer nos despertó y con mi cabeza en su pecho nos susurramos durante horas entre caricias y sensaciones. Mis ojos cerrados disfrutaban del momento deseando que no acabase nunca. Por primera vez en mi vida me he encontrado totalmente relajado en brazos de otra persona. Me abandoné a sus palabras y sentí una paz interior como no había sentido antes. Han sido casi veinticuatro horas de felicidad absoluta.
¿Es esto amor o sólo la necesidad de encontrar un rincón donde descansar una mente torturada? No lo sé. No puedo discernir. No puedo razonar. No puedo juzgar. Sólo sentir y dejarme mecer entre sus brazos.
Estoy confuso.
jueves, 22 de julio de 2010
Tony
Tony dice que me conoció hace un año, antes del verano. Yo no lo recuerdo. Dice que me escribió un mensaje a mi perfil y que le respondí que me iba de vacaciones y que ya hablaríamos cuando volviese. La verdad es que no lo recuerdo.
En esa época yo me encontraba desconcertado, incapaz todavía de asumir todas las consecuencias de mi reciente aceptación como gay. Vivía en una dualidad mental que me mantenía en un carrusel entre la catatonia y el agobio. Quería conocer gente pero no me atrevía. Buscaba una palabra amiga y me pedían sexo. Necesitaba salir de mi y no me atrevía.
Fue a mediados de septiembre cuando me escribió de nuevo. Un mensaje corto. De saludo y reencuentro. Le respondí y empezamos a cruzarnos más mensajes. No se cuanto tiempo transcurrió hasta que quedamos por primera vez en persona. Tal vez un mes. Tal vez más.
Creo que fue a finales de octubre cuando un poco asustado me presenté en su casa. Vive en un pueblo cercano, a unos veinte minutos en coche de mi casa, y durante todo el recorrido mi cabeza no paraba de dar vueltas. No sabía que esperar porque yo mismo no sabía que quería. Era un paso al vacío sin saber si debajo había red para recogerme.
Había visto fotos suyas por supuesto, pero las fotos engañan. Mucha gente pone fotos fantásticas en sus perfiles pero que luego no se corresponden con la realidad. Las toman desde un buen ángulo y las terminan de arreglar con Photoshop. Así que si el gesto en las fotos no lo veo natural desconfío.
Tony me llamó la atención por su sonrisa. Y fue eso lo primero que vi cuando abrió la puerta. Se hizo a un lado y me invitó a pasar. Nos sentamos en el sofá y me ofreció algo de beber. Estuvimos charlando como media hora hasta que una caricia suya me rindió a él.
Han pasado nueve meses y prácticamente nos vemos todas las semanas. He tenido sexo con Tony más veces que con cualquiera de las novias que tuve. Con alguna duré más tiempo, pero no me hicieron disfrutar ni la cuarta parte que él.
Desde entonces hemos hablado mucho. Él me ha contado su vida y yo le he contado la mía. Hemos ido muchas veces al cine juntos y aunque casi siempre elijo la película yo nunca se queja. A pesar de que mis gustos cinematográficos son "alternativos".
Se podría decir que es el principio de un noviazgo. Pero no lo es.
Nuestra relación es extraña. Hay quién lo definiría como follamigos, pero creo que sería incorrecto, porque hay más parte de amigos que de sexo. Hemos alcanzado un nivel de complicidad muy alto y nos contamos casi todo, pero tenemos nuestras vidas independientes. Podemos quedar con otros chicos sin ningún reproche y luego cada uno se lo cuenta al otro (sin dar nombres, que no hacen falta) pero con la sencillez de la verdad. En realidad cuenta él más que yo, que suele tener mucho éxito.
Físicamente es lo opuesto a lo que sería mi chico ideal, pero sin embargo me ha cautivado. Y no se si es que siempre he sido así o con la edad voy cambiando, pero por muy guapo que sea un chico, si no es capaz de mantener una mínima conversación mi interés decae inmediatamente. Y Tony y yo hablamos a veces durante horas abrazados en la penumbra.
Hace poco mi mente, que nunca descansa, se preguntaba si me estaría enamorando de él. Nunca lo he estado y no puedo comparar, pero probablemente es lo más cerca que he estado de hacerlo. Pero creo que no, que no estoy enamorado.
Todo lo que tenemos de cercano lo tenemos de diferente. Tenemos la misma edad pero él es más tranquilo. A mi me gusta el deporte y a Tony no le va demasiado. Yo estoy descubriendo un mundo nuevo para mi y me encuentro con una ilusión y unas ganas desbordantes de salir los fines de semana y disfrutar la noche. Tony lleva ya 25 años haciéndolo. Yo soy un viajero impenitente y él es más casero y acomodado. Son demasiadas diferencias. No funcionaría.
Me preocupaba que él se enamorase de mi y yo no pudiese corresponderle. Se ha portado tan bien conmigo que no querría hacer nada que le doliese. Pero no puedo enamorarme si no lo siento.
Hace unos días me contó ilusionado que estaba perdidamente enamorado de un chico de otra ciudad. Llevan hablando unos meses y ya se habían visitado un par de veces. Me lo contaba con un brillo en los ojos y una sonrisa que le iluminaba la cara. Me alegré por él, aunque eso supusiese la posibilidad de dejar de vernos tan a menudo. Pero han discutido y la distancia ha hecho el resto.
Está triste aunque intenta no traslucirlo. Pero sus ojos no mienten. Yo le acaricio y al menos durante unos momentos se olvida y sonríe de nuevo. Con esa sonrisa. Con la que me cautivó.
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