lunes, 18 de octubre de 2010

Despedida


Hace casi seis meses me senté frente al ordenador y aún no sé por que lo hice, pero escribí la primera entrada de este blog. Era un 20 de abril. Un martes que me encontraba especialmente triste y perdido. Acababa de salir del armario con dos amigos hacía unos días, durante la Semana Santa, y aunque fue bien, el esfuerzo emocional me dejó hundido y sin fuerzas para enfrentarme a la vida.

Pude haber hecho muchas cosas ese día. Incluso tomar decisiones equivocadas. Pero escogí abrir un blog donde verter todo lo que necesitaba contar al oído de alguien que no tenía. Y para mi sorpresa seguí escribiendo en los días posteriores.

Cuatro entradas y cinco días más tarde los primeros comentaristas se acercaron y me dejaron sus palabras. Todavía no sé como se enteraron de mi blog porque no lo publicité ni hice nada para darlo a conocer, pues todavía pensaba en él como en un diario privado. Pero lo agradecí mucho. No os podeís hacer una idea de cuanto.

Desde entonces han pasado seis meses, sesenta y cuatro entradas, 71 seguidores y más de 20.000 visitas. Muchos me habéis acompañado durante este tiempo. Algunos públicamente con vuestros comentarios, que me ayudan, me espolean, me hacen pensar y ver las cosas de forma diferente. Y otros en privado a través de preciosos correos que me emocionan. Existe un tercer grupo, los que leen y no dicen nada pero que sé que están ahí compartiendo conmigo este periplo día a día. A todos os doy las gracias porque vuestra compañía estos meses me ha hecho más llevadera mi vida. 

Ha llegado el momento de dejar de escribir aquí por un tiempo pues hasta yo necesito vacaciones de mi mismo. El jueves cogeré un avión que me llevará al otro lado del mundo. Serán cinco semanas viajando por Vietnam y Camboya. Las tres primeras me acompañarán Roxana y Samuel a los que conocí en la India hace ya dos años. Nos acompañará una amiga suya.

Con ellos recorreré las montañas del norte, haciendo trekking junto a la frontera china y recorriendo los distintos poblados de algunas de las etnias vietnamitas. Descubriré el caos ordenado de Hanoi, viajaremos en sampán durmiendo bajo las estrellas en la bahía de Ha Long y recorreremos el río Tam Coc en pequeñas embarcaciones. Más tarde y ya en el centro de Vietnam pasearemos por las antiguas calles de la ciudad imperial de Hue y difrutaremos del barrio francés de Hoi An y las ruinas de My Son.

Las dos últimas semanas seguiré yo solo con la única compañía de mi mochila y mi cámara de fotos. Pasaré unos días en Ho Chi Minh, la antigua Saigón. Remontaré el Mekong hasta Phnom Penh, la capital de Camboya y me perderé en la jungla entre los espectaculares templos de Angkor.

Necesito estas vacaciones porque han sido dos años de sinsabores y frustraciones. De llorar amargamente y gritar indignado al destino. De sentir como todo en lo que creía se desmoronaba a mi alrededor sin poder yo detenerlo. De observar impotente como he vivido una vida de mentiras y engaños.

Pero también ha sido el tiempo de empezar a construir con nuevos cimientos. De atreverme a aventurarme más allá de mis miedos. De lanzarme al vacío de mis frustraciones para rellenarlas de deseos. De abrazar nuevas ilusiones. De empezar una nueva vida.

No sé como trancurrirá el viaje. Si servirá para serenarme o si será contraproducente porque me dará más tiempo para pensar. No lo sé. Pero sí sé que esta no es una despedida definitiva. Es sólo un hasta luego y un volveré pronto. Un os quiero y un gracias por estar ahí.

Nos vemos de nuevo en diciembre. Si queréis.

viernes, 15 de octubre de 2010

Ambiente (3ª parte)


Ha pasado mucho tiempo desde que fui por última vez al ambiente. Entonces este blog todavía no existía y Calvin estaba planeando irse a Madrid. Más de seis meses. Casi una vida.

Muchos sábados que estaba solo en casa y sin amigos con quien salir me preguntaba por qué no iba de nuevo. Mi intención durante estos meses era conocer gente a través de las páginas de perfiles que fuesen algo más que un polvo de una noche. Gente con la que conectar y hablar de muchas cosas como hacía con Calvin. Gente con la que salir a tomar unas cervezas, a contarnos como nos iba la vida, a reirnos juntos haciendo el payaso, gente a la que abrazarme cuando fuese necesario. Gente que quisiese mi compañía más allá de la cama. Amigos.

Pero fracasé.

Ya escribí hace tiempo una entrada sobre los amigos. Durante este tiempo sólo he encontrado a Tony. Él cubre mi necesidad de abrazos y besos. Me escucha y consuela, pero no sale de copas nocturnas. Y lo entiendo. Él supo que era gay desde muy joven y disfrutó de la noche durante mucho tiempo. Ahora ya no le apetece tanto salir, y sumado a que vive en un pueblo a varios kilómetros y necesita venir con coche hace que prefiera otro tipo de diversiones. Pero yo sí lo necesito. Necesito salir y sacar toda la rabia que hay en mi. Necesito olvidarme un poco de la vida y descargar mi mente de mi mismo. Necesito demostrarme que puedo ser gay en público. Y los bares de ambiente son una tabla de salvación a mi maltrecha autoestima.

Lo que me retraé de ir solo a esos sitios es mi timidez a la hora de abordar gente que no conozco. No soy capaz de acercarme a alguien y presentarme: "Hola, soy Parmenio, ¿cómo te llamas?" Es algo que excede mis capacidades sociales. Tampoco soy hábil en el lenguaje de la miradas. Nunca sé si alguien está interesado en mi o simplemente me mira porque en ese momento he pasado ante él. Tampoco puedo destacar por belleza, capacidad de baile ni juventud. Tampoco. Esa es la palabra que me describe.

Muchos fines de semana tomo la decisión de ir pero mi ánimo enflaquece a medida que las horas pasan mientras espero a la una de la mañana, la hora en la que la gente empieza a salir. Siempre encuentro una excusa para echarme atras y quedarme en casa prometiéndome que el próximo fin de semana sí ire. Pero el siguiente tampoco. Tampoco. Tampoco...

El sabado pasado tome la decisión de ir. Una vez más. Pero la lluvía que caía fue enfriando mi resolución poco a poco. Miraba por la ventana y mi ánimo se tornaba cada vez más sombrio. Me senté derrotado, con la mirada perdida y fui consciente de que muchos andamios en mi interior temblaban por mi cobardía. Notaba crecer la impotencia dentro de mi. Y el dolor.

Y me dije que esa noche saldría aunque no me apeteciese porque estaba a punto de entrar en una espiral de autocompasión especialmente dañina.

Bajo una ducha de agua caliente respiré para intentar serenarme y mezclé las lágrimas con el chorro que recorría mi cuerpo. Léntamente me vestí y salí a la calle para sentir el aire en la cara. Era una noche fría pero mi alma estaba más helada.

Caminé media hora hasta la zona de ambiente y entré en el primer bar que encontré. Aún era temprano y no había demasiada gente. Me pedí una cerveza y mientras disimulaba moviéndome un poco al son de la música observé a la gente como, reunidos en grupos, se reían y bromeaban entre ellos con sonrisas que envidiaba. Aguanté quince minutos eternos, apuré la cerveza hasta atragantarme y salí a la calle.

Lo volví a intentar en otro bar. Esta vez estaba lleno de gente hasta la bandera. Me abrí paso como pude hasta la barra y pedí otra cerveza. Y observé. Un grupo junto a mi empezó a divertirse a mi costa. Supongo que verme solo y cariacontecido en la barra les debió parecer divertido y jugaron un poco conmigo hasta que se cansaron.

Enfrente mío una pareja de 18 años muy acaramelados se decían cosas al oido. Un grupo de treintañeros ruidosos se reían por encima del estruendo de la música y mirase donde mirase la gente estaba disfrutando. A pesar de no estar con el ánimo apropiado pensé que el ambiente del local me gustaba y que si hubiese estado con amigos esa noche me lo habría pasado bien.

El tercer bar al que fui es el que más me gusta. Las pocas veces que he ido al ambiente acabo siempre en él. La música es muy buena y hasta me entran ganas de bailar. El grupo que se estuvo metiendo conmigo en el bar anterior se puso cerca de mi pero yo me alejé un poco. Un chico me miró varias veces pero yo no supe que hacer. Me bloqueé. Igual debía haberle dicho una frase ingeniosa o algo gracioso. Tal vez presentarme. Pero no hice nada. Y él tampoco.

Estuve un par de horas allí y no hablé con nadie. No se puede decir que fuese un éxito de noche, pero rompí con mi bloqueo a ir solo. Lo que no sé es cuantas veces lo podré hacer antes de que me diga a mi mismo que no merece la pena pasar varias horas triste y solo mientras veo divertirse a los demás. Necesito amigos. O los consigo por internet o rompo con mi timidez y me arriesgo al ridículo, pero los necesito antes de que abandone. Y no puedo abandonar.

Ahora no.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Ambiente (2ª parte)


Después de esa primera experiencia bañada en alcohol, pasaron casi un par de meses hasta mi siguiente visita a un bar de ambiente. Por entonces empecé a quedar con Calvin para pasar las noches del fin de semana charlando y bebiendo en mi casa. Una noche un amigo le llamó al móvil y le propuso quedar. El me miró interrogátivamente y le dije que fuera y se divirtiera. Al colgar me preguntó si quería acompañarle. Tras pensarlo sólo un segundo acepté.

Era otra forma de descubrirlo. Esta vez iba acompañado y conocería a algunos gays que quizá podrían llegar a ser amigos en un futuro. Me cambié de ropa y un Calvin crítico me preguntó suavemente si no tenía otra ropa. Me sentí como "pretty woman" y me puse mi ropa más moderna. Calvin se rió y con ironía me dijo que con esa ropa "parecía tres días más joven". Y salimos a quemar la noche.

En un bar nos esperaba su amigo acompañado de otro chico. Nos presentamos y noté como el amigo de Calvin me miraba raro. Curiosamente nos conocíamos de haber hablado por una página de perfiles. Hacía un par de meses le escribí y nos cruzamos unos mensajes, pero pronto tuve la sensación de que no le interesaba y que respondía por compromiso. Una de esas veces no respondió más. Hablamos un rato y me di cuenta de que a ese chico le gustaba Calvin y al verme aparecer con él me etiquetó como un rival. Inmediatamente me odió. Lo noté en su mirada.

Pasé el rato hablando con el "otro amigo" que era hetero y que les había acompañado como gay-friendly que era. Al cabo de un rato se fueron a dormir y yo me di cuenta de que no solo no había conseguido hacer nuevos amigos sino que ahora tenía un enemigo. Y sin hacer yo nada. Y es que a veces la vida es muy cruel.

Nos fuimos a otro bar a bailar y allí por fin disfruté de la noche. Bailo muy mal pero me sentí a gusto y relajado. A pesar de ello noté muchas miradas de extrañeza hacia los dos. Un chico joven y guapo bailando con uno de mediana edad que no destacaba ni por su elegancia, ni por su belleza, ni por su baile. Supongo que más de uno pensó que Calvin era un chapero o que estaba conmigo porque le pagaba las copas. Pero esa noche me dio igual.

Quince días después dos amigos de Calvin vinieron a visitarlo y tras pasar el día de visita turística salimos por el ambiente los cuatro. El mayor tenía pareja pero había venido a divertirse y disfrutar. El más joven, muy guapo y de modales delicados, me gustó de inmediato. Los otros dos hacían bromas para emparejarnos pues este chico acaba de romper con su novio y estaba un poco triste. El chico sonreía por compromiso y no decía nada. En un momento que fueron al baño, Calvin me preguntó que si me gustaba. Y yo mareé la perdiz y no le respondí nada claro. Era tan joven y tan guapo que no concebía que pudiese gustarle yo. Mi timidez y falta de confianza igual me hizo perder una gran oportunidad. Pero no pude dar el paso.

La noche se alargó hasta acabar en la única discoteca gay existente y que tenía poco público esa noche. Nos despedimos al amanecer sabiendo que no los volvería a ver. Yo le miré a los ojos para recordarle y él me miró a mi sonriéndome cansado. Tenía unos ojos preciosos.

Luego Calvin se fue a Madrid a vivir y yo me he quedado con el recuerdo de esas dos noches. En una me gané un enemigo que se ha quedado en mi ciudad. Y en la otra perdí la oportunidad con un chico que no volveré a ver.

Y es que la vida muchas veces se ríe de uno.