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martes, 7 de febrero de 2012

Duda moral


Durante estos días de paro forzoso y enclaustramiento involuntario a causa de mi esguince, he aprovechado para sacar adelante muchos temas que tenía pendientes por falta de tiempo. He podido visitar muchos blogs y ponerme al día con casi todo lo publicado y he respondido una ingente cantidad de correos que se apiñaban  desde hacía mucho en mi bandeja de entrada. Le dedico bastantes horas a estudiar, entre aburrido e interesado, un curso online para actualizarme en mi trabajo y he disfrutado al chatear con amigos que por horarios no veía hacía tiempo. Pero también para conocer gente nueva aprovechando las oportunidades que nos brinda internet.

No voy a desgranar ahora toda la gente que me han permitido hacer más llevaderos estos días, que ya serán objeto de otras entradas, pero sí me gustaría hablar de una de ellas en concreto.

Desde que me compré un móvil nuevo hace unos meses que me permitía conectarme al fin a internet, fui probando con diversas aplicaciones que me permitirían sacarle más partido al desembolso. Y entre esas aplicaciones que con curiosidad me instalé, estaban varias muy conocidas de ámbito exclusivamente gay. La verdad es que no las he utilizado demasiado, pero saber que están ahí me sirve para echar un vistazo de vez en cuando y conocer gente nueva con quien relacionarme, ya sea para una simple charla intrascendente o para disfrutar juntos de ratos de ocio. Y así conocí a Calixto. Por casualidad.

Uno de esos programas requirió una actualización y entré para instalarla. Y justo en esos breves momentos en que el programa estaba abierto recibí un saludo y una carita sonriente. Su perfil, prácticamente vacío y sin datos, me permitió ver una foto suya que me gustó. Era moreno, delgado y tenía un aire un poco melancólico. A ojo le calculé unos 18 ó 19 años y decidí entablar una conversación con él. Me encanta hablar con personas de diferente edad a la mía porque me aportan un punto de vista muy diferente al que pueda tener yo. Siempre he creído que se puede aprender algo de cualquier persona, independiéntemente de su edad, además de que te mantiene pegado a la realidad y te aleja de la burbuja de pensamiento de tu generación.

Empezamos a chatear y la conversación se alargó un par de horas en que me reí mucho por su ingenio y visión del mundo. La charla continuó, a ratos muertos, los siguientes días. Y me dijo que le gustaría conocerme. Ahí empezó a subir de tono la conversación, haciéndola más picante y desenfadada. Intercambiamos números de teléfono y se hizo una foto más cercana de su cara que me envió para que le dira mi opinión sobre sus ojos. Y los que se abrieron fueron los míos.

Me pareció que era más joven de lo que yo creía. Y se lo pregunté directamente. Dieciséis años me respondió. Me asusté un poco porque nunca me había planteado quedar con nadie menor de edad, y rápidamente empecé a buscar en internet la legislación penal española para asegurarme de que no estaba cometiendo un delito. No soy un pederasta.

Descubrí que el código penal permite a los mayores de 16 años que puedan tener sexo con adultos sin ningún tipo de problema, y una vez tranquilizado al saber que no hacía nada ilegal seguimos charlando un buen rato. Pero yo seguía dubitativo sobre el tema y le daba vueltas en mi cabeza a su juventud. ¿Y si me estaba mintiendo? ¿Tendría que pedirle el DNI como un portero de discoteca para asegurarme de su edad? Se lo pregunté de nuevo. Y me confesó que le faltaban unos meses para cumplir los dieciséis. Tenía quince años.

Aún no había cerrado las webs donde había investigado el código penal y me lancé a leerlas de nuevo. Debió notar mi silencio e intuir mis miedos, porque me escribió diciendo que en España la edad de consentimiento para las relaciones sexuales está en los 13 años. ¡Se había molestado en mirar el código penal para saber lo que hacía! Ahora comprendía porque me había engañado con su conversación, pues parece mucho más adulto de lo que es.

A pesar de lo que me dijo, preferí comprobarlo por mi mismo, y efectivamente la edad de consentimiento sexual en España está en los 13 años. Los mayores de 16 pueden acostarse con quien quieran, y los del rango de 13 a 15 lo pueden practicar también, sin problemas, siempre que no medie engaño por parte del adulto. Eso es un delito que se llama estupro.

Toda esta legislación la desconocía totalmente porque, como he dicho antes, ni se me había pasado por la cabeza acostarme con un menor de edad. De hecho nunca he quedado con nadie menor de veinte. Pero a partir de ahora no creo que se me olvide nunca.

Tranquilizado un poco al saber que no había hecho de momento nada incorrecto seguimos hablando, pero yo seguí teniendo muchas dudas sobre si era moralmente aceptable. Porque este es el problema. Mi duda moral.

Yo tengo 43 años y me crié en una época en que la moral católica lo impregnaba todo. Las relaciones sexuales no se debían realizar hasta el matrimonio y a pesar de que se incumplía sistemáticamente, era muy raro que alguien se iniciase en el sexo antes de los 17, casi mayores de edad. Y eso en los chicos. Las chicas tardaban más. En mi círculo de amigos la mayoría se inició aún más tarde. Y las relaciones homosexuales eran imperdonables.

Debido a que yo no descubrí mi orientación sexual real hasta los 40 años, y a pesar de que tuve relaciones sexuales con mujeres de forma regular, era un tema que no me interesó mucho durante años. En parte fueron rutinarias y en parte hormonales. Prácticamente llegué a pensar que era asexual. Debo reconocer que ando un poco descolocado en este tema y que probablemente mis dudas pertenecen a otra época más represiva y que probablemente estoy viviendo en mi cabeza con unas reglas morales que los más jóvenes hoy considerarían absurdas y desfasadas. Pero ahí están.

Mientras pensaba en todo esto a la par que chateábamos, Calixto me lanzó un pregunta que me dejó sin respuesta: "Si ya te habías llegado a plantear acostarte con uno de 16 ¿qué diferencia hay por hacerlo con uno unos meses menos si es perfectamente legal?"

Le respondí, sin comprometerme, un "ya veremos" y seguimos charlando. Me contó que el descubrió que era gay con 13 años y que desde los 14 mantiene relaciones asiduamente. Le gustan los mayores que él, generalmente entre los 25 y los 35, pero que yo le gusté por mis fotos y sobre todo por lo que había escrito en mi perfil. Que ya se había fijado en mi hacía tiempo y que llevaba esperando a verme conectado para escribirme.

Me preguntó si era celoso, porque el mantenía una relación abierta con un chico de 35 desde hacía un año y que además solía quedar esporádicamente con otros. Estuvimos hablando mucho tiempo y cuanto más hablaba más me sorprendía por su madurez. Lo comparaba con Alejandro, que ahora tiene 24 años y Calixto parecía mucho mayor. Si no supiese su edad y me hubiese enseñado su foto, habría pensado que tenía veintimuchos.

Hemos hablado unas cuantas veces y Calixo ha insistido en quedar varias veces, pero yo no termino de decidirme. Tengo demasiado dentro de mi unas cortapisas morales aprendidas en mi juventud, pero la sociedad ha avanzado mucho en estos últimos 25 años, y de la misma forma que la homosexualidad ha pasado de ser perseguida penal y moralmente a ser un hecho "medianamente" aceptado en la sociedad, quizá sea yo el que deba hacer ahora el esfuerzo de actualizarme y derribar las barreras mentales que me aislan. Igual que hice al aceptar mi homosexualidad. Igual que el día que me atreví a quedar por primera vez con un chico. Igual que cuando empecé a salir del armario con algunas personas. Llevo tres años derribando muros que se implantaron en mi mente hace ya treinta. ¿Debe ser este el siguiente?

Sé que este blog lo lee bastante gente, y que por aquí han dejado comentarios visitantes entre los 15 y los 70 años. Probablemente habrá muchos otros que sólo lean y de los que desconozco su edad, pero me gustaría saber la opinión de todos. Probablemente serán dispares pero no me importa. Pues tengo dudas. Muchas dudas. Y no sé si debo derribar este muro.

domingo, 3 de abril de 2011

Oscuridad


Sigo saliendo los sábados por la noche con Jasper y sus amigos. Son todos muy buena gente y estoy encantado de haberlos conocido, pero tienen unos cuantos años más que yo y una larga trayectoria disfrutando del ambiente. Yo en cambio soy un recién llegado que me maravillo con facilidad ante cualquier novedad en la que ellos han dejado de fijarse hace ya bastantes años.

Solemos quedar a tomar algo en un bar tranquilo en el que la media de edad supera ampliamente los cuarenta. Allí casi siempre soy el más joven, salvo por alguna excepción puntual que entra de vez en cuando y sobre la cual mis ojos se posan irremediablemente. Ayer mismo un chico guapísimo se acodó en la barra a mi espalda, muy cerca de mi. Tuve que maniobrar sutilmente para poder colocarme de forma que podía admirar su cara. Él no me vio, pero su novio creo que sí, pues la mirada fija que me dirigió no invitaba precisamente a entablar contacto.

Cuando salimos de ese bar una parte del grupo se suele ir a dormir y el resto a veces se viene a tomar algo entrando en algún bar en el que la juventud predomina. Pero no se sienten cómodos allí y tras un breve tiempo suelen abandonar el local rápidamente. Unas veces se van a casa y otras salen a respirar fuera o fumar un cigarrillo dejándome solo dentro. Allí suelo observar la cantidad de chicos que se agitan bajo la música. Unos con una copa en la mano, otros bailando en lo alto de los estrados mientras sus compañeros les miran entre admirados y envidiosos. Los más charlando simplemente pero estallando en risas de cuando en cuando. Un brazo sobre el hombro, una confidencia en el oído, una caricia mal disimulada, un abrazo, un beso cariñoso. Un beso.

Yo lo observo todo y miro a mi alrededor sintiéndome solo. De vez en cuando un chico me sonríe al pasar a mi lado, pero sólo para que me aparte y le deje pasar junto a sus amigos. Suelo oir sus risas francas a mi espalda y me gustaría sumarme a ellas, pero no tengo la habilidad de presentarme sin conocer a nadie. Sigo bailando, esperando que alguien me diga algo y poder empezar una conversación. Pero todos pasan de largo. Como mi vida.

Mis amigos me dicen que esos bares no son para ellos y que les agobian. Que no se puede hablar y que hay mucho "niñato". Y muchos días se van de allí a otro bar que tiene cuarto oscuro. Yo no he ido nunca con ellos. No me llama nada en principio ese tipo de lugares. Sexo clandestino al azar y alivio rápido. Me dicen que esos "niños" que tan altivamente te miran en los bares luego acuden allí desesperados por un desahogo una vez que sus amigos emparejados ya se han ido. No sé. Igual soy demasiado mojigato y me estoy perdiendo algo. ¿Cómo puedo saber si me gusta si no me atrevo a probarlo? Pero ni siquiera sé como funciona, si tiene reglas, si hay conductas prohibidas o si hay códigos de miradas. ¿Cómo sabes lo que quieren los demás o cómo decir a alguien que no te interesa? ¿Se habla allí o los gestos y miradas son lo único admitido? ¿Es todo público o hay rincones apartados? Ni siquiera sé si se paga por entrar en estos sitios.

Soy una vez más ese niño que despierta a un mundo que no conoce y que le da miedo. Soy ese niño que observa sin entender. Soy ese niño que vive entre la curiosidad de lo desconocido y el temor al ridículo del comportamiento inadecuado. Soy ese niño que aún no ha crecido para saber lo que quiere, pero que es demasiado mayor para seguir siendo ignorante.

Soy un niño de 42 años. 

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Contracorriente


Ir al cine es una experiencia que me fascina.

Me encanta llegar temprano y sentarme en las filas traseras para observar a la gente sentarse. Según el tipo de película me hago apuestas a mi mismo sobre el tipo de personas que acuden a la sala. He llegado a ser un maestro en esto. Incluso podría hacerlo al revés. Si me enseñasen una sala con los espectadores ya sentados podría deducir el tipo de película que iban a proyectar. Incluso podría detectar quien es el despistado que ha entrado a ver la película sin saber de que iba.

Ayer fui al cine y en mi sala entraron menos de diez personas. Había una pareja muy acaramelada que se sentaron en una esquina y que juntaron sus cabezas en comunicación telepática. Otros cuatro eran dos parejas de veinteañeros muy alternativas cargados de apuntes y folletos y que en voz baja discutían vehementemente sobre algo que no pude entender pero que parecía muy importante a juzgar por sus gestos. El resto espectadores solitarios. Singles que les llaman ahora. Y yo.

La película que escogí es una producción peruana de un director novel, Javier Fuentes-León. A pesar de su bajo presupuesto y limitadas localizaciones la historia funciona bastante bien. Miguel, un pescador a punto de tener a su primer hijo vive una historia de amor en secreto con Santiago, un joven pintor venido de la capital y al que todo el pueblo de pescadores rehuye por vivir su homosexualidad públicamente.

Aunque a priori podría tener puntos de conexión con Brokeback Mountain, aquí la historia de amor es relegada a un segundo plano para hacer una crítica social sobre la homofobia en las comunidades rurales del Perú. Es una historia de sentimientos y prejuicios. De miradas y silencios. Pero sobre todo de miedos.

Miguel se debate entre sus obligaciones para con su esposa y su futuro hijo, y su relación con Santiago. Vemos las miradas furtivas, el deseo, la felicidad contenida, pero también su miedo a que les vean juntos, a que sus amigos le marquen como "maricón". Porque Miguel no se reconoce a si mismo como homosexual e intenta vivir ignorando una parte que le es consustancial. Hasta que Santiago desaparece un día...

Destacaría la interpretación de la peruana Tatiana Astengo como Mariela, la mujer de Miguel. Aunque está en segundo plano nos acongoja el corazón con su presencia. El boliviano Cristian Mercado cumple en su papel de Miguel y su mirada a ratos triste y a ratos asustada es suficiente mientras nos enamora con una preciosa sonrisa. No puedo decir lo mismo del colombiano Manolo Cardona, cuya interpretación es justita y que sabe a poco. Un reparto internacional acompañado de una musica evocadora que realza la luminosidad de los escenarios. Y el mar. Porque la película huele a salitre y viento. A fuerza y libertad.

Mi opinión crítica probablemente se ve mediatizada porque me veo reflejado en Miguel. En su cobardía para aceptarse y en su ignorar las partes de la historia que no le interesan para autojustificarse. A Miguel le gustaría fijar la realidad en un momento congelado para poder disfrutar de su mujer y su hijo, de sus amigos y de Santiago. Pero esos momentos son fugaces y tienden a huir. Me veo en esos miedos en su mirada, siempre preocupado por el que dirán. En esas caricias tan necesarias y que hacen tanto bien. No soy Miguel. Pero podría haberlo sido.

jueves, 8 de julio de 2010

Una extraña fijación


Empecé a fijarme en él cuando era pequeño. Me gustaba mucho y pasaba las horas mirándolo. Siempre estaba ahí y cuando pasaba lo ojeaba de reojo. Me daba vergüenza acercarme y siempre lo atisbaba desde lejos.

Cuando hablaba con los amigos notaba que la gente lo consideraba algo extraño. Se reían de los que les gustaba. Y las bromas eran frecuentes. Yo también me reía y hacía chistes porque no quería parecer diferente. No quería que se metieran conmigo ni que que fuese el blanco de todas las bromas. El instinto de supervivencia en esas edades se impone al coraje de reconocer lo que nos gusta.

En la adolescencia fue a peor. Era algo que no se podía contar sino querías quedar fuera de la vida social. A los que se dedicaban a "esas cosas" los marginaban y nadie les dirigía la palabra. Era el ostracismo total. Y eso con suerte, porque podían meterse contigo siempre que quisieran. Y no había nadie para defenderte. Porque todo el mundo lo consideraba "extraño".

Si te atrevías a confesárselo a un adulto te decían que lo mejor era dejarlo. Que eso no llevaba a ninguna parte. Que mejor que fuese como los demás chicos y saliese por ahí los sábados a conquistar chicas. Y claro, yo les hice caso. Salía por ahí y me reía con los demás. Pero a veces me escapaba para poder quedar los domingos temprano y estar toda la mañana.

Me encantaba. Disfrutábamos los dos y cuando terminábamos, ya agotados, solíamos beber algo y volvíamos a recordar cada momento.

Cada vez me gustaba más y quería estar más tiempo practicándolo. Me llegó a obsesionar y cuando se lo contaba al sacerdote que era mi tutor en el colegio se escandalizaba y me decía que canalizase mi fogosidad en los estudios y no en "eso".

Con veinte años la vida me enseñó que si quería triunfar era mejor apartarse de esas prácticas. Y lo dejé. Me dedique a conseguir lo que se esperaba de mi en la vida mientras lo arrinconaba en mi corazón.  A veces pensaba en él y añoraba los buenos tiempos que pasé. Las risas, el llanto, la alegría y la frustración. Lo echaba de menos pero no me atrevía.

Pasaron muchos años antes de que me diese cuenta de que me había equivocado. Y con cuarenta años volví a él. A disfrutar de su tacto. A madrugar con ilusión para dedicarle unas cuantas horas.

Ahora ya no me escondo. Si alguien me pregunta lo digo sin rubor. Ya no lo oculto y no me importa lo que piensen los demás. Soy como soy, me enorgullezco de lo que me gusta y lo proclamo cuando hace falta:

Sí, me gusta jugar al ajedrez.

lunes, 26 de abril de 2010

Miedos



Una de las cosas que más eché de menos en esos primeros momentos era tener un referente. Alguien a quien poder dirigirme y decirle "soy como tu y ahora ¿que hago?". Puede parecer increible, pero a mis 40 años aún no había conocido nunca a nadie homosexual. Al menos que yo supiera claro. Ningún compañero de colegio. Ningún amigo (ni amigos de mis amigos). Ni siquiera compañeros de trabajo en las distintas empresas en la que he estado. Nadie. Nunca.

Quizá esa es la causa de mi aceptación tan tardía. Si hubiese conocido a alguno probablemente me habría hecho pensar y razonar. No se si me habría atrevido a preguntarle o no, pero al menos habría visto que no era tan terrible y me habría llevado a plantearme y cuestionarme mi sexualidad

Por supuesto no es esa la única causa. Fui educado en colegios religiosos y aunque ya desde los 12 años fui consciente de que la religión no era para mi, la ética y la insistente y sesgada educación siempre hacen mella. Te educan en unos valores éticos que absorbes como una esponja a esas edades, y te crean unos prejuicios impuestos que puedes tardar años en eliminar. Eso si lo consigues. Y la homosexualidad era uno.

Otra causa probable es la sociedad que te rodea. Yo viví mi adolescencia en los 80. Y en esa época todavía pervivía el desprecio al maricón. Y no sólo desprecio. Podía ser incluso peligroso. Había agresiones y la gente miraba hacia otro lado. Hay que tener en cuenta que la Ley de Vagos y Maleantes (y su sucesora la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social) estuvo en vigor hasta el año 79. Y aunque derogada formalmente, el ostracismo seguía vigente. Definirte como homosexual era tu muerte social.

¿Me exculpa esto y justifica mi aceptación tan tardía? Yo creo que no. Los prejuicios estaban implantados y la sociedad no permitia otra cosa que el pensamiento único, pero siempre fui una persona que razoné y me pregunté acerca de todo lo que me rodeaba. ¿Por qué entonces no cuestioné este prejuicio? Creo que sólo hay una respuesta. Miedo. Miedo a no ser como los demás. Miedo a quedar apartado. Miedo a ser rechazado. Y sobre todo miedo a vulnerar una moral equivocada pero que entonces admitía sin reservas.

He vivido con miedo durante muchos años y ahora que soy consciente empiezo a luchar contra él. Uno no se escapa de sus propios miedos simplemente ignorándolos, pero es un buen principio reconocerlos y saber que que hay que luchar contra ellos. Y yo estoy luchando.