lunes, 27 de diciembre de 2010

Promesas


Me prometí que sonreiría toda la noche y que no desviaría la mirada. Me prometí sabores largos y respiraciones profundas. Me prometí juegos de palabras y puzzles de ojeadas. Me prometí no más ventanas frías en mi frente ni pestañas escarchadas. Pero hubo lunas en mi copa y reflejos de risas. Hubo silencios en mis dedos y piernas cruzadas. Hubo ampollas en el paladar y lazadas en el alma.

Me prometí que no creería en dolores y desertaría de pesares. Me prometí horadar la coraza y revestirla de ternura. Me prometí ríos de sorpresas y dedos sin pasado. Me prometí murmullos de albada y luces de neón. Pero hubo riadas de ayeres y pulmones sin alcohol. Hubo conversaciones concertadas y tonos extraviados. Hubo desamparo en la ducha y gritos en la almohada

Me prometí no escribir esto.

Pero sólo hay juramentos quebrantados.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Sapa


Después de todo el día viajando desde la isla de Cat Ba, llegué con mis amigos a la estación de tren de Ha Noi a media tarde. Teníamos billetes para el tren nocturno a Lao Cai, en el norte de Vietnam, un nudo de comunicaciones junto a la frontera china desde donde viajaríamos hasta Sapa, nuestro destino y punto de comienzo de nuestro trekking.

La estación de Ha Noi era un caos absoluto donde se entremezclaban los turistas despistados intentando averiguar desde que andén salía su tren con vietnamitas de todas las minorías regresando a sus casas. Por los rincones la gente se tumbaba en el suelo haciendo pequeñas parcelas de terreno conquistado a las cucarachas y compartiendo con una sonrisa sus escasos alimentos.

Tras varios despistes conseguimos localizar nuestro vagón. Como eramos cuatro habíamos reservado una cabina completa en la parte noble del tren, la que tenía aire acondicionado y que estaba repleta de turistas. No es cara para los estándares occidentales pero es prohibitiva para los sueldos vietnamitas. En la entrada una avispada revisora aprovechaba para vender cervezas a los deshidratados turistas.

Cenamos apretujados unos fideos que habíamos comprado de camino y nos acostamos en las duras literas intentando protegernos del descontrolado aire acondicionado. El cansancio del día y el vaivén del tren me arrullaron hasta caer en un sopor que se prolongó durante toda la noche con pequeños episodios de despertares intranquilos.

A las cinco de la mañana la ronca voz de la revisora nos despertó bruscamente diez minutos antes de llegar a nuestro destino. Con los ojos legañosos abandonamos el tren y salimos de la estación. Allí vi por primera vez a Quain, el que sería nuestro guía y amigo los próximos días. A pesar de la oscuridad que nos rodeaba su sonrisa parecía iluminar el aparcamiento de la estación.

Tras una hora y media en una furgoneta con más pasajeros que asientos, bajo una lluvia intensa y con un frío que se metía en los huesos, llegamos practicamente ateridos a un pequeño hostal donde nos ofrecieron una ducha de agua helada y unas toallas húmedas para que nos aseáramos un poco. Ya a punto de coger una pulmonía nos bajamos al comedor donde nos esperaba un Pho caliente junto a una crepitante chimenea.

Por fin la lluvia paró y salimos de trekking con Quain. Llamarlo trekking es un poco presuntuoso, porque con el frío las chicas pidieron algo suave y ligero, lo que lo convirtió en un simple paseo por los campos y pueblos de alrededor.

Quain tiene 24 años y una alegría en el cuerpo contagiosa. Caminaba con nosotros y se detenía junto a una flor a mirarla con deleite. Si nos encontrábamos una casa donde vendían algo, él era el primero en tocarlo todo, como un niño grande que disfrutaba por salir de excursión. Se probaba toda la ropa que veía. Intentaba hacer sonar todos los instrumentos. Si veía que mirábamos algo con cara de sorpresa, rápidamente nos contaba historias sobre sus costumbres y sus usos. Una vez paramos a tomarnos un té en un una especie de cantina local que tenía un mono atado en la entrada y su risa nos contagió a todos mientras jugaba con el mono y unos trozos de plátano.

Nos contó que era su último trabajo como guía. Su mujer vivía lejos de allí y él acompañaba a los grupos de turistas durante varios días y regresaba a casa cuando podía. Pero acababa de tener un hijo y ya no podía seguir con esa vida. Tenía que ser responsable y volver cada noche a casa como un buen marido. Su voz temblaba al decirlo y un deje de tristeza se traslucía en sus ojos. Se notaba que disfrutaba con su trabajo y pensar en meterse en una oficina le carcomía por dentro. Y cada paso que daba con nosotros lo disfrutaba como si fuese el último.

Vimos unos cuantos pueblos fuera de los caminos y le dijimos que queríamos acercarnos a alguno. Nos miró y con una sonrisa nos dijo que no eran para turistas porque el acceso era muy malo. Insistimos y rápidamente nos encontramos con el barro hasta las rodillas pero con nuestro orgullo intacto. El pueblo, todo de madera carecía de todos los servicios básicos pero disponía de uno que lo hacía especial: un grupo de niños que correteaba a nuestro alrededor, nos tiraban de la ropa, gritaban, se revolcaban por el barro, nos imitaban y se reían sin parar. Cuando nos alejamos los miré con envidia de su inocencia infantil.

Regresamos a Sapa y mis amigos se fueron de compras. Yo había visto carteles que anunciaban masajes y le pregunté a Quain por algún sitio bueno pero que no fuera sólo para occidentales. Me acompañó lejos de la zona turística y entramos en una antigua casa de baños tradicional de la etnia de los Dao Rojos, una de las minorías de la zona. Me acompañaron hasta una cabina con una cortina tras la cual dos barriles enormes me estaban esperando. Uno estaba lleno de agua caliente. Casi hirviendo. El otro estaba vacío y tenía una manguera conectada a un grifo por el que salía agua helada. Me desnudé y me introduje en el de agua caliente hasta adoptar una posición en cuclillas, tal como hacen los vietnamitas. Cerré los ojos y me dejé llevar por los vapores que emanaban.

Media hora después un chico me explicó por señas que saliese ya y pasase a darme el masaje. Me cambié de barril y el agua helada me sacó rápidamente de mi sopor. Con una toalla como única vestimenta y con mis ropas en la mano atravesé el salón de té bajo la atenta mirada de los parroquianos hasta alcanzar un tatami con un futón donde me tumbé boca abajo esperando al masajista. Cinco minutos después llegó una chica delgada y pequeña que me hizo colocarme boca arriba. Me desató la toalla y su boca se abrió con sorpresa mientras retrocedía asustada. La miré sorprendido y por gestos me indicó que me pusiese el calzoncillo.

Una vez resuelto el "pequeño problema técnico", inició el masaje a mis doloridos músculos. Se subió sobre mi y caminó por mi espalda. Retorció mis brazos y recorrió mis piernas pulsando con fuerza en cualquier sitio que me pudiese doler. Golpeó con saña todos mis músculos hasta conseguir dejarme a su merced. Y lo logró.

Salí de allí con paso vacilante notando el movimiento de todos mis músculos bajo la piel. El frío nocturno me hizo encaminarme hacia unas luces que se veían en la lejanía. Era un mercadillo bullicioso y repleto de pequeños puestos. Tras observarlos unos segundos me refugié bajo una tela que hacía las veces de carpa y pedí un té verde que sujeté entre mis manos heladas, cerré los ojos y me dejé llevar por la noche y sus sonidos envolventes.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Ignominia


Tras dos días remontando el río Mekong en barco, el autobús que me llevaba hasta Phnom Penh, la capital de Camboya, entró en la ciudad sobre las dos de la tarde. Observé con curiosidad las calles desde mi ventanilla hasta entrar en una plaza repleta de pequeños puestos y abarrotada de gente. Tras abrirse paso con dificultad entre la multitud se paró en una calle lateral frente a lo que parecía ser una sencilla estación de autobuses: un mostrador con dos ventanillas y unas mesas donde sentarse a esperar mientras tomas algo de la nevera portatil que exhibía un chico de unos diez años. Unos ventiladores en el techo intentaban aliviar un poco la sensación de bochorno.

Mientras se abrían las puertas del autobús y los de delante descendían lentamente, una multitud de chicos jóvenes saltaban detrás de una valla con gestos grandilocuentes compitiendo entre ellos para ganar nuestra atención. Ofrecían sus servicios como conductores de motos y tuk-tuks para llevarte a agún hotel donde les dieran comisión. Me fije en uno de ellos que me sonreía y me hacía gestos de que se quedaba con mi cara. Me reí y él se rió conmigo.

Ya con la mochila a la espalda y la pequeña mochila de la cámara de fotos en el pecho me dirigí hacia él. Regateamos entre bromas y le pregunté que si podría ir en la moto con las dos mochilas. Puso cara de extrañeza por mi pregunta y me dijo que no había problema. Y me monté. Atravesé la ciudad mientras pensaba que en cada esquina íbamos a volcar desequilibrados por el peso de mis mochilas, pero cada vez que la moto se inclinaba demasiado su cuerpo contrapesaba lo suficiente hasta lograr de nuevo la verticalidad.

Quedaban pocas horas de luz y tras darme una ducha rápida en el hotel cogí otra moto que me llevó a la antigua prisión S-21 "Tuol Sleng". La prisión era un conocido colegio que bajo el régimen de los Jemeres Rojos de Pol Pot se convirtió en prisión secreta y centro de tortura entre 1975 y 1979. Durante esos cuatro años se calcula que pasaron por su celdas entre 14.000 y 20.000 personas. De todos ellos solo 7 sobrevivieron.

Los detenidos eran fichados y fotografiados al entrar y se les inculcaba un reglamento de comportamiento que anulaba completamente su voluntad. Cualquier gesto, cualquier duda al responder o cualquier iniciativa era castigada con latigazos o descargas eléctricas. Incluso los gritos durante las penas eran castigados con más latigazos.

Junto con los detenidos se arrestaba a toda su familia pues el régimen consideraba que eran tan culpables como él. No había distinción ni por sexo ni por edad. Todos eran culpables. Se les acusaba de traición a la revolución y si no confesaban eran torturados. Hasta tres niveles de torturas se les aplicaban hasta que se derrumbaban y confesaban. Todo el sistema estaba creado para lograr el máximo dolor en las víctimas. Los propios guardias no conocían la razón del arresto y si dudaban al inflingir los castigos eran torturados asimismo.

Durante la estancia en la prisión vivían aislados y encadenados por los pies. Asustados. Aterrados ante la siguiente sesión de tortura. Cuando no podían más acusaban a algún conocido que inmediatamente pasaba a engrosar las listas de los detenidos. La rueda giraba y la maquinaria se engrasaba con sangre.

Entré por la puerta principal y me encontré dos patios gemelos. Enfrente mio, los edificios del colegio formaban una "E" cuyas sombras bajo el atardecer cubrían las tumbas de los últimos ejecutados. Cuando el ejército vietnamita entró en la prisión encontraron los cuerpos todavía atados y torturados salvajemente de los últimos prisioneros. Les sacaron fotos para que el mundo no olvidase ese horror y los enterraron allí mismo.

Entré en el edificio de la izquierda y me encontré unas habitaciones desnudas con las camas donde se encontraron los cuerpos torturados. En la pared una foto terrorífica tomada aquél día. Nada se ha tocado desde entonces.

Con el corazón encogido fui entrando en las demás habitaciones. Cada foto y cada tortura era peor que la anterior. No es que no quisieran dejar testigos sino que se habían ensañado con sus víctimas. A conciencia. Con crueldad metódica.

Dejé ese edificio y me dirigí al siguiente donde en interminables paneles pude ver las fotografías que tomaban a los prisioneros cuando ingresaban. Y junto a ellas las fotos de sus cadaveres torturados. Porque para probar que los guardias habían cumplido su trabajo los fotografíaban al terminar con ellos.

Paseé entre ellos y me fijé en sus miradas. Alguno incluso sonreía a la cámara sin imaginar lo que le esperaba. Había cientos de fotos. Miles. Y todos fueron torturados. El solo pensamiento bastaba para revolver el estomago. Una mujer contemplaba las fotos mientras se tapaba la boca con un pañuelo. Sus ojos brillaban vidriosos. De repente salió fuera y se sentó en un banco a respirar lejos del aire malsano de los expositores. Su marido la siguió y la abrazó. Me daban la espalda y no podía verles las caras, pero sus cabezas apoyadas una contra otra mientras ella temblaba fue suficiente.

Abandoné el edificio y me interné en el siguiente patio. Aquí el edificio principal se encontraba cubierto de alambre de espinos para evitar que pudieran salir los prisioneros. Dentro de las antiguas aulas colegiales se habían levantado toscos muros de ladrillos que dividían en pequeñas celdas las salas. Paseé entre ellas y me introduje en una. El espacio era diminuto. Cerré los ojos e intenté imaginarme lo que habrían sentido entre aquellas paredes, torturados, oyendo los gemidos de sus compañeros y con los pies inmovilizados por un cepo, pero la cordura humana impide imaginar tanto horror.

Las siguientes salas mostraban más fotografías. Las miraba una a una hasta que me di cuenta de que no podría nunca verlas todas. Sentí que los traicionaba un poco si no los miraba pero el número era inabarcable. Con una mirada a mi espalda me adentré en otra sala donde se podían contemplar algunos de los ingenios de tortura que habían utilizado los jemeres rojos para arrancar sus confesiones. Unos cuadros en las paredes mostraban recreaciones de ellas. Fueron pintado por Vann Nath, un reconocido pintor camboyano. Si buscáis su nombre en "Google Imágenes" encontraréis muchos cuadros que os darán una idea de lo que fue vivir en ese infierno. Vann Nath fue uno de los 7 afortunados que sobreviviron a la prisión.

Salí al patio ahíto de horror y los gritos espontaneos de unos niños jugando ajenos a lo que allí ocurrió me hicieron despertar de mi ensimismamiento. La prisión está ahora abierta al público y los camboyanos entran gratis. Los niños correteaban y saltaban riéndose sin parar. Esos gritos de diversión infantil son el mejor remedio que podía encontrar después de contemplar lo bajo que podía caer el ser humano.