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viernes, 10 de mayo de 2013
Una vida de cine
No recuerdo cuando fue la primera vez que fui al cine pero no debía levantar más de dos palmos del suelo.
En los 70 mi padre era pluriempleado en Barcelona y cuando los dos necesitaban ausentarse a la vez nos compraban entradas para las sesiones dobles del cine del barrio. Eran cines muy baratos, de reestreno y sesión continua y no importaba cuando entrases porque las emitían en un bucle que a mi se me hacía infinito. Mi asombro por las imágenes hacía que me diese igual no contemplar el comienzo pues sabía que lo iba a ver después. El orden no era importante, las imágenes sí. Así viví aventuras en el ártico viendo "Estación Polar Cebra" y quise ser Espartaco, antes de conocer a Kubrick, con "Espartaco y los 10 gladiadores".
Pasé todo el verano del 76 en una playa de Tarragona sin atreverme a pasar del banco de arena que separaba la orilla de las aguas profundas, asustado de lo que esa oscuridad ocultaba. Mis padres, sin ser conscientes del impacto que iba a tener en mi, me llevaron unos días antes a ver el primer gran éxito de un director novel, "Tiburón". Quiso la casualidad que estando allí capturaron un pequeño tiburón extraviado que se había introducido en el puerto. Fue suficiente para que mis terrores infantiles se desbocaran durante todo el verano.
Fue yendo al cine como me enteré con 11 años que al día siguiente no iba a ir al colegio con mis amigos sino que me habían inscrito en uno nuevo en el que no conocía a nadie. La segunda vez en dos años. Un impacto que se mitigó al acudir al último estreno de James Bond "Moonraker". ¿Cómo no olvidar lo que iba a ocurrir el día siguiente viendo a Roger Moore luchando en la Estación Espacial y lanzando al malvado Drax al vacío? Aún tengo pesadillas con el personaje de Tiburón. Otra vez tiburón.
Con 13 años recibí uno de los mejores regalos que he tenido en mi vida, un carné gratuito para acudir a la filmoteca de mi ciudad. Pasé los siguiente 5 años de mi vida acudiendo a ella seis veces por semana y viendo todo tipo de películas. Allí descubrí que existía un cine más allá de Hollywood y me quedé fascinado por los Dreyer, Truffaut, Rossellini, Lang, Griffith o Bergman. Aún recuerdo como si fuera ayer lo que me sentí identificado con el Antoine Doinel de "Los 400 golpes" o como mis nudillos se quedaron blancos de apretar la butaca impactado por el sufrir de Edmund en "Alemania año cero".
Pero junto a esos clásicos también descubrí una de mis pasiones, los musicales. Aproveché mi pase para ver tres veces "West Side Story" y bailé en mi habitación como un loco imitando las acrobáticas danzas de los "Jets" y los "Sharks", los tiburones. Estaba predestinado. Pero recuerdo que el personaje que más me impresionó no fueron los de María o Tony, sino el de Riff, el jefe de los Jets, interpretado por un rubito que me cautivó desde el primer momento, Russ Tamblyn. ¿Un aviso de mi subconsciente de mi verdadera sexualidad? Tenía 15 años y aún tardaría otros 25 en atreverme a soñar en voz alta con él.
Quince años tenía también cuando toda España estaba frente al televisor viendo a la selección española de futbol buscar los 11 goles frente a Malta que necesitaba para clasificarse para la Eurocopa del 84. Tras el primer tiempo el resultado era de 3-1 y ahora necesitaban 12. Algo imposible. En ese momento llamó mi hermana y me propuso ir al cine a ver "Hair", un musical hippie, antimilitarista e irreverente que para un chico de esa edad, acostumbrado a los sermones católicos supuso un fuerte impacto. Canciones como "Sodomy" o "I got life" golpearon mi mente, todavía infantil, y me enseñaron un mundo diferente. España ganó y se clasificó. Yo no lo vi, pero no me he arrepentido nunca de haber ido al cine ese día.
Desde entonces he sido un asiduo a las salas de cine, yendo todas las semanas a ver una película hasta convertirlo en parte de mi vida. He descubierto obras maravillosas y me he equivocado muy pocas veces. He pagado religiosamente las entradas que han ido subiendo mucho más que el coste de la vida pero que yo consideraba dinero bien invertido. He soportado la reducción del tamaño de las salas y la disminución de las pantalla hasta convertirse en un remedo de la experiencia de antaño. He visto como empezaban a vender patatas, nachos y bocadillos en los bares del cine hasta convertir la asistencia al cine en una sinfonía de sonidos insufrible. He visto desaparecer el personal de los cines poco a poco hasta haber sólo un par de personas atendiendo media docena de salas. Desincronizarse la imagen del sonido y no haber nadie para arreglarlo. Me he desesperado para encontrar algo interesante que ver en una cartelera dominada cada vez más por los clónicos estrenos de Hollywood para adolescentes. Me he peleado con otros espectadores a los que les suena el móvil y que se ponen a hablar impidiendo oír la película ante la indiferencia de los trabajadores de los cines. Niños corriendo por la sala en películas para adultos a las que nunca debían haber entrado. Entradas que cuestan más compradas por internet a pesar de ahorrarles personal.
Pero lo que ha colmado la gota de mi paciencia fue encontrarme unas salas donde habían prescindido de las taquillas para encargarle el trabajo al personal del bar. Sólo había tres personas delante mío, pero pidiendo palomitas, bebidas, nachos, chuches y todo tipo de extras que hicieron que cuando me tocó el turno a mi la película ya había empezado. Me fui a casa sin entrar teniendo la sensación de haber perdido toda la tarde.
Y esa ha sido la última vez que he ido al cine.
Los dueños de las salas se quejan de que cada vez va menos gente al cine y lo achacan a la piratería. No señores, no. No es la piratería. Han echado de las salas poco a poco a la gente que le gustaba el cine, convirtiendo su negocio en guarderías y restaurantes. Ustedes ya no se dedican al negocio del cine, sino a ser una mera sección del centro comercial de turno. Han perdido su razón de ser, el de proveer de un momento mágico que nos maravillara y nos sumergiese en una historia asombrosa que durante dos horas nos hiciese olvidar la realidad. El de soñar otros mundos, otros lugares, otras personas. El de sentir.
Yo seguiré viendo cine y pagando por él, por supuesto, pero no será en sus salas. Ahora lo veo en mi casa a través de plataformas de pago, empezando a la hora que a mi me conviene, sin soportar niños, ni móviles, ni colas. Los olores a comida serán los que yo elija cada noche y con una posibilidad de elección de película mucho más extensa de lo que ustedes me puedan ofrecer nunca. Y por la cuarta parte de lo que les pagaba.
El cine a muerto. Viva el cine.
domingo, 17 de julio de 2011
Infección
Hoy hace 19 días de mi operación de circuncisión.
Según me habían dicho repetidas veces, la recuperación y cicatrización llevaría unos 20 días, con una posible cuarta semana que en la que debería abstenerme de tener relaciones sexuales para terminar de asegurarme de que la cicatrización era perfecta y que no iba a haber complicaciones. Pero sí las ha habido, se ha infectado.
El día de la operación y mientras regresaba a casa empecé a notar molestias y un dolor creciente. La anestesia desapareció en muy poco rato y no me dio ni tiempo a llegar a casa. Hice parar al taxi en una farmacia y compré un calmante por si el dolor iba a más. Sólo tuve que tomar uno, pues a partir de ahí tuve molestias pero pude pasar sin tomar medicación.
Al día siguiente acudí a mi centro de salud para realizar la primera cura con la enfermera de mi médico de cabecera. Allí, tras retirar la vena compresiva, vi por primera vez el resultado de la operación. Una cicatriz rodeaba un pene hinchado y dolorido que se mantenía sujeto por una docena de puntos. Y en la zona del frenillo una costra negra que lo recubría todo.
La sensibilidad en el glande era extrema y tras hacerme una cura con betadine la enfermera me puso una gasa alrededor para que amortiguase el rozamiento contra la ropa. Me aconsejó que lo llevase hacia arriba para favorecer el drenaje e impedir el sangrado, y que me cambiara las gasas cuando viese que se empapaban. Si sangraba mucho, los primeros días debía presionar la zona durante cinco minutos hasta que dejara de hacerlo, y si no se cortaba la hemorragia acudir a urgencias. Me dieron la baja laboral y me dijo que a partir de ese momento me hiciese las curas yo mismo en casa. Pasé ese fin de semana leyendo las noticias sobre el Orgullo en Madrid y cambiando gasas sanguinolentas.
El lunes acudí de nuevo a la consulta de mi médico de cabecera para renovar la baja y me encontré que se había ido de vacaciones. Y con él su enfermera. Una sustituta me atendió y sin preguntar nada ni comprobar mi estado me renovó los papeles por una semana.
Seguí cambiando las gasas pero con el problema de que la sangre y el betadine se pegaban a ellas y al despegarlas me llevaba partes de la costra. Era como arrancarme la piel a tiras, pero sin poder quejarme, pues me lo hacía yo mismo. Y cada vez volvía a sangrar de nuevo. Ponía de nuevo betadine y vuelta a empezar. A mitad de semana empecé ya a pensar que algo no iba bien porque ese círculo vicioso no podía ser bueno.
El viernes 8 me llamaron mis compañeros de trabajo para ir a cenar y tomar una copa. Después de más de una semana encerrado en casa tenía unas ganas locas de salir y accedí, pues íbamos a estar sentados en un restaurante y sin movernos. Pero al retirarme en el restaurante la gasa para orinar hacia el final de la cena, la gasa arrastró la costra completa que cubría el frenillo y empecé a sangrar abundantemente. Corté la hemorragia como pude y regresé a la mesa para los postres. El alcohol es un buen anestesiante.
Durante el fin de semana me estuve observando la zona del frenillo, ahora descubierta de toda protección natural. Estaba muy tierna y de nuevo los cambios de gasas la hacían sangrar abundantemente. El resto de la cicatriz que rodeaba al glande estaba ya empezando a soldar excepto la zona a la derecha del frenillo en la que no se veía ninguna mejoría y que evidentemente no estaba cicatrizando.
Este lunes pasado tenía de nuevo consulta con mi médico de cabecera y me acerqué hasta allí. Mi médico seguía de vacaciones y la sustituta me atendió de nuevo. Pero al preguntarle por lo que ocurría me reconoció que no sabía nada de circuncisiones y que como la enfermera estaba también de vacaciones pues no me lo podía mirar nadie. Pero que me firmaba la baja de nuevo. Supongo que para lavar su conciencia.
Como no te dejan solicitar otro médico si tu consulta tiene uno, pedí cita con otra enfermera alegando que la mía no estaba, y me dieron cita para el martes. Acudí allí temprano y me encontré que iban con más de dos horas de retraso porque debido a la cantidad de personal de vacaciones, una enfermera se ocupaba de tres consultas. Tras más de tres horas de espera, ver que no quedaba nadie y que no me llamaban, entré a ver a la enfermera para descubrir que habían perdido mi cita y que por eso no me habían llamado.
Me desnudé y le enseñé la zona inflamada, dolorida y sin cicatrizar. Pero especialmente la zona de la base del frenillo donde ahora se veía un agujero en forma triangular y con un líquido blanquecino en su interior. Se quedó mirando y dudando de si era una infección con pus o tejido natural cicatrizante del sistema linfático. Llamó entonces a la doctora de la consulta adjunta para que me viese y ella me dijo que estaba bien y que no me preocupara, que era normal y que no me diese betadine para que no se me pegase a las gasas. Y que si aún se pegaban, que extendiese una vaselina esterilizante por la zona para impedirlo.
Regresé a casa tras comprar en una farmacia la vaselina y al aplicármela me di cuenta de que la piel del escroto estaba morada por un gran hematoma. No le di mucha importancia porque en el quirófano ya me habían hablado de esa posibilidad y de que era normal, pero el aspecto la verdad es que era aterrador.
Seguí observando durante toda esta semana la zona blanca del frenillo y cada vez la vi peor. La inflamación de la zona sin cicatrizar estaba aumentando, viéndose ahora también ese líquido blanquecino a través de la brecha. Los puntos estaban saltando casi todos y esa zona ni cicatrizaba ni se veía ninguna mejora. Y ayer sábado me fui temprano a urgencias.
Me atendió un chico joven de menos de treinta años y que por lo que le oí decir a su supervisora era su primer día en urgencias. Lo que no sé es si era su primer día como médico. Me desnudé y observó la zona con cuidado y me dijo que no sabía que era ese líquido blanquecino pero que esperase fuera porque iba a llamar a los de urología. Por fin, pensé, me ha costado 18 días conseguir que me vea un urólogo para comprobar un postoperatorio que claramente no está yendo bien. Pero cuando me llamó de nuevo y me hizo desnudarme me explicó que había hablado con ellos y que le había dicho que comprobase si supuraba. Me empezó a apretar la zona para ver si el líquido salía pero no lo hizo. Siguió apretando hasta que el dolor fue insoportable, y entonces me dijo que me iba a recetar un antibiótico y un antiinflamatorio porque la zona estaba infectada. Que a veces pasaba, aunque no es común. Sorprendido le pregunté si no me iba a ver un urólogo, pues si las infecciones son raras lo correcto es que mirase un especialista. Se negó y me dijo que ya había hablado con ellos y que no iban a venir. Una vez más estaba haciendo el diagnóstico un médico que no sabía que ocurría, y el tratamiento lo ponía otro que no me había visto nunca.
Ahí me enfadé. En todo este proceso me han mirado cuatro médicos de familia, dos urólogos (el que autorizó la operación y el que la realizó) y tres enfermeras. Con ninguno he repetido nunca consulta y cada uno me dice una cosa diferente, la mayor parte de las veces totalmente contrapuestas. Ante mi enfado y la amenaza de poner una queja ante el defensor del paciente, conseguí que me firmara un informe de urgencias en el que solicitaba que me viese un urólogo. No conseguí más.
Me fui a solicitar cita entonces al centro de especialidades y descubrí que estaba cerrado. Sólo trabajan de lunes a viernes. Camino del centro de salud que me corresponde paré en una farmacia para comprar los medicamentos. Allí la farmacéutica me hizo notar que me habían mandado tratamiento para 10 días pero que la receta solo cubría tres. Otra equivocación más.
Cuando llegué al centro de salud pedí cita para el urólogo pero me dijeron que lo tenía que solicitar en el centro de especialidades. Les expliqué que venía de allí pero que estaba cerrado y me respondieron que fuera el lunes. Burocracia. Aprovechando que estaba allí pedí ver a la médico de guardia para explicarle el error en la receta y pedirle si me la podía firmar ella. Se negó y me dijo que eso lo tenía que firmar mi médico de cabecera. Más burocracia. Y otro médico más a la colección.
En resumen, que el lunes tengo que ir a pedir cita con el urólogo a ver si tengo suerte y quiere recibirme, porque te suelen dar cita con más de un mes. Que luego tengo cita con mi médico de cabecera (o su sustituta inepta) para pedir de nuevo las recetas incorrectas y que me de el alta laboral. Y que entretanto tengo una infección que los que la han visto no saben que es y los que lo saben no me han visto.
Sería un buen argumento para una película si no fuese porque es real. Si no fuera porque están jugando con mi salud.
jueves, 5 de mayo de 2011
Hoy te escribo a ti
Hoy te escribo a ti que me enviaste un mensaje el sábado porque querías conocerme. Hoy te escribo a ti que me dijiste que acababas de llegar a mi ciudad, que no conocías a nadie y que buscabas amigos. Hoy te escribo a ti, que me enviaste una foto para que supiera como eres porque no tienes ninguna puesta en tu perfil. Y yo te hice caso.
Hablamos, mensaje a mensaje, y me contaste que venías a trabajar durante un mes y querías conocer gente para no pasarlo solo. Dudé, porque tu foto no me dijo mucho, pero pensé que si yo fuese a una ciudad desconocida me gustaría que alguien quedara a tomar un café conmigo, que me echaran una mano, que me recibieran con los brazos abiertos. Te ofrecí vernos pero tu preferiste quedar otro día. El martes. Al atardecer. Al salir del trabajo.
Yo tenía cosas que hacer esa tarde pero pense que podría cambiarlas. Hay que hacer pequeños esfuerzos. Quedamos en la puerta de ese centro comercial que está tan lejos, en la otra punta de la ciudad. Pero tu vivias enfrente y te iba a ser más fácil quedar allí. Así no te perderías. Te di mi movil por si pasaba algo, para que pudiésemos hablar. Tu no lo hiciste.
Y el martes he estado yo allí, a las siete y media, como hablamos. En la puerta del centro comercial. La gente entraba y salía y yo miraba cada cara intentando reconocerte entre el gentío. No estaba seguro de reconocerte porque tu foto estaba tomada en un ángulo extraño, desde arriba, y eres más alto que yo. Nunca te iba a ver desde esa posición. Pero aún así miraba los rostros. Buscándote.
Un chico con la camiseta verde estaba esperando a alguien y yo miraba cada gesto de sus ojos e intentaba ver en su faz al chico de la foto. Pero a los cinco minutos se fue y yo me quedé dudando si eras tu. Igual no me habías reconocido. Pero tenías mi movil. No tenía porqué preocuparme. No debías ser tu.
La gente pasaba junto a mi lado sin cesar, uno tras otro. Y junto a ellos pasaba también el tiempo, los minutos, uno tras otro. Y tu no aparecías. Yo miraba la hora en el móvil pero esperando realmente ver una llamada para decirme que te retrasabas. Pero no lo hiciste.
Te esperé tres cuartos de hora. Cuarenta y cinco minutos viendo pasar caras sonrientes. Oyendo risas y conversaciones. Cada vez más cansado. Cada vez más defraudado. Cada vez más triste.
No sé si en algún momento tuviste intención de ir o sólo te has echado unas risas a mi costa pensando en la cara que se me quedaría al ver que no aparecías. No sé si estabás ahí escondido viendo cuanto aguantaba esperándote. No sé si has llegado a ir o no. O sí al verme no te apeteció conocerme y te diste media vuelta. No sé. Y no lo sé porque no me has dicho nada. Ni un mensaje, ni una llamada.
Hoy te escribo a ti que crees que puedes jugar con la gente. Hoy te escribo a ti que te has sentido un poco como los dioses jugando desde el Olimpo. Hoy te escribo a ti que probablemente estés todavía riéndote de mi. O peor, que una vez cumplido tu propósito ya ni te acuerdes de quien soy. Hoy te escribo a ti para decirte que ojala no te lo hagan nunca. Porque duele.
Mucho.
miércoles, 26 de enero de 2011
La indolencia de la multitud
Ayer desayuné con la noticia de que se había convocado una especie de manifestación en Madrid con el nombre de "la cola del paro más larga del mundo". Querían formar una fila de parados que saliese del Congreso de los Diputados y llegase hasta el palacio presidencial de La Moncloa. Según los organizadores, con únicamente 4500 parados se cubriría el recorrido. Sólo se presentaron 300 personas.
He consultado la cantidad de parados registrados que hubo en Madrid en el pasado diciembre y según las cifras oficiales se acerca al medio millón de personas. Me sorprende la poca asistencia, sobre todo teniendo en cuenta que los convocados eran exclusivamente parados y que por tanto no tendrían muchas obligaciones que les impidieran asistir.
No entro a valorar que la convocatoria tuviese una intencionalidad política y que a lo mejor su propósito no fuese realmente reivindicativo. En cualquier caso, y siempre según las intenciones de voto actuales, el 40% de esos parados van a votar al partido de la oposición. Eso nos da una cifra de 200000 personas que comulgan con esas ideas y además tienen razones para protestar. Pero sólo se presentaron 300 personas.
Leónidas juntó al mismo número de espartanos hace 2500 años en las Termópilas.
Por la tarde me fui al cine con Tony y escogimos ver la última película de Clint Eastwood que aquí se ha llamado "Más allá de la vida" (Hereafter). No quiero destriparos la trama pero sí puedo contar que transcurre con tres historias en paralelo que se alternan entre si. Una acontece en Londres, otra en París y una tercera en San Francisco. La película empieza con la trama francesa y para mi sorpresa, a pesar de ser una película doblada, durante toda la secuencia los personajes hablaban en francés. Alguna vez lo he visto hacer en otras películas y tras unas pocas frases cambiaban el idioma o al menos lo subtitulaban. Aquí no. Únicamente francés. Durante 15 minutos.
A pesar de estar repleta la sesión nadie se quejó. Yo salí de la sala y busqué al encargado que me dijo que lo miraría. Cuando regresé la segunda historia ocupaba la pantalla y las voces se oían dobladas. Pero cuando de nuevo la trama francesa apareció, el doblaje o los subtítulos brillaron por su ausencia. Salí de nuevo en busca del encargado y él con toda desfachatez me dijo que lo había consultado y que era "así", pero que lo volvería a preguntar.
Cuando acabó la película, con un tercio del metraje en francés, me dirigí hacia las taquillas para poner una reclamación. Cuando solicité la documentación llamaron de nuevo al encargado y esta vez se disculpó diciendo que se había estropeado la máquina y nos regaló unas invitaciones para volver otro día.
Me fui de allí bastante enfadado y con Tony intentando calmarme. Pero no estaba enfadado por no haber visto la película en condiciones, sino por la desfachatez con que el encargado me dijo que era "así". Porque a pesar de saber que no estaba en condiciones la estaban proyectando, la habían proyectado y la iban a proyectar de nuevo. Pero sobre todo porque en la sala había 300 personas y nadie más que yo se quejó. Al terminar salieron de la sala como borregos a pesar de haberse tragado más de 45 minutos de metraje en un idioma que no conocían.
¿Qué nos está pasando?
miércoles, 9 de junio de 2010
Hvar
En el verano de 2004 me fui a recorrer Croacia con mi coche. En un par de días conduciendo me planté en Zagreb y luego bajé hasta Duvrovnik bordeando Bosnia, para continuar viaje recorriendo toda la costa adriática hasta Istria.
Hacia media tarde el sol pegaba bastante fuerte todos los días y las cristalinas aguas del Adriático invitaban a darse un baño. Así que sobre las 5 de la tarde casi todos los días solía buscar un sitio desde donde pudiese acceder al mar, paraba el coche y nadaba un rato. Era un placer inmenso y relajante. Son las pequeñas cosas que te recuerdan que estás de vacaciones.
Croacia no es un país de playas. No al menos como las entendemos en España. Las playas de arena son una rareza allí. Es una costa pedregrosa y azotada por fuertes vientos. El bora y los maestrales barren la costa en invierno y verano arrancando la vegetación a su paso. En algunas islas se da la curiosidad de tener la mitad de la isla de roca y la mitad con vegetación, según su orientación al viento. Así no es de extrañar que su playas sean siempre rocosas, recordando a nuestra Costa Brava.
Fui visitando unos preciosos Parques Nacionales llenos de agua y cascadas en los que paseé disfrutando del paisaje. Pero lo que más abunda en el país son las islas. Tienen más de mil. Y cada una tiene sus rincones que enamoran. Una de las más bonitas es Hvar.
Llegué a la isla de Hvar en ferry desde Split. En lugar de ir directamente hasta la capital cogí un barco que me dejó en Stari Grad, en la costa contraria, para así recorrer la isla con el coche tranquilamente. No es una isla demasiado grande y en coche es un paseo agradable hasta la ciudad de Hvar, la capital.
Llamarla ciudad es ser generoso. Es un pequeño pueblo pesquero encantador pero atiborrado de turistas. La plaza principal está flanqueada de preciosos edificios de piedra blanca, la tradicional en Croacía, con edificios de estilo veneciano. La catedral de San Esteban domina la plaza desde uno de los extremos. Y en el otro el mar. Un mar transparente y azul salpicado de pequeñas islas a las que se accede en taxis marítimos.
Estuve disfrutando de la plaza, de sus vistas, de la loggia veneciana y del arsenal durante un rato. Y me senté junto al mar bajo las palmeras para disfrutar del ambiente que se respiraba. Me encanta observar a la gente y ver en que se fijan, o como comentan lo que ven y se admiran. Pero entonces vi en lo alto de la colina, sobre la ciudad, una gran fortaleza que domina la isla. Miré en la guía y la llamaban la Fortaleza Española. Las vistas debían ser espectaculares desde arriba. Me hizo gracia el nombre y decidí subir a verla. Con lo que no conté fue con que la subida mediante unas rampas inclinadisimas y con el sol del mediodía cayendo a plomo sería un esfuerzo sobrehumano. Tardé más de media hora en subir y para entonces chorreaba sudor por todos mis poros. Pero llegué.
La fortaleza no tiene mucho que ver en sí, un pequeño museo y poco más, pero como imaginaba, la vista era fantástica. A mis pies la capital lucía roja y blanca bajo el sol y delante de ella las Islas Plakeni. Un paraiso. El fuerte viento que soplaba secó mi sudor y me quedé alli un rato disfrutando de la vista y de los olores a lavanda, romero y pino que llegaban hasta mi.
Eso merecía una foto para que el recuerdo permaneciese para siempre. Y saqué la cámara. O eso intenté, porque la funda estaba vacía. Miré a mi alrededor por si se me había caído y no la ví, y a pesar del viento empecé a sudar de nuevo. Desandé todos mis pasos por dentro de la fortaleza buscándo el lugar donde se me había caído pero no la encontré. Pregunté al guarda de la fortaleza y me dijo que él no la había visto. Todo nervioso baje toda la montaña camino del pueblo. Soy un adicto a la fotografía. Hacer fotos de donde estoy para mi es uno de los mayores placeres de viajar, y perder la cámara fue como si me extirparan un riñon estando vivo.
Recorrí hasta el último rincón de la plaza intentando recorrer inversamente todo lo que había hecho. Pregunté en el Arsenal y en los bares de alrededor, pero ninguno la había visto. Estaba desesperado. Me acerque al puerto donde antes había estado sentado para ver si me la había dejado allí y tampoco estaba. Ya había mirado en todas partes. No me quedaban más sitios que mirar. Y me senté agotado.
Estando allí sentado me fije en los taxistas de los barcos junto al puerto y pensé que igual ellos la habían visto o alguien se la había dado. Era ya mi última esperanza. Y al primero que pregunté la sacó de debajo de unas lonas. Me la había dejado antes, cuando me senté bajo las palmeras y él la había encontrado. Le di las gracias muy efusivamente y totalmente conmocionado me dirigí hacia la plaza.
Estaba aliviado, pero sobre todo estaba enfadado. Enfadado conmigo mismo por haber sido capaz de perder la cámara. Mi cabreo fue en aumento y lo único que pensaba en esos momentos era que necesitaba darme un baño y relajarme. Viniendo antes con el coche había visto junto a la costa opuesta una zona donde la gente se bañaba y decidí ir para allí. Antes miré la fortaleza de nuevo pero no tenía fuerzas para subir de nuevo para hacer la foto. Por muy espectacular que fuese la vista.
Cogí el coche y a la salida del pueblo vi un cartel que ponía: "A la Fortaleza Española". Seguí la carretera y llegué hasta la puerta de la fortificación. El esfuerzo y la subida demoledora anterior me la podía haber ahorrado si hubiese preguntado. Saqué un par de fotos rápidamente y crucé la isla buscando la zona de baño. Estaba totalmente estresado y agotado.
Aparqué el coche cerca del pueblo de Vrboska, en unos pinares en los que se veían otros coches. Me puse el bañador y seguí la costa buscando un sitio donde meterme al agua. Al principio encontré mucha gente y seguí andando. Necesitaba un sitio tranquilo donde relajarme, sin gente ni niños. Y seguí andando. Cada vez había menos gente. Y de repente me di cuenta de que en esa zona la gente estaba desnuda. Era una zona naturista. Yo no era nudista, así que seguí andando y encontré una zona más tranquila y sin nadie. Extendí la toalla y dejé mis cosas.
Seguía en un estado entre cabreado, estresado, agotado y conmocionado. Y en mitad de esa conmoción mental de repenté decidí meterme en el agua desnudo. Sin pensarlo me quité el bañador y me lancé al agua. Fue una bendición. Me empecé a relajar y disfrutar el momento. Fue una sensación de libertad total como pocas veces he sentido en mi vida. Pasé la tarde allí disfrutando del sol, del agua y de mi recien descubierta libertad antes de regresar a Split
Es curioso como la casualidad de la pérdida de una cámara de fotos y un cabreo pudo producir que yo empezase a practicar el nudismo. Desde entonces lo hago siempre que puedo. Y cada vez que me quito el bañador recuerdo esas rocas justo enfrente de la isla de Zecevo.
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