jueves, 6 de mayo de 2010

Lanzándome a la realidad


Fue en abril de 2009 cuando cuando a través de una web de perfiles un chico me envió un mensaje. No vivía en mi ciudad, pero estaba relativamente cerca. A una media hora en coche de mi casa. Me pareció simpático e intercambiamos varios mensajes. Parecia una persona cariñosa y sus primeros mensajes fueron tranquilizadores. Se llamaba Luke.

Habían pasado 5 meses escasos desde que me di de alta por primera vez en una web de estas y sólo siete desde que admití en voz alta que era gay. Y durante ese tiempo había hablado con alguna gente que me había escrito. Ellos a mí, que yo todavía no me atrevía a escribir a nadie. Con la mayoría al cabo de unos pocos mensajes la relación se extinguía. A veces era yo el que dejaba pasar el tiempo y espaciaba los mensajes porque no me interesaba demasiado la persona. Pero la mayor parte de las veces eran ellos los que me dejaban de contestar. Sobre todo cuando les preguntaba por ellos, por sus gustos, por sus aficiones. Quería que me contaran como eran... Pero ellos no querían claro. Solo querían sexo, no conversación. Que ingenuo era.

Con Luke fue diferente. Me contó que era médico y que tenía 35 años. Que era soltero, pero que había tenido varias relaciones, aunque ninguna había funcionado. Que le gustaba la montaña y el senderismo. Solía hacerse escapadas por el monte para respirar y escaparse del trabajo. Y entonces me lo propuso. Quedar.

Me asusté. Sabía que ese momento tendría que llegar en algún momento, pero no estaba preparado para ello. Era una idea remota, algo que iba a pasar. Pero en un futuro. No ahora.

Me dijo que se acercaría hasta mi ciudad y que podíamos quedar en un bar, tomar algo y conocernos. Charlar y que ya veríamos luego. Por un lado quería quedar con él. Conocer a alguien más allá de internet. Dar el paso de una vez. Pero por otro lado estaba aterrorizado. Quedar con alguien por primera vez era como otro reconocimento implícito de lo que era. No sólo decírselo a una pantalla de ordenador, sino a una persona real.

Lo hable con Flavio y me animó a quedar con Luke. Me dijo que me haría bien. Que tenía que salir de casa y descubrir un mundo nuevo ahí fuera. Y le hice caso.

Quedé con Luke el siguiente sábado por la tarde. A las 20.30 en un pub temático. Un sitio acogedor y con una decoración curiosa. Así tendría algo de que hablar al principio para romper el hielo. Sobre todo porque no sabía como iniciar una conversación con mi primera cita. A esa hora normalmente el sitio está medio vacío. Eso permite que la gente no esté apretada y las conversaciones sean más o menos privadas. La luz es ténue pero suficiente. Crea atmosfera. Y me puse a esperar a que llegase el día.

Fue una semana de nervios. Casí no dormí y pasaba el día imaginando mil y una maneras de presentarme cuando nos conociéramos. Le daba vueltas a que iba a tomar, como iba a ir vestido. Si casual para que fuese más distendido el encuentro o si formal para aparentar más elegancia. Como un adolescente en su primera cita.

Y llegó el gran día. Me tumbé a dormir la siesta para llegar descansado pero no pude pegar ojo. A partir de las siete me empecé a arreglar. Me afeité con todo cuidado y me duché con agua hirviendo. Me acicalé con todos los productos que tenía y me puse mi mejor perfume. Y me fui con tiempo para llegar antes que él.

Estaba lloviendo a mares y por el camino solo pensaba en no mancharme la ropa ni los zapatos. Quería mostrar la mejor versión de mi. Llegué quince minutos antes de la hora y elegí una pequeña mesa en un rincón. La luz era suave y las sillas eran banquetas altas, como de barra. Así no me revolvería nervioso en una silla normal y podría moverme y disimular mi desasosiego. Me pedí una cerveza y esperé.

La gente iba entrando al pub y buscaban con la mirada una persona o un sitio donde sentarse. Yo escrutaba cada rostro que entraba y buscaba los rasgos que había visto en la foto que me mandó. Pero no le veía. El bar se iba llenando por momentos. La gente escapaba de la lluvia y se refugiaba en los bares. Me pedí otra cerveza con los nervios ya a punto de estallar. Y seguí esperando.

Le esperé media hora y no apareció. Saqué el móvil y le llamé. Pensé que como el pub estaba ahora lleno no nos habíamos visto e igual estaba en otra esquina igual de nervioso que yo. Me lo cogió después de sonar un buen rato y le pregunté que dónde estaba. Y me dijo que le había salido una cosa que hacer y que no había podido ir. Que estaba en su casa. Que se le había olvidado llamarme. Que podíamos quedar otro día. Colgué y salí a la calle. Ya me daba igual que estuviese lloviendo y me mojase entero. La lluvia me resbalaba por la cara. Junto a mis lágrimas.

martes, 4 de mayo de 2010

Adolescencia madura


Una de las consecuencias directas de haber acepado mi sexualidad tan tarde es haberme perdido los placeres del sexo adolescente. En realidad sí que los disfrute, aunque en versión hetera. Pero no es lo mismo.

Primero porque la represión sexual en la época de mi estallido hormonal era notoria. El sexo era pecado. No es que nos lo tomasemos muy en serio, pero nuestros padres sí. Y acceder a un paquete de condones antes de cumplir la mayoría de edad no era tarea fácil. Además la gente se iniciaba mucho más tarde que ahora, y salvo que consiguieses formar una pareja más o menos estable, los contactos sexuales eran bastante esporádicos. Al menos entre la gente que yo conocía.

La segunda razón es que si bien el placer físico del sexo puede ser igual en el sexo hetero u homosexual, el placer psicológico no fue igual. Yo era gay, aunque entonces no lo supiese, y cuando tenía sexo no me encontraba totalmente a gusto. Estaba inmerso en un dilema mental entre las ganas de tener sexo a todas horas como es normal a esas edades y una sensación de incomodidad cuando lo tenía.

Eso desembocó en tener unas cuantas parejas sexuales, no demasiadas (no se si más o menos que los demás) y un desahogo privado cada vez más frecuente. Con el tiempo las parejas se fueron espaciando más en el tiempo. Cada vez era más patente mi incomodidad. Quizá eso debería haber llevado a planterme mi homosexualidad, pero no lo hice. Simplemente deje de frecuentar a las mujeres (sexualmente hablando) hasta cesar totalmente.

Ahora he admitido ya que soy gay. Y aunque para llegar hasta aquí he pasado por momentos rayando la depresión (y aún los paso), también es cierto que hay otros en que estoy eufórico y con unas ganas de vivir inmensas. Hay días que la energía me invade y me siento capaz de hacer cualquier cosa. Miro a la vida con ilusión y creo que cada momento es único y que no debo desperdiciarlo. En resumen, me siento como un adolescente. Y eso es lo que me preocupa.

¿Es normal que haga locuras como un chaval de 17 años o es sólo una fase por la que debo pasar antes de asentarme de nuevo?
 
No se si dejarme llevar y disfrutar esos momentos como si de verdad fuera un chaval, obviando mi edad real y disfrutando de esa adolescencia que no tuve. Eso tiene el riesgo de caer en el ridiculo. En convertirme en una parodia de mi mismo.

Pero por otro lado, me encuentro tan feliz a veces...

domingo, 2 de mayo de 2010

Flavio


El otro día os hablé de Calvin, pero para entender el que pudiera quedar con él tengo que hablaros antes de Flavio.

Fue la segunda persona que me envió un mensaje cuando me di de alta por primera vez en una de estas páginas de perfiles. Fue un mensaje amigable y simpático. Yo entonces estaba más que asustado. Aterrorizado. Aún no tenía asumido que era gay. Era un mirar por el ojo de la cerradura a un mundo que no sabía como abordar. Por un lado no quería reconocer que pertenecía a él, y por otro no podía negar que necesitaba mirar.

En mi perfil no puse ni foto ni demasiados datos. Simplemente lo básico y un texto que decía que era nuevo en esto. Y Flavio me escribió. Sólo permitían un mensaje si no pagabas, así que nos pasamos al messenger. Yo nunca he sido demasiado de chatear. Me gusta más quedar y tomar algo. Tanto el teléfono como el ordenador me parece distante. Me gusta el cara a cara. Pero no iba a salir a un bar gay y ponerme a hablar con el primero que pasase. Así que me instalé el messenger y me armé de paciencia.

Nuestra primera conversación fue un poco surrealista. Él es estudiante universitario y estaba estudiando estadística. Empezamos hablando de integrales y derivadas. Y seguimos con medias y varianzas. Como quien habla del tiempo en el ascensor. Pero en friki. Poco a poco la conversación se recondujo hacia nuestras vidas. El tenía entonces 26 años (lo de los 26 años empieza a ser una constante en mi vida) y también era primerizo. No tenía experiencia ni había salido del armario, aunque ya hacía dos años que había asumido que era gay. Estuvimos hablando como unas cuatro horas y quedamos en hablar otro día.

El vive a unos 500 km míos así que no había posibilidad real de conocernos a corto plazo. Las conversaciones se repitieron a lo largo de los siguientes meses y cada vez hablábamos con más libertad. Empezamos a contarnos cosas que ninguno había contado y él me iba animando a seguir avanzando. Fue como ir a un psiquiatra a distancia. Estaba lo suficientemente lejos para que no me preocupara de encontrarmelo o de lo que le contase, y gracias a internet lo suficientemente cerca para charlar varios días por semana.

A lo largo de cuatro meses esta terapia conversacional me sirvió para empezar a dar nuevos pasos en mi nueva vida gay. Fue una etapa necesaria, y la posibilidad de hablar con alguien de lo que estaba pasando, aunque fuese con alguien que no conocía y a cientos de kilómetros, hizo que no me quedase agazapado dentro de mi concha.

El me ganó en salir del armario. Tuvo una salida precipitada con su familia por un amigo que le reconoció en un chat gay y que pensó que se lo iba a contar a sus padres. Yo le gané en quedar por primera vez con un hombre para tener sexo. El se ha hecho con un grupo de amigos gays y sale habitualmente por el ambiente de su ciudad. Y yo...yo tengo un blog.

Ha pasado más de un año desde que nos conocimos y nuestras vidas han cambiado mucho. Flavio tiene ahora pareja y ya no hablamos tan a menudo. Cada uno tiene su vida y ya no nos necesitamos tanto, pero probablemente yo no estaría ahora escribiendo este blog si no hubiese conocido a Flavio.