viernes, 10 de septiembre de 2010

El alegre depresivo


Este fin de semana lo pasaré en un pueblecito de los Pirineos. El mismo pueblo donde hace un año, destrozado e incapaz de controlarme, estallé en lágrimas ante Nathan. El mismo pueblo donde le confesé el secreto que hasta ese momento guardaba celosamente en mi mente y que me carcomía por dentro. El mismo pueblo. El mismo lugar. Pero algo ha cambiado.

Este año todos mis amigos lo saben. Uno a uno les he ido contando la verdad. Empecé por Nathan y he terminado con Stella no hace ni un mes. Aún no se como me comportaré. Aún no sé como se comportarán ellos. Es la primera vez que todos los que están lo saben y son conscientes de que los demás lo saben también. Incluso se lo han dicho al primo de Stella. Les di permiso para que se lo contaran.

Pero hay algo más. Desde hace hace unos días mi ánimo es bastante sombrío. Me encuentro sin ganas de hacer nada y el llanto casi aflora por menudencias. Estoy agotado mentalmente y hacer cualquier cosa me supone un esfuerzo inmenso. Y pensar en pasar el fin de semana con mis amigos me produce una gran zozobra.

Igual estoy equivocado y a lo mejor es lo que me hace falta, salir un poco de aquí y relajarme entre amigos, dar paseos por la montaña, deleitarme con comidas pantagruélicas, disfrutar de las fiestas y empaparme en alcohol. Pero lo que me pide el cuerpo es meterme en la cama todo el fin de semana e impregnar la almohada de lágrimas.

Me he resistido a ir. Busqué una excusa y les dije que mi situación económica no me permitía grandes gastos, pero me han dicho que este año será todo más barato y gastaremos menos. Y luego me han inundado a correos y llamadas para "obligarme" a ir. Y lo han conseguido. He dicho que sí.

Nunca me ha gustado demostrar mis sentimientos en público. Y menos cuando son negativos. Cuando estoy deprimido y sin ganas de hacer nada me recluyo y lo paso a solas. Pero muchas veces no he podido ocultarme de los que me rodean. Es entonces cuando finjo una alegría que no tengo. Soy divertido, encantador, organizo las escapadas, me encargo de que todo salga bien, cuento chistes, anécdotas y un sinfín de habilidades sociales que he aprendido con el tiempo. Si diesen un premio a la mejor interpretación seguro que lo ganaría. De calle.

Soy la persona deprimida que más sonríe en este mundo.

domingo, 5 de septiembre de 2010

La cometa


Desde hace unos días siento algo extraño dentro de mi. Fue una mañana, sin previo aviso, cuando al abrir los ojos noté que algo había cambiado. Todo a mi alrededor era más grande y me costaba acostumbrarme a su tamaño.

Tardé tiempo en darme cuenta que volvía a ser un niño. No se como había ocurrido pero volvía a estar en los setenta de nuevo. Lo sentía dentro de mi. Pero nada era como lo recordaba. Todo lo que veía me parecía diferente, pero sin embargo me resultaba conocido. Me asomé a la ventana y contemplé las montañas. No me extrañó que desde mi casa nunca se hubiesen visto las montañas. Era lo natural.

El día era fresco y el viento soplaba moderadamente. Era un buen día para volar la cometa. Los demás niños se asomaban a las ventanas y también miraban el cielo. Algunos ya estaban en las terrazas de adobe preparando sus carretes. Miré las estrechas calles debajo de mi y no me sorprendí de estar en Kabul.

Subí a la terraza y desplegué mi cometa. Después de tanto tiempo sin volarla ver el cielo de la ciudad surcado por cientos de cometas era glorioso. Pero mi manejo era torpe, errático. Intentaba elevarla y ascendía caprichosamente, dando bandazos y casí sin control. Observé a los otros niños y algunos, incluso más jóvenes que yo, manejaban con soltura su cometa y sus risas las traía el viento.

El baile de cometas comenzó y una miríada de colores trazaban caprichosas coreografías en el cielo. Intenté controlarla y hacerla ascender. Pero tenía miedo de perderla si subía muy alto. La mantuve más baja que las demás y me dediqué a observar. Allá una pareja las hacía bailar una alrededor de la otra prácticamente sin esfuerzo. Otros dos, jugando entre ellos, enredaron sus hilos sin poder evitarlo y en una espiral incontrolada cayeron al suelo.

Me fijé en dos niños que reían mientras sus cometas se complementaban entre las nubes y se mecían al viento sin importarles que este cambiase, pero otro niño colocó su cometa entre las otras y por un momento dejó a una de ellas sin aire y cayó lejos de allí.

Algunos eran verdaderos profesionales y jugaban con las cometas de los demás. Las incitaban a subir y subir y cuando estaban con el carrete al límite con un movimiento brusco cortaban su hilo y las dejaban caer desmadejadas. Luego acudían a por otra.

Mi cometa se movía entre las suaves brisas de baja cota. Miraba a los demás con envidia pero no me atrevía a subir tan alto a jugar con ellos. Me había costado mucho construir esa cometa y me daba miedo estropearla. Y como todos los días la guardé. Una vez más.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Birkenau


Mientras salía del campo I con el alma acongojada, el tiempo quiso sumarse a mi estado de ánimo y empezó a llover. Un agua fina y persistente que todo lo empapaba mientras el cielo oscuro se me metía en la mirada. Conduje lentamente hasta Birkenau y aparqué a una cierta distancia. A través del cristal distorsionado pude ver la estampa de la entrada que tantas veces hemos visto en las películas. Cerca de mi los rieles corrían paralelos hacia el interior del campo y me pareció oir todavía el eco de los trenes frenando mientras desde detrás de los ventanucos de los vagones se arracimaban las caras anhelantes de un poco de aire.

Esperé diez minutos a que escampase la lluvia mientras cientos de imágenes se agolpaban en mi cabeza. Anduve hacia la entrada observando con los ojos bien abiertos cada detalle. Seguía lloviendo pero no me importaba. Y crucé la puerta de entrada mirando hacia atrás por si se cerraba detrás mío.

Una gran avenida dividía el campo en dos con las vías perdiéndose hacia el horizonte. Aquí se detenían los trenes, y los vagones vomitaban su carga de demacrados y asustados pasajeros. Los soldados les gritaban y los perros ladraban para apresurarlos. Los menos afortunados eran seleccionados aquí mismo para ir a las cámaras de gas y desaparecían hacia el final del campo ante la desesperación de sus familiares.


El recinto interior está separado en cuatro partes con una disposición que recuerda a un campamento romano, con dos calles en forma de cruz en el centro que lo dividen y lo comunican. Cada una de ellas está a su vez rodeada por alambradas, fosos y torres de vigilancia a lo largo de su perímetro.


Giré hacia la izquierda y empecé a andar. Algunos edificios a modo de barracones se alzaban alineados milimétricamente. Me sorprendió la hierba húmeda y salvaje que cubría todo y que humanizaba el conjunto. El contraste con el ladrillo rojo de las edificaciones creaba la imagen ficticia de unas granjas idílicas de las que casi parecía que ibas a ver salir vacas en cualquier momento. Pero durante la guerra el barro y la nieve se extendía por todas partes. El verde es el color de la esperanza. Y allí no había.


Sólo unos pocos de los barracones se conservan en pie, los construidos totalmente en ladrillo. La mayoría eran de madera y fueron quemados por los soldados antes de abandonar el campo ante el avance del ejército ruso. Los restos de la base de ladrillo y las chimeneas se alzan ahora fantasmales recordando donde hubo gente viviendo y sufriendo.

Me senté entre las ruinas de uno de esos barracones calcinados. Yo era el único visitante ese día y el silencio era impresionante. La lluvia cesó y algunas nubes dejaron entrever los rayos del sol. Y de repente se formó un arco iris sobre el campo.  Recuerdo que me emocioné al verlo y pensé que era una alegoría perfecta de que aún en el sitio más inhumano existe un futuro mejor.



Seguí caminando y llegué a los árboles al final del campo. Y el corazón me empezó a palpitar al descubrir los restos de las cámaras de gas. Escondidos entre los árboles para que no los vieran los aviones tenían forma de "L". Por el extremo largo se entraba a unos vestuarios donde los prisioneros se desnudaban con la promesa de que les iban a despiojar y después recogerían sus pertenencias. Unas puertas interiores se abrían a una sala con apariencia de ducha comunal y allí entraban confiados. Las puertas se cerraban herméticamente y el gas inundaba la sala hasta que todos caían entre estertores. Se abría entonces las puertas por el lado corto de la "L" y se sacaban los cadáveres. Todo muy higiénico. Todo muy eficiente.

Todas las cámaras de gas fueron voladas para intentar borrar el rastro de lo que allí se hacía, pero sus ruinas nos recuerdan lo que allí ocurrió para que no lo olvidemos.

Un sendero entre los árboles me llevó a un edificio que se mantiene en pie. Era "la sauna". El lugar donde los recien llegados que no eran enviados directamente a las cámaras de gas eran despiojados, examinados y humillados antes de de su asignación al campo. El nombre le viene de las altas temperaturas que alcanzaban las salas donde se desinfectaban las ropas.


Un poco más adelante y también camuflados entre los árboles se encuentran los crematorios. Al igual que las cámaras de gas fueron volados para evitar que descubriesen su función. Prácticamente son irreconocibles ahora.

Junto a ellos vi un pequeño lago entre los árboles y me acerqué a contemplarlo. En un lugar de horror como ese parecía un pequeño remanso de paz. Su color oscuro reflejaba los árboles y el cielo. Me senté junto a él y saqué la guía buscando información. Y descubrí que su color proviene de las cenizas de los crematorios que vertían sobre él. Me quedé sobrecogido mirándolo y pensando en las miles de personas que habían acabado sus días en él.


Tras un rato salí de entre los árboles y me encontré con la parte más grande del campo. Decenas de restos de barracones se perdían hasta donde alcanzaba la vista. Era como un mar de chimeneas de ladrillo surgiendo del suelo y recordándonos que ahí una vez miles de personas se aferraron a la idea de sobrevivir.

Paseé entre ellas estremecido. Eran innumerables. Aquí me di cuenta del verdadero tamaño que tenía el campo y los miles de personas que lo habitaron. Un rectángulo de 2 por 2.5 km de lado. A lo largo de los casi cinco años que estuvo abierto pasaron por él aproximadamente millon y medio de personas. Cuando el ejercito soviético liberó el campo el 27 de enero de 1945 sólo encontró a 7.000 supervivientes.


Me dirigí hacia la entrada y por una pequeña escalera pude subirme a la torre que hay sobre la entrada del campo. Desde allí observé el atardecer. No se cuanto tiempo estuve allí. Perdí la noción del tiempo. No quería dejar de mirar para no olvidar nunca. Quería grabar cada imagen en mi retina. Recordar. Para siempre.

Hoy se cumplen 71 años del inicio de la II Guerra Mundial y Auschwitz nos recuerda lo que la locura humana puede llegar a hacer. No lo olvidemos.