viernes, 6 de julio de 2012

Orgullo 2012 (1): Reivindicación


Llevo una temporada sin publicar y lo echo de menos. La falta de tiempo y las obligaciones me han mantenido apartado del blog muy a mi pesar, pero espero volver en cuanto pueda por aquí y seguir escribiendo de nuevo.

Una de las pocas distracciones de las que he podido disfrutar estos dos últimos meses ha sido una pequeña escapada a Madrid con Tony el fin de semana pasado. Nuestros recursos económicos, o más bien la falta de ellos, nos habían hecho desechar ir este año al desfile, pero una oferta irresistible de última hora nos brindó una oportunidad única de acercarnos y disfrutar de la fiesta. Nos hacía falta.

Así que con una bolsa de viaje, poco dinero y mucha ilusión nos lanzamos a la carretera dispuestos a exprimir hasta el último minuto de nuestro fin de semana. Me habría gustado aprovechar para ver de nuevo a algunos de los blogueros de la capital por los que guardo especial cariño, pero esta vez "debía" ser un fin de semana para disfrutar sólo con Tony.

Paseamos de la mano por Chueca, nos reímos con un mojito en la mano, visitamos varias exposiciones fantásticas, bailamos hasta el amanecer en Callao y Plaza España, compartimos un McDonalds con grupo de alemanes adolescentes, disfrutamos de las miradas libidinosas de chicos guapos que aumentaron nuestro ego y nos dormimos abrazados y agotados.

Aunque la red bulle estos días con cantidad de fotos del desfile, aquí os dejo algunas de las que tomé yo luchando entre una multitud impresionante. Será la primera de una serie de entradas dedicadas al orgullo. Espero que os gusten.
































lunes, 28 de mayo de 2012

La soledad del miedo


Nadie se siente tan solo como cuando tiene miedo.

Y no me refiero al miedo incontrolado, ni al miedo cerval ante lo desconocido, sino a esos pequeños miedos que crecen poco a poco devorándonos hasta anular nuestro juicio y ocupar nuestra mente. El peor miedo es cuando no nos atrevemos a hablar con los demás de lo que sentimos. Se alimenta de nuestra indecisión y nuestras dudas, royendo y royendo incansable nuestra autoestima y determinación. Cada intento fallido es un bocado cruel que nos hace replegar sobre nosotros mismos hasta llegar a un punto de no retorno. A ese punto que no creímos nunca poder llegar.

Son esos miedos los que empujan a muchos adolescentes a pensar que su situación no tiene remedio. A bajar la cabeza derrotados y cerrar los ojos huyendo hacia lo que creen su única salida. La nada. El silencio. El olvido.

El descanso al fin.

Unas veces lo llaman acoso y otras es simplemente un desprecio gregario y continuado hacia cualquier cosa que intentemos. Pero hay uno que no nace de los demás sino de nosotros mismos: el miedo "al que dirán", al que pensarán, a que ocurrirá si hablo. Y ese miedo no es patrimonio exclusivo de los más jóvenes sino que  enraiza en nuestras mentes en sutiles detalles y alcanza a todas las edades.

Yo conozco ese miedo.

Cada uno lo llama de forma diferente. Puede ser al aspecto físico, a la falta de habilidades sociales, a una mirada distinta o simplemente a gustos "diferentes". Da igual cual sea la causa, pues el nombre siempre es el mismo: miedo al rechazo.

En mi caso es "salir del armario", pero hace unas semanas me encontré con un miedo en el que no había pensado demasiado. Y lo encontré en el fondo de los ojos de un chico de 24 años.

Lo conocí hace unos cuantos meses, quizás un año, no estoy seguro. Se llama Rubén y su cuerpo delgado y esculpido arranca pasiones a su alrededor. Es muy guapo y lo sabe. Se aprovecha de ello y simplemente con una mirada de soslayo suele conseguir lo que quiere. ¿Por qué se fijó en mi? No lo sé. Cuando estamos a solas y se lo pregunto, sonríe pícaramente manteniendo la mirada y me besa suavemente obligándome a olvidar la pregunta.

Es muy inteligente pero excesivamente superficial. Disfruta de su hedonismo cada momento que puede, pero a veces le sorprendo mirando al vacío, perdido en sus pensamientos. Si nos encontramos en el ambiente me sonríe pero no se acerca y sin embargo en mi casa es cariñoso, atento y mimoso. Son dos personas, dos Rubenes.

A veces aparece por mi casa sin avisar, simplemente para cenar y charlar, y es en esos momentos cuando lo veo más vulnerable. Solemos recostarnos en el sofá y se apretuja junto a mi agarrándome con sus brazos y recostándose sobre mi hombro. Por debajo de su flequillo imposible le veo cerrar los ojos y acompañar la respiración de mi pecho con su mano.

Nunca hemos quedado fuera de mi casa y por eso me sorprendió tanto que me citase en un bar. A tomar algo me dijo. Lo encontré nervioso. Me sonreía pero me rehuía la mirada. Charlamos de temas intrascendentes mientras apurábamos unas cervezas hasta que le pregunté que qué le pasaba. Se calló unos segundos, apoyó las manos en la mesa y tras tomar aire lo soltó: le han diagnosticado VIH.

Me miró a los ojos y nunca he visto tanto miedo en una persona. Estaba aterrado. Perdido. Era un animal herido incapaz de moverse y anhelante de consuelo. Puse mis manos sobre las suyas y le dije que eso no cambiaba nada, que para mi él seguía siendo el mismo Rubén. Noté como contenía sus lágrimas con un trago de cerveza y tras un rato de charla al fin se relajó. No sé lo he contado a nadie, me dijo, tengo miedo a que nadie quiera acercarse a mi.

Han pasado unas semanas y sigue sin contárselo a nadie. Ninguno de sus amigos ni sus padres lo sabe todavía. No tiene valor para decírselo. Tiene miedo. Mucho miedo.

Le he acompañado al hospital un par de veces y ahora está más tranquilo. Le han citado para que un psicólogo hablé con él dentro de unos días. Yo bromeo acerca de sus conquistas y por unos momentos es capaz de olvidarse y sonreir como antaño.

Pero en sus ojos veo el miedo. Y ese desasosiego lo veo reflejado en los mios propios. El miedo a hablar, el miedo a ser diferente, el miedo a compartir. Da igual cual sea la causa, porque todos son sólo uno, el miedo al rechazo. Y al peor de todos:

La soledad del miedo.


viernes, 20 de abril de 2012

Érase que se era...


... un potro que creció como un Bucéfalo asustado dándole la espalda a una sombra que le perseguía sin poder saber lo que era. Miraba por el rabillo del ojo y ahí estaba, unas veces más grande y otras casí diminuta pero siempre amenazante. Corrió y corrió hacia adelante huyendo de lo desconocido y cabrioleando cuando ésta le adelantaba casi siempre por sorpresa. Cambiaba de dirección dejándola atrás hasta que tarde o temprano lo alcanzaba de nuevo en una carrera que no parecía tener fin. Su caracter se volvió más y más asustadizo y empezó a rehuir la compañía de las yeguas que se le acercaban, pues al pararse y prestarles atención su sombra siempre se interponía entre ellos.

Un día, agotado, se tumbó y un joven, sin saber lo que hacía, posó sus manos sobre él consiguiendo inmovilizarle hasta que quedó, sin posibilidad de escape, frente a su eterno perseguidor. El miedo lo atenazó paralizándolo totalmente y sus relinchos inconexos al fin reconocieron en su perseguidor la parte de él mismo que nunca pudo ver. No volvió a ver a su Alejandro Magno de mirada triste, pero su recuerdo borroso lo acompañará para siempre.

Jugó en silencio con su sombra, sorprendido de que siempre hubiese estado ahí y recordó como en el pasado intentó ponerse frente a ella para que la reconociese aunque él siempre huía al menor atisbo de su presencia. La examinó, primero con miedo y luego desconcertado hasta que fue consciente de que era parte de sí. La miró desde todos los ángulos y durante meses la observaba sin atreverse a jugar con ella. Estaba ahí pero no era parte de él, sólo un reflejo oscuro que se negaba a marcharse.

Un día decidió enfrentarse a ella y salió a correr de espaldas al sol. Su sombra empezó a correr huyendo de él. Y cuanto más se afanaba más corría ella. Si se detenía, ella, burlona, lo hacía también incitándolo a seguir. Y poco a poco ese potro, que dejó atrás su juventud huyendo, se transmutó en un Peter Pan que la perseguía por todos los rincones para coserla a sus pies y volver al fin a un país de Nunca Jamás que no había conocido antes. Y mientras la perseguía, con cada salto que daba tras ella, notaba como las fuerzas perdidas brotaban de sus músculos agotados.

Han pasado casi tres años y medio desde que se enfrentó a su sombra y hoy cumplen dos desde que sus patas empezaron a garabatear temblorosas en este blog. Muchas cosas han cambiado, pero ese potro, ya maduro, sigue corriendo en pos de esa libertad que ya no ve tan lejana.

Esta entrada es para ti, que ahora lees esto y corres junto a mi en este galope embriagador.

Gracias.

De corazón.