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domingo, 20 de febrero de 2011

El chico de la camiseta


Anoche salí con Jasper y sus amigos por tercera vez. Estuve dudando hasta el último minuto porque el tiempo no acompañaba, pero las ganas de salir se impusieron a mi pereza habitual.

Esta vez sólo fuimos cuatro los que acudimos al bar, pero fue suficiente para mantener una conversación animada que más tarde nos trasladó a otro pub donde la música me terminó de despertar totalmente. Cuando era joven nunca me gustó demasiado bailar. No sé si es que era timidez, vergüenza o falta de coordinación, pero la mayor parte de la veces no bailaba y buscaba cualquier excusa para dejar la pista y refugiarme en la seguridad de la barra. Ahora me pasa al revés. En cuanto noto los bajos vibrar dentro de mi, un hormigueo me recorre y tengo ganas de empezar a moverme. Sigo bailando igual de mal que cuando era joven, pero quizá ahora ya no tengo esa necesidad de huir de mi vergüenza y me dejo llevar. Dentro de unos límites, claro.

Mientras me movía al ritmo de la música miraba de reojo a un grupo de cinco chavales que a duras penas llegarían a la mayoría de edad y que se apretujaban contra mi sin ser conscientes de mi presencia. Con sus móviles de última generación se sacaban fotos una y otra vez, y su risa tras ver el resultado se sobreponía a la música. En la barra unos camareros sacados de un concurso de culturismo vendían sueños libidinosos en vasos largos. Me acerqué a pedir unas copas y me fijé en un chico de unos veinticinco años que se apartó un poco para que pudiera acceder a la barra. Era bastante guapo y se movía al ritmo de la música musitando las letras de las canciones. Me extrañó que estuviese solo pero pensé que su novio se habría ido al servicio y regresé junto a Jasper con las copas.

Estuve bailando y bebiendo mientras miraba a los chicos del local. Los chavalines junto a mi parecían ser una única persona. Se movían al unísono y se mantenían en contacto permanente, bailando abrazados como si tuvieran miedo de quedar aislados si en algún momento si se separaban un segundo. A ratos miraba de nuevo a la barra y el chico solitario seguía sin hablar con nadie. Me vino a la mente la imagen de mi mismo antes del verano pasado cuando salí solo y no conocía a nadie. Estaba justo en el mismo lugar en el que estuve yo.

Yo lo miraba sin que él se diera cuenta y pensaba si debía acercarme a decirle algo. Hace muchos años que no me acerco a un desconocido en un bar con intención de entablar conversación. Nunca he sido muy bueno en eso y generalmente prefería que se me acercaran a mi a dar yo el paso. Mientras lo pensaba apuró su cerveza de un trago y se dirigió a la salida. Lo seguí con la vista y pensé que una vez más mi indecisión me había hecho perder una oportunidad.

Media hora más tarde nos fuimos a otro pub donde poco a poco todo el mundo acaba yendo a bailar. Hacia las tres de la mañana Jasper y otro de sus amigos decidieron que era suficiente y se fueron a casa a dormir. Cinco minutos después, el último que quedaba me dijo que se iba a otro bar donde tenían un cuarto oscuro y me preguntó si quería ir. Le sonreí, le respondí que no y se fue. Nunca he estado en un cuarto oscuro. No me llama mucho la atención lo que he leído sobre ellos. Aunque quizá lo que realmente ocurre es que tenga un poco de miedo a la experiencia.

Seguí el ritmo de la música mientras observaba a los más jóvenes bailar como si les fuese la vida en ello, encaramados en los estrados y exhibiéndose ante una concurrencia cada vez más apretada. Viéndolos pensaba en como han cambiado aquellos castos bailes de mi juventud hasta estos movimientos sugerentes y eróticos. Sonreí y brindé al aire por permitirme disfrutarlos.

De repente entre la masa de gente divisé al chico de la barra del bar anterior. Parecía que seguía solo y seguía bailando mientras cantaba ensimismado en su propio mundo. Las canciones se sucedían y yo le seguía mirando esperando a ver si le veía hablar con alguien. Y empecé a pensar de nuevo en acercarme.

Como siempre, dudaba. Pero recordé lo que sentí cuando le vi irse del otro bar perdiendo mi oportunidad, apuré mi cerveza y me acerqué. Cuando llegué me daba la espalda y le puse la mano en el hombro. Se volvió y le dije que le había visto toda la noche solo y que si era la primera vez que iba por allí. Sonrió y me respondió que no, que había ido muchas veces, que tenía amigos y que no me preocupara.

No pude decirle más. Con una sonrisa de circunstancias y el corazón en un puño me retiré a mi rincón y me pedí otra cerveza. Ha sido mi primer acercamiento a un chico en un bar. Y fue un completo fracaso. Pero esta mañana pensando en ello creo que da igual que lo fuera o no. Lo verdaderamente importante es que por fin me he atrevido a hacerlo. Y que quizá en el futuro lo vuelva a hacer.

lunes, 7 de febrero de 2011

Xiao Hung


Cuando me conecté de nuevo a internet nada más llegar al hotel y descubrí que tenía setenta mensajes en la bandeja de entrada me quedé desconcertado.

Yo sólo me había conectado para pasar el rato y en ningún momento se me había pasado por la cabeza la idea de quedar con nadie. Los fui leyendo uno a uno y mirando sus fotos. Había algunos muy guapos y otros muy divertidos, unos cuantos mensajes obscenos y hasta algún europeo que se había afincado en Saigón. No sabía que hacer.

Nunca había quedado con nadie de otro país. En realidad sólo una vez he quedado con alguien de fuera de mi ciudad, con Flavio, pero no había intencionalidad sexual en nuestro encuentro. Y ahora evidentemente si iba a existir.

Dudaba si dar el paso. Mi inglés es bastante malo y me sirve para sobrevivir pero no para largas conversaciones. Si quedaba con alguien ¿de qué iba a hablar? Y aunque estaba claro que la conversación no iba a ser lo más importante, tampoco quería que fuese una sesión de sexo de quince minutos seguida de una despedida lacónica.

Tenía también un poco de miedo. Me encontraba en un país extranjero, con normas y costumbres extrañas para mi y no sabía como comportarme. ¿Quedar en mi hotel quedando expuesto a ser localizado fácilmente o quedar en otro lugar e ir a su casa con el riesgo de quedar atrapado en un sitio extraño? ¿Debía llevar algo o se encargaría él de todo? Dudas y miedos.

Respiré profundamente y decidí que era una experiencia nueva que debía vivir. Un paso más en la normalización de mi vida. Una puerta nueva que debía cruzar para alejar mis fantasmas. Y me puse a responder a varios de ellos.

Escogí a media docena que se habían molestado en escribir algo más que un saludo o una proposición procaz y que por sus fotos me resultasen agradables a la vista. Una hora después me habían respondido dos de ellos. Sólo tenía dos días más en Saigón y además estaba haciendo turismo, así que les respondí que "a lo mejor" podíamos quedar al día siguiente a partir de las cinco de la tarde, dependiendo de cuando volviesé al hotel. Los dos me dijeron que perfecto, me dieron sus móviles y quedaron en que esperarían mi llamada.

El día siguiente transcurrió muy rápido y regresé al hotel para estar a las cinco en punto. Me conecté y ahí estaban los dos. Esperando. Tenía que decidirme y escogí a Hung.

Le mandé un mensaje y al final quedamos en mi habítación del hotel. Estaba prohibido recibir visitas en las habitaciones pero prefería esa opción a irme con un desconocido por ahí. Me dijo que estaba trabajando y que creía que tardaría una media hora. Recogí todo y tras ordenar un poco mis cosas entré a darme una ducha relajante. Y llamaron a la puerta. Salí de la ducha chorreando, me puse una toalla, abrí la puerta y ahí estaba él. No habían pasado ni quince minutos.

Vestía con el uniforme de trabajo de las empresas vietnamitas. Pantalones negros, camisa blanca y un portátil en su mano derecha. Me sonrió desde la puerta y le hice pasar. Me disculpé por recibirle así y con un gesto pícaro me dijo que le habían recibido de formas mucho peores. Dejó su portatil en una esquina y apoyado en el quicio de la puerta del baño me observó mientras yo me secaba. Me sentí como Mrs Robinson frente a un Dustin Hoffman oriental.

Vestido solamente con mi toalla me senté en la cama y se sentó a mi lado. Empezamos a hablar mientras nos recorríamos con la vista y pronto sus palabras me las susuraba al oido. Le desabroché la camisa y seguí con mis manos su torso delgado. Sus labios buscaron los míos y sus manos recorrieron mi cuerpo. Rodamos sobre la cama y perdí mi toalla en el fondo de sus ojos.

Entre susurros me preguntó si tenía preservativos y lubricante. Me acordé entonces cuando en mi casa pensé en cogerlo y lo deseché pensando que era un peso inutil. Me dijo que no me preocupara, que compraríamos de camino. Y tras unos besos más salimos a cenar.

Paseando por la calle me acarició la palma haciendo el gesto de darme la mano. Yo se la cogí y él, con un gesto de niño travieso, me la soltó y me dijo que estabamos en Saigón y no en España. Me llevó al restaurante Quan An Ngon, un lugar al que yo ya le tenía echado el ojo y que pensaba ir al día siguiente. Una gran fila de gente esperaba en la puerta para entrar, pero nos dirigimos directamente al portero de la entrada que se apartó a un lado y nos dejó pasar. Aún no sé si fue porque le conocían a él o porque yo era occidental, pero un camarero nos acompañó a una mesa en la terraza superior donde pedimos un Hot Pot de marisco exquisito. Fue una velada divertida en la que comentamos alternativamente los chicos que veíamos y que nos gustaban. El se volvía loco por los maduros caucásicos y yo por los jovenes vietnamitas. Tuve yo más suerte. Empezando por los camareros.

Cuando terminamos de cenar nos dirigimos a un centro comercial a comprar lubricante pero no encontramos. Fuimos a todas las tiendas que conocía pero no había en ninguna, y las farmacias estaban cerradas. Mientras regresábamos al hotel me dio la mano de nuevo y cuando se la cogí me la volvió a soltar divertido y riéndose de mi. Le gustaba jugar y provocarme. Y lo hacía bien.

Ya en el hotel encendió su portatil y se conectó a internet. Y sí, en Saigón existe una empresa de telelubricante. Tienen todo lo que puedas necesitar y te lo traen en menos de media hora. Eso es civilización. Por discreción quedó con el mensajero en una calle cercana y una vez cumplida su misión se presentó de nuevo en la habitación con una sonrisa juguetona y unos ojos irreverentes.

Disfrutamos de más de una hora de caricias y besos. De miradas y sonrisas cómplices. De masajes y sensaciones. Y por fin hicimos el amor lentamente hasta quedar extenuados. Le invité a quedarse a dormir y tras besarme nos fundimos en un abrazo perfecto.

Sobre las dos de la mañana me desperté para descubrir que sus manos me acariciaban mientras dormía. Le dejé hacer mientras mi cuerpo temblaba de placer. Nos besamos de nuevo suavemente y disfrutamos hasta caer dormidos.

El despertador nos sorprendió a las siete de la mañana todavía abrazados. Hung tenía que ir a trabajar en un par de horas y con su sonrisa traviesa me dijo que teníamos tiempo de hacer que no olvidásemos esa noche nunca. Rodé encima de él y le dije que esa noche nunca la olvidaría. Se rió y empezamos de nuevo.

Me despedí de él en mitad de la calle tras compartir un Pho en un bar en el que yo era el único occidental al que todos miraban. Me acarició la mano y se fue, vestido con su pantalón negro y su camisa blanca. Y su portatil.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Promesas


Me prometí que sonreiría toda la noche y que no desviaría la mirada. Me prometí sabores largos y respiraciones profundas. Me prometí juegos de palabras y puzzles de ojeadas. Me prometí no más ventanas frías en mi frente ni pestañas escarchadas. Pero hubo lunas en mi copa y reflejos de risas. Hubo silencios en mis dedos y piernas cruzadas. Hubo ampollas en el paladar y lazadas en el alma.

Me prometí que no creería en dolores y desertaría de pesares. Me prometí horadar la coraza y revestirla de ternura. Me prometí ríos de sorpresas y dedos sin pasado. Me prometí murmullos de albada y luces de neón. Pero hubo riadas de ayeres y pulmones sin alcohol. Hubo conversaciones concertadas y tonos extraviados. Hubo desamparo en la ducha y gritos en la almohada

Me prometí no escribir esto.

Pero sólo hay juramentos quebrantados.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Ambiente (2ª parte)


Después de esa primera experiencia bañada en alcohol, pasaron casi un par de meses hasta mi siguiente visita a un bar de ambiente. Por entonces empecé a quedar con Calvin para pasar las noches del fin de semana charlando y bebiendo en mi casa. Una noche un amigo le llamó al móvil y le propuso quedar. El me miró interrogátivamente y le dije que fuera y se divirtiera. Al colgar me preguntó si quería acompañarle. Tras pensarlo sólo un segundo acepté.

Era otra forma de descubrirlo. Esta vez iba acompañado y conocería a algunos gays que quizá podrían llegar a ser amigos en un futuro. Me cambié de ropa y un Calvin crítico me preguntó suavemente si no tenía otra ropa. Me sentí como "pretty woman" y me puse mi ropa más moderna. Calvin se rió y con ironía me dijo que con esa ropa "parecía tres días más joven". Y salimos a quemar la noche.

En un bar nos esperaba su amigo acompañado de otro chico. Nos presentamos y noté como el amigo de Calvin me miraba raro. Curiosamente nos conocíamos de haber hablado por una página de perfiles. Hacía un par de meses le escribí y nos cruzamos unos mensajes, pero pronto tuve la sensación de que no le interesaba y que respondía por compromiso. Una de esas veces no respondió más. Hablamos un rato y me di cuenta de que a ese chico le gustaba Calvin y al verme aparecer con él me etiquetó como un rival. Inmediatamente me odió. Lo noté en su mirada.

Pasé el rato hablando con el "otro amigo" que era hetero y que les había acompañado como gay-friendly que era. Al cabo de un rato se fueron a dormir y yo me di cuenta de que no solo no había conseguido hacer nuevos amigos sino que ahora tenía un enemigo. Y sin hacer yo nada. Y es que a veces la vida es muy cruel.

Nos fuimos a otro bar a bailar y allí por fin disfruté de la noche. Bailo muy mal pero me sentí a gusto y relajado. A pesar de ello noté muchas miradas de extrañeza hacia los dos. Un chico joven y guapo bailando con uno de mediana edad que no destacaba ni por su elegancia, ni por su belleza, ni por su baile. Supongo que más de uno pensó que Calvin era un chapero o que estaba conmigo porque le pagaba las copas. Pero esa noche me dio igual.

Quince días después dos amigos de Calvin vinieron a visitarlo y tras pasar el día de visita turística salimos por el ambiente los cuatro. El mayor tenía pareja pero había venido a divertirse y disfrutar. El más joven, muy guapo y de modales delicados, me gustó de inmediato. Los otros dos hacían bromas para emparejarnos pues este chico acaba de romper con su novio y estaba un poco triste. El chico sonreía por compromiso y no decía nada. En un momento que fueron al baño, Calvin me preguntó que si me gustaba. Y yo mareé la perdiz y no le respondí nada claro. Era tan joven y tan guapo que no concebía que pudiese gustarle yo. Mi timidez y falta de confianza igual me hizo perder una gran oportunidad. Pero no pude dar el paso.

La noche se alargó hasta acabar en la única discoteca gay existente y que tenía poco público esa noche. Nos despedimos al amanecer sabiendo que no los volvería a ver. Yo le miré a los ojos para recordarle y él me miró a mi sonriéndome cansado. Tenía unos ojos preciosos.

Luego Calvin se fue a Madrid a vivir y yo me he quedado con el recuerdo de esas dos noches. En una me gané un enemigo que se ha quedado en mi ciudad. Y en la otra perdí la oportunidad con un chico que no volveré a ver.

Y es que la vida muchas veces se ríe de uno.

domingo, 15 de agosto de 2010

Estrella de la noche


Hablar con Stella se estaba convirtiendo en un imposible.

Ya no sabía como encontrar el momento. Lo intenté varias veces en la playa, pero siempre estaba rodeada de gente. Unas veces era porque estaba vigilando a sus hijos en el agua, otras hablando con vecinos de toldo y las más charlando con su madre.

Lo intenté en el agua mientras nos dábamos un baño, pero era dar un par de brazadas y los niños se nos acercaban entre gritos de alegría a jugar con nosotros. Pensé en el chiringuito tomando unas cervezas pero las atiborradas mesas llenas de turistas huyendo del sol me impidieron cualquier intento. Decírselo allí sería como participar en un reality playero.

Por las tardes solía salir a pasear en bicicleta o aprovechaba para ir a comprar. Pero siempre acompañada de sus hijos. Y por las noches quedábamos todo el grupo y era imposible encontrar un momento a solas para hablar.

Me estaba consumiendo.

No podía quitarme la idea de la cabeza y los días se acababan. El sufrimiento hacía que no disfrutase de las vacaciones y cada día me iba a la cama más agobiado. Muchas noches me sentaba en la terraza del apartamento cuando regresábamos por la noche y miraba las estrellas un rato mientras la frustración se adueñaba de mi.

Tagore decía que las lágrimas no dejan ver las estrellas pero tuve mucho tiempo para verlas. Y para llorar.

Quedaban sólo cinco días de vacaciones y tomé la decisión de forzar el momento. Le envié un mensaje al móvil con la excusa de que salíamos a cenar todos esa noche y como quien no quiere la cosa le dije que si tenía un rato quedásemos para hablar y contarle unas cosas. Sin niños. Me respondió que no podía y me preguntó que si pasaba algo. Le dije que no y que ya hablaríamos.

Esperaba que esa noche cenando todos, o por la mañana en la playa, me comentase algo y así poder iniciar una conversación. O al menos quedar para hacerlo. Pero no lo hizo. Siempre estuvo rodeada de gente y yo por mis miedos.

Mi nerviosismo me impedia descansar más allá de unas pocas horas y las ojeras pronto empezarían a ser evidentes. 

El martes por la tarde le envié otro mensaje. Esta vez en tono jocoso:

Conseguir hablar contigo es más difícil que obtener una audiencia con un ministro :-)

Ahí empezamos un intercambio de mensajes. Me dijo que no podía quedar esa tarde porque llegaba su marido de vacaciones y de nuevo me preguntó que si me pasaba algo. Yo le dije que no y ella insistió de nuevo. Le respondí que prefería hablar cara a cara y ella se sorprendió por mi secretismo preguntándome que si me iba a meter cura o algo así. Le pedí 15 minutos para hablar y como habíamos quedado a ir a casa de Nathan esa noche acordamos ir paseando juntos hasta allí. Pero su marido Tom vendría también. Ahora me tendría que enfrentar a los dos a la vez pero no estaba en condiciones de rechazar la oportunidad.

Se retrasaron quince minutos y yo daba vueltas por la plaza mirando las ventanas iluminadas de los apartamentos. Pensaba en todos los que habría detras de esas luces disfrutando de sus vacaciones mientras yo me movía aterrado bajo sus balcones.

Cuando por fin aparecieron y yo saludé a Tom, Stella me preguntó sin ambages que cuál era el problema. Le dije que echáramos a andar y me diese un poco de tiempo hasta que llegásemos a una zona más tranquila donde poder hablar. Se avino a ello aunque su impaciencia y desasosiego era palpable. Caminamos léntamente hablando de temas banales hasta alcanzar una zona residencial de chalets. Las calles estaban desiertas y sólo se oía el ruido de los televisores en la noche. Stella se plantó y me miró a los ojos.

Y se lo dije.

Su reacción fue entre el enfado y el alivio. Me dijo que pensaba que estaba enfermo o algo así y que la había preocupado mucho sólo por "eso". Yo temblaba a pesar del calor de la noche y las palabras casi no me salían.

Paseamos por las calles desiertas durante media hora mientras les contaba por encima lo que ha sido este último año y medio para mi. Lo que ocurrió el verano pasado cuando intenté hablar con ellos. El día que hablé con Nathan. De cuando se lo confesé a Mitch después de esquiar y como la Semana Santa había sido el momento escogido para decírselo a Lance y Chase. Hablé de muchas cosas y conseguí por fin un pequeño descanso para mi atormentada mente.

Las estrellas nos observaban desde lo alto. Pero una bajó a escucharme esa noche.

sábado, 7 de agosto de 2010

Resaca


Anoche salí a cenar con algunos de mis amigos a un pequeño pueblo de pescadores que ha crecido desmesuradamente y se está convirtiendo en una localidad más de turismo masificado costero. Una cena agradable, con risas, bromas, discusiones políticas, historias personales y sobre todo buen ambiente.

Después nos fuimos a tomar algo a una conocida localidad costera en la que la noche y la diversión atrae tanta gente como las mañanas de playa a otra generación. Yo por edad estoy entre los madrugadores que se acercan a la orilla y que al contacto con las olas frías dan un paso atras sorprendidos por la temperatura. Pero una pequeña parte de mi cabeza sigue amando las noches locas de mi adolescencia y disfruta del trajín incesante de bares y copas.

Pero anoche la mezcla de vino de rueda, orujo, cócteles de tequila y mango, mojitos y bourbon consiguió que mi falsa fachada de tranquilidad y alegría se derrumbara mostrándo mi verdadera faz de inseguridad y agobio.

Estuvimos hasta las cuatro de la mañana riendo y bailando de bar en bar disfrutando de una noche que nunca iba a acabar. Disfrutaba de cada segundo y mi vista se iba detrás de cada chico que sabía que nunca podría disfrutar. Pero era felíz. Y con cada sonrisa y con cada mirada yo bebía celebrando lo que creía que era un triunfo de mi voluntad. Qué equivocado estaba.

Todos se fueron a dormir menos Lance y yo. Los bares se sucedieron y las copas caían una tras otra, y hacia las seis el alcohol empezo a hacer mella en mi resistencia . Lance se quedo todavía con unos amigos suyos que nos encontramos y yo intenté buscar un taxi para regresar a dormir a mi apartamento. Pero no regresé en taxi. Lance vio un coche patrulla de la policia y como los conocía les pidió que me llevaran a casa. Fueron unos kilómetros de camino en los que iba como un detenido camino de la carcel. Pero de mi propia carcel.

Mientras regresabamos el alcohol estalló dentro de mi. Cuando me dejaron al lado de casa paseé hasta la playa y me senté con la luz del amanecer sobre el horizonte. Y lloré. Lloré por no haber tenido todavía el valor de hablar con Stella. Lloré por haber estado de copas y no haber sido yo mismo. Lloré por el dolor que siento dentro y que se encuentra aletargado bajo una pátina de autocontrol.

Hoy tengo resaca. Resaca de mi.

domingo, 18 de julio de 2010

Galaxia


La arena se escapaba entre sus dedos y salpicaba su cuerpo desnudo. Su espalda, acomodada en la vieja barca de pesca notaba las astillas ya descoloridas clavándose como pinceladas de realidad. Miraba los granos y pensaba que al igual que ellos la vida se le escapaba sin poder agarrarla. Su mirada se paseó por la playa desierta y se perdió en el infinito. Sobre el mar la luna rielaba al son de las olas y una musica suave y lejana proveniente de una fiesta ajena era arrastrada por la brisa nocturna.

Volvió a coger un puñado de arena y levántándolo frente a su cara dejó que el viento lo dispersara poco a poco. Así es mi vida pensó. ¿Cuántos hombres he tenido entre mis manos? Más que granos de arena. Más que esas estrellas que me contemplan ahora. Al menos ellas están allá en lo alto y viven en familia. Esa es Sirius la binaria. Tiene pareja y bailan una alrededor de la otra. Y allí está Cástor. No sólo tiene pareja sino que además es gemela de Pólux, su hermano. Los dioscuros. Y todas viven rodeadas de más estrellas. Y de más. Y de más. La galaxia es su familia y sus amantes infinitos. Como los granos de arena. Como yo.

No, como yo no. Yo soy como un agujero negro que devoro a todos los que se acercan a mí. Cuando los veo por primera vez tienen una luz que ilumina a los que les rodean. Mi mirada se posa en ellos y como un perro de presa los sigo hasta que son míos. Juego con ellos y los exprimo hasta que sólo son un pálido reflejo de lo que eran. Y luego necesito más. Otros.

Pero él era diferente. Cuando me despertaba al mediodía de la resaca nocturna allí estaba él. Su sonrisa me contemplaba acompañada siempre de un beso. Cuando por las noches tonteaba con los recien llegados él me miraba y con una sonrisa cómplice me animaba. Cuando dejaba de hacer las tareas de la casa o me olvidadaba de comprar la comida él las hacía y me disculpaba. Y cuando abusaba del alcohol y las pastillas me lo recriminaba pero nunca me dejaba solo. Me acompañaba siempre. Siempre.

Como esa noche.

Cuando sacaron su cuerpo roto y desmadejado del coche él seguía sonriéndome. Entonces me di cuenta. Lo entendí por fin.

Sentí sus pasos en la arena detrás de mi pero no me atreví a volver la cabeza. Sabía que su sonrisa estaría allí, iluminando la noche. Las galaxias se apagarían a su paso y el viento arremolinaría sus cabellos. Como siempre. Y me volví.

De repente se oyó un pitido. Breve. Todos los médicos observaron los instrumentos y se miraron sorprendidos. No puede ser. Su cerebro está muerto. No sobrevivió al accidente. Sus voces callaron pero todos pensaron en que poco conocían la mente humana. Quizá algunas neuronas siguen ahí, agrupándose sin fin. Como galaxias.

Dedicado a Theodore, que fue germen y musa de este divertimento.

miércoles, 23 de junio de 2010

Hoy no me salen las palabras


Hoy no me salen las palabras. Hoy mi cerebro se ha replegado y sólo se asoma para mantenerme vivo. Vivo con el piloto automático puesto y los días se parecen. Miro a mi alrededor y no veo. Escucho y mantengo una conversación pero no oigo nada. Sonrío y veo mi reflejo en las pupilas de mi interlocutor. Y no es una sonrisa. Es simplemente una educación aprendida con vida propia.

No consigo concentrarme en nada. Trabajo pero no concreto. Leo pero no asimilo. Hablo pero no digo nada. Soy un zombie que se mueve sin control y sin destino. Estoy instalado en una rutina comoda que sin embargo me consume.

He dejado de leer otros blogs porque terminaba de leer y no sabía lo que ponían. Releía de nuevo y me costaba comprender. El esfuerzo de una tercera lectura abría al final una brecha. Pero cuando iba a comentar no tenía nada que decir. Miro en mi interior y estoy vacío. Las palabras han huido y los sentimientos duermen.

Las pantalla es blanca y mis ojos rojos. La miro buscando algo que no se que es. Espero encontrar una respuesta y me devuelve mi reflejo. Sólo la luz del flexo sabe que aunque ilumine todo a su alrededor, por dentro solo hay un par de filamentos frágiles que se pueden fundir a la mínima sobretensión.

Mis dedos reposan y mi cuerpo se reclina. Solo la música tiene vida. Las notas gritan y ocupan mi espacio. Mis ojos se cierran y escribo sin ver.

No hay vida, no hay sentimiento, no hay ser.

Hoy no me salen las palabras.

domingo, 23 de mayo de 2010

¿Cumpleaños feliz?


Hoy es mi cumpleaños y cumplo 42 años. Nací en mayo del 68, una fecha que mucha gente recuerda por lo que supuso de cambio en la mentalidad europea. Una fecha en la que los jóvenes salieron a la calle en París reivindicando un mundo nuevo al ritmo de esloganes como "prohibido prohibir" e "imaginación al poder". Hoy poco queda de aquello. Esa ilusión desbordante se ha ido diluyendo y prácticamente ha desaparecido.

Y es que hay cosas que son muy dificiles de cambiar.

Ayer salí con un grupo de amigos a cenar. Celebrábamos mi cumpleaños y llevo toda la semana pensando en ese momento. Pero no porque sea muy previsor o porque me guste cuidar los detalles, sino porque desde que escribí hace quince días un post sobre otra cena con ellos llevo dándole vueltas a que debo controlar mis miedos y ser yo mismo. Y quería aprovechar el momento para hablar con ellos y contarles que soy gay.

La cena estuvo bien. Una conversación animada y divertida. Saltábamos de un tema a otro tema sin discontinuidad aparente y nos reímos durante toda la noche. Tenía pensado hablar con ellos en los postres. Era el mejor momento. Todavía estás sentado a la mesa y puedes hablar con todos a la vez y si va bien se puede alargar la sobremesa con copas para poder seguir hablando y respondiendo a sus preguntas. Y si va mal y se produce un momento tenso se puede romper levantándose y yéndose.

Pero a pesar de llevarlo todo pensado y planeado, cuando llegó el momento me entró de nuevo la ansiedad y el agobio. No encontré ni el momento ni la forma de introducir el tema. Las palabras no me salieron. Me intenté tranquilizar a mi mismo diciendo que la noche era larga y que habría otros momentos. Quizá con más alcohol en el cuerpo me deshinibiría más y me lanzaría a la piscina. Pero no fue así. Fuimos de bar en bar. De copa en copa. Pero yo no pude soltarlo. ¿Por qué me cuesta tanto decirlo? No lo se. La verdad es que no lo se. Pero una vez más fue una oportunidad perdida.


Y es que hay cosas que son muy difíciles de cambiar.

Eran casi las cinco de la mañana cuando regresaba a casa. Me había despedido ya de mis amigos e iba solo por la calle pensando que una vez más lo había hecho. A pesar del alcohol (o quizás debido a él) iba cabizbajo y triste. Las calles estaban vacías y yo andaba lentamente, como no queriendo llegar a casa y constatar mi fracaso. Y surgiendo de una bocacalle salieron dos chicos que iban andando por la acera contraria a mi pero siguiendo mi camino. Eran veinteañeros y supuse que regresaban a casa después una noche de juerga. Pero entonces me di cuenta de que iban agarrados de la mano. Los fui siguiendo con la vista mientras andaban paralelos a mi y de repente se pararon y se dieron un beso. Un beso apasionado y deshinibido. Me emocioné de verlos en mitad de la calle besándose sin el miedo al que dirán. Y una vez más se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero esta vez de orgullo.

Y es que, gracias a dios, hay cosas que SÍ que cambian.

viernes, 14 de mayo de 2010

Una despedida y un suspiro


Ya os hable de Calvin hace unas semanas. Se fue a Madrid en busca de un futuro mejor pero dejó en su antiguo piso algunas cosas que tendría que venir a buscar cuando se instalase allí. El fin de semana pasado hablamos por el messenger y me dijo que vendría el día 13 y que se quedaría un par de días en la ciudad. Noté un subidón de alegría por volverle a ver, aunque fuese una visita breve. Y empecé, mentalmente, a imaginar un par de días con él. Charlar hasta la madrugada, salir de copas, reirnos juntos, bailar, emborracharnos... Sexo no, que eso ya daba por descontado que no iba a ocurrir, pero no era necesario. Disfrutar de su compañía ya era suficiente.

Me preguntó si podría dejar una maleta en mi casa si no podía llevarse todo y yo le dije que sí. Tendría entonces que volver otra vez más y podríamos pasar algún día más juntos. Yo trabajaba el jueves y el viernes, así que quedamos que se vendría a cenar el jueves a casa y luego se iría a dormir en su antiguo piso si le dejaban. De esa forma no tendría que madrugar cuando yo me levantase temprano. Mas tarde, cuando yo saliese de trabajar quedaríamos y ya se vendría a dormir a mi casa.

Estuve planeando, soñando y fantaseando toda la semana con su visita. Lo que ibamos a hacer y lo bien que lo ibamos a pasar. El martes me llamó de nuevo y me dijo que no le dejaban dormir en su antiguo piso y que si podría dormir en mi casa. Le dije que sí por supuesto. Desayunaríamos juntos y le vería con los ojos soñolientos al amanecer.

Y por fín llego el gran día. Ayer sobre las ocho de la tarde se presentó en mi casa. No había conseguido quedar con el dueño de su piso para recoger las maletas y las pasaría a buscar la mañana siguiente. Preparé algo para picar y nos sentamos a charlar. Me contó que le iba bien en Madrid, que ha conseguido trabajo en un bar de Chueca y se estaba empezando a familiarizar con la ciudad. Hablamos de sus sueños de futuro, de que le estaba gustando Madrid y que se sentía muy comodo allí. Como si hubiese sido madrileño de toda la vida. Estaba radiante y rebosaba alegría y vitalidad. Daba gusto verle. Y me alegré por él.

Estuvimos charlando un par de horas, jugamos a la consola un rato entre risas y dijo que esta vez me invitaba él a cenar. Compró una pizza y un pastel de chocolate y yo abrí unas cervezas. Brindamos, nos reimos y seguimos charlando hasta la medianoche. Le dije que era hora de acostarse, que yo madrugaba para trabajar. Y me dijo que dormiría en el sofá.

Eso me descolocó. Me había hecho la idea de que iba a tenerlo en mi cama y aunque sólo fuese para dormir, me hacía ilusión que estuviese junto a mi. Oir su respiración mientras dormía. Ver como la luz del amanecer le bañaba la cara. 

Le ofrecí mi cama por si no se había atrevido a decírmelo. Al fin y al cabo, ya hemos dormido juntos un par de veces. Pero me volvió a decir que prefería dormir en el sofá. Le saqué una manta y se acomodó como pudo. Me quedé mirándolo unos minutos y me acosté. Solo.

Esta mañana al desayunar me ha dicho que no ha dormido casi nada. Dormir en un sofá nunca es cómodo. He preparado café, unas pastas y fruta y mientras desayunábamos me ha comentado que ha estado pensando esta noche y que si conseguía recoger sus maletas y podía con todo igual se iba ya para Madrid. He tragado un poco de saliva para soltar el nudo que se me hecho en la garganta y hemos quedado que me llamaría al móvil para decirme si se iba o se quedaba.

A las 12.30 me ha llamado y me ha dicho que tenía billete en el autobus siguiente. Nos hemos despedido y quedado que si alguna vez iba por Madrid le pase a saludar.

Me ha quedado una sensación agridulce. Por un lado he disfrutado de cuatro horas ayer con él. Y lo pasé bien. Pero por otro creía que ibamos a salir por ahí y disfrutar una o dos noches juntas. Ha sido una pequeña desilusión. Quizá me había creado unas expectativas muy grandes para el fin de semana. Es el precio de soñar. Pero prefiero ser positivo y agradecer el rato que hemos pasado juntos y recordarlo como un buen momento.

Cuando hablé de Calvin hace veinte días, en los comentarios me preguntaron si me había quedado pillado por él. Yo respondí que no. Y lo sigo creyendo. Pero ahora lo matizaría. No me he quedado pillado de Calvin la persona, sino de Calvin el amigo. Lo que voy a echar de menos es alguien con quien compartir esas noches de conversación, esas partidas a la consola, esos orujos mano a mano, esas risas. Con él salí por el ambiente, y su extrovertida manera de ser me hizo natural estar en un lugar extraño para mi. Cubría un hueco en mi vida que ahora queda vacio.

No ha sido la despedida que tenía pensada, pero al menos lo he conocido. Lo voy a echar de menos.

viernes, 23 de abril de 2010

Puedo escribir los versos más tristes esta noche


Estoy triste. Las lágrimas afloran a mis ojos y a duras penas las contengo. Pero no hay una razón concreta para ello. O las hay todas. Es algo que estoy notando desde hace unos meses. Mi fortaleza se resquebraja a veces. He pasado años endureciéndome. Convenciéndome de que me bastaba a mi mismo para todo en esta vida. De que era autosuficiente. Era un tipo duro. Con una mirada cínica y una sonrisa sarcástica.

Mientras escribo esto estoy escuchando "Defying gravity" de Wicked y necesito hiperventilar para impedir que el llanto se me apodere. Y no es porque la canción me emocione. Que si lo hace. Es algo más. Es una sensación extraña en mi. Es tristeza. Es soledad. Es una tensión contenida, unas ganas de gritarle al mundo como soy.

Nunca he llorado con una película ni me he emocionado. Y ahora a veces noto como un temblor incontrolable y mis ojos se humedecen al ver cualquier escena creada con mil y un trucos de manual barato para conmover. No soy yo. O sí. Ya no lo se. Pero cada vez tengo más ganas de llorar. No se si voy a llorar lo que no he llorado estos años. Una especie de compensación tardía. Lo que si se es que en estos momentos echo de menos alguien a quien abrazarme. Y llorar. Llorar mucho.