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miércoles, 12 de junio de 2013

Promiscuidad


A finales de este mes de junio voy a tener que ir a Madrid por trabajo. Da la casualidad de que la siguiente semana se celebra el Orgullo Gay y ya pensaba ir con Tony a disfrutar de esos días de fiesta, así que me estoy planteando quedarme también el fin de semana intermedio y conocer un poco ese mítico barrio de Chueca en un fin de semana normal.

Como Tony no llegará hasta el siguiente martes, eso significa que estaré solo y con tiempo libre durante unos nueve días. Podré pasear sin rumbo, descubrir rincones de Madrid ocultos para mi, tal vez descalzarme al sol en un parque al atardecer, sentarme en una terraza con una cerveza a ver pasar la gente, disfrutar de la belleza y alegría de una juventud ajena a mis miradas. O que quizás no sea tan ajena...

Porque la idea de quedar con alguien que alegre mis días por allí también también ha pasado por mi cabeza. Y la siguiente pregunta es ¿con uno? ¿con dos? ¿con más? ¿con cuántos? Eso me ha llevado a meditar sobre la promiscuidad gay en general y sobre la mía en particular.

Cuando yo era joven no fui nada promiscuo. Eran los 80 y la moral católica imperante no fomentaba ese tipo de comportamiento. El sexo era para el matrimonio exclusivamente y las chicas se resistían a dar el paso para no ser tildadas de "fáciles". Sumado a mi natural timidez y mi aún no descubierta orientación sexual que me hizo creer que tenía falta de apetito carnal, pasé por esa etapa de mi vida sin pena ni gloria.

Ahora tengo 45 años, soy gay y he descubierto un mundo que hasta hace poco estaba vedado para mi. Pero es un mundo sorprendentemente lleno de posibilidades. Si quisiera podría tener un hombre en mi cama cada noche, pues recibo proposiciones a diario a través del móvil o de la web, pero lo que más me ha sorprendido ha sido que la mayoría de estas ofertas son directas y sin tapujos. Te envían un mensaje preguntando si quieres sexo, preguntando tus gustos en la cama, donde vives y que les envíes fotos para que evalúen si eres merecedor de su atención. Como en un mercado. Sin un "hola", sin conversación previa, sin importarles ni siquiera como te llamas. No es que me parezca mal, tienen las ideas claras y los objetivos definidos. Y se lanzan sobre ellos. Pero yo no soy así.

No busco el amor en un encuentro sexual, esos días pasaron ya para mi, pero sí me gusta que más allá del envoltorio carnal haya algo más que la idea de un polvo rápido. Me gusta disfrutar de una persona antes, durante y después del sexo. Sentirme a gusto más allá del mero acto lúbrico. Y eso me lleva a rechazar la mayoría de propuestas. ¿Me convierte eso en poco promiscuo? Eso es extraño, porque medido con los estándares de mi juventud ahora yo lo sería, pero con las pautas actuales es posible que no lo sea.

Otro factor que me viene a la cabeza al pensar sobre mi promiscuidad o no es la edad. Normalmente se asocia el exceso de testosterona y apetito sexual con la juventud, y si me comparo con un chaval de veinte años es probable que me consideren un monje, mientras que para la media de mi edad igual piensan que soy un afortunado por mi vida sexual. Muchas de las proposiciones que recibo son de gente que ha sobrepasado su cuarta década como yo, lo que me llevaría a pensar que esta franja de edad mantiene una vida sexual muy activa, pero el mero requerimiento no significa que lo consigan, y por supuesto no es una pregunta que les suelo hacer cuando conversamos. Y los jóvenes con los que suelo quedar no me sirven para calibrar mi situación.

Así que sigo con la duda, ¿soy o no soy promiscuo?


domingo, 4 de septiembre de 2011

Perfiles


Cuando entré en mi primera web de perfiles gay, aún no hace ni tres años, la sorpresa por descubrir un mundo nuevo me nubló el entendimiento y quedé fascinado por esa colección de rostros que me miraban burlones, como retratos de nobles que te precedieron en el linaje familiar y que contemplas intentando descifrar sus vidas a través de sus miradas.

Sólo miraba sus rostros, uno detrás de otro, intentando ver en sus rasgos algo que los delatara como homosexuales y, sobre todo, algo que los diferenciara de mi, un hombre asustado que aún no había aceptado la verdadera realidad de su sexualidad. Fueron cientos los que pasaron por mis ojos, de todas partes y de todas las edades, y yo los miraba entre aturdido y embelesado ante la cantidad de gente que se identificaba con toda naturalidad como homosexual.

Empecé a leer un poco lo que escribían, pequeñas historias, retazos de deseos, ansiedades y sueños, vidas en miniatura. Descubrí que muchos de ellos también tenían miedo como yo. Vivían deseando encontrar a alguien pero rezando para que no los reconociera nadie. Otros en cambio disfrutaban de un desparpajo envidiable y un sentido del humor delicioso que lograban que esbozase una pequeña sonrisa y relajase mi corazón encogido.

Con el tiempo me he ido acostumbrando a este tipo de páginas. Ahora en lugar de pasar fotos apresuradas buscando una belleza idealizada en mi subconsciente, leo lo que tienen que contar de si mismos, sus aficiones, sus lecturas, sus anhelos y también, ¿por qué no? sus morbos y fantasías sexuales.

Pero también me he encontrado con frases y textos despreciativos e hirientes. Leo perfiles de jóvenes de 18, 20 ó incluso 25 años que despachan sus descripciones con "awuelos y papis no molesten y quédense callados y en sus casas", "viejos de más de 30 fuera de mi vista" "si tienes más de 28 paso de ti y tus arrugas". ¿Tan difícil es indicar que tus preferencias abarcan un rango de edad y que no te apetece quedar con gente de edades superiores? ¿Hay que ser ofensivo y despectivo para demostrar que no tienes interés?

Me sorprende el desprecio que se esconde detrás de esas palabras. Precisamente en un colectivo maltratado y humillado durante tanto tiempo, encontrar ese tipo de frases por parte de sus miembros me parece un sinsentido y lo que es peor, un olvido de que si ellos ahora gozan de la libertad actual para mostrarse y ser aceptados en la sociedad, eso se debe a lo que lucharon y padecieron esos "papis y awuelos" que hoy con desdén menosprecian.

Otras frases recurrente que me suelo encontrar son del tipo "las plumas en el gallinero", "plumíferos no", "paso de plumas y aves varias", "si tienes pluma vuelve al corral" o "me gustan los hombres, no las gallinas". Podría seguir escribiendo ejemplos porque las variaciones de la frase son infinitas y el prejuicio que hay detrás me asombra, como si a mi si no me gustaran los altos los llamara "gigantes desproporcionados", a los bajitos "tachuelas con patas" o a los rubios "pelo oxigenado de cerebro derretido". La lista de insultos puede ser todo lo creativa que quieras y abarcar cualquier sector de la población, pero ¿qué gano mofándome del que la tiene? Yo no tengo "pluma" y no me atrae en un hombre, pero no me siento ni superior ni diferente por no tenerla. De hecho, alguna vez he pensado que si la hubiese tenido a lo mejor habría reconocido mi sexualidad mucho antes.

Un tercer grupo también abundante en estas páginas de perfiles son los que dan la callada por respuesta. Cuando alguien les escribe miran su perfil y si no les gusta simplemente le ignoran. Detrás de cada mensaje hay una ilusión y el esfuerzo de alguien que ha vencido su miedo al rechazo y ha volcado sus esperanzas en una foto. Dejarle esperando una respuesta que nunca llegará me parece de una crueldad innecesaria y gratuita. Un "muchas gracias por fijarte en mi y por tu interés, pero no lo comparto, espero que la siguiente vez tengas más suerte" decepcionará pero mantendrá incólumes las esperanzas de acertar en el futuro. No cuesta nada ser amable.

A pesar de todo ello sigo defendiendo este tipo de páginas. Gracias a ellas he conocido a algunas personas maravillosas como Tony, Flavio, Calvin, Jasper o Alejandro. Gracias a ellas vencí mi timidez y me permitió acercarme a gente en un momento en que estaba perdido y sin saber que hacer. Gracias a ellas encontré un punto de partida y algo a lo que aferrarme.

Puede que no sean perfectas y me encuentre muchos fracasos por el camino, pero como las cartas de navegación de Colón, a mi me dieron un rumbo hacia el que navegar con destino a un nuevo mundo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Defecto de fábrica


A pesar de los miles de años que llevamos en el planeta y a que el ingeniero jefe de la Madre Naturaleza ha hecho cientos de pruebas recombinando nuestros genes en la búsqueda de la combinación perfecta, seguimos saliendo al mercado con un notable grado de imperfección.

Sólo tienes que sentarte un día en una plaza concurrida y dedicarte a observar con un poco de esmero a la inmensa variedad de personas que compiten por nuestra atención. Algunos tienen defectos físicos evidentes, mientras que otros los tienen más sutiles y escondidos, pero para un ojo entrenado saltan a la vista en seguida. Pero más allá de estas deficiencias visibles, las más interesantes son aquellas que no son obvias hasta que los individuos no interactúan con otros. Son las taras escondidas de un producto sin terminar. Son los defectos de fábrica.

Mi querido amigo bloguero Christian Ingebrethsen sabe que tengo más defectos de los que podría llegar a explicar en una vida, así que para que vaya empezando a desgranarlos poco a poco me ha encomendado seguir el meme que el asexual Z ha creado expresamente para que nos desnudemos virtualmente en un claro ejemplo de exhibicionismo moral. Las condiciones dicen que debemos exponer tres de nuestros defectos al escarnio público y confirmar o desmentir el defecto que nos atribuye nuestro elector.

Desde que leí el encargo hace ya más de una semana he pensado en qué escribir como primer defecto. Pero cuanto más lo pensaba más indeciso me encontraba. Escogía media docena de ellos pero luego no me decidía por ninguno y lo dejaba para el día siguiente. Lo volvía a pensar y cambiaba cualquiera, con lo que tenía que volver a reevaluarlos todos otra vez. Pero una vez más no terminaba de escogerlos y lo retrasaba de nuevo. Los seleccionados han cambiado según el día, pero la falta de decisión no, así que mi primer defecto es claro, soy un procrastinador. Cuando algo me da pereza lo dejo de un día para otro en la vana ilusión de que la necesidad de cumplir se disipe en el tiempo. Por supuesto no ocurre nunca, pero yo lo sigo haciendo. Una y otra vez.

Mi segunda elección es mi capacidad casi infinita de mantener una discusión por cualquier tema, por muy banal que sea el asunto. Me gusta razonar mi posición y puedo ser muy tozudo en la defensa de una argumentación que suelo apoyar con múltiples metáforas y símiles que a veces desconciertan a mis rivales por lo peregrino del discurso. He llegado a defender una cosa y luego a defender la contraria. Me divierte la discusión y disfruto con la refutación, pero a veces llego a exasperar a mis oponentes dialécticos que no entienden el porqué de una defensa tan apasionada. Y este defecto no tiene discusión. O sí.

Iba a pasar al final del encargo y casi me olvido de que tenía que incluir un tercer defecto para cumplir las condiciones del meme. Y eso se debe a que aunque soy capaz de recitar una extensa lista de emperadores romanos de memoria, soy incapaz de recordar que ropa me puse hace un par de días o donde dejé ese objeto que apoyé un momento mientras hacía otra cosa. Soy despistado. Mucho. Mi memoria es muy selectiva y tiende a olvidar rápidamente las obligaciones mundanas y a mantener incólumes recuerdos absurdos e innecesarios pero que sin embargo me apasionan.

Entre las condiciones del meme estaba confirmar o desmentir las palabras que Christian me dedicó: "Mi siguiente nominado es Parmenio, que una cosa es que haya descubierto que es gay a los 40 y otra que vaya por ahí desatado, que no está dejando títere con cabeza." Y debo confirmar con rubor que es cierto. Que llevo una temporada larga desatado y que me estoy comportando como un adolescente hormonado cumpliendo sus sueños húmedos. Pero ya me tocaba.

Y para terminar los tres agraciados con el placer de mostrarnos sus defectos son:

- Pancho del blog "Tigretón Tontón" que es capaz de pasar de la autofustigación depresiva a la alegría más contagiosa sin ninguna dificultad pero arrastrándonos a todos sus lectores con él.

- G-boy del blog "La vida en colores - Las crónicas de G-boy" a quien sus biógrafos del futuro podrán conocer sin ninguna dificultad lo que comió cada día de su vida y dispondrán del archivo fotográfico personal más extenso jamas documentado.

- Gary Rivera del blog "El alquimista" quien es capaz de afirmar que conoce mil formas de matar sin dejar rastro pero que luego se emociona escribiendo sobre cualquier miembro de su familia.

Que los defectos os acompañen.


jueves, 24 de febrero de 2011

En busca del tiempo perdido


Estaba a mi espalda y lo notaba como se iba acercando poco a poco. Bajo las sábanas mi cuerpo desnudo disfrutaba del recuerdo de la noche. Su calidez resbaló sobre mi nuca y jugó con mi cabello para deslizarse por mi mejilla. No pude menos que sonreir pero me mantuve relajado, disfrutando el momento. Cuando alcanzó mis ojos ya no pude soportarlo más y me incorporé huyendo del deslumbrante rayo de sol.

El zumo de naranja me esperaba junto a la mesilla, recién exprimido y bien ácido, como a mi me gusta. Apoyado en el cabecero miré a través del ventanal el río lleno de vida y dediqué unos minutos a contemplar unos jilgueros que saltando de rama en rama cantaban sin parar llenando la habitación de música. Las sombras de los árboles en la pared jugueteaban creando intrincadas formas y arabescos que seguía con la mirada mientras el viento descuidadamente transportaba olores a madreselva y hierbabuena.

Abrí el libro por donde lo había dejado anoche y continué leyendo, saboreando las palabras y sintiendo como penetraban dentro de mi, dejando un poso de comprensión. Las letras bailaban ante mis ojos y se abrazaban contándome sus secretos más ocultos. Me sentí en paz.

El sonido de la hoja al pasar fue desagradable. Chirriaba como la tiza sobre la pizarra y su sonido se metía dentro sin poder evitarlo. Cambié de posición en la cama pero el rechinar era insoportable. Sonaba y sonaba en mi interior haciendo que mi mente estuviese a punto de explotar de dolor. Y abrí los ojos. De nuevo.

El despertador estaba sonando sin parar. Repicando en mis oídos. Fuera la noche cubría los árboles despojados que se movían inánimes bajo la tormenta. Lo apagué con brusquedad mientras con el ojo, a duras penas entreabierto, descubría aterrorizado que llegaba tarde a trabajar. Me levanté corriendo y el suelo helado punzó cada nervio de mi piel. Me metí en la ducha para descubrir que el calentador estaba apagado. No tenía tiempo de salir a conectarlo y el agua helada disfrutó golpeándome sin piedad y arrancándome espasmos convertidos en gritos contenidos. Intenté entrar en calor pero el café recalentado del día anterior provocó arcadas en mi estómago vacío.

Salí por la puerta a medio vestir y arranqué el coche que se quejó del frío nocturno. Miles de coches se peleaban por dos carriles colapsados. El reloj avanzaba más rápidamente sabiendo que no podía dejar de mirarlo. Una mujer me miraba desde el coche de mi izquierda y avanzó lo que pudo para impedirme cambiar de carril. La cacofonía de cláxones convirtieron el recorrido en una orquesta mefistofélica.

Mi jefe me esperaba con toda la documentación y gritándome por mi tardaza. Lo mismo de siempre.

Por la noche, cuando al fin llegué a casa cansado no me apeteció cocinar. Me preparé algo frío y me senté frente al ordenador a leer los blogs, pero los ojos agotados de muchas horas de desgaste se me cerraban por momentos. Me arrastré a la cama y mirando el libro en la mesilla pensé que mañana lo empezaba. Una vez más.

Me falta tiempo en mi vida. Me faltan minutos. Creo que hay algún agujero en mi vida por el que se derraman sin parar. Pero no encuentro al fontanero que los detenga. De niño leía tres y cuatro libros a la semana. Ahora no llego a uno al mes. Quiero poder responder los correos incontestados. Quiero leer esos blogs que cada día crecen en la lista de pendientes. Quiero quedar a tomar una cerveza y charlar sin miedo a las cosas aplazadas. Quiero salir y bailar. Quiero conducir hasta Moscú y tomarme un chupito de vodka en la Plaza Roja. Quiero saltar en paracaidas y hacer puenting. Quiero una playa de arena blanca del caribe y deslizarme por la blancas laderas de Suiza. Quiero jugar a la consola con un amigo y saltar de alegría al ganar. Quiero ver esa serie que nunca terminé e ir al cine a descubrir una luz que enceguezca por momentos mi vida. Quiero jugar léntamente al ajedrez y observar como crecen las plantas. Quiero que me acaricen la mejilla y cerrar los ojos en su regazo.

¿En que momento transmutamos la candidez en mera existencia?

miércoles, 26 de enero de 2011

La indolencia de la multitud


Ayer desayuné con la noticia de que se había convocado una especie de manifestación en Madrid con el nombre de "la cola del paro más larga del mundo". Querían formar una fila de parados que saliese del Congreso de los Diputados y llegase hasta el palacio presidencial de La Moncloa. Según los organizadores, con únicamente 4500 parados se cubriría el recorrido. Sólo se presentaron 300 personas.

He consultado la cantidad de parados registrados que hubo en Madrid en el pasado diciembre y según las cifras oficiales se acerca al medio millón de personas. Me sorprende la poca asistencia, sobre todo teniendo en cuenta que los convocados eran exclusivamente parados y que por tanto no tendrían muchas obligaciones que les impidieran asistir.

No entro a valorar que la convocatoria tuviese una intencionalidad política y que a lo mejor su propósito no fuese realmente reivindicativo. En cualquier caso, y siempre según las intenciones de voto actuales, el 40% de esos parados van a votar al partido de la oposición. Eso nos da una cifra de 200000 personas que comulgan con esas ideas y además tienen razones para protestar. Pero sólo se presentaron 300 personas.

Leónidas juntó al mismo número de espartanos hace 2500 años en las Termópilas.

Por la tarde me fui al cine con Tony y escogimos ver la última película de Clint Eastwood que aquí se ha llamado "Más allá de la vida" (Hereafter). No quiero destriparos la trama pero sí puedo contar que transcurre con tres historias en paralelo que se alternan entre si. Una acontece en Londres, otra en París y una tercera en San Francisco. La película empieza con la trama francesa y para mi sorpresa, a pesar de ser una película doblada, durante toda la secuencia los personajes hablaban en francés. Alguna vez lo he visto hacer en otras películas y tras unas pocas frases cambiaban el idioma o al menos lo subtitulaban. Aquí no. Únicamente francés. Durante 15 minutos.

A pesar de estar repleta la sesión nadie se quejó. Yo salí de la sala y busqué al encargado que me dijo que lo miraría. Cuando regresé la segunda historia ocupaba la pantalla y las voces se oían dobladas. Pero cuando de nuevo la trama francesa apareció, el doblaje o los subtítulos brillaron por su ausencia. Salí de nuevo en busca del encargado y él con toda desfachatez me dijo que lo había consultado y que era "así", pero que lo volvería a preguntar.

Cuando acabó la película, con un tercio del metraje en francés, me dirigí hacia las taquillas para poner una reclamación. Cuando solicité la documentación llamaron de nuevo al encargado y esta vez se disculpó diciendo que se había estropeado la máquina y nos regaló unas invitaciones para volver otro día. 

Me fui de allí bastante enfadado y con Tony intentando calmarme. Pero no estaba enfadado por no haber visto la película en condiciones, sino por la desfachatez con que el encargado me dijo que era "así". Porque a pesar de saber que no estaba en condiciones la estaban proyectando, la habían proyectado y la iban a proyectar de nuevo. Pero sobre todo porque en la sala había 300 personas y nadie más que yo se quejó. Al terminar salieron de la sala como borregos a pesar de haberse tragado más de 45 minutos de metraje en un idioma que no conocían.

¿Qué nos está pasando?

domingo, 26 de septiembre de 2010

Confusión


Desde pequeño he observado con curiosidad los grandes romances de las películas. Empecé con un viejo televisor en blanco y negro de catorce pulgadas que miraba asombrado cuando era niño. La llegada del televisor en color y un tamaño mayor me permitió pasar muchas tardes en el sofá devorando amores imposibles que a pesar de los obstáculos salían triunfantes frente a las adversidades. El cine me atrapó pronto y sus imagenes de besos desde la oscuridad de la sala engatusaron mi imaginación adolescente.

Paralelamente leí los grandes clásicos de la literatura. Romeo y Julieta me enseñaron que el amor está por encima de lo que piense la familia. Calisto y Melibea que este es éfímero y que puede truncarse en cualquier momento por un infortunio. El Cyrano de Bergerac novelesco me sumió en la tristeza del que no puede alcanzar su amor por un físico no agraciado. Con Tristán e Isolda lloré por un amor imposible separado por no romper las normas. Y Abelardo y Eloísa me demostraron el daño que puede hacer el odio de un tercero.

Esa ambivalencia entre los amores triunfantes del cine y los imposibles de la literatura me sumieron en un mar de dudas que se reflejaron en una prevención al enamoramiento. Quizá en el fondo confiaba que ese amor llegaría, pero un pesimismo por falta de autoestima lo silenciaba arrinconándolo al fondo de mi mente.

Entonces no lo sabía, pero parte de mi apatía romántica se debió a que estaba enfocado al sexo equivocado.

Han pasado ya muchos años desde que descubrí que el amor provocaba efectos impredecibles en las personas, pero que a pesar de ello todos lo desean. Ahora tengo 42 años y sólo puedo decir que no he estado enamorado. Nunca.

A finales de Julio os hablé de Tony y después de meditarlo mucho llegué a la conclusión de que yo no estaba enamorado. Desde entonces he pensado mucho en ello. ¿Cómo se sabe que uno lo está? ¿Te levantas por la mañana y hay pajaritos cantando en tu ventana al estilo Disney? ¿Qué es lo que se siente?

¿Por qué os cuento esto? Porque Tony me pidió que el viernes lo pasara con él y me quedara a dormir en su casa. No me había quedado nunca. Ni él en mi casa. Y acepté.

Hacía casi una semana que no nos veíamos porque él había estado enfermo, pero habíamos hablado casi todos los días. Nuestro encuentro fue apasionado. Ardoroso. Frenético. Nos besamos como si nos reencontrásemos después de un largo viaje. Y seguimos besándonos y acariciándonos durante horas. La noche se nos echó encima y continuamos en su cama hasta que no quedó una sábana sobre ella. Al final nos dormimos, agotados y abrazados.

La luz del amanecer nos despertó y con mi cabeza en su pecho nos susurramos durante horas entre caricias y sensaciones. Mis ojos cerrados disfrutaban del momento deseando que no acabase nunca. Por primera vez en mi vida me he encontrado totalmente relajado en brazos de otra persona. Me abandoné a sus palabras y sentí una paz interior como no había sentido antes. Han sido casi veinticuatro horas de felicidad absoluta.

¿Es esto amor o sólo la necesidad de encontrar un rincón donde descansar una mente torturada? No lo sé. No puedo discernir. No puedo razonar. No puedo juzgar. Sólo sentir y dejarme mecer entre sus brazos.

Estoy confuso.

lunes, 23 de agosto de 2010

Ósculos


Siempre que me voy de viaje, ya sea a remotos lugares al otro lado del mundo o cuando me escapo un fin de semana a un pueblecito cercano, intento leer para averiguar y conocer los usos y costumbres de mi destino. Algunas son sorprendentes y otras son ridículas para nuestra mentalidad, pero intento acatarlas. A pesar de ello es imposible descubrirlas todas y muchas veces transgredes las normas de urbanidad locales por ignorancia.

Cuando descubrí/admití que era gay me encontré viajando a un mundo totalmente desconocido para mi. Dediqué mi tiempo a leer muchas webs. Escudriñé hasta el último mensaje de los foros que estaban a mi alcance y leí y leí artículos aparentemente sesudos sobre la homosexualidad. Cada texto me descubría algo nuevo, pero pronto empecé a encontrar escritos contradictorios. Mi inestabilidad emocional aumentó exponencialmente con cada incogruencia porque no sabía a que atenerme.

Después empecé a meterme en páginas de perfiles y pronto los mensajes empezaron a aparecer. La mayor parte murieron sin conversación posterior, pero unos pocos dieron el salto al messenger. Fueron momentos de indecisión y dudas hasta que un día decidí quedar por primera vez con alguien cara a cara. Aquí empecé a descubrir que también existe un código de urbanidad que desconocía y que debía aprender. Porque los gays no se saludan como los heteros. No señor. Se saludan con dos besos.

Esto puede parecer una tontería para alguien que desde joven está acostumbrado a convivir con otros gays. Las conductas aprendidas desde joven se convierten en automáticas de adultos. Y a mi me enseñaron a saludar con dos besos a las mujeres y dando la mano a los hombres. Y puede sonar ridículo pero este doble código al saludar a los hombres dependiendo de su orientación sexual me causa confusión.

Me sale automáticamente alargar la mano cuando me presentan a un hombre. Y más de una vez me he fijado como la miraban con sorpresa y la estrechaban mientras esbozaban una sonrisa mal disimulada. Y otras simplemente provocaban la hilaridad general.

Me siento como un novato perdido al entrar por primera vez en una logia secreta en la que sus miembros se saludan mediante un antiguo y hermético código al que sólo se accede tras unos años de militancia.

¿Cómo lo hacéis vosotros? ¿Saludáis a todos los hombres con dos besos o alternáis las dos formas? ¿Acaso preguntáis a vuestro interlocutor si se acuesta con hombres?

sábado, 12 de junio de 2010

Amigos


 Hoy no se si debería escribir o si debería dejarlo para otro día. Hay momentos que poner por escrito lo que sientes es bueno para el alma, pero otras veces es mejor dejar reposar la conciencia y que la sensatez acabe por aplacar ese runrún que bulle en mi cabeza. Pero hoy no se si es mejor o no. La verdad es que no lo se.

Esta tarde he estado en la presentación de un libro. El autor es amigo mío y ha venido a mi ciudad a presentarlo. En realidad quien es mi amiga es su hermana Stella, pero a él lo conozco desde que era un niño y lo he visto crecer. Su hermana, que no vive aquí, también acudía a la presentación junto a su marido. La sala estaba medio llena, en parte por familiares, pero también he visto gente más joven y supongo que serían amigos suyos. Amigos.

Son amigos que han dejado lo que tuviesen que hacer por estar hoy allí acompañándole. Como he hecho yo también. Porque es mi amiga.

Y mientras presentaban el libro yo pensaba sobre ese hecho. Sobre la amistad. A Stella la conozco desde hace prácticamente 35 años. Eramos unos niños que jugabamos juntos y nos divertíamos con pasatiempos inocentes. Luego crecimos y nos escapamos juntos por primera vez a una discoteca con 13 años. Y juntos nos castigaron cuando se enteraron nuestros padres. Juntos disfrutamos de una adolescencia que nos sorprendía cada día. Y luego la vi casarse y tener hijos. Ha sido mi amiga muchos años aunque no vivíamos en la misma ciudad.

Sin embargo, de mis amigos del colegio y la universidad prácticamente no me queda ninguno. La crisis del 93 cogió a mi generación de lleno intentando incorporarse al mundo laboral. No había trabajo y uno tras otro dejaron la ciudad buscando fortuna en otros lugares. Yo fui afortunado y conseguí trabajo aquí. Alguno ha vuelto ahora, con más de 40 años y una vida detrás que me es ajena. Ya no somos amigos, sólo conocidos. La vida nos ha separado y ya no tenemos nada en común. Sólo los recuerdos.

Más tarde hice nuevos amigos. Con alguno incluso trabajé un tiempo. Pero a medida que la gente se casa y tiene hijos parece que su tiempo se diluye. Muchos casi no salen e intentar quedar todos juntos es una tarea imposible. Lo habitual es que yo, que estoy soltero, me adapto a sus horarios y un día quedamos a cenar. Pero casí siempre de forma aislada, o a lo sumo un par de parejas y yo. Más es muy raro. Y quedar todos juntos un imposible.

Tengo 42 años pero sigo con ganas de vivir. De hacer cosas. De salir un fin de semana a una casa rural y hacer senderismo. O de tumbarnos juntos en una pradera de hierba al sol y charlar hasta el anochecer. Sigo con ganas de ir a esquiar. De viajar. De hacer rafting. De saltar en paracaídas. O incluso... de salir a tomar unas copas el fin de semana. Pero mis amigos no. Dicen que tienen OBLIGACIONES. Así, con mayúsculas.

Tienen poco más de 40 años y prácticamente no salen de casa. No se si ellos son viejos prematuros o yo sigo siendo un adolescente que se niega a crecer.

Y de repente mi vida da un giro sorpresivo y me convierto en gay.

Y eso me llevaba a tener dos problemas en lugar de uno. Y decidí conjugarlos en uno solo. Durante los últimos meses he intentado conocer a gente nueva. Gays por supuesto. En principio para encontrar a personas con quienes compartir lo que me está pasando. Con quien poder hablar libremente de lo que siento. Con quienes salir a tomar algo y reirnos hasta el amanecer. En resumen, amigos. Y no lo he conseguido.

¿Acaso no existe la amistad dentro del mundo gay? ¿Todo el mundo ve a los demás como posibles rivales en un juego inmenso de seducción sexual? ¿O acaso soy yo el que no termino de encajar porque soy demasiado mayor para que me acepten en grupos ya formados?

Parece como si para quedar con alguien primero debes pagar el peaje del encuentro sexual. Necesitas tener sexo para que se dignen a hablar contigo. Y después de tenerlo son pocos los que les interesa conversar y menos tenerte como amigo.

No lo se. Pero es viernes por la noche y estoy escribiendo esto cuando lo que me apetecería es estar riendo en un bar. Y no es el primer viernes que ocurre.

jueves, 27 de mayo de 2010

Palabras, palabras, palabras...


Una de las consecuencias de haber estado "fuera del mercado" durante unos años es que se han acuñado expresiones nuevas o se han dado significados distintos a frases clásicas. Si a eso le sumamos un cambio de perspectiva respecto a mi "público objetivo" pues la verdad es que a veces me quedo un poco deshubicado.

Una de las palabras que más me ha chocado, sorprendido y a la vez agradado ha sido la de "follamigo". La palabra es descriptiva como ella sola. Es de las que se entienden a la primera. Luego cada uno le da matices, pero se pilla nada más oirla. ¿Cuanto tiempo hace que se usa? No tengo ni idea, pero más que la palabra en si, lo que más me ha sorprendido es el concepto. Amigos que quedan para disfrutar del sexo simplemente por el placer en si mismo, sin que implique nada afectivo posterior, ni obligaciones ni reproches. Y con la ventaja de seguir siendo amigos.

Está claro que la sociedad ha avanzado mucho estos años, porque cuando yo era joven era bastante dificil tener sexo... y tenerlo con amigos era imposible. Claro que era en un mundo heterosexual e igual en el homosexual ya existía y yo no lo sabía.  Ahora la duda que planteo es la siguiente: ¿realmente está tan extendido lo de tener follamigos o simplemente es algo que disfrutan unos pocos afortunados y para el resto es una quimera? y, en el caso de que lo hayáis probado o estéis disfrutando de ello, ¿es posible mantener esa amistad en sus límites o acaba en noviazgos o rupturas cuando uno quiere algo más y el otro no?

Un término que me llamó la atención fue el de "sexo vainilla". Un sexo suave, que se centra más en los besos y las caricias. Un sexo con ternura y cariño más que pasión y desenfreno. Vamos, el sexo tradicional de toda la vida en el que prima más el amor que el frenesí de la atracción sexual animal. Es un sexo agradable y que suele ser el primer contacto de los adolescentes con su sexualidad. Se suele asociar con "la primera vez" pero no únicamente con ella. Mucha gente prefiere mantener sus relaciones en ese nivel. Pero el nombre es ingenioso. Como variante del sexo vainilla existe el "petting" que no incluye penetración.

Otro concepto que me tiene un poco perplejo es el de "sexo cañero". ¿Qué quiere decir la gente cuando habla de "sexo cañero"? Al principio pensé que se referían a sesiones Sado-Maso (o BDSM) pero creo que no se refieren a eso, sino a algo que no termino de definir. ¿Es simplemente un sexo un poco más pasional que el sexo vainilla? ¿Y cuánto más pasional? ¿O implica incluir algún tipo de parafilia? La verdad es que cuando me lo dicen no se muy bien a que se refieren... y no se si responder que sí o que no.

No se si he quedado como un ingenuo al escribir este post. Pero prefiero ser tachado de ingenuo que no de mojigato. Así que a ver si ilumináis a este nuevo adolescente ávido de conocimiento y saber.

viernes, 21 de mayo de 2010

El día después


Me desperté por la mañana con un poco de resaca. No recordaba como había llegado hasta la habitación y parte de lo ocurrido por la noche era bastante brumoso. Nathan seguía dormido en su cama y empecé a recordar mi conversación con él. O más bien lo que recordaba era como me eché a llorar y que ya no pude parar.

Supongo que me trajo como pudo hasta la habitación. Como somos los dos solteros, desde hace años compartimos habitación siempre que organizamos algo. Puede que sea una tontería, pero el detalle de que no le importara pasar la noche en una cama contigua a la mía me produjo una pequeña alegría.

Me levanté y salí al balcón para descubrir una fresca y espléndida mañana. Me senté en una silla al sol y esperé a que Nathan se despertase. Sentía una mezcla entre vergüenza por no haberme podido controlar por la noche y alivio por haberselo dicho. También tenía un poco de miedo. Miedo a enfrentarme, ahora ya sereno, a la situación.

Media hora después Nathan abrió los ojos. Yo permanecí en silencio mirándole. No sabía como empezar. Nathan, muy cauto, me preguntó si me acordaba de algo. Le dije que sí. Al menos de que le confésé que era gay, pero que luego del resto de la noche tenía recuerdos a retazos.

Le pregunté si había hecho alguna cosa que no recordara. Si se lo había dicho a alguien más... Me dijo que no. Que me había sentado en una silla y que el alcohol hizo el resto. Quizá él no lo vio, pero yo me acordaba de haber intentado decírselo a Stella. La llevé al mismo sitio con que había hablado con Nathan pero empecé a darle vueltas sin atreverme a decírselo. Y creo que lo interpretó erroneamente. Creo que creyó que quería algo con ella, porque me dijo que era una mujer casada. Inmediatamente regresamos a la plaza sin que me atreviera a abrir la boca y sin sacarla del error.

Era bastante temprano y el resto estaba durmiendo. Así que llamamos a Stella, que tenía que madrugar por sus hijos y nos fuimos a desayunar con ella. Como sobraba tiempo, nos llevó a pasear por la zona nueva del pueblo. Nos enseñó lo que estaban construyendo por allí y donde construirían su futura casa. Yo asentía a todo sin decir nada. Stella es probablemente la mejor amiga que he tenido nunca y sentía unas ganas enormes de decírselo, pero no encontraba el momento ni las fuerzas para hacerlo. Paseamos una hora y decidimos irnos a tomar un aperitivo. Ese era el momento que yo esperaba.

Regresamos léntamente al pueblo camino de una terraza y cuando ya nos ibamos a sentar sonó el teléfono. Eran el resto de mis amigos que ya se habían levantado y venían a buscarnos. Salimos a su encuentro y el momento tan lárgamente anhelado se frustró.

El resto del fin de semana no hubo ninguna oportunidad de hablar con ella a solas y yo no me encontraba con fuerzas para afrontarlos a todos de golpe. Así que me dejé llevar e intenté que no se me notase demasiado la tristeza interior. Puedo disimular muy bien. Lo he hecho mucho tiempo.

El domingo por la tarde Nathan y yo nos volvimos para casa. Es el único del grupo que vive en mi misma ciudad, pero curiosidades de la vida, cada uno llevamos nuestra vida particular y no nos vemos casi nunca. Pero solemos compartir el coche y la habitación cuando viajamos. Y durante el viaje de vuelta, le dije que si quería preguntarme algo le respondería. Y empezamos a hablar.

Él se encontraba un poco perdido con el tema. Al igual que yo, su conocimento del mundo homosexual era nulo. No conocía a nadie gay ni había nunca tenido relación con ninguno. Y me empezó a preguntar cosas básicas. Me preguntó si yo iba a bares gays. Le dije que no, que todavía no había ido a ninguno. Pero esbocé una media sonrisa cuando le dije que él vivía justo en el centro de todos los bares gays (el Chueca de nuestra ciudad) y puso una cara de asombro porque nunca se había dado cuenta.

Su siguiente pregunta fue que como había pensado yo que se lo iba a tomar él. Le dije que no lo sabía. Qué siempre habíamos sido amigos pero que conocía sus ideas religiosas y políticas y que después de haber estado durante meses leyendo las experiencias de otras personas (buenas y malas) te entran dudas sobré lo que ocurrirá cuando lo cuentas. Dudas y miedo. El asintió y me dijo que nosotros a pesar de nuestras diferencias en política, religión y otros temas, eramos amigos porque nos unía el 95 % de las cosas, y que ese 5 %, que ahora incluía las preferencias sexuales, no nos iba a separar.

Yo iba conduciendo, pero si hubiese tenido limpiaparabrisas en los ojos los habría encendido porque se me nublaron de lágrimas.

miércoles, 21 de abril de 2010

¿Desde cuándo soy gay?

Esta pregunta ronda por mi cabeza y no se si puedo darle una respuesta fácil, porque podría poner muchas fechas y probablemente todas serían correctas.

Podría ser cuando con unos 17 años, estudiando para los exámenes en una biblioteca con unos compañeros me imaginé dando un beso a un chico alto y guapo que estaba con nosotros. Fue una imagen que me vino a la mente de repente, sin avisar. Estaba hablando con cuatro amigos, incluído él, y como si fuera un flashback de una película me imaginé besándolo en los lábios. Un beso carnal y con fuerza. Me impactó muchisimo. Y me asusté aún más. Creo que se me cambió la cara y di un paso hacia atras incapaz de controlar mi propio miedo. Ninguno se dio cuenta, pero la imagen mental fue como una bofetada a mi conciencia. Me destrozó en unos momentos. Fue tal el impacto que mi mente, para proteger mi cordura, arrinconó en un rincón perdido el momento y lo escondió durante bastante tiempo. Me dije a mi mismo que no había sido más que algo sin importancia. Que yo no era gay. O maricón, que gays no había entonces. Sólo maricones.

Podría ser cuando con doce años empezamos a hacer gimnasia en el colegio y nos dijeron que nos cambiaríamos de ropa en el vestuario. Y que luego nos duchariamos todos. Desnudos. Juntos. Al principio todo eran risas y miradas furtivas. Todos estabamos asustados por desnudarnos delante de los compañeros. El pudor es algo que nos habían enseñado desde pequeños... y el cuerpo era pecaminoso. Con el tiempo la gente se fue soltando y empezó a ser más natural el ducharse todos juntos. Seguía habiendo risas pero eran propias de la edad. Que si tal estaba gordo. Que si cual tenía unas manchas en la piel, o cicatrices o golpes. Que si fulano estaba muy delgado y se le marcaban las costillas. O que si mengano la tenía pequeña. La ingenuidad en estado puro. Lo que pasa es que a mi se me ponía dura. Miraba de reojo a mis compañeros y no podía evitarlo. Tiesa como un palo. Y algún compañero se dio cuenta y empezaron las risas y las bromas. Pero aprendí a disimularlo. A remolonear un poco hasta ser de los últimos en entrar en las duchas. O todo lo contrario, correr por llegar el primero a los vestuarios y ducharme antes de que llegaran la mayoría. Con el tiempo aprendí a controlarlo y a integrarme como uno más, sin que se me notara la excitación. Y por fin a relajarme y sentirme cómodo.

Podría ser cuando con nueve años jugaba a pelearme con mi primo y poco a poco fuimos derivando la pelea a meternos mano. El objetivo era quitarle el pantalón al otro e intentar inmovilizarlo genitalmente. Yo era mucho más fuerte y mi primo no era rival para mi. Pero siempre ganaba él claro. De eso me encargaba yo.

O podría ser cuando por fin lo he admitido. Al final. Con 40 años. Podría.