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jueves, 14 de abril de 2011

Una tarde en Phnom Penh


Ya con mis chanclas recuperadas, agradecí a los miembros de seguridad del palacio su interés con una solemne inclinación que me devolvieron con una sonrisa cómplice.  Muchos visitantes se pararon al ver como todos se inclinaban para despedirme. Imagino que pensaron que era una personalidad o un famoso de incógnito.

Junto al Salón del Trono se encuentra el anacrónico Pabellón de Hierro, una casa de campo de estilo francés regalada por el emperador francés Napoleón III al rey de Camboya y con la que los franceses quisieron alardear de las últimas técnicas de construcción y de los nuevos materiales como el hierro con el que ingenieros como Eiffel estaban experimentando. Lo único que no tuvieron en cuenta es que en un país en el que la temperatura media anual supera los 30º, una casa de hierro se convierte en una especie de horno de fundición inhabitable.

Recorrí el patio que rodea a la Pagoda de Plata bajo un sol abrasador. Un paseo cubierto al modo de peripatos griego rodea el recinto, y fue un pequeño refugio donde esconderme por un rato de los rayos del sol. Está decorado con unos fantásticos murales representando el Ramayana y la batalla de Lanka, y mientras recuperaba mi temperatura corporal pude disfrutar de los miles de detalles que los componen.

Alrededor de la Pagoda se levanta un jardín de estupas y plantas con formas de animales entre los que me encontré una maqueta del templo de Angkor Wat que me sirvió como aperitivo del original que vería un par de días después. Pero fue un pequeño oasis verde lo que me llamó la antención. Es el Phnom Mondap, una colina artificial de exhuberante vegetación en el que se conserva una huella de Buda. Allí un grupo de adolescentes se hacían fotos con poses provocativas que encandilasen a sus futuras conquistas. Sus risas contagiosas me hicieron sonreir mientras me sentaba a mirarles junto a un Buda de piedra.

En el pasillo de salida, entre tiendas de regalos, exposiciones de sillas de elefante y palanquines reales se encuentran unas reproducciones de casas tradicionales camboyanas con objetos cotidianos. En una de ellas, alejada totalmente del bullicio de los turistas, dos músicos tocaban una especie de xilófonos de metal y bambú. Me quedé un rato disfrutando de su música hasta que uno de ellos se levantó y se fue. El otro me miró y con una sonrisa me hizo gestos de que le acompañase con el xilófono vacío. Le dije que no sabía tocar pero insistió en que me sentase. Y lo hice.

Tomé las baquetas y me hizo repetir una serie de notas, y cuando comprobó satisfecho que las había memorizado me fue enseñando otras tres secuencias más hasta completar una pequeña melodía no demasiado compleja. Con un gesto me incitó a tocarlas todas consecutivas y cuando empecé, él a su vez comenzó a tocar otra melodía mucho más compleja que se imbricaba con la mía. Su melodía subía y bajaba, aceleraba y se detenía. Y sonreía cuando yo variaba la velocidad acompasando mi melodía a su velocidad.

Casi sin darme cuenta varios turistas se habían acercado a escucharnos y se sentaron a nuestro alrededor. Yo intentaba concentrarme en mi melodía mientras el músico elaboraba cada vez más su tema con variaciones complejas. Las risas de algunos de ellos al ver mis esfuerzos por seguir el ritmo me hicieron darme cuenta de que era el centro de un espectáculo y que me estaban sacando fotos una veintena de personas que se había congregado mientras tanto. Un turista japonés señaló la cámara que estaba en el suelo junto a mi y se ofreció a tomarme una foto con ella. Le dí permiso con un gesto y quedé así inmortalizado para diversión de mi familia.

Al terminar de tocar todo el público estalló en aplausos y bravos, los musicales dedicados a mi compañero y los jocosos destinados a mi persona. Fue un éxito sin precedentes. Una función irrepetible y para el recuerdo.

Fuera me esperaba Samai, mi conductor de los mitones de lana rosa, que volvió a colocarse parsimoniosamente a pesar de la asfixiante temperatura. Tomamos su moto y nos dirigimos al campo de exterminio de Choeung Ek. Está a unos 15 km de Phnom Phem y es una especie de pradera verde e idílica salpicada de árboles. Aquí, entre 1975 y 1978, bajo el régimen de los jemeres rojos de Pol Pot, fueron traídos 17000 detenidos que había sido antes torturados e interrogados en la prisión de Tuol Sleng.

De manera brutalmente eficiente un camión descargaba a los prisioneros junto a una cabaña donde los vigilantes guardaban las herramientas con que ejecutar a los recién llegados. La mayoría fueron apaleados hasta la muerte para ahorrase el coste de una bala. Sus cuerpos todavía atados y con los ojos vendados fueron encontrados en las fosas que salpican todo el campo. Nueve mil cuerpos fueron desenterrados de las fosas antes de que un tercio de ellas se dejasen sin exhumar. Sus craneos, ordenados por sexo y edad se pueden contemplar en una gran estupa con el interior de cristal que se levantó allí para recordarlos.

Paseando por entre las fosas abiertas aún se pueden ver restos de huesos desperdigados y jirones de ropa entre la tierra. Junto a una de ellas un gran arbol era utilizado para matar a los niños pequeños antes de arrojarlos a la fosa. Los agarraban de las piernas, los volteaban sobre ellos y golpeaban el arbol con todas sus fuerzas hasta destrozarles la cabeza. Ni los nazis fueron tran crueles.

Regresamos a Phnom Penh en silencio. Con la imagen de la matanza en mi cabeza. Al contemplar a la gente viviendo junto a la carretera pensaba que que otros antes que ellos tuvieron la mala suerte de vivir en la época equivocada. Quizá incluso fuesen descendientes. Probablemente.

Llegamos a Museo Nacional un poco antes del atardecer. Allí disfruté de una fantástica colección de escultura jemer que abarca todo el período clásico de Angkor y algunas piezas anteriores y posteriores. Pero además de las obras expuestas me encantó descubrir un patio interior abarrotado de visitantes del museo. Y la mayoría eran camboyanos, no turistas, que alrededor del lago central disfrutaban del frescor de las plantas y la tranquilidad de paraje rural.

El sol caía ya y no daba tiempo a ir al mercado ruso, el más pintoresco, así que me dirigí al mercado central, el Psar Thamei, un mercado de estilo art deco donde comprar recuerdos, joyas, relojes, monedas y ropa. Sobre todo ropa. Aquí se venden muchas de las marcas occidentales que se confeccionan en Camboya, pero su precio es muchísimo más barato que en Europa. Ya empezaban a cerrar los puestos cuando llegué, pero aún me dio tiempo para comprarme un par de camisetas y un cinturón tras un breve regateo con una simpática vendedora con la que compartí una coca-cola y unas croquetas de contenido indefinido. Durante toda la venta no dejó de meterme mano disimuladamente con la excusa de comprobar si me sentaba bien la ropa.

Antes de entrar me despedí de Samai y no pude evitar preguntarle por sus mitones rosas. Con una sonrisa se los quitó y me alargó sus manos. Eran suaves. Delicadas. "¿Ves?" me dijo, "son para evitar la contaminación".  Le pagué y quedamos que vendría a buscarme al amanecer para ir a la estación de autobuses.

Era de noche cuando salí del mercado y poniendo a prueba mi sentido de la orientación decidí ir paseando hasta el paseo fluvial donde se encuentra la zona de turístas. Disfruté de un agradable paseo de media hora donde fui encontrándome a mucha gente a mi paso. Algunos se paraban al verme y otros me señalaban desde lejos. Imagino que no es normal ver un turista por esas zonas de la ciudad. Y menos de noche, a pie y paseando tranquilamente.

Cuando llegué al río descubri que había un mercado nocturno y en lugar de ir a la zona turística preferí quedarme allí y hacer como ellos. Compré algo de fruta y carne con verduras en un puesto y me senté en las grandes mantas que había en el suelo a cenar. El lugar estaba muy animado y me entretuve observando a la gente y paseando entre los cientos de puestos de ropa y joyería que abarrotados de gente joven llenaban el aire de risas y bullicio.

El cansancio de un día que había comenzado al amanecer hizo al fin mella en mi y regresé al hotel a pasar mis últimas horas en un Phnom Phen que habría merecido al menos un día más.

















miércoles, 23 de marzo de 2011

Una mañana en Phnom Penh


Cuando me asomé a la ventana allí estaba él.

Después de convencerme el día anterior de que sus servicios me eran imprescindibles dadas mis débiles piernas occidentales, habíamos acordado que me esperaría al amanecer para visitar la ciudad. Tumbado en su moto, como si hubiese pasado la noche esperándome sobre ella, me saludó con una sonrisa cuando me vio aparecer. Casi no hablaba inglés pero su mezcla de palabras y gestos era suficientemente explícita.

Sacó un casco grasiento de debajo del asiento y me lo alargó. Venciendo mis reparos sobre en que cabeza había estado antes me lo ajusté como pude bajo su atenta mirada. Fue entonces cuando saco sus mitones y con gran cuidado se los ajusto en las manos. Se llamaba Samai, pero yo lo recordaré siempre como el conductor de los mitones rosas.

Nos dirigimos a nuestra primera parada, el Wat Phnom, una colina arbolada en mitad de la ciudad coronada por una pagoda donde la gente sube a rezar y pedir buena suerte a varios Budas que el Mekong arrastró hasta aquí. El parque que lo rodea y el santuario es como una representación de Camboya en miniatura. Vendedores de globos, jugadores de Jianzi, devotos creyentes, mendigos, niños con pájaros que venden para soltarlos en las ofrendas, parejas paseando, gente leyendo bajo los árboles, gatos subidos en las estupas, jóvenes acaramelados y turistas camboyanos que vienen a hacerse fotos frente a la escalinata que asciende a la pagoda.

Tras pedir buena suerte a los cuatro Budas y escaparme de un niño que estaba empeñado en meter uno de sus pájaros en mi mochila me dirigí al Palacio Real. El actual rey vive allí y sólo una parte está abierto al público, pero es suficiente. Es impresionante.

La sensación que tuve de volver a Bangkok trece años después fue apabullante. Todo el Palacio Real rezuma el estilo del equivalente tailandés. Parece casi una copia.

El edificio principal es la Pagoda de Plata, que se llama así porque todo el suelo está hecho de baldosas de plata de 1 Kg cada una. Y hay 5000 baldosas. Me habría encantado sentarme sobre ellas y rascar disimuladamente una de ellas, pero se encuentrana tapadas por alfombras y sólo te dejan ver unas cuantas en un extremo. Aún así impresiona. Me imaginé lo que debía ser verlo antes cuando estaban todas al descubierto y la luz de las ventanas las hiciesen brillar. Aprovechando que había tenido que descalzarme para entrar pisé disimuladamente una de ellas y a pesar del calor asfixiante noté que estaba helada. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Dentro se encuentra lo mejor del arte jemer. Vi un Buda esmeralda y otro de oro recubierto con más de 10.000 diamantes, pero había infinidad de pequeños budas y figuritas que atraían la mirada irremediablemente. Aquí las fotografías estaban prohibidas y el nivel de seguridad imperante hacían poco recomendable el intentarlo.

Cuando salí busqué mis chanclas entre los miles de tipos de calzados desperdigados por la entrada pero en el lugar que yo recordaba haberlas dejado no estaban. Empecé a recorrer todo el perímetro buscándolas por si alguien las había movido o yo me había equivocado de lugar pero no aparecieron. Descalzo y con un asfalto que quemaba bajo el ardiente sol me sentí ridículo. El lugar más custodiado de Phnom Penh y a mi me habían robado las chanclas. Parecía un vodevil barato.

Me acerqué a uno de los guardias de seguridad y le indiqué que me habían robado. Se le abrieron los ojos y me pidió que le mostrase el lugar del crimen. Casi conteniéndome la risa por lo dantesca de la situación le señalé el lugar donde las había dejado. Cuatro guardias más acudieron y empezaron a buscar mis chanclas entre las decenas de calzados. No lo podía creer, tenía a la mitad de la seguridad del Palacio Real buscando unas chanclas de 10 euros.

El jefe de seguridad me acompañaba mientras daba órdenes por un walkie y yo me imaginaba las alarmas sonando y registrando a todo el mundo en busca de mis chanclas. En ese momento un inglés de unos treinta años, de metro noventa y rubio apareció corriendo con mis chanclas puestas. Las dejo donde estaban originalmente y se llevó unas que había junto a ellas. Calzaba cuatro números más que yo y había tardado casi media hora en darse cuenta de que no eran las suyas a pesar de que le sobresalía medio pie. No pude evitarlo y por fin solté la carcajada.

Me despedí con una inclinación del jefe de seguridad que me sonreía visiblemente aliviado. Y con gran dignidad me alejé de allí con mis flamantes chanclas de goma.


domingo, 6 de marzo de 2011

Una noche en Phnom Penh


Atardecía sobre Phnom Penh cuando abandoné la prisión de Tuol Sleng con el ánimo encogido y el cansancio de dos días de viaje por el Mekong. No tenía nada más previsto para ese día y me senté en la calle con la espalda apoyada en el muro exterior de la prisión. Un conductor de motos se me acercó y me ofreció sus servicios. Todavía ensimismado le dije que no. Necesitaba tiempo para asimilar lo que había visto.

Cuando por fin reaccioné, saqué mi guía y memoricé mentalmente el mapa de la ciudad. Todos los sitios turísticos estaban ya cerrados y pensé en pasear un poco al azar. Una vez que me levanté, el conductor de la moto se me acercó y se ofreció de nuevo a llevarme. Con una sonrisa y bromeando con él rechacé su ofrecimiento y en ese momento me di cuenta de que con las prisas no había cambiado dinero y no tenía ni para cenar.  Llevaba unos euros pero no sabía si me los aceptarían. El conductor seguía intentando que lo contratara dándome argumentos de lo más peregrinos como que mis blandas piernas occidentales no estaban acostumbradas a andar y entre risas acepté su oferta pero avisándole que no llevaba dinero y que necesitaba cambiar.

Nos montamos en su moto destartalada y entre un trafico intenso me llevó a un cajero. No me había entendido. Su inglés era aún peor que el mío y tuve que enseñarle mis euros para que me entendiera. Su cara sonrió de comprensión y tras recorrer media ciudad e insultar a varios conductores me llevó a un cambista que parecía sacado de una ilustración medieval de usureros.

Ya con mis rieles en el bolsillo fuimos hacia la zona del paseo fluvial, el barrio para los turistas. Aquello no es Camboya. Es una sucesión de bares repletos de extranjeros disfrutando de cervezas occidentales y hamburguesas y creyéndose alternativos. Me senté en el primero que vi que tenía una mesa libre en la acera y pedí una cerveza local que me supo a gloria.

Una vez repuesto seguí paseando por todo el paseo mientras me fijaba en posibles sitios para cenar. A mi lo que me apetecía era probar la cocina Jemer tradicional, pero la mayor parte de los restaurantes parecían demasiado "adaptados" para los turistas. Mientras andaba, los conductores de tuk-tuks y motos me ofrecían una y otra vez llevarme y cuando les decía que no, con un gesto pícaro me ofrecían "chicas bum-bum", un eufemismo para referirse a prostitutas y que había visto en las películas sobre Vietnam.

Al principio me reía y les negaba con la cabeza, pues imagino que debo dar el perfil. Un cuarentón paseando solo y sin rumbo fijo por delante de los bares y restaurantes en el barrio de los turistas y al anochecer. Imagino que pensaban que buscaba compañía y me lo ofrecían una y otra vez. Cuando les decía que no, se me acercaban al oido y me ofrecían hachis, éxtasis, coca y todo tipo de pastillas. Debía tener pinta de muy necesitado de diversión.

Entre los restaurantes y bares se publicitaban masajes para los pies cansados y masajes completos al estilo Jemer. Pero las señoritas ligeras de ropa que sentadas en la puerta se mostraban con las piernas abiertas, no parecían indicar el tipo de masaje que la publicidad prometía.

Un conductor de tuk-tuk insistente sacó de su bolsillo un catálogo de fotos de chicas desnudas que me mostró mientras me susurraba "chicas-chicas-masaje-chicas-guapas-simpaticas-masaje-barato" y me echaba el aliento en el oido. Le dije una vez más que no a su oferta y de repente se lo pensó y con una cara de sátiro me susurro "chicos" y se echó a reir mientras se alejaba. No sé si realmente era cierta la oferta o sólo que le hizo gracia la ídea, pero me hizo pensar que todo estaba a mi disposición si tenía dinero para pagarlo.

He encontrado turismo sexual en muchos sitios en mis viajes, pero pocas veces tan descarado y de tan fácil acceso como en Phnom Penh. Entre las fotos que me enseñaron había algunas de niñas que juraría que eran menores de 15 años. Pero lo que me revolvió el estómago fue pensar que si me lo ofrecían con tanto descaro y prácticamente cada conductor que me encontraba, eso significaba que había mucha demanda.

Miré a los cientos de turistas que abarrotaban los bares y pensé que cuantos de ellos saldrían de cenar buscando compañía.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Ignominia


Tras dos días remontando el río Mekong en barco, el autobús que me llevaba hasta Phnom Penh, la capital de Camboya, entró en la ciudad sobre las dos de la tarde. Observé con curiosidad las calles desde mi ventanilla hasta entrar en una plaza repleta de pequeños puestos y abarrotada de gente. Tras abrirse paso con dificultad entre la multitud se paró en una calle lateral frente a lo que parecía ser una sencilla estación de autobuses: un mostrador con dos ventanillas y unas mesas donde sentarse a esperar mientras tomas algo de la nevera portatil que exhibía un chico de unos diez años. Unos ventiladores en el techo intentaban aliviar un poco la sensación de bochorno.

Mientras se abrían las puertas del autobús y los de delante descendían lentamente, una multitud de chicos jóvenes saltaban detrás de una valla con gestos grandilocuentes compitiendo entre ellos para ganar nuestra atención. Ofrecían sus servicios como conductores de motos y tuk-tuks para llevarte a agún hotel donde les dieran comisión. Me fije en uno de ellos que me sonreía y me hacía gestos de que se quedaba con mi cara. Me reí y él se rió conmigo.

Ya con la mochila a la espalda y la pequeña mochila de la cámara de fotos en el pecho me dirigí hacia él. Regateamos entre bromas y le pregunté que si podría ir en la moto con las dos mochilas. Puso cara de extrañeza por mi pregunta y me dijo que no había problema. Y me monté. Atravesé la ciudad mientras pensaba que en cada esquina íbamos a volcar desequilibrados por el peso de mis mochilas, pero cada vez que la moto se inclinaba demasiado su cuerpo contrapesaba lo suficiente hasta lograr de nuevo la verticalidad.

Quedaban pocas horas de luz y tras darme una ducha rápida en el hotel cogí otra moto que me llevó a la antigua prisión S-21 "Tuol Sleng". La prisión era un conocido colegio que bajo el régimen de los Jemeres Rojos de Pol Pot se convirtió en prisión secreta y centro de tortura entre 1975 y 1979. Durante esos cuatro años se calcula que pasaron por su celdas entre 14.000 y 20.000 personas. De todos ellos solo 7 sobrevivieron.

Los detenidos eran fichados y fotografiados al entrar y se les inculcaba un reglamento de comportamiento que anulaba completamente su voluntad. Cualquier gesto, cualquier duda al responder o cualquier iniciativa era castigada con latigazos o descargas eléctricas. Incluso los gritos durante las penas eran castigados con más latigazos.

Junto con los detenidos se arrestaba a toda su familia pues el régimen consideraba que eran tan culpables como él. No había distinción ni por sexo ni por edad. Todos eran culpables. Se les acusaba de traición a la revolución y si no confesaban eran torturados. Hasta tres niveles de torturas se les aplicaban hasta que se derrumbaban y confesaban. Todo el sistema estaba creado para lograr el máximo dolor en las víctimas. Los propios guardias no conocían la razón del arresto y si dudaban al inflingir los castigos eran torturados asimismo.

Durante la estancia en la prisión vivían aislados y encadenados por los pies. Asustados. Aterrados ante la siguiente sesión de tortura. Cuando no podían más acusaban a algún conocido que inmediatamente pasaba a engrosar las listas de los detenidos. La rueda giraba y la maquinaria se engrasaba con sangre.

Entré por la puerta principal y me encontré dos patios gemelos. Enfrente mio, los edificios del colegio formaban una "E" cuyas sombras bajo el atardecer cubrían las tumbas de los últimos ejecutados. Cuando el ejército vietnamita entró en la prisión encontraron los cuerpos todavía atados y torturados salvajemente de los últimos prisioneros. Les sacaron fotos para que el mundo no olvidase ese horror y los enterraron allí mismo.

Entré en el edificio de la izquierda y me encontré unas habitaciones desnudas con las camas donde se encontraron los cuerpos torturados. En la pared una foto terrorífica tomada aquél día. Nada se ha tocado desde entonces.

Con el corazón encogido fui entrando en las demás habitaciones. Cada foto y cada tortura era peor que la anterior. No es que no quisieran dejar testigos sino que se habían ensañado con sus víctimas. A conciencia. Con crueldad metódica.

Dejé ese edificio y me dirigí al siguiente donde en interminables paneles pude ver las fotografías que tomaban a los prisioneros cuando ingresaban. Y junto a ellas las fotos de sus cadaveres torturados. Porque para probar que los guardias habían cumplido su trabajo los fotografíaban al terminar con ellos.

Paseé entre ellos y me fijé en sus miradas. Alguno incluso sonreía a la cámara sin imaginar lo que le esperaba. Había cientos de fotos. Miles. Y todos fueron torturados. El solo pensamiento bastaba para revolver el estomago. Una mujer contemplaba las fotos mientras se tapaba la boca con un pañuelo. Sus ojos brillaban vidriosos. De repente salió fuera y se sentó en un banco a respirar lejos del aire malsano de los expositores. Su marido la siguió y la abrazó. Me daban la espalda y no podía verles las caras, pero sus cabezas apoyadas una contra otra mientras ella temblaba fue suficiente.

Abandoné el edificio y me interné en el siguiente patio. Aquí el edificio principal se encontraba cubierto de alambre de espinos para evitar que pudieran salir los prisioneros. Dentro de las antiguas aulas colegiales se habían levantado toscos muros de ladrillos que dividían en pequeñas celdas las salas. Paseé entre ellas y me introduje en una. El espacio era diminuto. Cerré los ojos e intenté imaginarme lo que habrían sentido entre aquellas paredes, torturados, oyendo los gemidos de sus compañeros y con los pies inmovilizados por un cepo, pero la cordura humana impide imaginar tanto horror.

Las siguientes salas mostraban más fotografías. Las miraba una a una hasta que me di cuenta de que no podría nunca verlas todas. Sentí que los traicionaba un poco si no los miraba pero el número era inabarcable. Con una mirada a mi espalda me adentré en otra sala donde se podían contemplar algunos de los ingenios de tortura que habían utilizado los jemeres rojos para arrancar sus confesiones. Unos cuadros en las paredes mostraban recreaciones de ellas. Fueron pintado por Vann Nath, un reconocido pintor camboyano. Si buscáis su nombre en "Google Imágenes" encontraréis muchos cuadros que os darán una idea de lo que fue vivir en ese infierno. Vann Nath fue uno de los 7 afortunados que sobreviviron a la prisión.

Salí al patio ahíto de horror y los gritos espontaneos de unos niños jugando ajenos a lo que allí ocurrió me hicieron despertar de mi ensimismamiento. La prisión está ahora abierta al público y los camboyanos entran gratis. Los niños correteaban y saltaban riéndose sin parar. Esos gritos de diversión infantil son el mejor remedio que podía encontrar después de contemplar lo bajo que podía caer el ser humano.