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jueves, 31 de octubre de 2013

La sauna


El último sábado de junio me encontraba en Madrid. Llevaba toda la semana trabajando y disfrutando de la compañía de varios blogueros. Fui al teatro y a exposiciones, paseé por la abarrotada Gran Vía y me perdí entre las calles de Chueca y Malasaña, conocí Vallecas y disfruté de la compañía de mi amiga Roxana y sus amigos. Pero sorprendentemente el sábado todos tenían planes y desaparecieron dejándome solo, así que mi proyectado plan de conocer la vida nocturna de Chueca se desvaneció sin remedio.

Las calles estaban abarrotadas de grupos que reían ruidosamente y entré en algún bar a tomarme una cerveza esperando que algún chico guapo se fijara en mí y me rescatara de mi aburrimiento. Y de hecho lo hicieron. Concretamente dos. El primero era bajito y claramente latino, de sonrisa pícara y ropa juvenil. El segundo rubio, muy joven y con la ropa tan ceñida que mostraba más de lo que ocultaba. Los dos me pidieron dinero.

Cerca de la media noche decidí volverme a la pensión. Ya que no tenía plan para salir al menos me entretendría viendo el partido de fútbol de la final de la Copa Confederaciones. Brasil goleó a España y cada gol fue coreado con alborozo por un grupo de seguidores, supongo que brasileños, que desde el bar de abajo seguían el encuentro. Fue más divertido verlos a ellos salir a la calle a gritar desde la oscuridad de mi balcón que el partido en sí.

Y una idea me rondó por la cabeza. Ir a conocer una Sauna.

Había hablado de ello con Driver GT tomando unas cervezas el jueves. Yo nunca había ido porque no me llamaban la atención, pero convine con él en que las cosas hay que probarlas para poder opinar. Si a eso le sumamos que estuve viendo esa semana una obra de teatro llamada Sauna Paradise que me pareció bastante entretenida a la par que estimulante visualmente, entonces la semilla estaba sembrada.

A pesar de mis dudas y mi desconocimiento escogí, tras mirar por internet, la Sauna Paraíso en la que estaba inspirada la obra de teatro que vi. Estaba a unos diez minutos andando de mi pensión y las guías la indicaban como la más grande y lujosa de Madrid. Público variado pero predominantemente joven. Sonaba bien.

Aún con dudas sobre mi decisión compré una lata de cerveza por el camino a un latero chino para insuflarme ánimos. No tenía claro si era una decisión acertada y un par de veces estuve a punto de darme la vuelta arrepentido de mi excursión nocturna. Eran las dos de la mañana y yo paseaba con una cerveza hacia lo desconocido.

Trece euros fueron el peaje de entrada. Una toalla, unas chanclas y una llave de taquilla, todo empaquetado y servido a través de una ventanilla por un chico marroquí que me miró con desgana, mi atrezzo. En las filas de taquillas estrechas un par de personas me miraron de reojo mientras me desnudaba y me enfundaba la toalla. Dos veces pasaron junto a mi por el angosto espacio rozándome con sus cuerpos de forma ostentosa. Entendí entonces la estrechez del lugar.

Caminé por un pasillo porticado con ventanas a la piscina. Al otro lado tres hombres bastante mayores, sentados en unos butacones, me miraron fijamente evaluándome de pies a cabeza. Era como un desfile de modelos, pero en el que la ropa no es la preocupación de los asistentes. Al fondo unas duchas y un jacuzzi donde los chicos deambulaban como zombies mirándose unos a otros en silencio. Parecían decirse "no eres digno de mi".

Me di una ducha y entré en la sauna de vapor justo cuando salía una pareja. Me senté en la penumbra y esperé en vano que entrase alguien. Mi cuerpo aguantó menos que mi curiosidad. Otra ducha y a la piscina. Allí dos chicos, cada uno en una esquina fijaron su vista en mi entrepierna de forma descarada. En lo alto un chubbie me miró desde el ventanal donde estratégicamente habían puesto una fuente para beber. No sé si esperaban que me acercase yo a ellos o simplemente decidieron que no era la persona adecuada, pero se quedaron en sus rincones mientras yo me sentaba agradeciendo el frescor del agua.

No había demasiada gente y pensé que quizás no era el día ni la hora adecuada, así que me dirigí hacia el bar a tomarme una cerveza y hacer tiempo. En un ordenador junto a las taquillas un chico de unos 30 años consultaba el facebook ensimismado y en el jacuzzi un par de osos se lo estaban montando bajo la atenta mirada de un tercero.

Desde mi banqueta vi pasar más gente que desaparecía tras una cortina oscura que no había visto al entrar e imaginé que tras ella había un cuarto oscuro. Entraban y salían sin parar como si fuese la boca del metro y recuerdo que pensé que no debía estar demasiado animado. Intenté acercarme al jacuzzi pero a los dos osos se había sumado un tercero que intentaba, sin demasiado éxito, participar del ejercicio sexual. Dejaban poco espacio. Para él y para mi.

Entré a la sauna seca un rato y regresé a la piscina acalorado. Un hombre me miró insistentemente pero no supe deducir si quería que me acercase o simplemente era el único en el que podía fijar su mirada. Perdí su atención en cuanto entró otro hombre que sin dudarlo se dirigió hacia él. No tardaron en empezar a manosearse y animarse. Sentado justo enfrente de ellos tuve la sensación de que estaban escenificando un número porno sólo para mi. Entretanto algunos más entraron a la piscina y se fueron rápidamente.

Cerré los ojos y me relajé descansando mis doloridos músculos, agarrotados de toda la semana de trabajo. El desfile continuó. Hombres mayores con ansias en sus ojos y treintañeros dignos que miraban por encima del hombro a los demás.

Unos chavales jóvenes recién llegados se metieron al cuarto oscuro sin dudarlo por otra puerta que tampoco había visto antes, así que antes de que terminara de arrugarme del todo decidí cruzar esa puerta y descubrir lo que ocultaba. Para mi sorpresa no estaba oscuro sino que una luz violácea iluminaba un pasillo desde el que se abrían varias puertas. Apiñados en el corredor unas quince personas paseaban arriba y abajo mirándose unos a otros sin hablar. Me pareció un poco deprimente ese silencio y lo recorrí rápidamente mientras veía en alguna de las cabinas abiertas cuerpos desnudos esperando caridad. Al fondo más sillones ocupados por algunos que habían dejado caer la toalla y se acariciaban de forma que a ellos les parecía provocadora. Para entonces mis deseos se habían ya esfumado totalmente y salí por la cortina del bar camino de las taquillas.

Eran las cinco y media de la mañana y empezaban a llegar los más jóvenes después de una noche de discoteca sin éxito. Mientras me vestía un jovencillo se puso a mi lado a desnudarse sin parar de mirarme. No me habría importado irme con él, pero mi libido se había esfumado ya hacía rato. Me recordó a los chicos que me pidieron dinero hacía unas pocas horas. Le sonreí con un encogimiento de hombros y salí al frío de la noche.

No sé si fue el día, el público, lo aséptico del ambiente o el silencio sólo roto por las miradas, pero en ningún momento me sentí con ganas de lanzarme a algo más que relajarme en el agua. Quizás fuese yo el que no estaba preparado. Quizás lo imaginaba diferente.

Como lugar lúbrico fue decepcionante, pero como spa me pareció una buena opción para relajar a un turista cansado y aburrido.

Supongo que en la entrada les dará igual como lo uses...mientras pagues.



martes, 12 de julio de 2011

Un hotel diferente


Después de darme una ducha que eliminara los efectos del aguacero bajé a la piscina del hotel, pues el cielo se había aclarado y las estrellas sobre el agua iluminada invitaban a relajarse. El agua estaba fresca y me sumergí dejándome llevar hasta el otro extremo donde emergí bajo una cascada de agua que enmarcó mi rostro. Dos chicos jóvenes jugaban en el agua con una pelota y yo, sin mis gafas, intentaba adivinar sus rostros. En la barra un chico japones charlaba con los camareros, y sentados en una mesa, una pareja de diferente edad conversaba animadamente. Cerré los ojos y escuché el sonido de la noche.

Ya más relajado empecé a investigar un poco las instalaciones del hotel. Era la primera vez que estaba en un hotel exclusivamente para clientes gay y no sabía que me iba a encontrar ni como comportarme. Un jacuzzi burbujeaba tentador y mis piernas cansadas reaccionaron al contacto del agua caliente con una sensación de bienestar general.

Un rato después me dirigí a la sauna. Allí me encontré a los dos jóvenes de la piscina hablando animadamente. Parecían alemanes y aunque me echaron una mirada, siguieron conversando ajenos a mi presencia. Duré diez minutos escasos bajo ese calor agobiante y salí para entrar en la sauna de vapor contigua. No había casi luz y tuve que ir tanteando las paredes para situarme. Buscaba un sitio donde sentarme, pero sin gafas y bajo esa luz mortecina no fui capaz de encontrar ninguno. De repente noté una mano en mi pecho y di un respingo sobresaltado. Creía que no había nadie dentro y la impresión me hizo recular contra la pared. Pero la mano me siguió y me acarició suavemente hasta llegar a mi cara. Unos labios la siguieron y mi respiración entrecortada tembló ante sus besos.

Noté su lengua en mi cuello y su mano recorrió todo mi pecho lentamente mientras descendía con un propósito claro. Y entonces le vi. Su marcados rasgos malayos y su cuerpo musculado denotaban muchas horas de gimnasio. Tenía unos treinta años y unos dientes blancos que bajo la escasa luz brillaban como estrellas. Deshizo con habilidad el nudo de mi bañador y su mano se perdió en mi entrepierna.

Le dejé hacer mientras me besaba y yo acaricié su pecho fornido sintiendo su respiración en mis dedos. Entonces me susurró al oído unas palabras que tardé unos segundos en identificar, pues en esos momentos mi capacidad de razonar en otro idioma se encontraba francamente disminuida. Quería saber si era activo o pasivo. Le respondí también entre susurros y me sonrió, me dio un beso y se alejó entre los vapores perdiéndose en la oscuridad.

Me anudé el bañador y salí de la sauna, sudoroso y con el corazón palpitando. Todavía un poco confuso salí por el extremo contrario y allí descubrí unos cuartos con colchonetas preparados para que los más fogosos se dirijan de la sauna a un sitio más íntimo si lo necesitan. Nunca he estado en un cuarto oscuro ni en una sauna gay, pero imagino que será algo parecido a ese lugar.

Subí a mi habitación y tomé otra vez una ducha fría que compensara la ebullición que sentía por dentro. Me senté en el ordenador y al igual que hice en Saigon, actualicé mi perfil indicando que estaba en Siem Reap.

Y disponible.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Alejandro

 

Alejandro me escribió a principios de marzo con un divertido mensaje. Había visto mis fotos y leído mi larga descripción en un perfil de los que tengo desparramados por internet. Cruzamos unos correos y descubrimos que no vivíamos lejos uno del otro. Me propuso quedar y conocernos. Dudé. En aquellos días yo tenía la cabeza a punto de explotar y los nervios a flor de piel. Pero necesitaba salir de casa y acepté.

Antes de quedar me preguntó que si le apetecía besarme por la calle que haría yo. Me quedé paralizado y le expliqué que prefería que no lo hiciera, que no me encontraba todavía preparado para demostraciones públicas de afecto. Le ofrecí quedar en un bar para tomar algo pero me dijo que prefería pasear. Semanas después me enteré que le acababan de despedir del trabajo y no tenía dinero ni para tomar una cerveza.

Y acudí a su encuentro.

Mi primera visión de él fue recostado en un coche, pensativo y jugando con una llave en la mano. Levantó su cabeza, me vio llegar y sonrió. Le devolví la sonrisa y comenzamos a andar. Nuestros pasos se encaminaron hacia el río y paseamos léntamente por su orilla. A esa hora no había demasiada gente y la fresca brisa hacía que se apresurasen en regresar a casa, pero a mi sentir el frío en la cara me devolvió parte de la vitalidad perdida.

Alejandro tiene 23 años, un piercing en el labio superior y una sonrisa preciosa. Mientras andábamos le miraba a los ojos y descubrí un brillo de alegría contagioso que me encandiló. No paró de hablar. Me contó cosas de su vida y de sus amigos. Me habló de sus series favoritas y de la música que escuchaba. Y sus palabras fueron un bálsamo de tranquilidad. De vez en cuando nos cruzabamos con una pareja acaramelada y los miraba con envidia. Tras pasar una de ellas. Me paré y los seguí con la mirada. Y sin pensarlo le pregunté que si lo de besarme iba en serio. Me sonrió. Me cogió la cabeza y me besó allí mismo.

Fue mi primer beso en un sitio público. En ese momento me dio igual que me viesen. Cerré los ojos y me dejé llevar. Fue una sensación maravillosa.

Desde entonces nos hemos visto muchas veces. Suele venir sin avisar a casa y cuando le abro la puerta su sonrisa ilumina todo a su paso. Tiene un temperamento fogoso y nada más cerrar la puerta se lanza sobre mi y me arrastra a la cama. Lo paso bien con él aunque le encanta el sexo rápido y sin preliminares. Tiene una ingenuidad que me desarma y a pesar de su edad su comportamiento es el de un adolescente. Muchas veces me sorprendo de sus razonamiento tan pueriles y aunque intento explicarle que la vida no es tan simple la mayoría de las veces desecha mis argumentos con una sonrisa pícara e incrédula.

El lunes apareció una vez más por sorpresa, me besó y tras cerrar la puerta me llevó de la mano al dormitorio. Lo pasé bien, como siempre, pero una vez más le intenté explicar que el sexo puede ser todavía más placentero si se disfruta con tranquilidad, y que unos preliminares de besos y caricias pueden hacer más excitantes los momentos posteriores. Se rió, como hace siempre, y con una sonrisa me dijo "lo que pasa es que tu estás falto de cariño". Me quedé sin habla y no atiné a responderle.

Porque lo que me dejó sin habla es que probablemente tenía razón.

lunes, 11 de octubre de 2010

Ambiente (1ª parte)


Fui por primera vez a la zona de ambiente un sábado de febrero. No se que imaginaba que sería pero era un paso que me costaba mucho dar. Podían verme entrar en uno de ellos o incluso algo peor, encontrarme con alguien conocido. ¿Cómo explicarle entonces lo que hacía allí? Se que hay gente que siendo hetera se acerca de vez en cuando por esos bares, pero siempre acompañando a algún amigo que sí es gay. Pero yo no tenía con quién ir. Y lo retrasaba una y otra vez.

Ese sábado quedé con un grupo de amigos para irnos a cenar. El vino corrió a sus anchas y los brindis de chupitos se repetían entre risas cada vez más ebrias. Seguimos divirtiéndonos y tomando copas en un bar cercano y los alcoholes fuertes abarrotaron la mesa de vasos vacíos.

Sobre las dos de la mañana decidieron irse a dormir. El estar todos casados y la mayoría con hijos hizo que las noches de juerga loca se acabaran hace ya muchos años. Mientras andaba hacia mi casa, solo y pensativo, una idea loca me vino a la mente. ¿Y si me atrevía a ir a un bar de ambiente? Estaba muy cerca y me caía de camino. El alcohol me dio el valor que de normal me faltaba.

Entré en el primero que vi. En mi ciudad el número de bares de ambiente se puede contar con los dedos de una mano y aún sobra alguno. Y de este me había hablado un chico por messenger.

Entré un poco intimidado y examiné a la gente que había por si veía a alguien conocido. Me acodé en la barra intentando pasar desapercibido y me tomé una copa de bourbon. Estuve como una hora mirando a la gente con disimulo. No se por qué pero me imaginaba que sería un bar como los de los heteros pero con las parejas del mismo sexo. Pronto me di cuenta que el público era prácticamente masculino y casi no había chicas. Y eso me chocó bastante. Ahora sé que hay bares para gays y bares para lesbianas, pero entonces no lo sabía.

Me pedí otra copa y a pesar de que estaba un poco asustado y temeroso me gustó ver como se besaban muchas parejas. De chicos. Me hizo sentirme a gusto, aunque casi no levantaba la mirada de mi bebida. Al cabo de una hora me cambié de bar y me fui a otro que había oído que a esas horas estaba más animado. Y lo estaba. Abarrotado. Crucé entre el gentío y busqué de nuevo la salvación de la barra. Me pedí otra copa y observé a la gente bailar y reir, saltar y cantar, disfrutar y sentir.

La siguiente hora casi no la recuerdo. La cantidad de alcohol que llevaba ingerida desde la cena me nubló la vista, la memoria y el sentido. Pero recuerdo cuando encendieron las luces de la sala para cerrar y entre la bruma apareció Dave. Aún no os he hablado de él nunca, pero lo haré en el futuro.

Con cara de asombro se me acercó y me dijo que no se terminaba de creer que estuviese allí. Creo que le respondí algo, me pasó un brazo por el hombro y me sacó fuera. Pidió un taxi y me acompañó a casa. Eso es lo último de lo que puedo acordarme.

A la mañana siguiente me desperté en mi cama y entre los gemidos de una resaca de garrafón recordé a Dave en el taxí conmigo. Le mandé un mensaje y me llamó. Me dijo que me había llevado medio borracho a casa, que nos metimos en la cama los dos y que antes de que pasase nada me quedé dormido en sus brazos.

El se despertó antes porque tenía que trabajar y se había ido hacía ya un par de horas, pero entre las sábanas apareció parte de un piercing que le arranqué del pezón en el frenesí alcóholico. Lo miré y sonreí.

Y luego me tomé una aspirina antes de meterme en la cama de nuevo.

domingo, 27 de junio de 2010

Mi hermana


 Hablar con mi hermano fue una eclosión de tensión contenida. Fue como notar la explosión de un volcan nadando en la lava y luego subir y subir por los aires hecho pedazos. Luego, al terminar, todo se va enfriando y en las mejillas quedan las coladas de lágrimas congeladas.

Acudí al trabajo al día siguiente con los ojos enrojecidos por una noche agarrado a la almohada. Mis compañeros al verme rieron y bromearon sobre porqué estaba en ese estado. Yo no tenía fuerzas para hablar y sólo sonreí. Una sonrisa de compromiso, triste y deslucida. Y eso les confirmó aún más sus suposiciones y las bromas continuaron durante toda la mañana.

Mientras intentaba concentrarme al menos un poco en lo que hacía, me llegó un mensaje de mi hermana. Ella es mayor que yo. Me saca cinco años y mucho caracter. Y me preguntaba sobre que quería hablar con ella. Le respondí que de nada importante y ella me pidió que le adelantase algo para ir ganando tiempo.

La conozco y se que nunca hace preguntas casuales. Algo sospechaba. Probablemente no sabía el qué, pero había deducido que si la citaba no era para enseñarle las máscaras venecianas que había comprado. Y me empezó a presionar. Me dijo que igual no podía ir en bastante tiempo para ver si yo aflojaba y le daba alguna pista. Le dije que daba igual, que no había prisa. Después utilizó la vena irónica riéndose de mi secretismo. Y yo le seguí la broma hablando de teorías conspiranóicas y que no podía poner nada por escrito.

Era una batalla dialéctica en la que los dos, con mensajes distendidos, sabíamos que hablabamos de algo diferente a lo que escribíamos. Y jugó la baza de mi sobrina. Me dijo que no tenía con quien dejarla y que se vendría con ella. Total, es mi ahijada y así la veía. Esto era un órdago con todas las de la ley. Ella sabía que si el tema era importante mi sobrina no nos dejaría hablar. Tiene nueve años y no para quieta. Era una prueba para comprobar el nivel de trascendencia de lo que quería decirle. Y lo jugó muy bien. Tuve que decirle que no la trajera con una excusa muy poco creible. Ella había ganado y los dos lo sabíamos. Mi mensaje de cita intrascendente había alcanzado el nivel de declaración inaplazable. Vendría el viernes.

Pasé la semana en un estado de ansiedad incontrolable. Daba igual que ya hubiese hablado con mi hermano y todo hubiese ido bien. Era empezar de nuevo y mi corazón latía a mil cada vez que pensaba en ello. Me sumergí en el trabajo para distraer mi mente y pasé las horas en el gimnasio quemando adrenalina. Y llegó el viernes.

Se presentó a la hora, sin mi sobrina y con una sonrisa. Y me dijo que le enseñase las novedades de mi casa. Sabía que yo necesitaría tiempo para decir lo que fuese que tenía que contarle y me lo dio con la excusa de la visita turística.

Al cabo de media hora nos sentamos en los sofás en la misma posición que lo hicimos mi hermano y yo cuatro días antes. Y me preguntó sin ambages y con un toque de humor por ese tema tan "secreto". Yo empecé a dar los mismos rodeos que la otra vez. Alargué las frases y amagué el tema sin atreverme a decir las palabras fatídicas. Ella sonreía y esperaba paciéntemente. Y al fin lo solté: Soy gay.

Sonrió y me dijo que no pasaba nada, que le parecia perfecto. Que no me preocupase. Me dijo que con tanto secretismo había pensado que estaba enfermo o que tenía algún problema de drogas o que había dejado embarazada a una chica. Pero que fuese gay le parecía fantástico.

Estuvimos hablando casi dos horas. Hablamos de mi y de como lo había pasado. De si se lo había contado a alguien. De que era tonto por habérmelo callado tanto tiempo y de que tenía que haber hablado con alguien y no sufrirlo en silencio.

Me contó que ella tenía amigos gays y que más de una vez había ido a bares de ambiente con ellos. Eso me hizo gracia. Yo aún no me atrevía a ir, no había pisado ninguno y ella había estado en todos. Hizo la charla muy distendida y por fin pude soltar la tensión acumulada.

Ya era de noche cuando se fue, diciéndome con una sonrisa irónica que "lo gay está de moda y ahora puedo presumir de hermano gay".

Cerré la puerta, me recosté en ella y sonreí.

martes, 8 de junio de 2010

Mi hermano



Estuve toda la semana nervioso porque mi hermana iba a venir el viernes a casa y tendría que dar la cara por fin. Los días pasaban y yo cada vez estaba más nervioso. Imaginaba la escena una y otra vez. Pensaba en cómo se lo iba a decir. Si de golpe nada más entrar (hola, mira que te he hecho venir porque soy gay) o si se lo iba a insinuar para que sacase sus conclusiones.

Aún estaba con esas disquisiciones mentales cuando el jueves sonó el teléfono y mi hermana me dijo que no podría venir, que a mi sobrina la habían elegido para una función del colegio y que tenía que acudir a la representación. Le respondí que no importaba, que no era urgente, pero nada más colgar noté como la tensión acumulada durante toda la semana se escapaba por mis poros. Me senté en el sofá y me quedé mirando el televisor apagado.

Pasé el fin de semana en casa, sin hacer nada. Después de la angustia de la semana, la frustración me convirtió en un inválido emocional. A ratos miraba por la ventana viendo pasar la gente y pensando si alguno de ellos escondería algo que quisiera confesar. Los miraba pero solo veía caras felices. Veía parejas sonriéndose y niños jugando. Ninguno parecía tener ningún problema. Vivían en un mundo perfecto.

El lunes fui a trabajar como todos los días. Con mi mejor cara y dispuesto a ser el más simpático de los compañeros. Participé en las bromas y reí los chistes. Acudí a las reuniones y aporté soluciones. Todo perfecto, salvo que por dentro estaba vacío.

Y entonces me llamó mi hermano para decirme que a la salida del trabajo pasaría por mi casa para hablar conmigo. Me preguntó si le podía adelantar el tema para ganar tiempo. Le dije que no, que no podía hablar en ese momento, que luego se lo contaba, pero que no era importante. Lo dije para que no se preocupara, pero el que estaba preocupado era yo. Me cogió por sorpresa que viniese esa tarde. No estaba preparado. Pensaba que vendría el fin de semana o así. Pero no ahora.

No había preparado nada, ni había previsto como hacerlo. No sabía como afrontarlo. Empecé a pensar si no sería mejor buscar alguna excusa y decirle que no viniera, o qué le podría contar en lugar de decirle la verdad. Empecé a sudar y me fui a casa corriendo. Quedaba menos de una hora para que llegase y no sabía ni como empezar.

Mi hermano tiene tres años menos que yo y es el más pragmático de la familia. No nos parecemos en nada, ni en caracter, ni en el físico. Somos tan diferentes que nadie se cree que somos hermanos. Y aunque me saque un palmo de altura para mi siempre será "el pequeño".

Llegó a su hora, como siempre, muy puntual.  Entró en casa y me preguntó directamente sobre que quería hablar. Es muy directo y siempre va al grano. Nos sentamos enfrentados en los sofás y empecé a hablar. O al menos lo intenté. Empecé a divagar. A darle vueltas a las frases. A marear la perdiz. Le dije que quería contarle algo. Que hacía tiempo que lo quería hacer. Que para mi era importante. Que nunca encontraba el momento. Un montón de frases rodeando la verdad. Le daba vueltas y vueltas a las palabras y alargaba los razonamientos. Todo para no enfrentarme al momento decisivo.

Mi trampa era perfecta. Yo la había creado y no podía escapar de ella.

Entonces me interrumpió y me dijo que no sabía lo que le iba a decir pero que fuese lo que fuese que no iba a cambiar nada, que eramos hermanos y que lo seguiríamos siendo después. Noté como la emoción recorría todo mi cuerpo. La sangre fluyó a borbotones dentro de mí y me congestionó la cara. Se me hizo un nudo en la garganta y casí me eche a llorar. Abrí la boca para respirar y contener las emociones. Y entonces se lo dije: Soy gay.

Sonrió. Simplemente sonrió. Estuvimos hablando durante una hora. Y me dijo que le parecía bien. Que tenía varios amigos homosexuales y que a su boda había ido una pareja gay que se iba a casar pronto.  Para él era más normal que para mi. Yo era el que no había conocido gays antes, no él. Me pidió permiso para contárselo a su mujer y le dije que sí, por supuesto, pero que no se lo dijera a nadie más de momento.

Se fue a su casa y cuando cerré la puerta me invadió una oleada de emociones. Estaba agotado pero a punto de explotar. Era una mezcla entre rabía contenida y alegría. Mi cuerpo no sabía muy bien que hacer y me senté en el sofá a rememorar el momento.

Lo había hecho. Al fin.

martes, 18 de mayo de 2010

Desgarrando el alma


Mi segundo intento de salir del armario se produjo en agosto. Vista mi incapacidad para hablar con mis hermanos decidí intentarlo por otro lado. Todos los años solemos coincidir un grupo de amigos en la playa durante la primera quincena de agosto. Los conozco desde hace más de 30 años y aunque cada uno vive en una ciudad diferente solemos mantener el contacto y reunirnos dos o tres veces cada año. La principal de ellas en verano. Son mis amigos más antiguos y los mejores que tengo.

El día elegido era una noche que salimos a cenar todos, lo que es bastante dificil porque ya tienen hijos la mayoría y es dificil coincidir. Después de cenar fuimos a un bar en la playa con un estilo chillout a tomar unos mojitos. Ese debía ser el momento apropiado. Y mientras tomaba mi primera copa haciendo acopio de fuerzas y valor surgió el tema de la homosexualidad. No se quien lo sacó ni como fue, pero antes de cinco minutos los chistes surgieron y a partir de ahí el nivel de los comentarios fue subiendo por momentos. Yo me quedé bloqueado escuchando, y como el día con mis hermanos me fui hundiendo cada vez más en un proceso autodestructivo. No abrí la boca en el resto de la noche.

A la mañana siguiente, uno de mis amigos, Nathan, me preguntó si me había enfadado por algo. El no había notado nada la noche anterior, pero mi amiga Stella si se fijó. No me dijo nada pero se lo comentó a Nathan. Le respondí que no, que eran cosas mías y que no me había enfadado con nadie. Y lo dejamos correr. Y los días del verano pasaron y no lo volví a intentar.

Un mes más tarde, en septiembre, nos volvimos a reunir todos un fin de semana. En este caso en la montaña. Es una costumbre que hemos instaurado desde hace unos 6 años más o menos. Son las fiestas del pueblo donde vive Stella con su marido, y subimos a comer bien, a disfrutar de las fiestas, a hacer alguna excursión y a respirar un poco de aire puro. Y decidí volver a intentarlo.

La primera noche fuimos a cenar a un buen restaurante de la zona. Un menú degustación con platos de autor, al estilo de El Bulli. Los platos iban saliendo y los comentarios a cada uno se sucedían. Unas veces con admiración, otras con sorpresa y otros con indiferencia. La conversación estaba muy animada aunque yo no participaba demasiado. Estaba en tensión, buscando el momento adecuado para sacar el tema. Pero los platos se sucedían y yo no me lanzaba.

Poco a poco me di cuenta de que una vez más la situación me superaba y que no tendría el valor de decir nada. Una vez más. Estaba hundido y desgarrado por dentro. Casi no podía ni comer y la cabeza me daba vueltas. En mi vida había sufrido un momento de dolor como ese. Y lo que me dolía era el alma.

Terminamos de cenar y fuimos a la plaza del pueblo donde las fiestas estaban en su apogeo. La gente bailaba y reía con la música y yo casí no me podía tener en pie. Dejé a mis amigos en una barra pidiendo unas copas y me fui a una calle lateral a intentar tranquilizarme. Casi no podía respirar. Me senté en un mirador y dejé que el aire frío de la montaña me diera en la cara. Y entonces llegó Nathan.

Ni me di cuenta de que venía detrás mío. Más adelante me contó que estaba totalmente pálido y con la cara desencajada y que se asustó y me siguió. Me preguntó si me pasaba algo. Y le respondí que no. No se lo creyó. Volvió a preguntar y me dijo que si era por una chica. Le contesté que no era por una chica. Y fue entonces cuando hizo la pregunta. ¿Es por un chico?... Y en ese momento me derrumbé totalmente. Me eché a llorar y le dijé que sí. Que era gay. Y que estaba roto por dentro.

Se quedó en silencio y me dejó llorar y sacar todo lo que tenía dentro de mí. El dolor, la rabia, la frustración, la soledad. Pasaron unos minutos en que estuve llorando incontroladamente y cuando conseguí controlarme estuvimos hablando un rato. No recuerdo mucho de esa conversación.  El dolor que sentía mezclado con el alcohol han convertido en brumosa esa parte. Pero si recuerdo que le pedí que no dijera nada a los demás, que guardara el secreto porque estaba totalmente vacío por dentro. Prometió guardar el secreto y regresamos a la fiesta. Aunque yo no pude disfrutarla.

Tan grande fue el dolor y la catarsis de esa noche, que aún ahora, mientras escribo, las lágrimas mojan mis mejillas.

jueves, 6 de mayo de 2010

Lanzándome a la realidad


Fue en abril de 2009 cuando cuando a través de una web de perfiles un chico me envió un mensaje. No vivía en mi ciudad, pero estaba relativamente cerca. A una media hora en coche de mi casa. Me pareció simpático e intercambiamos varios mensajes. Parecia una persona cariñosa y sus primeros mensajes fueron tranquilizadores. Se llamaba Luke.

Habían pasado 5 meses escasos desde que me di de alta por primera vez en una web de estas y sólo siete desde que admití en voz alta que era gay. Y durante ese tiempo había hablado con alguna gente que me había escrito. Ellos a mí, que yo todavía no me atrevía a escribir a nadie. Con la mayoría al cabo de unos pocos mensajes la relación se extinguía. A veces era yo el que dejaba pasar el tiempo y espaciaba los mensajes porque no me interesaba demasiado la persona. Pero la mayor parte de las veces eran ellos los que me dejaban de contestar. Sobre todo cuando les preguntaba por ellos, por sus gustos, por sus aficiones. Quería que me contaran como eran... Pero ellos no querían claro. Solo querían sexo, no conversación. Que ingenuo era.

Con Luke fue diferente. Me contó que era médico y que tenía 35 años. Que era soltero, pero que había tenido varias relaciones, aunque ninguna había funcionado. Que le gustaba la montaña y el senderismo. Solía hacerse escapadas por el monte para respirar y escaparse del trabajo. Y entonces me lo propuso. Quedar.

Me asusté. Sabía que ese momento tendría que llegar en algún momento, pero no estaba preparado para ello. Era una idea remota, algo que iba a pasar. Pero en un futuro. No ahora.

Me dijo que se acercaría hasta mi ciudad y que podíamos quedar en un bar, tomar algo y conocernos. Charlar y que ya veríamos luego. Por un lado quería quedar con él. Conocer a alguien más allá de internet. Dar el paso de una vez. Pero por otro lado estaba aterrorizado. Quedar con alguien por primera vez era como otro reconocimento implícito de lo que era. No sólo decírselo a una pantalla de ordenador, sino a una persona real.

Lo hable con Flavio y me animó a quedar con Luke. Me dijo que me haría bien. Que tenía que salir de casa y descubrir un mundo nuevo ahí fuera. Y le hice caso.

Quedé con Luke el siguiente sábado por la tarde. A las 20.30 en un pub temático. Un sitio acogedor y con una decoración curiosa. Así tendría algo de que hablar al principio para romper el hielo. Sobre todo porque no sabía como iniciar una conversación con mi primera cita. A esa hora normalmente el sitio está medio vacío. Eso permite que la gente no esté apretada y las conversaciones sean más o menos privadas. La luz es ténue pero suficiente. Crea atmosfera. Y me puse a esperar a que llegase el día.

Fue una semana de nervios. Casí no dormí y pasaba el día imaginando mil y una maneras de presentarme cuando nos conociéramos. Le daba vueltas a que iba a tomar, como iba a ir vestido. Si casual para que fuese más distendido el encuentro o si formal para aparentar más elegancia. Como un adolescente en su primera cita.

Y llegó el gran día. Me tumbé a dormir la siesta para llegar descansado pero no pude pegar ojo. A partir de las siete me empecé a arreglar. Me afeité con todo cuidado y me duché con agua hirviendo. Me acicalé con todos los productos que tenía y me puse mi mejor perfume. Y me fui con tiempo para llegar antes que él.

Estaba lloviendo a mares y por el camino solo pensaba en no mancharme la ropa ni los zapatos. Quería mostrar la mejor versión de mi. Llegué quince minutos antes de la hora y elegí una pequeña mesa en un rincón. La luz era suave y las sillas eran banquetas altas, como de barra. Así no me revolvería nervioso en una silla normal y podría moverme y disimular mi desasosiego. Me pedí una cerveza y esperé.

La gente iba entrando al pub y buscaban con la mirada una persona o un sitio donde sentarse. Yo escrutaba cada rostro que entraba y buscaba los rasgos que había visto en la foto que me mandó. Pero no le veía. El bar se iba llenando por momentos. La gente escapaba de la lluvia y se refugiaba en los bares. Me pedí otra cerveza con los nervios ya a punto de estallar. Y seguí esperando.

Le esperé media hora y no apareció. Saqué el móvil y le llamé. Pensé que como el pub estaba ahora lleno no nos habíamos visto e igual estaba en otra esquina igual de nervioso que yo. Me lo cogió después de sonar un buen rato y le pregunté que dónde estaba. Y me dijo que le había salido una cosa que hacer y que no había podido ir. Que estaba en su casa. Que se le había olvidado llamarme. Que podíamos quedar otro día. Colgué y salí a la calle. Ya me daba igual que estuviese lloviendo y me mojase entero. La lluvia me resbalaba por la cara. Junto a mis lágrimas.

domingo, 25 de abril de 2010

Mi primera web


Fue en las navidades de 2008 cuando accedí por primera vez a una página de perfiles gay. Creo recordar que fue el 29 de diciembre. No hace ni año y medio de eso.

Fueron unas navidades deprimentes para mi. Estaba nervioso, confundido. Y encima tenía que poner buena cara y fingir que no pasaba nada. Hice una gran interpretación esos días. Que gran paradoja. Una interpretación de Oscar y precisamente por eso nadie se enteró. Fui simpático, ocurrente y solícito. Parecía el más feliz de todos. Incluso me lo comentaron. Que qué bien me iba. Que se me veía radiante. Que como me envidiaban lo bien que estaba... Y estaba destrozado.

No se como llegué hasta allí. Si fue un anuncio que vi, una busqueda consciente o el azar, pero recuerdo que me planté delante de la página y pensé en echarle un vistazo. Algo así como "no pasa nada por mirar" y "serán sólo un par de minutos". Hacía un par de meses que había admitido por primera vez que era homosexual, pero aún así tuvo que pasar ese tiempo para asimilar lo que significaba. Y me faltaban todavía unos cuantos pasos para reconocerme como gay.

Pero para entrar hacia falta registrarse y crearse un perfil. Dudé. Dudé un buen rato delante del formulario vacío. Y decidí "que como sólo quería mirar" no hacía falta poner datos ciertos más alla de lo estrictamente necesario. Rellené lo básico y rescaté una vieja direccion de correo que no utilizaba hacía mucho para poder recibir el enlace que activaría mi cuenta. No quería utilizar nada que pudiera identificarme. Vívía entre la vergüenza, el miedo, el reconocimiento y la curiosidad.

Una vez dentro empecé a curiosear. Primero al azar. Leía perfiles de todas partes y miraba las fotos. Cuando alguno me llamaba la atención me fijaba de donde era. Y todos eran de sitios lejanos. Filtré entonces los datos y me centré en los alrededores del lugar donde vivo. Aparecieron bastantes perfiles. Los dos minutos que iba a estar se conviertieron en un par de horas. Miraba un perfil detrás de otro. Yo no había puesto foto ni nada que me identificase, pero miraba los perfiles con la secreta ilusión de encontrar a alguien a quien conociese. No hubo suerte, pero descubrí que había más gente de la que yo pensaba. Y que algunos estaban tan asustados como yo. Y fue entonces cuando recibí el primer mensaje.

El sonido de la recepción del mensaje me sobresaltó. No sabía si había hecho algo incorrecto, si había sobrepasado algún límite o intentado entrar en algún sitio no permitido. Lo último que esperaba en ese momento era que un desconocido me escribiese. Ni se me había pasado por la cabeza. Cuando por fin identifiqué lo que era miré el mensaje con incredulidad. Lo abrí con sorpresa y vi un lacónico "Hola". No sabía que hacer. Mire su perfil y no lo conocía de nada. Ni siquiera era de mi ciudad. ¿Por qué me saludaba entonces? Tenía 40 años pero mi comportamiento rayaba la ingenuidad total. Asombrado le respondí con otro mensaje. Hola. Nada más. No sabía que ponerle ni que decir. Pasé casi 20 minutos esperando una respuesta. Y esta no llegó.

Cerré la web con una sensación de desaliento y abatimiento. Me dije a mi mismo que ese tipo de web no era para mi. Que yo no iba a poner datos de verdad como había visto hacer a otros. Alguno ponía su nombre e incluso fotos. Para mi era inconcebible. Y además no iba a volver a entrar en ella. Porque yo no era gay.

Por supuesto entré de nuevo al día siguiente.